A la larga

Alguien dijo que algún día moriremos, que seremos como el viento que pasa sin dejar forma ni recuerdo.

Alguien más dijo que si un día moriremos, al menos el resto de los días estamos vivos. Torpe individuo, que se autoengaña y quiere engatusarnos con sus patrañas, que habla como si fuéramos a seguir respirando después de muertos.

La vida completa de Matusalén, o la del viejo más longevo que tu mente evoque, no fue más que un suspiro en esa invención nuestra que llamamos tiempo.

Yo digo que desde el primero de nuestros días estamos muriendo y que la vida consiste en tratar de morir bien.

Alguien dijo que porque uno piensa, existe. Otro dijo que lo que sabe gracias a su pensamiento es la constatación de su absoluta ignorancia. Yo digo que la vida es la realidad irreal, la mutación perpetua, una manifestación de la energía y nada más.

Alguien critica la cultura de la muerte, mientras invierte sus fortunas en fábricas de armamento. Y a pesar de sus falsas críticas, sus riquezas crecen como la mata de las habichuelas mágicas sobre la tumba de Juanito (que fue a pelear una guerra con Mambrú después de cambiar sus siete vacas flacas por sendas balas para su fusil).

Alguien conduce un camión de carga y acelera a fondo para cumplir con el imposible límite que le impuso su patrón. De repente ese conductor presionado y drogado pierde el control de su vehículo de doble caja y va a dar a toda velocidad contra una escuela primaria en el horario de los honores a la bandera. Casi todos los niños murieron, algunos quedaron sin miembros, de la banda de guerra ninguno se salvó y la bandera quedó teñida en su totalidad por la sangre de los pequeños que no pidieron ser ni héroes ni mártires. El final no fue feliz, ojalá al menos todos estén ya con su Creador. Lo cual dudo, porque aún existo.

Palabras vanas, salidas de un vacío y arrojadas a un hoyo negro. Palabras que aunque están escritas y alguien haya tenido la cortesía de leerlas, serán olvidadas, como tu amor inolvidable, como la dignidad patriótica, como la justicia inalcanzable, como la libertad enmarcada, como las tragedias griegas, como la Gran Muralla, como el Gran Sueño Americano, como la Gracia del Señor. Palabras que a la larga tendrán el mismo destino que tú y que yo. Nada varía a la larga.

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Vanidad de vaninades y pura vacuidad

Las ansias de anciano son como canas en el caño, salvo en caso de que el viejo tenga poder y dinero suficientes como para comprar la admiración artificial; lo cual termina siendo de todos modos una patética farsa que muchos aplaudirán disimulando sus nauseas.

La sed de vivir puede llevarte a aprender a sonreír cada vez que quieres romper en llanto; pero aunque domines ese arte no cambiarás el mundo, ya que en realidad nomás somos actores y la vida es un teatro.

¿Y todo para qué, todo para qué? Gargajito de filosofía densa en una canción popular.

Nadie nos garantizó nada cuando nacimos, y los listillos podrán prometerte lo que quieran sobre la postmortandad: glorias o infiernos, alitas o cuernos, pero la verdad nadie sabe a dónde vamos. La fe no es garantía de nada, salvo de ciertas ilusiones personales o colectivas.

Si lo piensas, al final Nerón terminó valiendo lo mismo que la madre Teresa que Calcula, Gandhi o el Arcángel Salomé, quienes, como tú o como yo, fueron sólo muescas en la rueda dentada del azar, balas vomitadas por el revólver del pistolero principal en un Western de Pekinpah o piedras en los escenarios de Pedro y Pablo Yabba-Dabba-Doo.

Pero eso sí, en la Meca jamás venderán Coca-Cola como en Texas, a menos que la fuerza bruta del dinero malhabido se imponga a otro tipo de sin razón; pero eso tampoco importa, pues serán los chinos los siguientes con el control, si es que les alcanza el tiempo.

El día en que no tengamos necesidad de políticos, policías y militares seremos realmente libres y felices. Pero eso únicamente sucederá cuando el carnicero gordo que se fríe dentro del caldero de cerdos carnívoros deje de beber. ¿Y Saben cuándo dejará de beber?: ¡NUNCA!

Y al final nada importa, pues tanto los Rockefella, Gates, Rothschild y demás que conforman la larga lista del Fortune de cada día, serán gusanos o cenizas a pesar de sus riquezas, con un destino igualito al de los hombres sin centavos que duermen en el vado, y al de todos aquellos que nos encontramos en cualquier punto entre esos dos extremos.

¿Captas el absurdo?

Vanidad

Vida #52

Mula o camello, las malas intenciones juegan con tu pelo, alguien de rodillas desgastadas realiza el trabajo sucio, mientras los listillos viven en el paraíso liviano de su ignoracia. Comes o te comen, la cadena alimenticia de los desperdicios eslabonados.

Nerones de baja estofa salen a comprar réplicas doradas de estatuas grecorromanas para adornar las fuentes de sus jardines que expelen aguas a ritmo de música popular de la región sur del norte. Ellos también están perdidos, aunque tengan el trono y el cetro, que arrancaron con violencia a sus antecesores. Ellos no saben más que tú o que yo, y se enuentran tan extraviados como cualquiera.

