Palabras por encargo

No me salen ya las palabras por encargo. Aunque me las pidas tú, que siempre fuiste un recuerdo presente, y que hoy eres una realidad que regresó sin perder nada de su esplendor, ganando, en cambio, más fuerza y belleza con el tiempo.

No podría escribirte como lo hacía antaño. Esa cuerda se acabó en algún momento, y tampoco quiero abrir la represa de nuevo. Volverte a ver es como si no hubieran pasado los años, hasta olvidé si alguna vez estuve en un naufragio.

No temo volver a extraviarme, aunque mi brújula nunca ha servido ni he podido interpretar nunca mapa alguno, aprendí a dejar migajitas por mi camino, bien decía mi papá que “hombre prevenido…”.

No escucho cantos de sirenas, porque perdí el don de lenguas, aunque la lengua sea lo único que me sirve ahora. Creo que ya soy resistente a tu encantos, aunque prefiero no ponerme a prueba, por voluntan omitiré la permanencia involuntaria.

No creo en la reencarnación, optaré por dudar que nos conocimos en otra vida y que nos juntaremos de nuevo en el futuro. La paz que tú quieres aquí, la deseo yo en la eternidad también. Dejemos pues las cosas ser, sin presionarlas.

No puedo hacer lo que antes hacía, ya peino canas y debo aparentar que aprendí mis lecciones, que no creo en todo lo que dicen las novelas, los filósofos y las canciones. ¿Ya ves ahora por qué no me salen las palabras por encargo?

 

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Ganas de vivir

Sobre el arcoiris no hubo ni habrá nada que realmente valga la pena, para esto debimos habernos quedado en Kansas, Toto. Al final del túnel hay luz, pero esta sólo nos permite ver más de lo que ya conocíamos.

No es que todo esté mal, tampoco está nada bien. Lestat con ganas de seguir viviendo no comprende cómo hay gente que se cansa, como en Kansas. Debe ser un mal congénito ese de los optimistas, algo tan fuerte que les distorsiona la vista y les hace creer que lo mejor está a la vuelta de la esquina.

El Eclesiastés es sabiduría, la vida es existir día a día; pero llega un momento en que aunque haya muchas cosas por descubrir, ya no tienes energías, no te apetece siquiera verlas o y careces de curiosidad. Entonces ya todo te da igual.

Entérate que no hay ancianos sanos. La vejez en sí misma es una enfermedad, es la decadencia que impone un final a los que quieren más, a esos que se aferran a lo único que conocen, y que tienen más miedo a lo desconocido que amor a seguir respirando.

Y no está mal morir, malo es seguir viviendo cuando la mayor parte de tus dos pies están al borde de la fosa, cuando tu organismo responde como si estuviera debajo del agua y las cosas no saben ya igual, cuando saben, pero te mantienes rodeando tus brazos al cuello de quenes aún tienen entereza natural.

Qué necedad.

No hay nada nuevo bajo el sol (Ec. 1:9)

“Supongo que todo debe ser así”, pensó mientras anudaba los cordones de sus finos zapatos y recordaba que los avances tendían a complicar la vida, en vez de mejorarla. “Este calzado es muy impráctico si lo comparamos con las sandalias”, se dijo, “aunque, en realidad no es que los avances compliquen la vida, sino que cada avance exige un precio alto”.

Se miró al espejo. Su vista era perfecta, pero sus ojos mostraban cansancio. Mucho tiempo con ese cansancio en las pupilas, agotamiento que se incrementaba en épocas de crisis, ambiciones y locuras; desde aquellas de las más sencillas tribus, pasando por las de algunos faraones, generales, emperadores, cartagineses y romanos, pestes, españoles e ingleses, Richelieu, Hitler y su genocidio, hambrunas, nacionalismos absurdos, mercados voraces, hasta los conflictos de Estadounidenses, musulmanes e israelíes.

Pensándolo mejor, no es que el cansancio sólo se agudizara en las crisis. A veces, como de la nada, su humor se ponía mal durante una simple conversación con una persona, que no tenía que ser un dignatario o diplomático, filósofo, artista, empresario o líder de de algo importante, sino realmente con cualquiera que le dijera una frase que intentara ser original. Todo lo había oído ya.

Estaba particularmente harto de la estupidez humana, que cree que todo tiempo pasado fue mejor y que imagina que en el futuro todo estará bien. Respecto al pasado, era como si el tiempo fuera deslavando los recuerdos, llevándose las malas experiencias, o al menos sus detalles, hacia la laguna del olvido, y pusiera las cosas positivas en un altar de la memoria personal y colectiva.

