Monstruosidades

En mi egocentrismo monstruoso pensaba que me voy desvaneciendo con el paso del tiempo y el atropello de la vida; pero ahora sé que es un destino compartido con todos mis semejantes. La rutina no volverá a ser la misma de antes y aún no identificamos cómo serán las nuevas costumbres. La incertidumbre levantó la mano y nos abofeteó feamente: “no se olviden de mí”, nos dijo, “estoy presente incluso en el mar calmado”.

En nuestra soberbia monstruosa pensamos que podíamos componer todo lo que le rompimos al mundo, pero el mundo no nos necesita tanto como nosotros a él. Eso lo descubrimos quienes separamos los ojos de las pantallas luminosas y miramos a través de las ventanas de nuestras casas. Quizás estaremos la próxima semana en este barrio, quizás no, quizás ni siquiera alcancemos a cruzar esa fecha en nuestros calendarios.

En nuestra ignorancia monstruosa disfrazamos la indiferencia con una falsa compasión lejana hacia los pobres, los migrantes, los oprimidos. Pero luego descubrimos que esos otros son espejos de nosotros mismos, y que también somos víctimas de la indiferencia de los demás. La vida es como el juego de serpientes y escaleras, donde los dados no pueden ser comprados como se compra la justicia humana.

En mi despertar veo muchas cosas, cambios y renovaciones que pasarán inadvertidas para la mayoría. Aunque igual y también optaré por la enajenación para dejar de pensar, de escuchar y así no ver lo que hay en realidad. Quizás decida volver a dormir, pedir una dosis del opio de la estupidez que tanto abunda, y creer otra vez que me desvanezco solo, que puedo salvar el mundo comprando coca cola y que yo no soy como los otros. Quizás…

Thames

Cambio e incertidumbre

Cambio e incertidumbre, eso es la vida. Un suspiro efímero en la gran extensión ficticia que llamamos tiempo. La historia no es una ciencia exacta porque cada quien cuenta la experiencia desde su perspectiva, nunca explica el todo y jamás predice nada. Nadie puede decir qué pasará en el futuro, el cazo de cobre de Nostradamus hace mucho que se descompuso. La hormiga y la cigarra es una fábula divertida, pero nadie nos dijo lo que le pasó a la hormiga en el segundo invierno de sus afanes (le dio un ataque cerebral ocasionado por el estrés).

Nuestro mundo artificial es una apariencia, una ilusión que duele. El dinero es otra convención absurda, sin la cual no podemos vivir, o eso dicen y lo creemos (al menos yo no puedo vivir sin dinero). El miedo a la muerte puede que resida más en que sentimos que esta es un cambio e incertidumbre más ilegible que la vida, le tememos porque más vale malo por conocido que bueno por conocer. Así que por eso nos aferramos a esto, tratando de convencernos que durará para siempre y que encontraremos algo seguro para aferrarnos. La vida es absurda por naturaleza, cambiante e incierta. Nada más.

Nadie conoce a alguien del todo

Nunca nadie conoce a alguien del todo, ni siquiera a su propia persona. Igual hay excepciones, así como hay también iluminados; pero esas excepciones, de haberlas, deben ser muy discretas.

La mujer que mantiene más elevado el nivel del misterio, se queda más tiempo grabada en tu memoria. Se reirá de ti regalándote un jarrón lleno de vino del olvido, pero cada que la intentes olvidar, la recordarás más.

Puedes convencerte de que el futuro ofrece cosas nuevas que, como agua del Leteo o como si fuera real ese vino del olvido, permitan reinventarte y te den otra vez ánimos para andar. Puede ser, quizás tengas tú la suerte que me eludió.

Si el amor es un juego, cada que me miro al espejo veo el rostro de la derrota. Por esa ruleta perdí la camisa, la cabeza y la paciencia. De ahí que me encuentre varado en este desierto, hasta que pase por aquí la línea del tren.

En cada mujer percibí ecos de la más misteriosa, de la inconquistable, y detrás de cada montaña siempre encontré una montaña más. En eso parece consistir la vida, hasta que descubres que nunca nadie conoce a alguien del todo… hasta que sorpresivamente termina.

concha

Principio de incertidumbre

Exigiste siempre el uso de condón, fuiste precisa con los anticonceptivos y las cuentas de la luna (espejo del tiempo, según Borges), redujiste al máximo los riesgos de la morbosidad de Venus, ¡bien por ti!, sin embargo engendraste un crío… el Espíritu Santo es Inocente. Así adquiriste un boleto para un trayecto que durará hasta tu último suspiro.

