La mujer que se movía como ardilla

Sus movimientos solían ser rápidos y nerviosos, como los de una ardilla. Pero no subía a los árboles ni hacía equilibrios entre las ramas.

Así la recuerdo.

Viviendo de la pensión de su esposo muerto ya hacía años, sin quejarse de que las cosas necesarias fueran cada vez más caras cada año, ni de que la pensión sólo tuviera incrementos cada trienio (si es que los dioses falaces de la política y el mal gobierno se dignaban a pensar en los pensionados).

Ella nunca había tenido un empleo aparte del de ama de casa.

Tras la muerte de su esposo siguió haciendo lo que siempre había hecho: cuidar del hogar, ahora sin hijos, todos ya casados y alejados.

Se levantaba temprano diariamente a limpiar la acera y la cochera, aunque ya estuvieran, las más de las veces, limpias.

Después, se ponía a limpiar el interior de la casa aunque, las más de las veces, ya estuviera limpia porque ella se había aplicado a conciencia el día anterior.

Así pasó los años. En la rutina de la limpieza a la limpieza.

Era saludable. Siempre ocupada en su casa, que se ensuciaba un poco cada vez que la visitaba alguno de sus hijos, lo cual no era nada frecuente. Quizá Navidad, quizá el Día de las Madres. No siempre y nunca todos a la vez.

Un día, mientras con sus movimientos de ardilla recogía la ropa tendida al sol, perdió el equilibrio. Un súbito infarto interrumpió su actividad. Ya nunca pudo volver a ponerse de pie. La comunicante vecina lo vio todo, por “fortuna”, y llamó a los hijos de la ardilla caída.

Los hijos llegaron, aunque no todos. Tuvieron que echar a suertes quiénes eran los “elegidos” a acudir y ver qué pasaba con mamá, luego deliberaron y la hospitalizaron. Le pagaron a alguien para que estuviera con ella en el hospital, resultó una enfermera que al menos era cortés.

Cuando la enferma salió del hospital con la condena de la inmovilidad perpetua, los hijos deliberaron de nuevo, y decidieron unánimemente recluir a su madre incapacitada en un basurero de gente vieja. Dijeron que era lo mejor, así su madre no estaría sola, sería muy bien atendida y todas sus conciencias estarían tranquilas.

Estar con compañía no necesariamente significa no estar solo.

La mujer que antes se movía como una ardilla ya apenas y parpadeaba. El mayor movimiento que realizaba cada día, aunque no por sí  misma, era cuando las encargadas del asilo le cambiaban el pañal, cuando, las más de las veces, los receptáculos de los desechos ya no aguantaban más suciedad.

La mujer que solía moverse como ardilla miraba con gran quietud el techo y las paredes de su habitación mal iluminada.

Dos de sus hijos fueron a verla un Día de las Madres, otro le habló un par de Navidades. Y después silencio. Eso sí, los hijos responsables pagaban puntualmente a la honorable institución basurero de gente.

Pasaron unos cuantos años de quieta miseria para la mujer que solía moverse como ardilla, hasta que su organismo decidió encontrar la paz.

Los avances de la medicina permiten que vivamos más años que nuestros antepasados… Se dice que eso es bueno.

 

Muertos

Arrojando el bote de veneno para ratas y la lata de coca cola, pensó que ninguno de los dos era la solución, o el medio, para llevar a cabo el objetivo final de sus tendencias suicidas.

Tampoco eran lo indicado arrojarse al océano o a la autopista, ni acostarse en las vías del tren. Estaba convencido de que sólo necesitaba estar enamorado.

Cosa de dos segundos tras verla y de un año de tratarla para tener la certeza de que ella era la forma en que se suicidaría.

Flores, promesas, peleas y reconciliaciones. Luchas de poder y alegrías. Cada día apresuraba su muerte, haciendo que olvidase sus tendencias suicidas, lo curioso es que ni cuenta se dio del momento en que murió.

Siguió respirando, siguió siendo visto por todos, pero ya estaba muerto.

Dejó de haber flores, promesas y luego se extinguieron hasta las reconciliaciones. Había ganado la indiferencia.