Y respecto al futuro… bueno, nada ha indicado jamás que las cosas fueran a mejorar. Nunca ha habido pruebas para sustentar el optimismo. Por eso se inventan religiones y fantasías que prometen recompensas futuras, mientras los no creyentes basan el bienestar del mañana en la razón y la tecnología; como si con estos avanzara también la esencia humana. Esta candidez e ilusión baratas le molestaban. “¿En verdad son tan idiotas que no ven claramente que fueron, son y seguirán igual?”, se decía moviendo la cabeza cada que oía a alguien glorificando el pasado o poniendo fe en el futuro.

Subió a su moderno vehículo blindado que lo conduciría al centro financiero. Pensaba “¿hasta cuándo?”. Sabía que la tecnología era el camino hacia el fin. Cada avance tecnológico nacía de la destrucción o estaba encaminado a ella. “Cada acto de creación destruye algo, siempre”, le había dicho a Leonardo. Hoy el límite estaba cada vez más cerca, pero ese cada vez podría durar siglos, él lo sabía bien. ¿Y luego?

Temeridades, guerras, enfermedades, suicidios… lo había intentado todo sin éxito, ahora vivía resignado y cansado. El origen de su mal era remoto, quizá tanto como… eso no lo sabía, pero no estaba aquí por una maldición de Moisés, ni por negarle el agua a Jesús o porque se rió de Buda. Él estaba aquí desde mucho antes que ellos.

¿Qué le pasará cuando el mundo sea destruido por la gente o por la naturaleza? ¿Flotará por siempre en el espacio? ¿Llegará a otros mundos habitados o inhabitados? No, esto último no era posible, no recordaba otros mundos anteriores a este. Quizá su destino estaba ligado al planeta y moriría por fin, con él.

Mientras tanto, a matar el tiempo como fuera.

Entró en el edificio. Los guardias, aunque lo reconocían, le pidieron su identificación y tuvo que pasar por el detector de pupilas, de sus cansadas pupilas.

“Buen día Mr. König, adelante”, le dijo el guardia que le franqueó la gran puerta al centro de máxima seguridad, mientras en el dispositivo de su mano aparecía una pantalla verde que decía: Ahasverus König, President and CEO*.

*CEO: Director General

 

 

Soñé mares y muertes

Soñé mares y muertes.

Mares iguales, muertes diferentes.

Mares de todos, muertes sólo propias.

La atracción por mujeres y hombres, yo indiferente.

Valiente por “hacer lo correcto”.

Cobarde para desviarme por completo.

La saciedad del placer me era degradante.

El contacto humano, una ofensa ingente.

Valiente por sobrevivir al cajón de mierda.

Cobarde por vivir lo suficiente.

Soñé mares y muertes

Mares similares, muertes diferentes.

Mares de todos, muertes sólo mías.

Voy por cigarros

“Voy por cigarros”, dijo y cerró la puerta tras de sí. Jamás volvió.

Lo buscaron en el lugar de la abuela que vuela, donde lo rancio y pasado sólo por ser viejo es considerado ‘clásico’. Un clásico idiota.

Lo buscaron en un puerto sin mar y en el tugurio del mal augurio; en el edificio sin tiempo y en la ciudad del estrés, cualquier ciudad que se precie de serlo desborda estrés, a la una, a las dos y a todas horas.

Lo buscaron en la montaña artificial de aventuras dosificadas, empaquetadas, y en los lentos rápidos de agua clorada.

Lo buscaron en los brazos vacíos de sus viejas amantes y en la mirada descarada de la Maleva de San Telmo. Lo dieron por muerto.

“Voy por cigarros”, dijo el mismo día que pensó que su vida no era realmente suya, la curiosidad murió cuando cambió sus tiendas de campaña por una casa de ladrillos construida por un práctico cerdo.

Perdió su vida y su curiosidad el día en que su aerostático globo se llenó de lustrosos niños lastrosos y lloraba en silencio, sin lágrimas; el día en que su egoísmo fue enterrado por las arenas de un autoconvencimiento con fines ilusorios y lucrativos. Había que ser excelente.

Perdió su vida el día en que confundió la felicidad con lo que se dice que debe ser. El final empezó cuando el sexo fue maquinal y automático, cuando la sal sabía a papel blanco y los besos ya no tenían electricidad, cuando le importó un carajo lo que salía de boca de su esposa, cuando la puerta no estaba allí para impedir la entrada sino para no dejarlo salir. El día en que ya no lo calentaba el sol, sino la hoguera de Juana de Arco.

