Pero tienes trabajo

Te encuentro repartiendo cupones del King Burguer en el centro comercial.

Con tu espalda curvada, cual arco de la derrota, y pantalones demasiado ajustados, donde se embuten tus muslos.

Tu abdomen se desborda gelatinosamente por arriba de la línea de tu ficticia cintura.

Se nota que esta semana agregaste bastante sufrimiento a tu báscula.

Te vi repartiendo cupones de descuento, con tu rostro exhausto por las horas extra no remuneradas.

Tu cabello aclarado artificialmente, mal teñido, te hace lucir como si tuvieras 10 años más de los que indica tu acta de nacimiento.

Eres joven, no eres feliz, pero tienes trabajo.

Un trabajo de bajo sueldo, sin derechos ni protección. Sometido únicamente a la regla tácita y tóxica del “lo tomas o lo dejas”.

Si te enfermas no recibes nada, si te esfuerzas puede que ya no tengas que repartir cupones ni limpiar los baños.

Los derechos laborales por los que tanta gente dio su vida en el pasado, son una especie de leyenda lejana. No es justo, no está nada bien, pero tienes trabajo.

Al menos tienes empleo, y de categoría, porque es en una trasnacional que sale en las películas.

¡Bendita suerte!

 

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¿Para esto evolucionamos?

La habilidad del dedo pulgar (que permite el uso de herramientas) y el desarrollo de la razón (punto de partida para la inventiva y la moral), diferenciaron al ser humano del resto de los animales e hicieron del Hijo de Dios una bestia con complejo de superioridad. Pese a esto, o por esto, el Homo sapiens, el hombre y la mujer, incluyendo sin limitarse a ello: a todas las personas sin distinción de preferencias sexuales, religiones practicadas, estaturas, tonalidades epidérmicas, preferencias alimenticias, curvaturas dorsales, pronunciaciones oratorias, capacidades intelectuales, posturas políticas, imposturas sociales, etc. etc. [especificación recomendada por la Barra de abogados y demás malhechores del gremio legista], el hombre y la mujer, inconscientemente en dirección contraria a lo que buscan presumir, insisten en demostrar una calidad inferior a la de las demás especies coetáneas, ejerciendo un supuesto dominio sobre ellas y teniendo la estúpida creencia de controlar la naturaleza. Pero el que ríe al último ríe mejor…

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Fue también con la ayuda de sus pulgares, y con muy poca razón, que un Licenciado en Ciencias de la Comunicación con Maestría en Marketing empresarial, enfundado en un traje amarillo tonalidad orines fermentados, se desempeñaba como payaso especializado en hacer figuras con globos en un café restaurante, todos los fines de semana por las mañanas. Así cumplía con su contrato laboral eventual [aprobado por el gremio de abogados arriba mencionado] que le exigía trabajar 4 horas cada día del fin de semana (y si sus superiores lo considerasen necesario, sin previo aviso, prolongar la jornada hasta por 12 horas, aunque sin derecho a una remuneración que sobrepasara la cantidad a pagar por las 4 horas originalmente acordadas).

Todos los sábados y dies Dominicus, mientras el payaso desempeñaba su desgraciado y mal pagado puesto tenía que soportar risas, berridos, exigencias, inapetencias, lamentos, sustos, eructos, insultos, pedos ninja (esos cuya presencia no se percibe hasta que ya es demasiado tarde), coqueteos, toqueteos, desprecios y burlas por parte de niños,  progenitores y familias en general, clientes habituales del café cuyo logotipo es de color amarillo, tonalidad orines fermentados.

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En ese escabroso ambiente laboral, el payaso se esforzaba por crear perros salchicha con globos anaranjados, caracoles con globos marrones o espadas de Luke Skywalker®/Lucas Trotacielos® y Darth Vader® con globos azules. En honor a la verdad, los supuestos perros, caracoles y espadas se asemejaban más que nada a los penes torcidos que ejemplifican malformaciones anatómicas de miembros en las ilustraciones de los libros de la insigne Facultad de Medicina de la Universidad de París.

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El suplicio sin redención del payaso amarillo se repetía cada fin de semana, como los cálculos minerales de un Sísifo sin capacidad de sorpresa. A pesar del hartazgo y la repelencia que sentía por esa labor, allí estaba siempre el payaso sin vocación globofléxica, puntualmente en la sucursal del café franquicia a la que muchas personas de clase media y media baja acuden para desayunar, almorzar y tomar su café con bisquets o enchiladas suizas (que al parecer son más bien de origen coahuilenses), pero sobre todo para compartir sus doctas opiniones sobre el partido de futbol del día anterior, decir lo que pasará en los encuentros futboleros a celebrarse ese mismo día y el día siguiente, comentar y pronosticar la mayor cantidad posible de los 2199 partidos que se apretujan en los calendarios de ligas, campeonatos y copas (sin contar los encuentros amistosos) llevados a cabo los 365 días del año.