Tu escalera social se rompió en el penúltimo peldaño, tu vida dio volteretas de poseso y Hitler marchó de nuevo.. A sus campos de prisioneros, el dictador les llamó spas, en donde como preso tienes que pagar. No creíste que fuera él, porque usaba otro nombre y ya no tenía ese bigotillo tan ridículo. De nuevo tu mundo cayó como castillo de naipes y tú te diste cuenta demasiado tarde.

Llegar entusiasmados a la edad e la jubilación en la posmodernidad líquida, ultraapocalíptica y psicotrópica nos sirve principalmente para descubrir que las pensiones y la seguridad social son mitos del pasado. ¡A trabajar de nuevo, viejo amigo!, sin sueldo ni contrato, como empacador de supermercado.

Amasar pan para amasar fortuna, engordar la cuenta bancaria y asegurar la holgura  futura para que de repente… ¡todo y nada!, llegó la peste negra artificial, manufacturada por la conspiración que está más arriba de la teoría, se caen las bolsas y la economía, y comprobamos todos que la Edad Moderna es más letal que la Media.

Cursos de seductor, vocación de cocatriz, Romeo en el balcón y Lady Macbeth cumpliendo su ilusión, alegría efímera porque de repente llega un meteorito que recordarían los dinos, si vivieran. Y eso es todo amigos.

No hay nada garantizado, salvo eso que ya sabes y no quieres ni mencionar. Lo único seguro es el movimiento y la energía, y en realidad no hay promesas verdaderas grabadas en mármol.

No jures nada, no creas que hay metas definitivas, sólo déjate llevar por este río de vida, y cuando sea suficiente, puedes imitar a San Melquiades y hacer un mutis por la izquierda, con gracia tierna.

“Di mi nombre”, le dijo J*** al profeta de las tablas, “pero jamás lo digas en vano”.

Dino

Lucha desigual

Alguna vez mi papá intentó explicarme el papel de los fulanos en la fiesta brava que salen a dar un pinchazo doloroso y poco honroso con un objeto punzo cortante infamante en la cerviz del infeliz toro de lidia, para que este baje la cabeza y sumerja así un tanto el peligro que representa para el torero.

Igual no me lo dijo así mi papá, no suena a él. Igual todo esto lo imagino, pues tiendo a imaginar conversaciones ahora que hace mucho que mi padre sólo vive en el recuerdo.

Esa injusticia para mí me parecía un desventaja fatal para el toro contra el hombre, una lucha tan desigual como el torturado amarrado que amenazaba a su verdugo en un calabozo del palacio de la Inquisición, y creo que hasta peor. Nunca estuve a favor de la celebración de sangre y arena… quizás la admiraría un poco si todos los matadores fueran como Manolete, pero no, creo que ni así.

Hoy recordé todo esto porque andando por la calle dos hombres de avanzada edad y retrasado entendimiento me llamaron la atención. No iban juntos, a uno lo vi por la mañana y otro ya cuando el sol venía de bajada; pero ambos andaban con la cerviz curveada hacia el centro de la Tierra, iban como toros mirando hacia abajo, como buscando escupitajos en la acera.

Debe ser muy incómodo tener el cuello permanentemente en esa posición. Supongo que les debe ser muy difícil tragar y respirar, aunque ya estén acostumbrados a mirar siempre el suelo. ¡Qué feo tener que echar el tronco hacia atrás para poder darle un vistazo al cielo!

Estos dos hombres me recordaron a los toros picados: como llevando todas las de perder en esta corrida sin ley ante ese matador estelar que se llama vida.

¡Y olé!

goya

Lemmings

Las únicas aspiraciones que tenemos hoy son las que hacemos con la nariz.

Después de habernos comido el rebaño prohibido del sol, nuestra suerte estuvo echada, cual vaca de Heidi (la niña de las montañas de silicón), y la Rueda de la Fortuna nos aplastó como la aplanadora del coyote, y ya no se mueve ni para atrás ni para delante.