Compromisos, sonrisas falsas tatuadas en sus rostros, hijos.

Él seguía muerto. Ella también lo estaba, y a pesar de todo ambos se convencieron de que todo era normal y que por eso todo estaba bien.

En algún momento llegó la religión. Pero no emularon a Lázaro.

Pasaron los años y ellos se negaban el arrepentimiento y los perdones, aunque a ambos les dolían sus almas muertas. Después los dos murieron por segunda vez, pero ahora les tocó esa muerte en la que uno deja de respirar y de ser visto por los demás.

Ya nunca se supo nada de ellos, y eso a nadie le importó.

La mañana de la tormenta

En ocasiones el invierno decide prolongar su gélido imperio, sin importarle que la primavera sienta demasiada urgencia en la sala de espera, y por eso adornaba con fuertes fríos esa mañana.

El galán bronceado con el torso desnudo para lucir su musculatura de gimnasio y sustancias antinaturales y presumir su tatuaje en el hombro (un sol medieval con simbología azteca, lo que sea que esa mezcla signifique), vistiendo solamente los pantalones del pijama, golpea la ventana de la gran camioneta negra último modelo, pagada a plazos por los próximos seis años, y le grita a alguien que está dentro del vehículo. “¡Abre por favor!”, con autoridad no carente de súplica.

Las 8 de la mañana y el frío cala. Se trata de un matrimonio joven, la esposa abordo de la camioneta era la belleza en su escuela preparatoria, todos querían salir con ella, y él el galán deportista de neuronas flojas que todas las chicas admiraban, no fue sorpresa que se hicieran novios y pocos años después se casaran.

Pero él, según sus palabras, es hombre, macho alfa y cazador, el matrimonio no le implicaba necesariamente fidelidad. “El estar a dieta no significa dejar de mirar el menú”, le decía con cinismo cuando su esposa lo sorprendía deleitándose con las curvas de otras mujeres. Pero un macho alfa no se limita a ver el menú, lo tiene que probar todo, y por eso él tuvo sus aventuras, creyendo siempre que su mujer no se percataba, y ella paciente no tejía, pero sentía que se avecinaba la tormenta mayor.

Esa mañana fría ella se preparaba como siempre para ir al gimnasio, para no perder la línea que entonces aún magnetizaba miradas en las calles, ¿para ser el menú que otros solamente admiran?, mientras él dormía todavía, pues la noche anterior se había quedado hasta tarde “trabajando en la oficina”.

La joven señora necesitaba cambio para el ballet parking (son individuos que visten tutús y aparcan tu auto afuera del gimnasio a ritmo del Lago de los Tiznes) y se le hizo fácil buscar monedas en el saco que él usaba la noche anterior. La prenda apestaba a perfume de mujer, pero no de la esposa curiosa, y en vez de monedas encontró una tarjeta con un beso estampado (no por los labios de la señora) y la frase “Gracias amor” escrita con caligrafía de esas en las que se pone un corazón pequeño sobre la “i” en vez del punto.

La tarjeta desató la tormenta anticipada, la mujer golpeó con furia la cabeza de su esposo dormido con el saco (Prueba A de la infidelidad) y le arrojó en la cara la tarjeta (Prueba B) gritándole “eres un cerdo”, dicho lo cual salió corriendo de la casa y se metió a su gran camioneta negra que estaba estacionada en la calle. Pero no se fue, esperó a que el marido llegase.

El esposo medio dormido no tardó en llegar tambaleándose hasta la camioneta y le dijo, “no es nada, mira que no es nada”, ella siguió bien parapetada en la camioneta, pero no se fue. Él le gritó “¡abre por favor!”, pero ella no respondió y lloró ante el volante, pero no se fue.

El tipo se cagaba de frío, y golpeaba con delicadeza la ventana de la camioneta (no era tan idiota, sabía que si rompía el cristal le saldría muy caro, literalmente hablando). La mujer sollozó a moco tendido.