La gente considera que para demostrar que vive plenamente debe apasionarse por algo, y la pasión más simplona —que no requiere que al apasionado (o apasionada, me exige la Barra) le funcione ni media neurona aturdida— es la que ofrece FIFA™ (Federación Internacional de Fútbol Asociación). Por eso, para sentirse parte de un grupo, para presumir su pasión a niveles exagerados, todos los parroquianos del café interrumpen sus profundas conversaciones expertas cada que se aprecia un amago de gol en cada uno de los diversos monitores del local que simultáneamente sintonizan el partido que se juega en directo o una repetición de alguno de los encuentros celebrados la noche anterior.

Al payaso no le disgustaba el futbol, pero odiaba su trabajo, aún a sabiendas que sudando copiosamente se ganaba la vida, o quizá lo odiaba precisamente por eso. Su tormento terminó súbitamente un sábado ajetreado, a las 9 de la noche, habitual hora de su salida sabatina. Entonces fue informado por el gerente que se daba por terminada la relación del payaso globoflexista (o escultor de penes subliminales deformados) con la franquicia cafetera, ya que esta tenía pensado, a partir del siguiente domingo, entretener a los niños con videojuegos, para que los infantes realizaran actividades como en casa.

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Tras recibir la simbólica patada en el culo, el payaso recogió su paga escuálida, sin tener siquiera la intención de agradecer un carajo, y caminando hacia la salida lentamente con sus largos zapatos que chillaban a cada paso (chuick, chuick, chuick…), salió del establecimiento, se sentó en la acera, pensó en Juárez, en Dios y en María Candelaria (quien no había hecho nada malo), y lloró, lloró, lloró hasta que se le corrió el maquillaje, recordando entre sus sollozos que la vida no es justa y carece de sentido.

Darwin: ¿para qué te tomaste la maldita molestia?

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María Candelaria Clic para ver el momento “yo no he hecho nada malo”

No resucitó al tercer día

Era su tercer día y él se sentía igual de perdido que el primero.
Las mismas ideas dando vueltas una y otra vez, en un carrusel nada festivo dentro de su cabeza. De manera ya morbosa, repasaba los ecos de su existencia. Desde la fobia a los niveles básicos en la escuela al arduo trabajo que le costó, sin contar el gasto en dinero, sacar adelante los niveles superiores. Según él, su título profesional no lo obtuvo, lo parió.
Ya titulado, licenciado para enfrentar la vida profesionalmente, vinieron las primeras experiencias laborales, la subcontratación descarada, robos en descampado protegidos por leyes desbalanceadas para favorecer la voracidad y la explotación. Él sabía que hay muchos empleados perezosos, pero también que mucha gente murió en la historia para conseguir un mínimo de derechos y libertades para los trabajadores que sí laboran, derechos que con los años han terminado pisoteados, ignorados y olvidados. Aquí y en China.
Recuerda que, luego de años ‘de experiencia’, por fin le llegó la oportunidad ideal, un trabajo bien pagado, en una compañía sólida a nivel mundial. Sin embargo, no fue mucho el tiempo de felicidad.
La macroeconomía y los inversores obligaron a la gran compañía a emitir informes con números negros para quedar bien la bolsa de valores, sin que en estas condiciones intervinieran ni más inversión ni la mejora de la calidad. Sólo los números importan, y la manera más rápida de oscurecer los números de las cuentas para esos informes es despidiendo a mucha gente. Él se libró del primer despido masivo, pero tres meses después, en la segunda guillotina, su cabeza laboral rodó por el suelo del desempleo.
Vinieron años de labor independiente, sin contratos ni prestaciones, aceptando pagos bajos, tal como los aceptan las costureras de Bangladesh, para medio sobrevivir. Nada de seguridad social, nada de hacer antigüedad y ni pensar en un retiro o pensión. La macroeconomía de nuevo, sacrificando el bienestar de la gente por el de la élite.
El tiempo siguió corriendo, y él llegó a la edad del descarte, del desecho de lo añejo. Demasiado viejo para laborar.  Cinco décadas y media te convierten en nada para el mercado del trabajo.
Pero las grandes cadenas de supermercados tienen corazón, creen en las ventajas de la edad y con un noble magnanimidad aceptan a los viejos descartados como empacadores; sin sueldo ni contrato, claro, esperando que subsistan con las magras propinas de los clientes. Eso o cuidar coches en el estacionamiento, una castigadora labor bajo el sol y la lluvia, el frío y el calor, también carente de sueldo, por supuesto. Acciones que las cadenas del comercio detallistas anuncian como una “gran oportunidad” para los ancianos.
Él lleva tres días empacando compras de gente que aún recibe un salario. Tres días ganando muy bajas propinas, porque muchos clientes ni siquiera las “gracias” le dan.
Todo el estudio, todo el esfuerzo y la experiencia, ¿para esto?
Tres días y siente que no se acostumbra, que a esto no se acostumbrará nunca. Pero hay que comer, el estómago no entiende de dignidad y a veces ni de justicia.