Podemos poner nuestra mejor sonrisa y posar con ella en un lindo atardecer, y luego colgarla en nuestra red antisocial, pero en el fondo no convenceremos a nadie. Todos sabemos que todo es mentira. Además, con carisma y simpatía no podemos deshacer lo que hicimos.

La rabia y la desesperación tampoco nos servirán de nada.

Lo único que parece efectivo, sin serlo en realidad, es el abrochar nuestros cinturones y dejarnos caer libremente, como lemmings de Disney, sin traje de baño y sin esperanzas, dejarnos ser arrojados al precipicio por el utilero del destino.

Hace mucho tiempo que el punto de retorno quedó muy atrás, jamás lo notamos porque nos empecinamos en segur adelante con nuestra indiferencia y destrucción. Lo feo es que en nuestra locura arrastramos a todos los inocentes, que no eran tantos, pero sí los había. En fin…

Ya sólo nos queda pedir perdón y rezar.

lemming

Las 3

Todo fue gradual como una buena novela, como un aprecio bien cimentado, como el cambio de los colores del cielo al amanecer o al ocaso. El asunto inició en el momento preciso en que se abrió la puerta de mi habitación a las 3 de una madrugada, ahora algo lejana, que resultó ser la primera de muchas.

Las tres de la madrugada, esa hora fresca o fría en la que mucha gente tiende a morir y a veces gusta aparecer después de muerta, para desaparecer cuando canta el gallo.

Yo vivo solo. Desde hace décadas nadie tiene llaves, ni acceso, al interior de mi vivienda, por lo que nada ni nadie pudo abrir esa puerta, es decir, ni el viento, ni una persona cercana, ni un animal. Vivo literalmente solo. La puerta simplemente se abrió. Yo desperté de inmediato, pues mi sueño siempre ha sido frágil como un cristal.

Me levanté a revisar la cerradura de la puerta, esta funcionaba sin ningún problema; revisé las ventanas y comprobé que no había nada ni nadie que pudiera haber abierto esa puerta. La cerré de nuevo, cuidadosamente, asegurándome de que quedara bien cerrada. Regresé a la cama y reanudé mi sueño, verificando que nunca es posible retomar un sueño en el punto que se interrumpió.

La siguiente noche, a la misma hora maldita, de muerte y ánimas, me desperté al percibir un aroma extraño. Era un  perfume floral, suave y dulce, que no me pareció familiar en absoluto, y no rememoré a ninguna persona que oliera así. Desperté un poco alarmado porque ese aroma  significaba que había alguien más en mi habitación. Me levanté para encender la luz. Y no había nada extraño, ninguna presencia visible, nada fuera de lugar. La puerta estaba bien cerrada. El perfume fue desapareciendo conforme yo fui despertando más. Regresé a la cama y comprobé de nuevo que es imposible retomar un sueño en el punto que lo dejamos al despertar.

Cosas similares me sucedieron desde entonces, noche tras noche a lo largo de muchas lunas y cielos nublados, siempre en mi habitación, siempre a la misma hora, siempre un acontecimiento diferente que me despertaba y que hacía que yo me levantara. En esas muchas noches jamás vi nada, jamás un cartero en bicicleta a los pies de mi cama, tampoco aves raras, aunque sí escuché en una ocasión un grito que sonaba a graznido; en otra ocasión fui despertado por un fuerte aleteo sobre mi cama.

Esta mañana, encontré en un cajón una libreta vieja que por años me sirvió de directorio y agenda. En ella están anotados nombres, direcciones y números telefónicos de todas las personas conocidas mías con las que tuve algún tipo de relación cotidiana. De súbito descubrí que esa libreta es realmente un Libro de los Muertos, pues toda la gente allí anotada ha fallecido. Comprendí que yo he vivido demasiado. A la noche me fui a la cama con esa idea, que me acompañó toda la jornada.

Caí en un sueño profundo sin trabajo alguno, hasta que me despertó la sensación de un frío intenso, como el aliento de una caverna tan oscura como el interior de un cañón. Miré el reloj, eran las 3 de la madrugada (si hubiera sido otra hora me hubiese sorprendido, pero ya me lo esperaba). Y como si fuera cualquier cosa, supe que esta sería mi última despertada.

Me levanté, encendí la luz, tomé mi bolígrafo y libreta de escritos, y escribí todo esto. Las 3 de la madrugada es la hora en que muere mucha gente, ahora lo sé de primera mano.