Todo le dio asco y terror, hasta el momento en que sin haberlo planeado dijo: “Voy por cigarros”, y después de cerrar la puerta por fuera jamás volvió.

door

Bebiendo de 10 en 10

Brindando en la plaza partida, crees torear las circunstancias con mucho arte, cuando lo que pasa es que ellas te invaden, te cornean y te convierten en un ser ridículo.

No se suelen encontrar soluciones en las adicciones, sólo puertas tapiadas.

Tratas de salir de un agujero negro y lo único que logras es cavar más profundo, hacia el centro de la Tierra sin Verne.

Tu vida es un nudo absurdo, eres un ser indecente sin cabeza ni pies. Bebiendo de 10 en 10.

El alcohol, lubricante social, te hace creer que confraternizas con los demás, que con ellos te entiendes y diviertes, cuando en realidad nomás estás liberando de su jaula freudiana a lo peor de ti.

Dicen que después del sexto trago se diferencian los bebedores que aguantan de los que no, pero por lo general es entonces cuando salen a relucir las groseras frustraciones de aquellos que no soportan su realidad.

Hasta Hemingway se perdió. Todo en ese camino es vil ilusión.

No sé quién es peor: el pusilánime que vuelve al beso de la botella como el perro bíblico a su vómito, o el que se siente Jacob contra los ángeles y cree dominar los numerosos tragos.

No sé qué es peor, intoxicar tu hígado hasta la explosión cirrótica, o alojar una bala dentro de tu bóveda craneal.

Triste, pero así es tu vida, bebiendo de 10 en 10.

Al final no hay oscuridad que te oculte mientras respiras, en tu paso inseguro también se nota la procesión tambaleante que llevas por dentro.

Antes lo hacías con recato y discresión, ahora cualquier hora y lugar sirven para tu acto. Salud por esos elefantes rosas, que te acompañarán hasta que se detenga tu tren, bebiendo de 10 en 10.

Octubre 2011

  • tequila

Úsese y tírese

Ella salió de la ducha y diestramente se vistió, con el corazón latiéndole a la velocidad de un conejo blanco perseguido por el galgo hambriento. En la parte superior se puso un holgado suéter que resaltaba la redondez de sus abundantes senos y en la inferior esos mallones que alguna vez la hicieron lucir muy bien, pero que ahora sólo le ajustaban correctamente en un recuerdo de marco dorado dentro de su mente. Quizá valoraba esos mallones porque cuando se los ponía aún seguía detonando piropos guarros al andar por la calle o quizás porque era la prenda que a él siempre le había gustado tanto que ella se pusiera.

Tras la ropa no podía faltar el maquillaje, que a últimas fechas aumentaba en cantidad. 20 años no habían pasado en balde, pero ella se vestía igual, se sentía igual que cuando tenía 21. Ella ignoraba que nadie luce bien cuando trata de aparentar dos décadas menos de las que han pasado.

De prisa llegó a la esquina del café de las reconciliaciones, y con nerviosismo gelatinoso hurgó en su bolso hippie, buscando su teléfono celular.

Ella parecía haber olvidado el categórico: “vete al carajo para siempre, infeliz, ya no quiero saber nada de ti”, que hacía apenas dos días antecedió a un portazo ‘definitivo’, cuando ella se fue del departamento clandestino que ocasionalmente había compartido con él, a lo largo de 20 años de rutinaria decadencia conflictiva. Tras ese portazo, ella agregó gritos de “cabrón, tú destrozaste mi vida” y un, hasta entonces inédito, “te di los mejores años de mi juventud”.

En el fondo del pintoresco bolso encontró el teléfono, en el fondo de su alma encontró la esperanza, y llamó, marcando ese número que tan marcado estaba en su mente por el rojo vivo de una añeja pasión sadomasoquista. Mientras sus ojos bailaban, mirando a todo ese entorno de asfalto, concreto y vidrio, sin fijarse realmente en nada, esperó con impaciencia que su amante contestara.

Él, en su cómoda y elegante oficina de triunfador, oyó su teléfono sonar. Sabía que era
ella, para pedirle perdón de nuevo. Decidió no contestar, total, le volvería a llamar después, más desesperada.

