Por favor no visites mi tumba

Por favor no visites mi tumba (si es que llega a haber alguna),

pues allí no habrá nada que visitar.

Polvo de gusanos, ecos que dejaron de escucharse,

no habrá nada que ver, nada que compense tu recorrido.

Si cuando viví me hiciste compañía, te lo agradezco;

eso fue bueno y más que suficiente.

Eso fue lo realmente importante.

Las tumbas no son más que fríos recuerdos,

melancolías por lo que se fue y que termina olvidado.

Creo que si existiese una sepultura para mí,

yo estaré entonces en ningún lado o estaré integrado sin nombre en el todo,

excpeto en mi tumba, en la que no habrá ya nada,

quizás polvo y cenizas de gusanos, en pocas palabras nada, únicamente la nada.

¿Para qué, pues, ir allí?

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Inédito

Ávido lector, desde su cruda infancia sin cocimiento, pero con algo de conocimiento. Agradeciendo siempre a Gutenberg el invento.

Devorador de libros, acortando el tiempo de muchas noches (y días) gracias a Cortázar, sacrificó demasiados viernes sociales por Verne, leyó más de una vez las hecatombes dramáticas de Shakespeare. Leer llegó a ser para él una obsesión.

Hasta el momento en que de tanto tragar letras tuvo que vomitarlas. No se volvió loco como el Quijote, simplemente se convirtió en escribidor.

Desde entonces escribió muchas líneas, primero en servilletas y anónimos manteles individuales y desechables, que siempre guardó; después en hojas sueltas sin diarrea que conservó en carpetas; luego todo lo anotó en libretas y cuadernos que se fueron paulatinamente llenando 10, 30, 50… Siguió atiborrando más, pero perdió la cuenta. Conservándolo todo con la idea de que algún día lo publicaría.

Así las hojas se entintaron con frases, poemas y cuentos, jamás una novela. Todo tenía que ser de un tirón, de un solo golpe; quizá la novela sólo la hubiera logrado como Kerouac o Balzac, sentado días y noches enteras sin levantarse de la silla hasta no haber acabdo. Pero aún así eso era demasiado tiempo, no le resultaba tractivo por no ser fresco ni divertido.

La brevedad, siempre la brevedad. Consecuente y coherente, fue breve hasta en su propia existencia, o su propia muerte. Murió antes de cumplir los 40.

Solo, como la verdad, siempre solo, como rey de Francia. Su cadáver fue descubierto dos semanas después de su fallecimiento. Lo encontraron hasta que el hedor empezó a molestar al perro faldero de su anciana vecina, una mujer que no tenía memoria, ni olfato, ni vida.

Los buitres familiares acudieron rápido, para darse el palmo de narices que se merecían: no había herencia. Nada para nadie, todo se lo había gastado él mientras tuvo un respiro.

Y los más de 50 cuadernos y libretas sin cuenta, llenos de escritos, no sirvieron para buscar ningún tiempo perdido. Tampoco fueron vendidos, ni siquiera leídos. Alimentaron un fuego, no tan variado como el del 10 de mayo del ’33, pero caliente como el infierno de Dante mudo.

Así que todas las palabras, todas las líneas, ideas, epigramas y relatos que él escribió quedaron inéditos y fueron totalmente desconocidos para este mundo; se los llevo el viento, se elevaron con el humo.

El tipo nació y murió antes de Internet. Si le hubiese tocado esta época, hubiera escrito sus obras usando una computadora o un dispositivo electrónico, y estarían revueltas sus ideas con las de miles y millones de escribidores, que tienen igual o peor talento que el de él. Estarían sus notas perdidas en bits, MHz y en espacios virtuales viajando en 3G, 4G, 5G,.. o la sigla en turno. Obras mezcladas en enferma promiscuidad con las frases pseudo brilantes de la gente, con esos pensamientos breves, inmediatos y pestilentes como haikus de mierda, con esas dizque inspiraciones anotadas con ortografía jodida y con muchísimas otras tonterías.

Entonces, al final y de todos modos, sus letras y pensamientos tampoco hubieran sido leídos ni estando en el mundo digital, allí también hubieran quedado vírgenes e inéditos, porque el viento, el humo, la arena, la madera, el papel, los bits, el ciberespacio, las redes y las rocas son lo mismo: elementos que tarde o temprano alimentan al olvido.