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Cuestionamientos

“¿Es posible ser un vaquero sin vacas?”, se preguntó el ganadero cuando de su rancho se llevaron los animales para sembrar soya patentada. “¿Acaso puede existir un banquero sin banco?”, se decía el cajero cuando las transacciones comenzaron a realizarse por computadora. “¿Tiene razón de ser un escritor cuando ya nadie lee?”, expresaba el autor con nostalgia mientras observaba una nueva quema de libros. “¿Vale la pena estudiar cuando parece no haber futuro?”, lloraba la linda joven que tiraba sus apuntes a manera de rendición al ver la fila de desempleados en la feria del empleo. “¿Existe realmente un altruista que no quiera ser alumbrado por reflectores?”, cuestionaba antes las multitudes en el exclusivo auditorio el célebre filántropo. “¿Hay acaso médicos cuyo objetivo sea realmente la salud de la humanidad?”, pensó con rapidez un doctor en lo que elegía le palo de golf para su siguiente tiro. “¿Habrá realmente riqueza cuando los pobres conformen la totalidad?”, se dijo el empresario cuyo principal pasatiempo era contar su dinero y buscar países cuya mano de obra fuera cada vez más barata. “¿Hay razón para pensar en un mundo regido sólo por absurdos?”, escribió el filósofo antes de irse a dormir con el fin de escapar de la realidad. “¿Es suficiente orar para que exista un Dios?”, dudaba el sacerdote mientras impartía mecánicamente la comunión. “¿Existen derechos humanos aún para aquellos que se comportan como bestias?”, clamaba un hombre victimado por la brutalidad al servicio del poder. “¿Es acaso quejarse el primer paso para el cambio real?”, me pregunto yo. “Y después de esto… ¿Qué?”, se preguntaba un viejo que sentía cercano el fin.

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Vida en sociedad

Alrededor de un año, con aparentes gestos inteligentes de razón profunda, cuando no hay en esa cabeza ni lógica elemental, sin embargo es la época en que la mente absorbe todo con avidez de monje medieval en hambruna canterburesca.

Alrededor de los 5 años, es el imperio del sentido común, la razón pura, lógica que poco a poco se irá quebrando con la convivencia, las costumbres y la educación. La malicia ya está allí, hay pureza e inocencia, ¡Bendito sea Dios!, pero la mala leche del Diablo ya se nota en una crueldad extraña, a veces no tan incipiente, con los seres que se perciben más débiles y eso incluye a veces a los mismos padres.

La adolescencia es creer en ideales, convencerse que sólo falta voluntad para cambiarlo todo, para desfacer entuertos, o bien cuando empieza la indolencia que carcome como cáncer. Todo esto para decirle al mundo “hey, yo soy yo, no soy una extensión de nadie ni de nada”. La educación se afina más y la sociedad impone sus reglas, al fin es sólo una fase.

Luego empezar a cumplir con el guión correspondiente, seguir al pie de la letra el juego de castas occidentales, empezar a creer que la sociedad es más importante que uno (quizá no conscientemente), terminar la carrera, casarse, trabajar, y buscar el lugar seguro para el futuro. El engrane entra en su sitio, no siempre el adecuado, pero de algo hay que comer. Época de las vanas esperanzas que se irán rompiendo poco a poco al paso del tiempo.

Tanto golpe contra los muros de la realidad hacen que se impongan el temor o el cinismo, de tantos golpes o se forma un caparazón o se tiene miedo a todo. Sin embargo, en medio de tanta estupidez adquirida y vivido, digerida y asumida, se pretende que el mundo crea que los años nos hacen más sabios. ¡Patrañas viles!