Él sentía las miradas que le lanzaban las jóvenes madres que llevaban a sus hijos al jardín de niños contiguo a su casa, reafirmó su seguridad pues sabía que siempre tendría poder de seducción (así es, nadie concibe la propia decadencia hasta que esta ha comenzado a hacer estragos). La esposa, desde dentro de la camioneta, sintió que era injusto lo que le pasaba, era feminista (en realidad es una fascista sexual de las que no tratan de buscar la igualdad de derechos, sino la supremacía femenina y el sometimiento masculino, sea lo que eso signifique), y por esa razón esto no deberían hacérselo a ella, pero en verdad lo amaba, por eso se casó con él ¿no?

Al final ganó el corazón a la lucha contra la supuesta razón, ella abrió la puerta y se dejó convencer, entraron a la casa pasa hacer las paces de manera física, sin explicación, ni una palabra.

Escenas similares se repitieron por décadas hasta que ella, cansada, optó por tolerar las infidelidades del marido, tal como lo hacía su mamá con las aventuras de papá. Había hijos, que fueron los rehenes de la cohesión, y además, esas aventurillas no eran más que relaciones casuales, y la esposa oficial era ella. Y sí, su feminismo recalcitrante fue deslavándose junto con el atractivo de él.

Al final se divorciaron cuando el macho ya fláccido (el sol medievo-azteca era ya un garabato incomprensible en un arrugado pergamino) encontró a una mujer (30 años menor que él) que de verdad lo comprendía y a la que le fue fiel a pesar del dolor que las infidelidades de ella le ocasionaba.

La ex, en su soledad, se lamentaba haber entregado los mejores años de su vida al desperdicio. Pero hizo lo que quizo, ¿o no?

¿Para esto evolucionamos?

La habilidad del dedo pulgar (que permite el uso de herramientas) y el desarrollo de la razón (punto de partida para la inventiva y la moral), diferenciaron al ser humano del resto de los animales e hicieron del Hijo de Dios una bestia con complejo de superioridad. Pese a esto, o por esto, el Homo sapiens, el hombre y la mujer, incluyendo sin limitarse a ello: a todas las personas sin distinción de preferencias sexuales, religiones practicadas, estaturas, tonalidades epidérmicas, preferencias alimenticias, curvaturas dorsales, pronunciaciones oratorias, capacidades intelectuales, posturas políticas, imposturas sociales, etc. etc. [especificación recomendada por la Barra de abogados y demás malhechores del gremio legista], el hombre y la mujer, inconscientemente en dirección contraria a lo que buscan presumir, insisten en demostrar una calidad inferior a la de las demás especies coetáneas, ejerciendo un supuesto dominio sobre ellas y teniendo la estúpida creencia de controlar la naturaleza. Pero el que ríe al último ríe mejor…

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Fue también con la ayuda de sus pulgares, y con muy poca razón, que un Licenciado en Ciencias de la Comunicación con Maestría en Marketing empresarial, enfundado en un traje amarillo tonalidad orines fermentados, se desempeñaba como payaso especializado en hacer figuras con globos en un café restaurante, todos los fines de semana por las mañanas. Así cumplía con su contrato laboral eventual [aprobado por el gremio de abogados arriba mencionado] que le exigía trabajar 4 horas cada día del fin de semana (y si sus superiores lo considerasen necesario, sin previo aviso, prolongar la jornada hasta por 12 horas, aunque sin derecho a una remuneración que sobrepasara la cantidad a pagar por las 4 horas originalmente acordadas).

Todos los sábados y dies Dominicus, mientras el payaso desempeñaba su desgraciado y mal pagado puesto tenía que soportar risas, berridos, exigencias, inapetencias, lamentos, sustos, eructos, insultos, pedos ninja (esos cuya presencia no se percibe hasta que ya es demasiado tarde), coqueteos, toqueteos, desprecios y burlas por parte de niños,  progenitores y familias en general, clientes habituales del café cuyo logotipo es de color amarillo, tonalidad orines fermentados.