Ella colgó violentamente el teléfono, maldiciendo al destino y al amor que le tenía a ese
‘desgraciado hijoputa’. Maldijo necesitarlo tanto, amarlo tanto. Su ilusión y esperanza dejaron de palpitar un segundo, pero fue un infarto momentáneo, pues volvió a marcar. “Igual y marqué mal o se cruzaron las líneas”, se dijo sabiendo en el fondo que nada de eso era cierto.

Él volvió a sonreír tras escuchar el segundo intento de comunicación y, decidido, contestó con un gélido “Hola”. Al escuchar la voz de él, la mujer sintió que el corazón se le quería fugar por la boca y sus ojos comenzaban a ser víctimas de una inundación salada. Una mezcla de furia, alegría y desesperación la hizo disparar como metralla sus primeras palabras: “que poca madre tienes cabrón infeliz”, seguido del “si yo no te hablo a ti, tú ni me hablas, ¿verdad culero de mierda?”, y de allí sin escalas al “te dije que me largaba y tú nada hiciste por detenerme”.

Él pensó que era momento de hacer su segunda intervención de la comunicación y sólo dijo: “¿Hola?, ¿quién habla?”.

Furias reales y mitológicas cabalgaron veloces desde el recóndito triperío ella para que, alzando el tono de su voz, dijera sin elegancia alguna: “¿cómo que quién, hijo de la chingada?, ¿cómo que quién?”, y sin poder evitarlo regresaron las recriminaciones acumuladas durante 20 años de burlas, de ‘estira y afloja’. “¿Es que nunca te he importado cabroncísimo? Tengo 20 años esperando tu jodido divorcio. Primero, tus hijos eran muy pequeños, después tu mujer estaba enferma, luego no fue tiempo, ahora la maldita imbécil está enferma de nuevo. ¿Y yo qué? Estoy enferma de ti”.

Él sonreía y sonreía, mientras ella le decía:“Nunca te he importado, cabrón”, tras lo cual él respondió tranquilo: “Si eso fuera cierto, ¿por qué seguiste conmigo?”.

Ella, desarmada, no pudo evitar un visceral “porque te amo, infeliz”, y siguieron sus
recriminaciones con menos molestia, pero con más dramatismo.

Él recordó lo bien que ella hacía el amor, lástima que su cuerpo no fuera ya ni la sombra de lo que había sido, làstima que ella en general tampoco lo era. Cuando ella le dijo: “sabes bien que desprecié a muchos por ti”, el sonrió con más intensidad y pensó “¡pobre pendeja!”.

Tras 10 minutos de un discurso monólogo, ella empezó a repetir sus recriminaciones, mezclándolas con sinceros “te amo”. Fue cuando él decidió poner el punto final al
asunto diciendo: “Yo jamás te engañé, siempre te dije que no podía divorciarme, discúlpame si alguna vez te dije que lo haría; pero te di el departamento y todo el dinero que quisiste para tus gastos. Si no aceptaste el departamento para ti sola, y no supiste administrarte, no es mi problema. Búscate a otro, total aún eres atractiva, a mí ya no me importas nada, ya estoy harto y cansado de tus pendejadas y reproches, y mira que te
he aguantado muchas idioteces. Tienes una semana para recoger tus cosas, y después cambiaré las cerraduras y prohibiré tu entrada al edificio. Si no tienes más que decir, que te vaya bien, te deseo suerte. ¡Ah!, y por favor ni se te ocurra buscarme de nuevo, ya déjame en paz, no me obligues a tomar medidas legales para ponerte en tu lugar. Sabes bien de lo que soy capaz”.

Dicho lo cual, él colgó el teléfono, y con esa mirada de sátiro que tanto le encantaba a ella, verificó que su peinado estuviese correcto, rodeó su escritorio y fue a ver que en el minibar oculto de su oficina todo estuviera en orden.

Ella, sola en la esquina del café de las reconciliaciones, se quedó inmóvil ante la inesperada conclusión. Un frío interno le recorrió todo el cuerpo y unas ganas de vomitar se apoderaron de ella mientras guardaba el teléfono en su bolso hippie. Temblaba ahora por un motivo muy distinto al del inicio de la llamada, se alejó de la esquina sin ilusiones ni esperanzas.

En el mismo momento en que ella se detuvo a vaciar el estómago en plena calle, algo lejos del que era el café de las reconciliaciones, él terminaba de llenar un par de vasos del minibar de su lujosa oficina y le prometía a su joven secretaria todo su amor, procediendo de inmediato a levantarle la falda con destreza.

Dic 2002 – Marzo 2005 – Marzo 2018

usese y tirese