El hartazgo de la Luna

Acabo de ver a alguien que me recordó a ti… y también iba sin mí.

Al verla me pregunté si seremos fabricados en serie y si en algún lugar hay alguien parecido a mí, sin ti.

Imagino que debe haberlo, quizá para mantener un equilibrio que no percibimos, quizá para balancear los polos de energía de alguna batería interestelar.

Me asusta un poco pensar que los personajes y las historias se repiten, que existe una infinita separación para la gente que se presiente y corresponde, pero que jamás se encontrará.

Que son muchos los extraviados que terminan siendo la carne que alimenta a esos piratas sin corazón que navegan en la bahía de la razón.

Suponque que así como los personajes somos fabricados en serie, las situaciones son creadas sin mucha variedad.

Todo está limitado, como para provocarle hartazgo a la Luna, que todo lo mira desde arriba y que es más discreta que el sol.

Imagino también que la Luna está peor que los personajes incompletos y extraviados, ya que ella, además de ver siempre lo mismo, no se puede ir y su vida se prolonga mucho más que la de cada uno de nosotros.

Es un asunto triste el de la Luna, un hartazgo que no envidio, pero que tampoco me hace sentir mejor.

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Un bufón sin gracia

Un bufón sin gracia. Bufón que no hace reír a nadie más que al dios, quizás porque aquél es obra de un humor de tinta, otro puno final al sinsentido de la vida.

Un bufón cuyas principales preocupaciones son el clima y el éxito, el dinero y los aplausos; para quien el último recurso es el “pégame, pero no me ignores”. Con desesperación ese bufón necesita que alguien acredite su existencia.

Si el bufón fuera como los lobos, que sólo se preocupan por la barriga llena y por su siguiente presa, otro gallo le cantaría; a menos, claro está, que el gallo fuera la cena de la manada lupina.

La luna observa, pero calla. Tú también guardarías silencio si, como ella, hubieses visto las mismas funciones —una y otra vez— en este teatro al aire libre. Las últimas palabras que la luna dejó salir del cerco de sus dientes fueron: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Desde entonces únicamente silencio sepulcral de la luna.

El bufón, sin fuerzas y con el agotamiento semanal de lumpen enlatado, ruega cada noche al cielo para que lo releven de su cargo y lo alivien de su carga. Pero aquél que debiera autorizar ese consuelo, expidiendo copias por triplicado, tiene la clemencia de un usurero.

El bufón es demasiados siglos más joven que la luna (diríase con más propiedad que es cientos de milenios más joven que el satélite, pero las matemáticas no son mi fuerte, pues les tengo fobia desde que supe que sólo sirven para engañar y hacernos creer que hay lógica y sentido una vez que hemos nacido, y que estos motivos perduran aún después de que nos echan a la tumba), y a pesar de la diferencia de edades ha decidido tomar la misma determinación: callar discretamente como lo hacía Scheherezada al terminar un cuento.

El bufón ya no dirá nada, seguirá el ejemplo de quietud absoluta que nos da la luna. Ella ha visto muchas veces a demasiados personajes tomar esta misma determinación. La misma historia para la luna quien, como el dios, ya ni siquiera se inmuta.

bufon

Yo no le temo a la muerte

Yo no le temo a la muerte…

Pues la vida es un truco, una vil ilusión,

es la construcción artificial de un espejismo natural.

Únicamente somos sombras en un teatro que termina en tinieblas.

No somos ni siquiera polvo.

La vida es energía, nada más, el resto es imaginación.

No conocemos más que el presente, que a su vez es un engaño al igual que el tiempo.

Nos inventamos todo para darle un sentido al absurdo, para sentirnos algo.

Somos sombras que sueñan y desaparecen, nada más.

Nuestro para siempre es sinónimo de nunca.

Te digo, la vida carece de razón, de cualquier sentido.

El motivo y la razón se los creamos cada uno para sentirnos alguien.

Para creer que vamos a algún lado. Pero al final está la nada, que siempre ha estado.

La vida no es buena ni mala, ni maravillosa ni trágica.

Es un accidente.

Es el sonido de una varita que se rompe y que no tiene eco en la eternidad.

La nada es todo, y de vuelta otra vez.

Yo no le temo a la muerte, le temo a la vejez.

Nuestra apuesta

Nos sentimos enormes, aunque seamos pigmeos en el mundo.

Somos la chatarra más fina del Jardín del Edén.

“De mejores lugares nos han echado”, le mentimos al Arcángel,

mientras nos orinamos de risa en su flamígera espada.

Mutis obligado por la puerta del sol.

Rompimos los platos y ahora tenemos que pagar las facturas.

Sudor de la frente y pan, ¿de dónde crees que viene todo eso?

Alguien tiene siempre que pagar.

Quisimos las cosas por el lado difícil,

y nos quemamos ahora con el sartén sin mango.

Pero no debemos llorar por las consecuencias de nuestras decisiones.

¿Acaso olvidaste lo aburrido que era ser cortesano celestial?

¿No recuerdas el día en que la Gracia Divina dejó de ser graciosa?

¿Qué pasó con eso de “más vale ser amo en el Infierno que siervo en el Cielo”?

Hmmm, tienes razón, aquí tampoco somos mucho.