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En ese escabroso ambiente laboral, el payaso se esforzaba por crear perros salchicha con globos anaranjados, caracoles con globos marrones o espadas de Luke Skywalker®/Lucas Trotacielos® y Darth Vader® con globos azules. En honor a la verdad, los supuestos perros, caracoles y espadas se asemejaban más que nada a los penes torcidos que ejemplifican malformaciones anatómicas de miembros en las ilustraciones de los libros de la insigne Facultad de Medicina de la Universidad de París.

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El suplicio sin redención del payaso amarillo se repetía cada fin de semana, como los cálculos minerales de un Sísifo sin capacidad de sorpresa. A pesar del hartazgo y la repelencia que sentía por esa labor, allí estaba siempre el payaso sin vocación globofléxica, puntualmente en la sucursal del café franquicia a la que muchas personas de clase media y media baja acuden para desayunar, almorzar y tomar su café con bisquets o enchiladas suizas (que al parecer son más bien de origen coahuilenses), pero sobre todo para compartir sus doctas opiniones sobre el partido de futbol del día anterior, decir lo que pasará en los encuentros futboleros a celebrarse ese mismo día y el día siguiente, comentar y pronosticar la mayor cantidad posible de los 2199 partidos que se apretujan en los calendarios de ligas, campeonatos y copas (sin contar los encuentros amistosos) llevados a cabo los 365 días del año.

La gente considera que para demostrar que vive plenamente debe apasionarse por algo, y la pasión más simplona —que no requiere que al apasionado (o apasionada, me exige la Barra) le funcione ni media neurona aturdida— es la que ofrece FIFA™ (Federación Internacional de Fútbol Asociación). Por eso, para sentirse parte de un grupo, para presumir su pasión a niveles exagerados, todos los parroquianos del café interrumpen sus profundas conversaciones expertas cada que se aprecia un amago de gol en cada uno de los diversos monitores del local que simultáneamente sintonizan el partido que se juega en directo o una repetición de alguno de los encuentros celebrados la noche anterior.

Al payaso no le disgustaba el futbol, pero odiaba su trabajo, aún a sabiendas que sudando copiosamente se ganaba la vida, o quizá lo odiaba precisamente por eso. Su tormento terminó súbitamente un sábado ajetreado, a las 9 de la noche, habitual hora de su salida sabatina. Entonces fue informado por el gerente que se daba por terminada la relación del payaso globoflexista (o escultor de penes subliminales deformados) con la franquicia cafetera, ya que esta tenía pensado, a partir del siguiente domingo, entretener a los niños con videojuegos, para que los infantes realizaran actividades como en casa.

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Tras recibir la simbólica patada en el culo, el payaso recogió su paga escuálida, sin tener siquiera la intención de agradecer un carajo, y caminando hacia la salida lentamente con sus largos zapatos que chillaban a cada paso (chuick, chuick, chuick…), salió del establecimiento, se sentó en la acera, pensó en Juárez, en Dios y en María Candelaria (quien no había hecho nada malo), y lloró, lloró, lloró hasta que se le corrió el maquillaje, recordando entre sus sollozos que la vida no es justa y carece de sentido.

Darwin: ¿para qué te tomaste la maldita molestia?

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María Candelaria Clic para ver el momento “yo no he hecho nada malo”

La vida tiene sus propios planes

Puedes encontrar la pareja ideal y tener juntos un hogar, gozando de un techo y de la generosidad del sol. Puedes saber cómo ganarte la vida en este mundo donde reinan a sus anchas los pesares, pero no olvides que la vida tiene sus propios planes.

Puedes caminar sobre el lodo sin manchar tu traje blanco, puedes convencerte de que tus mentiras hagan creer a todos estar de tu lado. Puedes aprender a convertir todos tus sueños en realidades, pero a pesar de todo la vida tiene sus propios planes.

Puedes encontrar el equilibrio entre el sentimiento y la razón, y dominar todos los tonos de tu canción. Igual llegas muy lejos, pero al destino seguirá sin importarle, porque la vida tiene sus propios planes.

Creías que solo necesitabas la palanca apropiada, el dinero suficiente y un aceptable intelecto, tener un buen dispositivo digital salido ayer y seguir la moda, sin importar a dónde te lleve. Puedes pensar que triunfaste sobre todos los horrores y atrocidades, pero la vida siempre tendrá sus propios planes.