No creo en la naturaleza superior de la humanidad, no me interesan las luchas de sexos ni de géneros, de razas o rezos, de especies o especias; me vale un pito también lo que se inventa por la mañana para ser descartado en la noche.

No creo en el dios antropomorfo de barba larga que así como ama a sus hijos con la mayor ternura, los odia y castiga con cólera rabiosa. Ese era Zeus, supongo, y tampoco creo en él.

Locura y enfermedad, ambición e ignorancia. El que más presume saber siempre es el más idiota. Sé que hay caminos rectos y corazones puros, los he visto; pero también sé que cada vez son menos los que se libran de torcerse y ensuciarse. Muy pocos son los que mantienen el equilibrio en esa cuerda a 100 metros de altura, por donde sólo las águilas se atreven.

También sé que de todos modos todos caeremos. Fosa u horno, cenizas o gusanos, flamas o bestias marinas, algo de eso nos espera cuando desaparece nuestro cuerpo y liberamos nuestra anónima energía. Todos tenemos contados los días, y en el último nada de lo que hayamos hecho o dejado de hacer contará. Lo que hacemos sólo sirve de algo mientras vivimos, nomás para darle una especie de sentido a nuestra existencia, en sí misma absurda.

Tras el último suspiro, sólo frío y tinieblas, pera después ser parte del infinito hueco llamado nada.

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Barro antes de polvo

Me convertí en barro antes de ser polvo, en fango sucio, extendido, pegajoso y a la vez resbaladizo. Muchos adjetivos para tan poca forma.

Me convertí en barro y manché tu vestido de lino blanco, tan puro e inmaculado.

Aspiraba, ajeno a mi nariz, a grandes alturas y vuelos sin regreso. Libertad de lugar, de querer y de no molestar. Al final sólo conseguí cadenas y ensueños enlatados, una realidad donde las ilusiones te arrastran hasta convertirte en lodo.

Sólo quise comprender y ser comprendido, ser como los demás. ¿Sino por qué crees que bebí alcohol?, ¿por el sabor?

Entre Jeckyl y Hyde no hay a cuál irle. Intenté ser ambos, traté de ser parte, encajar, obedecer, creer… pero sólo terminé siendo barro antes que polvo.

La broma dejó de hacerme gracia, mira que creer en todo después de no haber creído en nada debiera ser chistoso.

Fui lo más transparente posible ante las exigencias de honestidad en una sociedad de narigudos que hacen parecer chato a Pinocho. ¿Qué obtuve? Me perdí igual que los demás, manos vacías, alma hueca, corazón estrujado y acabado. Y mi grillo perdido. Todo es vano, vanidad de vanidades y nada más allá del infinito.

Pero aún no termino, sin embargo no hay manera de volver a empezar. Por eso digo que me convertí en barro antes de ser polvo.

Por favor no visites mi tumba

Por favor no visites mi tumba (si es que llega a haber alguna),

pues allí no habrá nada que visitar.

Polvo de gusanos, ecos que dejaron de escucharse,

no habrá nada que ver, nada que compense tu recorrido.

Si cuando viví me hiciste compañía, te lo agradezco;

eso fue bueno y más que suficiente.

Eso fue lo realmente importante.

Las tumbas no son más que fríos recuerdos,

melancolías por lo que se fue y que termina olvidado.

Creo que si existiese una sepultura para mí,

yo estaré entonces en ningún lado o estaré integrado sin nombre en el todo,

excpeto en mi tumba, en la que no habrá ya nada,

quizás polvo y cenizas de gusanos, en pocas palabras nada, únicamente la nada.

¿Para qué, pues, ir allí?

Inédito

Ávido lector, desde su cruda infancia sin cocimiento, pero con algo de conocimiento. Agradeciendo siempre a Gutenberg el invento.

Devorador de libros, acortando el tiempo de muchas noches (y días) gracias a Cortázar, sacrificó demasiados viernes sociales por Verne, leyó más de una vez las hecatombes dramáticas de Shakespeare. Leer llegó a ser para él una obsesión.

Hasta el momento en que de tanto tragar letras tuvo que vomitarlas. No se volvió loco como el Quijote, simplemente se convirtió en escribidor.

Desde entonces escribió muchas líneas, primero en servilletas y anónimos manteles individuales y desechables, que siempre guardó; después en hojas sueltas sin diarrea que conservó en carpetas; luego todo lo anotó en libretas y cuadernos que se fueron paulatinamente llenando 10, 30, 50… Siguió atiborrando más, pero perdió la cuenta. Conservándolo todo con la idea de que algún día lo publicaría.

Así las hojas se entintaron con frases, poemas y cuentos, jamás una novela. Todo tenía que ser de un tirón, de un solo golpe; quizá la novela sólo la hubiera logrado como Kerouac o Balzac, sentado días y noches enteras sin levantarse de la silla hasta no haber acabdo. Pero aún así eso era demasiado tiempo, no le resultaba tractivo por no ser fresco ni divertido.

