¿Para esto evolucionamos?

La habilidad del dedo pulgar (que permite el uso de herramientas) y el desarrollo de la razón (punto de partida para la inventiva y la moral), diferenciaron al ser humano del resto de los animales e hicieron del Hijo de Dios una bestia con complejo de superioridad. Pese a esto, o por esto, el Homo sapiens, el hombre y la mujer, incluyendo sin limitarse a ello: a todas las personas sin distinción de preferencias sexuales, religiones practicadas, estaturas, tonalidades epidérmicas, preferencias alimenticias, curvaturas dorsales, pronunciaciones oratorias, capacidades intelectuales, posturas políticas, imposturas sociales, etc. etc. [especificación recomendada por la Barra de abogados y demás malhechores del gremio legista], el hombre y la mujer, inconscientemente en dirección contraria a lo que buscan presumir, insisten en demostrar una calidad inferior a la de las demás especies coetáneas, ejerciendo un supuesto dominio sobre ellas y teniendo la estúpida creencia de controlar la naturaleza. Pero el que ríe al último ríe mejor…

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Fue también con la ayuda de sus pulgares, y con muy poca razón, que un Licenciado en Ciencias de la Comunicación con Maestría en Marketing empresarial, enfundado en un traje amarillo tonalidad orines fermentados, se desempeñaba como payaso especializado en hacer figuras con globos en un café restaurante, todos los fines de semana por las mañanas. Así cumplía con su contrato laboral eventual [aprobado por el gremio de abogados arriba mencionado] que le exigía trabajar 4 horas cada día del fin de semana (y si sus superiores lo considerasen necesario, sin previo aviso, prolongar la jornada hasta por 12 horas, aunque sin derecho a una remuneración que sobrepasara la cantidad a pagar por las 4 horas originalmente acordadas).

Todos los sábados y dies Dominicus, mientras el payaso desempeñaba su desgraciado y mal pagado puesto tenía que soportar risas, berridos, exigencias, inapetencias, lamentos, sustos, eructos, insultos, pedos ninja (esos cuya presencia no se percibe hasta que ya es demasiado tarde), coqueteos, toqueteos, desprecios y burlas por parte de niños,  progenitores y familias en general, clientes habituales del café cuyo logotipo es de color amarillo, tonalidad orines fermentados.

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En ese escabroso ambiente laboral, el payaso se esforzaba por crear perros salchicha con globos anaranjados, caracoles con globos marrones o espadas de Luke Skywalker®/Lucas Trotacielos® y Darth Vader® con globos azules. En honor a la verdad, los supuestos perros, caracoles y espadas se asemejaban más que nada a los penes torcidos que ejemplifican malformaciones anatómicas de miembros en las ilustraciones de los libros de la insigne Facultad de Medicina de la Universidad de París.

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El suplicio sin redención del payaso amarillo se repetía cada fin de semana, como los cálculos minerales de un Sísifo sin capacidad de sorpresa. A pesar del hartazgo y la repelencia que sentía por esa labor, allí estaba siempre el payaso sin vocación globofléxica, puntualmente en la sucursal del café franquicia a la que muchas personas de clase media y media baja acuden para desayunar, almorzar y tomar su café con bisquets o enchiladas suizas (que al parecer son más bien de origen coahuilenses), pero sobre todo para compartir sus doctas opiniones sobre el partido de futbol del día anterior, decir lo que pasará en los encuentros futboleros a celebrarse ese mismo día y el día siguiente, comentar y pronosticar la mayor cantidad posible de los 2199 partidos que se apretujan en los calendarios de ligas, campeonatos y copas (sin contar los encuentros amistosos) llevados a cabo los 365 días del año.

La gente considera que para demostrar que vive plenamente debe apasionarse por algo, y la pasión más simplona —que no requiere que al apasionado (o apasionada, me exige la Barra) le funcione ni media neurona aturdida— es la que ofrece FIFA™ (Federación Internacional de Fútbol Asociación). Por eso, para sentirse parte de un grupo, para presumir su pasión a niveles exagerados, todos los parroquianos del café interrumpen sus profundas conversaciones expertas cada que se aprecia un amago de gol en cada uno de los diversos monitores del local que simultáneamente sintonizan el partido que se juega en directo o una repetición de alguno de los encuentros celebrados la noche anterior.

