Estoy cansado de la simetría

Estoy cansado de la simetría, por eso cuelgo el cuadro de una araña de 7 patas en la taza del baño. Todo hace daño, hasta lo que cura. Es de locos lo que vivimos.

El jardín japonés ha creado maleza, sigue ahora el camino natural. Nuestra razón nos quita a la larga el poco sentido. Es lo común, somo brutos inferiormente superiores a las bestias.

Lo barato sale caro y lo caro seguramente tiene un monopolio detrás. Libertad no es elegir entre Pepsi y Coca, sino todo aquello que cuando lo tienes no sabes cómo usarlo.

El Papa se ve empalado en mala política y el político sólo se preocupa por su cuenta bancaria personal. Las masas no piensan, y nunca lo harán.

Dios está en algún lado, si es que existe, claro, y no contesta llamadas desde que dicen que escribió 10 cosas en unas tablas. Akenatón lo supo, quizás por eso murió de tristeza.

No eres tú, tampoco soy yo, igual somos nada, polvo que camina y habla, que tarde o temprano será polvo de nuevo (después de unas revolcadas en el arenero).

Es la vida, y yo ya fui títere, pobre, pirata, poeta, peón y rey; sin siquiera tener los ojos azules. Vanidad de vanidades y pura vanidad.

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Un bufón sin gracia

Un bufón sin gracia. Bufón que no hace reír a nadie más que al dios, quizás porque aquél es obra de un humor de tinta, otro puno final al sinsentido de la vida.

Un bufón cuyas principales preocupaciones son el clima y el éxito, el dinero y los aplausos; para quien el último recurso es el “pégame, pero no me ignores”. Con desesperación ese bufón necesita que alguien acredite su existencia.

Si el bufón fuera como los lobos, que sólo se preocupan por la barriga llena y por su siguiente presa, otro gallo le cantaría; a menos, claro está, que el gallo fuera la cena de la manada lupina.

La luna observa, pero calla. Tú también guardarías silencio si, como ella, hubieses visto las mismas funciones —una y otra vez— en este teatro al aire libre. Las últimas palabras que la luna dejó salir del cerco de sus dientes fueron: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Desde entonces únicamente silencio sepulcral de la luna.

El bufón, sin fuerzas y con el agotamiento semanal de lumpen enlatado, ruega cada noche al cielo para que lo releven de su cargo y lo alivien de su carga. Pero aquél que debiera autorizar ese consuelo, expidiendo copias por triplicado, tiene la clemencia de un usurero.

El bufón es demasiados siglos más joven que la luna (diríase con más propiedad que es cientos de milenios más joven que el satélite, pero las matemáticas no son mi fuerte, pues les tengo fobia desde que supe que sólo sirven para engañar y hacernos creer que hay lógica y sentido una vez que hemos nacido, y que estos motivos perduran aún después de que nos echan a la tumba), y a pesar de la diferencia de edades ha decidido tomar la misma determinación: callar discretamente como lo hacía Scheherezada al terminar un cuento.

El bufón ya no dirá nada, seguirá el ejemplo de quietud absoluta que nos da la luna. Ella ha visto muchas veces a demasiados personajes tomar esta misma determinación. La misma historia para la luna quien, como el dios, ya ni siquiera se inmuta.

bufon

Gracias

Las cosas son, y el son del corazón es un ritmo que no puedo seguir con mis dos pies izquierdos.

La vida pasa, como ciruela que rueda. Muela sin juicio, razón que no consuela.

Los zapatos con suelas de hule no hacen ruido.

Por cada adiós hay tres bienvenidas, en un embudo de relaciones, pero al revés.

Y así es, pero eso se va acabando conforme transcurren los años.

De repente: el desierto, sin zarza en llamas y sin poderles decir a las llamas incas que vengan.

Sanidad ante todo. Asepsia purulenta de la sociedad y de lo que debe ser, según lo que los pocos les exigen a los muchos.

Estuve enfermo y ahora sé de qué.  Por eso me despido para empezar de nuevo.

Curiosamente despedirse no es ahora más fácil que las veces anteriores, e incluso me resulta más difícil.

La costumbre es lo más duro de romper, primero se me rompieron las alas, la salsa y la sesera.

Cordura de cordero en matadero. No hay nada sagrado en eso.

Al menos esta vez quedé medio entero.

Tengo otras cosas por hacer.

Le pregunté a Dios ¿por qué?, y creo que me contestó: “no eres tú, soy Yo”, y me quedé mudo, salado como estatua de la galería Lot.

Big Bang y el universo cambia de eje (éjele jeje).

Espero que esta no sea la euforia previa al tobogán que acaba en el averno, porque no quiero visitar ese lugar de nuevo. No en un buen tiempo.

La balanza de mi cabeza se declara en reparación.

Soy mal jugador, porque no me retiré de la mesa a tiempo, sino hasta que me explusaron de la sala.