Además, nada de lo que él escribió hubiera sido leído, porque en realidad hay cosas que a nadie importan jamás.

La ciencia médica avanza

La ciencia médica avanza a pasos de vértigo vomitivo, regalándonos un “tiempo extra” que nos alegra cual perros que lamen ranas alucinógenas.

Ahora tenemos más expectativas de vida, longevidad estirada como liga de la injusticia. Hoy en día la venta de pañales para adultos incontinentes es un gran negocio en todos los continentes, excepto en el norte de África. Ya no es extraño vivir más de 70 años, con lentitud y jodidos, pero muy contentos de “estar vivos”. Los viejos esperan ilusionados un nuevo cumpleaños, aunque se aburran, pues ya no les importan las constantes novedades —a las que cada vez encuentran más difícil seguirles el ritmo—, ni tienen con quién platicar de las cosas añejas que les interesan o que recuerdan.

Se nos pide aplaudir a quienes aceptan la quimioterapia (llamada “quimio” con sádico cariño) para combatir la horrorosa palabra que empieza con “C” y termina en “áncer”. Se nos dice que a esos enfermos les llamemos “guerreros”, aunque en el fondo sabemos que la suya es una batalla perdida desde el momento en que les declaran la enfermedad y que pase lo que pase nada volverá a la normalidad. Si esos guerreros logran exprimirle más años al destino, de todos modos, como tú o como yo, también morirán. Ojalá sean felices haciendo su voluntad.

Alabamos y dedicamos una luminosa, pero falsa, admiración a los enfermos de “C”, y tan ocupados estamos en aplaudirles que ni nos enteramos de lo costosas y dolorosas que son sus terapias, ni sabemos de los onerosos accesorios que deben adquirir  para llevar una vida “normal”. Si no me crees, mira cuánto cuesta un bra de prótesis para “guerreras” con “C” de mama y te convencerás.

Presumimos honrar a los ancianos, pero terminamos confinándolos en esos basureros humanos, sin reciclaje, que denominamos “casas de retiro” (antes les decíamos “asilos”, pero hoy están de moda los eufemismos). Allí se les visita, al principio, una vez al año, después cada año bisiesto y luego nomás en su sepelio, si es que nos enteramos de que fallecieron.

Prolongamos hasta lo insufrible las agonías ineludibles que el tiempo patrocina en nuestros cuerpos y nos convertimos en esclavos de los laboratorios médicos para que sus pastillas y demás chingaderas nos permitan ver un nuevo amanecer. Todo lo aceptamos como parte de la alegría de seguir en esta “vida”. Ojalá sean felices haciendo su voluntad.

Respirar no es exactamente vivir.

La ciencia médica avanza a pasos de vértigo vomitivo, y nosotros, aunque nos engañemos, tarde o tempranos nos quedamos en el vado del camino.

El hartazgo de la Luna

Acabo de ver a alguien que me recordó a ti… y también iba sin mí.

Al verla me pregunté si seremos fabricados en serie y si en algún lugar hay alguien parecido a mí, sin ti.

Imagino que debe haberlo, quizá para mantener un equilibrio que no percibimos, quizá para balancear los polos de energía de alguna batería interestelar.

Me asusta un poco pensar que los personajes y las historias se repiten, que existe una infinita separación para la gente que se presiente y corresponde, pero que jamás se encontrará.

Que son muchos los extraviados que terminan siendo la carne que alimenta a esos piratas sin corazón que navegan en la bahía de la razón.

Suponque que así como los personajes somos fabricados en serie, las situaciones son creadas sin mucha variedad.

Todo está limitado, como para provocarle hartazgo a la Luna, que todo lo mira desde arriba y que es más discreta que el sol.

Imagino también que la Luna está peor que los personajes incompletos y extraviados, ya que ella, además de ver siempre lo mismo, no se puede ir y su vida se prolonga mucho más que la de cada uno de nosotros.

Es un asunto triste el de la Luna, un hartazgo que no envidio, pero que tampoco me hace sentir mejor.

moon

Un bufón sin gracia

Un bufón sin gracia. Bufón que no hace reír a nadie más que al dios, quizás porque aquél es obra de un humor de tinta, otro puno final al sinsentido de la vida.