Siervos y sirvientes constantes de algo que jamás comprenderemos.

¡Pero al menos tenemos el volante del auto existencial!, (aunque no lo sepamos manejar).

Y nos sentimos enormes, aunque seamos pigmeos en el mundo.

Es el sino nuestro de cada día, con el pan de sudor, claro está.

No nos queda de otra mas que encontrarle sabor al viaje.

Esa es nuestra apuesta.

Habiéndolo perdido todo y sin nada que ganar, no podemos perder más.

Tratemos pues de sacar lo mejor de este lugar.

Expulsados del Eden

 

Plegaria

Dios: en mi desesperación te ruego sin sangre en mis rodillas,

porque en mi incredulidad trato de tener un miligramo de fe.

Me cuesta mucho amar a esta especie fallida de la cual soy parte

y de la que desconfío, de hecho no tengo confianza ni en mí.

Esta especie que se siente más grande que la vida,

aunque sinceramente tampoco considero que la vida sea gran cosa.

Si eres tan poderoso, si es que existes, si eres lo que pensaba Spinoza y yo sólo un peón en el tablero desgastado,

te pido que me dejes salir por una puerta, aunque no sea la grande.

No pido ser indultado, aunque yo no pedí que me arrojaran al ruedo,

y me importa un comino podrido si muero y nadie experimenta por mí un duelo.

Nomás ahórrame días restantes de lo que me impones, sin tener que pagar impuestos de más,

sin tener que repetir el curso completo en la universidad de la existencia,

sin tener que aplicar de nuevo la desgastante tolerancia para con mis semejantes.

Dios, déjame salir de aquí sin dolor, sin ser una víctima, sin tardanza con lo poco que aún queda de mi corazón.

Sabes que las más de las veces, si no es que todas, fui honesto o intenté serlo, y que mis equivocaciones nunca se produjeron por mala fe.

Sabes que no le hice a nadie (ni a los peores) lo que jamás quise para mí.

No fui bueno, pero tampoco fui malo, y si fui tibio por favor no me vomites Señor.

Sólo déjame salir ya, si es que se puede, o al menos déjame descansar en paz.

Dormir sin despertar en urna, cripta o cajón, o en la fosa común, a mí me da igual.

Sólo pido paz, que si no se puede para el mundo, que se pueda al menos para mí.

¿Es eso, Dios, demasiado pedir?

sin

No lo dije yo primero

Que un loco esta al frente del país más poderoso… no es nuevo, ya ha pasado demasiado en muchos ayeres.

Que el mal está desatado en el mundo y que no hay refugio dónde esconderse, lo mismo le dijeron a Noé y al tatarabuelo de Matusalén.

Nada cambia en esencia, cambian un poco las tecnologías y escenarios, pero no cambias ni tú querida, a pesar de tu extenso menú de desvaríos y agravios.

La historia la repiten quienes la conocen y también los que la ignoran, nada puede evitar el mismo bucle constante y sonante.

Que las cosas van tan mal que sólo podemos esperar que mejoren, es la esperanza más usada desde que los humanos andamos en dos patas.

Que el mañana será dorado y bello es la misma creencia que se tiene para evitar el suicidio masivo con impuesto al valor agregado, la realización de Lemmingrado.

La vida no es buena, ni mala, simplemente es. La existencia carece de sentido, y nuestro trabajo es inventar una razón o un motivo cada día hasta que se nos acabe la cuerda.

Si la cosa no fuera tan patética me orinaría de risa, si no fuera tan cómica me quedaría seco y sin lágrimas.

Nada será peor que ahora, y tampoco será mejor. Siempre el mismo desconcierto de la perfección y no hay nada perfecto, excepto el caos.

Así es la vida, en rosa y en cualquier color.

Vivo o muerto

“Está vivo (¡ja!)”, susurró hastiada la partera cuando mostró el sietemesino a la parturienta.

“Está muerto”, dictaminó el niño respecto al pajarito, diana de la pedrada arrojada por su resortera.

“Está vivo”, dijo la maestra de kínder señalando un frasco de vidrio con un frijol germinando.

“Está muerto”, pensó el adolescente acerca de su corazón cuando una chica se lo rompió.

“¡Está vivo!”, gritó el Papa ante un crucifijo, hablando del que hace milenios romanos, judíos y protocristianos declararon fallecido.

“Está hecho (¡ja ja!)”, mencionó el falso médico de la clínica clandestina mientras arrojaba a la basura los restos de algo que nunca fue.

“¡Es un milagro!”, dijo el orgulloso padre de un niño planeado, olvidando el “error de cálculo” de su pasado.

“¡Bah! Es un zombi”, añadió el joven arrogante acerca del veterano recién jubilado.

“Está vivo”, dijo con hastío la enfermera del asilo cuando un anciano le preguntó si su vecino todavía respiraba.

Tras buscarle el pulso al patriarca olvidado, el médico de guardia dijo: “Está muerto (¡ja!)”. Y los hijos del viejo, al que nunca visitaron en su prisión invernal, rompieron a llorar. “¡Pero hace un momento estaba vivo!”, se lamentó la hija más culposa, sin notar lo ridículo de su asombro.

Tumba multifamiliar