Sin (¿quién eres?)

Sin la bisutería color turquesa, sin el común aroma de tu perfume, sin esos zapatos con marca de nombre afamado, sin esos alimentos chatarra, sin esos programas de TV que resecan cerebros, sin esa religión que no es más que opio, sin esas necesidades creadas, sin el sexo tal como lo venden y lo compras, sin esa seudoexcelencia laboral, sin ese centro comercial donde no hay relojes, sin el deseo por tener el auto del año, sin hacer larga filas para poseer el último grito de la tecnología, sin ese éxito al que todos aspiran esperando que les caiga del cielo o muriendo en el intento de alcanzarlo, sin la música que está de moda en el momento, sin la película efectista que impera en las taquillas, sin el despertador, sin las opiniones de los líderes, sin la cuenta bancaria, sin el anhelo de tener hijos sólo porque eso se dice que debe ser, sin esas playas abarrotadas en semana santa, sin desear los cinco minutos de fama, sin esas ansias por destacar y ocupar el trono de los que oprimen, sin querer llamar la atención, sin algo que te permita ignorar tu propia voz…

Sin todo eso, ¿quién eres realmente?

La tumba del patriarca

El viejo era un patriarca de veras, de esos que esperan siempre que toda la familia dependa de ellos. De esos que gustan de dictar las direcciones que todos en la familia deben seguir. De esos a quienes les encanta demostrar que son bien machos, capaces de repudiar a un hijo o a una hija por ser ‘diferentes’.

A pesar de ser muy viejo, el patriarca era fuerte como un roble, por eso su agonía se prolongó varios días. Seguramente no quería dar a la muerte su brazo a torcer.

Murió un 20 de noviembre. Fecha en que se conmemora aquella vieja revolución de la que él solía hablar tanto, aunque no tenía ni siquiera cinco años cuando ésta ocurrió. El viejo murió cuando poco le faltaba para cumplir 100 años de edad.

Los 33 familiares del viejo, contados hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y viuda, ignoraron la última voluntad del anciano. No hubo un funeral como el viejo quería, ni mariachis, pues ‘argumentando’ estar en la pobreza la familia decidió que no hubieran siquiera ni lápida ni cruz para la tumba.

El anciano yacía en una caja de pino (hecha por uno de sus nietos) bajo un montón de tierra. Nadie le regaló al difunto ni el pétalo de una flor.

A partir de entonces, cada uno de los 33 miembros de la familia hizo lo que no se atrevió a hacer mientras el viejo vivía. Cada quién jaló para su santo, decían lo que les venía en gana, despilfarraron el dinero (lo del entierro fue sólo un argumento, obviamente), se peleaban unos contra otros; pero eso sí, todos seguían viviendo en la casa del anciano. “Si el viejo se enterara, se revolcaría en la tumba”, decía la gente al ver en lo que se había convertido la familia, que en otro tiempo fue ejemplo de disciplina. Y ¿quién sabe?, igual y el cadáver realmente se estaba revolcando en el panteón de Xoco.

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Un día de muertos, un vagabundo entró por curiosidad al panteón de Xoco. Estaba asombrado de ver tantas flores amarillas por doquier, de ver tantos vivos en un lugar destinado a los muertos, de tantas ofrendas. Estaba asombrado de que unos visitantes llevaran mariachis ‘a sus muertitos’, de que otros se quedaran a ‘platicar con sus difuntos’ y de que no pocos brindaran incluso con los que ‘se les habían adelantado’ hasta alcanzar sobrehumanos niveles etílicos.

Xoco es un cementerio en donde se respira humildad. No hay ni un sepulcro lujoso, ni una bella escultura de ángeles. Hay sobre todo lápidas y cruces sencillas, quizás una que otra cripta, pero de modestas paredes y con una simple puertita. En el cementerio hubo una tumba que sorprendió al vagabundo, pues ésta no era más que un montón de tierra, ni una cruz hecha con dos palos en ella, ni una plaquita que dijera quién estaba allí sepultado. Un vil montón de tierra.