Un bufón cuyas principales preocupaciones son el clima y el éxito, el dinero y los aplausos; para quien el último recurso es el “pégame, pero no me ignores”. Con desesperación ese bufón necesita que alguien acredite su existencia.

Si el bufón fuera como los lobos, que sólo se preocupan por la barriga llena y por su siguiente presa, otro gallo le cantaría; a menos, claro está, que el gallo fuera la cena de la manada lupina.

La luna observa, pero calla. Tú también guardarías silencio si, como ella, hubieses visto las mismas funciones —una y otra vez— en este teatro al aire libre. Las últimas palabras que la luna dejó salir del cerco de sus dientes fueron: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Desde entonces únicamente silencio sepulcral de la luna.

El bufón, sin fuerzas y con el agotamiento semanal de lumpen enlatado, ruega cada noche al cielo para que lo releven de su cargo y lo alivien de su carga. Pero aquél que debiera autorizar ese consuelo, expidiendo copias por triplicado, tiene la clemencia de un usurero.

El bufón es demasiados siglos más joven que la luna (diríase con más propiedad que es cientos de milenios más joven que el satélite, pero las matemáticas no son mi fuerte, pues les tengo fobia desde que supe que sólo sirven para engañar y hacernos creer que hay lógica y sentido una vez que hemos nacido, y que estos motivos perduran aún después de que nos echan a la tumba), y a pesar de la diferencia de edades ha decidido tomar la misma determinación: callar discretamente como lo hacía Scheherezada al terminar un cuento.

El bufón ya no dirá nada, seguirá el ejemplo de quietud absoluta que nos da la luna. Ella ha visto muchas veces a demasiados personajes tomar esta misma determinación. La misma historia para la luna quien, como el dios, ya ni siquiera se inmuta.

bufon

Yo no le temo a la muerte

Yo no le temo a la muerte…

Pues la vida es un truco, una vil ilusión,

es la construcción artificial de un espejismo natural.

Únicamente somos sombras en un teatro que termina en tinieblas.

No somos ni siquiera polvo.

La vida es energía, nada más, el resto es imaginación.

No conocemos más que el presente, que a su vez es un engaño al igual que el tiempo.

Nos inventamos todo para darle un sentido al absurdo, para sentirnos algo.

Somos sombras que sueñan y desaparecen, nada más.

Nuestro para siempre es sinónimo de nunca.

Te digo, la vida carece de razón, de cualquier sentido.

El motivo y la razón se los creamos cada uno para sentirnos alguien.

Para creer que vamos a algún lado. Pero al final está la nada, que siempre ha estado.

La vida no es buena ni mala, ni maravillosa ni trágica.

Es un accidente.

Es el sonido de una varita que se rompe y que no tiene eco en la eternidad.

La nada es todo, y de vuelta otra vez.

Yo no le temo a la muerte, le temo a la vejez.

Nuestra apuesta

Nos sentimos enormes, aunque seamos pigmeos en el mundo.

Somos la chatarra más fina del Jardín del Edén.

“De mejores lugares nos han echado”, le mentimos al Arcángel,

mientras nos orinamos de risa en su flamígera espada.

Mutis obligado por la puerta del sol.

Rompimos los platos y ahora tenemos que pagar las facturas.

Sudor de la frente y pan, ¿de dónde crees que viene todo eso?

Alguien tiene siempre que pagar.

Quisimos las cosas por el lado difícil,

y nos quemamos ahora con el sartén sin mango.

Pero no debemos llorar por las consecuencias de nuestras decisiones.

¿Acaso olvidaste lo aburrido que era ser cortesano celestial?

¿No recuerdas el día en que la Gracia Divina dejó de ser graciosa?

¿Qué pasó con eso de “más vale ser amo en el Infierno que siervo en el Cielo”?

Hmmm, tienes razón, aquí tampoco somos mucho.

Siervos y sirvientes constantes de algo que jamás comprenderemos.

¡Pero al menos tenemos el volante del auto existencial!, (aunque no lo sepamos manejar).

Y nos sentimos enormes, aunque seamos pigmeos en el mundo.

Es el sino nuestro de cada día, con el pan de sudor, claro está.

No nos queda de otra mas que encontrarle sabor al viaje.

Esa es nuestra apuesta.

Habiéndolo perdido todo y sin nada que ganar, no podemos perder más.

Tratemos pues de sacar lo mejor de este lugar.

Expulsados del Eden