La brevedad, siempre la brevedad. Consecuente y coherente, fue breve hasta en su propia existencia, o su propia muerte. Murió antes de cumplir los 40.

Solo, como la verdad, siempre solo, como rey de Francia. Su cadáver fue descubierto dos semanas después de su fallecimiento. Lo encontraron hasta que el hedor empezó a molestar al perro faldero de su anciana vecina, una mujer que no tenía memoria, ni olfato, ni vida.

Los buitres familiares acudieron rápido, para darse el palmo de narices que se merecían: no había herencia. Nada para nadie, todo se lo había gastado él mientras tuvo un respiro.

Y los más de 50 cuadernos y libretas sin cuenta, llenos de escritos, no sirvieron para buscar ningún tiempo perdido. Tampoco fueron vendidos, ni siquiera leídos. Alimentaron un fuego, no tan variado como el del 10 de mayo del ’33, pero caliente como el infierno de Dante mudo.

Así que todas las palabras, todas las líneas, ideas, epigramas y relatos que él escribió quedaron inéditos y fueron totalmente desconocidos para este mundo; se los llevo el viento, se elevaron con el humo.

El tipo nació y murió antes de Internet. Si le hubiese tocado esta época, hubiera escrito sus obras usando una computadora o un dispositivo electrónico, y estarían revueltas sus ideas con las de miles y millones de escribidores, que tienen igual o peor talento que el de él. Estarían sus notas perdidas en bits, MHz y en espacios virtuales viajando en 3G, 4G, 5G,.. o la sigla en turno. Obras mezcladas en enferma promiscuidad con las frases pseudo brilantes de la gente, con esos pensamientos breves, inmediatos y pestilentes como haikus de mierda, con esas dizque inspiraciones anotadas con ortografía jodida y con muchísimas otras tonterías.

Entonces, al final y de todos modos, sus letras y pensamientos tampoco hubieran sido leídos ni estando en el mundo digital, allí también hubieran quedado vírgenes e inéditos, porque el viento, el humo, la arena, la madera, el papel, los bits, el ciberespacio, las redes y las rocas son lo mismo: elementos que tarde o temprano alimentan al olvido.

Además, nada de lo que él escribió hubiera sido leído, porque en realidad hay cosas que a nadie importan jamás.

La ciencia médica avanza

La ciencia médica avanza a pasos de vértigo vomitivo, regalándonos un “tiempo extra” que nos alegra cual perros que lamen ranas alucinógenas.

Ahora tenemos más expectativas de vida, longevidad estirada como liga de la injusticia. Hoy en día la venta de pañales para adultos incontinentes es un gran negocio en todos los continentes, excepto en el norte de África. Ya no es extraño vivir más de 70 años, con lentitud y jodidos, pero muy contentos de “estar vivos”. Los viejos esperan ilusionados un nuevo cumpleaños, aunque se aburran, pues ya no les importan las constantes novedades —a las que cada vez encuentran más difícil seguirles el ritmo—, ni tienen con quién platicar de las cosas añejas que les interesan o que recuerdan.

Se nos pide aplaudir a quienes aceptan la quimioterapia (llamada “quimio” con sádico cariño) para combatir la horrorosa palabra que empieza con “C” y termina en “áncer”. Se nos dice que a esos enfermos les llamemos “guerreros”, aunque en el fondo sabemos que la suya es una batalla perdida desde el momento en que les declaran la enfermedad y que pase lo que pase nada volverá a la normalidad. Si esos guerreros logran exprimirle más años al destino, de todos modos, como tú o como yo, también morirán. Ojalá sean felices haciendo su voluntad.

Alabamos y dedicamos una luminosa, pero falsa, admiración a los enfermos de “C”, y tan ocupados estamos en aplaudirles que ni nos enteramos de lo costosas y dolorosas que son sus terapias, ni sabemos de los onerosos accesorios que deben adquirir  para llevar una vida “normal”. Si no me crees, mira cuánto cuesta un bra de prótesis para “guerreras” con “C” de mama y te convencerás.

Presumimos honrar a los ancianos, pero terminamos confinándolos en esos basureros humanos, sin reciclaje, que denominamos “casas de retiro” (antes les decíamos “asilos”, pero hoy están de moda los eufemismos). Allí se les visita, al principio, una vez al año, después cada año bisiesto y luego nomás en su sepelio, si es que nos enteramos de que fallecieron.

Prolongamos hasta lo insufrible las agonías ineludibles que el tiempo patrocina en nuestros cuerpos y nos convertimos en esclavos de los laboratorios médicos para que sus pastillas y demás chingaderas nos permitan ver un nuevo amanecer. Todo lo aceptamos como parte de la alegría de seguir en esta “vida”. Ojalá sean felices haciendo su voluntad.

Respirar no es exactamente vivir.

La ciencia médica avanza a pasos de vértigo vomitivo, y nosotros, aunque nos engañemos, tarde o tempranos nos quedamos en el vado del camino.