La tumba vecina, que estaba inmediatamente al lado de la que había sorprendido al vagabundo, era también un montón de tierra, pero al menos éste se hallaba delimitado con ladrillos semienterrados, que en su conjunto formaban un rectángulo del que sobresalía una cruz hecha con varillas de construcción. La cruz de varillas estaba ese día adornada con flores amarillas, de las cuáles colgaba el nombre de la difunta y los años que había vivido.

El vagabundo sintió pena por el anónimo montón de tierra, que ni varilla ni ladrillo tenía para destacarla, y en un impulso piadoso robó una flor amarilla de la tumba vecina, para dejarlo donde yacía el ser sin nombre mientras susurraba: “para que veas que te recuerda algien que ni siquiera te conoció”. El vagabundo se fue de Xoco pensando que el día en que se muriera ojalá a él lo echaran en la fosa común.

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Un día después del día de muertos, todos los que conocieron a los familiares del viejo se sorprendieron, pues ni siquiera un miembro de la familia daba signos de vida. Ninguna de las citas y reuniones que tenían para ese día se realizó. Nadie los vio ni en el trabajo, ni en la escuela, ni en la casa. A partir de ese día, nadie supo nada de esa numerosa familia, que solía vivir promiscuamente en el mismo edificio, el cuál quedó lleno de las pertenencias de sus habitantes como si éstos hubieran decidido irse de inmediato a otro lado, como en una emergencia, sin despedirse ni llevarse nada en su mudanza.

Lo último que se supo de ellos fue que precisamente en la noche del día de muertos una anciana vecina escuchó gritos y gemidos lastimeros saliendo de la casa de la familia. Pero nadie quiso creer a la anciana vecina, pues tenía fama de loca y estaba necesitada de atención, eso sin contar que le gustaba pasar el tiempo, con sol o con luna, bebiendo mezcal. Todos dieron por hecho que los gritos y los gemidos eran de la misma naturaleza que los elefantes rosas y las arañas gigantes que ella solía ver.

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El día después de aquel día de muertos en que le vagabundo regaló una flor amarilla, coincidiendo con la misteriosa desaparición de la familia entera, se hizo en el panteón de Xoco un macabro descubrimiento. Una tumba sin lápida, sin cruz y sin nombre amaneció delimitada por 33 cráneos humanos pertenecientes a personas de diversas edades. La tierra de dicha tumba parecía haber sido recientemente removida.

El suceso ha atraído desde entonces la atención del público, al grado de que ahora en el panteón de Xoco ya hasta cobran la entrada.

Ciudad de México, Junio 2006

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Esperanza de lunes (desempleo)

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Cambian los rostros, pero la sensación que se percibe los lunes por la mañana en este parque es la misma: esperanza. Esperanza de que hoy será el día afortunado, de que hoy sea el día en que se empiece a cubrir lo que la necesidad exige.

Los lunes son los días en que hay más avisos de empleo en la sección de clasificados de los diarios. Por eso los lunes por la mañana vuelve a renacer la esperanza de muchos.

Unos cuantos tendrán buena suerte, otros, los más, terminarán preguntándose sobre su valor en este mundo. habrá quienes decidan utilizar la desesperación para quebrantar la ley, habrá también quien meditará el Sermón de la Montaña y se rendirá ciegamente a este consuelo. No dudo que haya por ahí quien al ver disminuir sus ilusiones,  descubrirá que el Sueño Americano (adoptado ilusamente por la mayor parte del mundo) está destinado sólo a unos cuantos, principalmente a los que nacieron con una cuchara de plata. Seguro habrá quienes se atormenten con el recuerdo de sus hijos hambrientos. Igual de este parque salga algún luchador social. De situaciones como esta surgen personas de la última clase mencionada, pues difícilmente verás una persona satisfecha ñichando por que se haga justicia.

Este es otro lunes de “esperanzas clasificadas”.

Al llegar el mediodía, algunos escaparán brevemente gracias a un sueño, así dejarán que pasen otrso siete días para ver si entonces descubren su Tierra Prometida.