No soy perfecto pero tampoco tan jodido, no está mal si yo lo digo. Nunca en domingo.

Dignidad, dignidad, espero que no se haya ido al lugar de los calcetines desaparecidos que nunca vuelven.

Lo que volví fue el estómago y volveré la cara en veinte años, para ver si estos son algo. No es un tango.

Confío en mí porque descubro que en mí confían. No soy ni remotamente un billete verde o monedita de oro, y no son las mías aspiraciones divinas de aspiradora fina.

Pierde sólo el que siempre se queja.

Gracias por el afecto y la confianza.

dolar

Cuando la indiferencia duele

Ella tan ordinaria y yo tan poco especial,

ella tan hueca y yo con tan mal relleno.

Dialogar con ella era monologar con el alto vacío,

y sin embargo la buscaba, con desesperación de náufrago.

Ella era la mar de bruta y yo el océano de estupidez,

no te dejes confundir con mi altivez, caigo bajo, muy muy bajo,

a niveles subterráneos, incluso inferiores a mí.

Ella no te roba nada, pero te aporta menos.

No puede tomar postura, ni siquiera en el espacio que ocupa.

Su opinión es lo que está de moda, puede ser judía un día y nazi al siguiente amanecer.

Y allí estaba yo, tratando de unirme a la incompatibilidad más absurda.

No fue enculamiento, no fue brujería, simplemente es que todos estamos bailando al borde de la pendejada.

Quizás yo esperaba algo, no sé, el Pigmalión pignorante que no sabe nada, aunque diga que sí.

O quizá estaba tan solo que elevé mis ilusiones a la estratósfera con el impulso de una simple mirada.

No lo sé, igual la estupidez es injustificable, y es el trago que debe uno pasar así, sin agua y sin banana, sin pensar ni cuestionar.

Trato de ser indiferente, pero cuando la indiferencia duele es que aún importa la cosa.

Al tiempo entonces…

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Lo que hay en medio

Entre el embriagador enamoramiento y la pesadez del tedio no hay mucho, aunque parezca haber toda una era entre ambos.

Entre la ilusión patriótica y el desencanto por el Estado hay menos cantos que los de 39 gallos.

Entre las verdades que te digo y las mentiras que me recriminarás sólo existe el desgaste de un buen acto de magia.

Entre el esplendor de la juventud y la opacidad de la vejez únicamente hay mentiras aplaudidas.

Pocas cosas se conservan, sólidas o inmutables desde su nacimiento hasta su fin, y entre ellas seguro que no se cuenta nada relacionado con la humanidad.

Entre el pasado y el futuro está ese vacío de fantasía perpetua que llamamos presente.

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Soñé mares y muertes

Soñé mares y muertes.

Mares iguales, muertes diferentes.

Mares de todos, muertes sólo propias.

La atracción por mujeres y hombres, yo indiferente.

Valiente por “hacer lo correcto”.

Cobarde para desviarme por completo.

La saciedad del placer me era degradante.

El contacto humano, una ofensa ingente.

Valiente por sobrevivir al cajón de mierda.

Cobarde por vivir lo suficiente.

Soñé mares y muertes

Mares similares, muertes diferentes.

Mares de todos, muertes sólo mías.

Toma de decisiones

Al llegar a la orilla del agitado río de alquitrán, el hombre del inmaculado traje de lino dejó en el suelo con sumo cuidado a la novia vestida de blanco que hasta ese momento cargaba a cuestas. La recostó en sobre verde hierba, que no era ni mala ni buena, simplemente esplendorosa, para después arrojarse a la corriente oscura y tratar de alcanzar la cruz salvadora que estaba en una islita en el centro del turbulento río.

Con dificultades llegó hasta la cruz, la levantó y resultó pesar mucho más que la novia, después el hombre intentó regresar a la orilla donde estaba la mujer sobre la hierba, quien fumaba lánguidamente para percibir todo con más intensidad. Pero mientras nadaba con dificultad, el hombre del ahora sucio traje de lino sentía que se hundía en el río. Era la cruz o la vida, una exigencia digna de ladrón que le expresó la supervivencia. En esos casos el instinto gana, a menos que seas mártir o santo, y no hay santos vivos, pregúntale al Vaticano si no me crees.

Al llegar a la orilla, sucio y sin cruz, el hombre descubrió que la novia impaciente se había marchado, con todo y hierba. Perder cruz y novia el mismo día no amargó al hombre, quien con una ligera sonrisa aceptó la experiencia como una lección más, de las muy caras que nos da la vida. Se dijo a sí mismo que probar el fruto de la sabiduría y aferrarse a la espiritualidad en un mundo material es como firmar un contrato de infelicidad permanente, pero eso no lo amargó.

En general quieren hacernos creer que sólo existen dos caminos: el de la fe ciega en algo divino e intangible o el de la fría ciencia de lo palpable y mesurable. Igual hay 27 caminos más, pero se nos ocultan quizá nomás para hacernos una mala jugada.