Enfermedades y pérdidas, frío hasta en el más cálido verano, y si se tiene suerte, de repente la revelación, todo debió ser como al año y cuando mucho a los 5. Sencillo, decir no a la mierda impuesta, al control que jode, a la explotación que devora, pero ya es tarde, muy tarde. Todo es claro, entonces el corazón deja de latir.

Las máquinas y el hombre (y el hambre)

Recuerdo las maquinas de fotografías instantáneas de los Picapiedra: el que quería sacarse la foto se sentaba frente a la máquina y adentro de ésta un pajarillo con cincel y martillo grababa el retrato de la persona en una tablilla de piedra. Quizá eso me hizo pensar durante años que en cada máquinita expendedora de refrescos había un enano dentro que nos arrojaban la lata de soda elegida, y que podíamos conocer el humor del enano basándonos en la fuerza en que nos era enviada la lata. Claro que el enano nunca se dejaba ver. También pensaba que esos grandes relojes, como el Big Ben, tenían un secreto: había detrás de la carátula hombres que por turnos movían las manecillas.
Era yo muy fantasioso y supongo que desde entonces le tenía algo de miedo a la Revolución Industrial.
Según se nos dice en la escuela (esas grandes instituciones creadas para matar nuestra curiosidad y convertirnos en engranes baratos, bueno al menos a eso se dedican las academias en años recientes), las máquinas se desarrollaron en teoría para trabajar por nosotros, liberarnos de los trabajos esclavos y tener más tiempo libre.

Pero como la teoría rara vez se espejea en la realidad, en vez de gente con vidas sociales más ricas, con cultura más amplia y con lazos familiares más fuertes, yo veo trabajos más esclavos y menos oportunidades trabajo para todos. Veo horarios victorianos, dignos de cualquier míseropatética descripción laboral de Dickens, y abuso infantil convertido en mano de obra no sólo barata, sino de risible precio (y de risa nerviosa, no de risa graciosa), veo gente de países sin desarrollo haciendo el trabajo que las máquinas aún no pueden hacer, o que es más barato conseguir explotando a seres humanos. Veo también despidos masivos (sobre todo en esos países más avanados donde existen derechos laborales y bueno sueldos).
Las máquinas quizá sí han dado más tiempo libre a la gente, pero a través del desempleo (que a su vez genera hambre y delincuencia desesperada); el tiempo libre menos deseado. No culpo a las máquinas de ello, sino a los avorazados ricachones que se inflan más de dinero a causa de la explotación de sus semejantes. Lo que no logro explicarme es cómo las masas siguen consumiendo los productos de esos ricachones y no revierten la corriente.
El hombre es el lobo del hombre. Quien lo dijo tenía razón.

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Entrevista de trabajo

El fulano llegó puntual a la cita. Vestimenta típica para una rutinaria entrevista de trabajo.

El entrevistador cumplió con su papel desde el principio. El fulano, no.

Carente de sonrisa y la vista perdida la mayor parte del tiempo, el fulano llevaba un rictus de muerto, pero no de risa. Entregó el curriculum vitae, diciendo: “Esto debería llamarse mejor tedium vitae”. Y se vendió de una manera en que nadie lo compraría.

“El trato es el siguiente”, dijo el fulano, “denme un lugar decorosamente humano para trabajar, exíjanme las tareas que se deben exigir a una sola persona, respeten mi tiempo libre como si fuera lo más sagrado para mí y páguenme en justa proporción a mi labor. Eso es todo. Creo que cumplo con los requisitos que buscan para el puesto. Por mi parte, les ofrezco trabajar con toda la ética posible y entregar un trabajo de la mejor calidad”.

El entrevistador, debido a la sorpresa, borró (por la centésima fracción de un segundo) la sonrisa obligada de su papel. Pero estaba bien entrenado y pronto se recuperó. Después dijo, en el tono de siempre, “muchas gracias, nosotros nos pondremos en contacto con usted”.

Jamás llamaron al fulano.

Mefistófeles no se conforma sólo con lo aparente del contrato, además de tu alma te quiere quebrar la espalda, y exprimirte con el menor esfuerzo posible de su parte. Si quieres comer tienes que firmar… ¿realmente tienes que firmar? Sigiloso silogismo sencillo.

Las jornadas de 8 horas, los derechos laborales, todo se ha ido al trasto. Explotación del hombre por el hombre. Plusvalía generada con el aniquilamiento existencial. De nada sirvieron los muertos del 1 de mayo, estamos igual o peor que entonces. Los ambientes que retrató Dickens vuelven a cobrar vigencia. Pero ahora tenemos Internet, redes sociales y series de TV… Eso a veces es más que suficiente para los esclavos de vocación.