Al payaso no le disgustaba el futbol, pero odiaba su trabajo, aún a sabiendas que sudando copiosamente se ganaba la vida, o quizá lo odiaba precisamente por eso. Su tormento terminó súbitamente un sábado ajetreado, a las 9 de la noche, habitual hora de su salida sabatina. Entonces fue informado por el gerente que se daba por terminada la relación del payaso globoflexista (o escultor de penes subliminales deformados) con la franquicia cafetera, ya que esta tenía pensado, a partir del siguiente domingo, entretener a los niños con videojuegos, para que los infantes realizaran actividades como en casa.

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Tras recibir la simbólica patada en el culo, el payaso recogió su paga escuálida, sin tener siquiera la intención de agradecer un carajo, y caminando hacia la salida lentamente con sus largos zapatos que chillaban a cada paso (chuick, chuick, chuick…), salió del establecimiento, se sentó en la acera, pensó en Juárez, en Dios y en María Candelaria (quien no había hecho nada malo), y lloró, lloró, lloró hasta que se le corrió el maquillaje, recordando entre sus sollozos que la vida no es justa y carece de sentido.

Darwin: ¿para qué te tomaste la maldita molestia?

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María Candelaria Clic para ver el momento “yo no he hecho nada malo”
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Caso perdido

Recuerdo que dejé de leer filosofía, porque me deprimía. ¿Cómo es posible que a pesar de tantas buenas ideas, de tantos pensamientos, ya sea para entender el mundo o para mejorarlo, las cosas sigan igual? La pregunta era respuesta a la vez, sin querer me expliqué la vigencia de Sócrates/Platón, Cicerón o Humme, incluso de Shakespeare: el ser humano no cambia.

Cambiarán escenarios, cambiarán tecnologías, pero por redes sociales e Internet se hacen y dicen las mismas estupideces que en un libro escrito o de viva voz, en este siglo o 20 siglos atrás. La miseria humana no se puede erradicar, no hay vacuna contra ella, incluso es parte de la evolución, si lo quieres ver positivamente, de toda evolución, excepto la moral.

De ahí que todo sea igual. Hoy parece que no hay circo romano, como tal, pero sí reality shows, hay noticias las 24 horas (manipuladas la mayoría de ellas), no para mantenerte informado, sino para doparte. Hay videojuegos que te atrapan por horas y horas, hay diversión, lo que no te hace reír, lo que no te divierte, es totalmente serio y aburrido. No lo veas, no vale la pena, y seguimos entretenidos.

La llegada de los imbéciles destructores a las altas esferas del poder no es nada nuevo, gobiernan los peores, la kakistocracia es lo más común en la historia, Calígula, Tiberio Domiciano, tienen equivalentes en varios presidentes de nuestros días. Pareciera que la realidad es siempre negra, pero aquí seguimos, la luz al final del tunel sigue allí, no se apaga, siempre en apariencia más cercana, siempre igual de lejos.

Somos un caso de estudio, un caso perdido, pero para algún estudio en algún lugar.

El hambre y la apreciación de la belleza

Allí estaba ella de nuevo, dormida, una bella durmiente de cabello oscuro. Hermosa dormida, como cuando está despierta, hermosa siempre. Sin embargo, el instinto nos supera, y sólo la vemos como una víctima suculenta.

Hemos ensayado la operación, tanto en forma individual como en escuadrón. Es necesaria la buena organización, porque ella se protege.

Antes eran solamente vitaminas B que ella tomaba para repelernos, pero, y aquí viene un misterio, o nos hemos hecho inmunes o las vitaminas son elaboradas cada vez con menos vitamina.

No importa, acercarnos a su suave piel ya no es repelente.

El problema ahora es su herramienta eléctrica que enciende cuando nos presiente. Quisiera no hacer ruido, y alimentarme tranquilamente, pero hay cosas que la evolución no nos ha permitido, por algo será.

Esa herramienta, una raqueta que nos electrocuta, que nos lleva al reino de nuestros antepasados sin que siquiera los sintamos, nos ha obligado a perfeccionar nuestra estrategia.

Siempre hay un riesgo, siempre sufrimos bajas, pero de nuestro escuadrón también hay siempre elementos que logran completar su misión exitosamente.

Yo quisiera contemplarla y quedar satisfecho con su belleza, que cono dije, es deslumbrante tanto cuando está dormida como cuando está despierta.

Sin embargo el instinto manda, y un mosquito no puede ser esteta, tiene que llenar su barriga con sangre de alguien.

A retar pues a la raqueta de nuevo.

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