Santa Clara de Asís no tien el poder suficiente para ayudarlos a todos, eso era de esperarse, pues al fin y al cabo es simplemente una santa.

Agosto 2000

El hermano de en medio

Un verano, en casa de los abuelos. Los primos fueron reunidos el fin de semana, como en años anteriores, en esa casa de campo de otras épocas, muy diferente y sobre todo amplia, en comparación con los pequeños apartamentos de la ciudad.

Antes de la comida los niños salieron a jugar al escondite, o “hide and seek ©” como se le conocerá en un futuro muy cercano gracias a los monopolios caníbales y la globalización.

Darío fue casi obligado a salir a jugar con sus primos y hermanos. Era el hermano “de en medio” de su familia, el que no había sido planeado, el que no fue una grata sorpresa, sino todo lo contrario. A sus siete años, Darío era una sombra gris en un día contaminado, carecía de la belleza y gracia de Lucrecia, su hermana mayor, quien estaba en el umbral de la adolescencia; y Darío tampoco tenía ni pizca de la luminosidad de Alejandro, el más pequeño, un inteligente niño rubio que con facilidad conquistaba cualquier corazón.

Los ocho niños se dividieron en parejas, el primo Adolfo, el mayor de todos, eligió a Lucrecia, pronto todas las parejas quedaron conformadas, salvo la de Jaime y Darío, pues el primero no quiso hacer pareja con el segundo y decidió ser quien buscaba a los escondidos. Darío tuvo que ocultarse solo.

Los niños se dispersaron mientras Jaime contaba, Lucrecia y Adolfo entraron a la casa y se metieron en un viejo armario con olor a naftalina, Alejandro y Lucía subieron a un gran sauce tan verde como melancólico, y los gemelos Tina y Tomás decidieron ocultarse tras una gran roca, similar al altar de Abraham, que estaba cerca del riachuelo. Darío corrió al granero abandonado, desde que había supermercados en la comarca, el granero sólo se utilizaba para guardar todo lo que no tenía ya lugar ni sentido en la casa. Darío esquivó viejos aparatos de funciones misteriosas, cubiertos por el polvo de los años, subió unas carcomidas escaleras y se instaló en la parte superior del olvidado edificio.

Jaime terminó de contar y se puso a buscar. Primero encontró a los primos más pequeños, pues Alejando y Lucía no lograron subir muy alto en el sauce. Después encontró a los gemelos, pero por mera casualidad, ya que la intención de Jaime era la de beber un poco del riachuelo.

Los abuelos llamaron a los niños a comer, la mesa estaba puesta y los alimentos calientes. Sólo así salieron Adolfo y Lucrecia de su escondite, en el cual descubrieron algo que los dominaría (no necesariamente a ellos dos juntos) en los años venideros y siempre les recordaría el olor de la naftalina.

La comida fue deliciosa, no tan natural como se hubiese imaginado en una casa enclavada en el campo, pero deliciosa.

Dos años después estalló la guerra. Hombres sin dios decidieron luchar en nombre del Señor contra aquellos que declaran no tener religión. Masacres de civiles, militares desbocados, el mundo se sorprendía ante tanta barbarie. Al final, en nombre de la libertad, pero realmente para proteger sus intereses y conquistar puntos estratégicos, las grandes potencias intervinieron y la larga guerra terminó en un forzado tratado de paz.

Esa ya es historia pasada. Lucrecia, tras cuatro matrimonios fallidos y cinco niños, está tristemente divorciada y desencantada del amor. Adolfo es un vendedor mediocre a punto de la jubilación, pero la economía es fea y tendrá que seguir trabajando mientras viva si es que quiere medio vivir su vejez. Alejandro es un magnate de la comunicación, quien hace creer que nunca tuvo familia. Los gemelos fallecieron en la guerra y Jaime de una enfermedad pulmonar, quizá ocasionada por los 25 cigarrillos diarios que se fumaba.

El presidente de la nación prometió en su campaña comunicar más al país con grandes supercarreteras, eficaces y monótonas como las mejores. Es una promesa que difícilmente cumplirá, la población tendrá que contentarse con una supercarretera a medias que se empezó a construir hace tres meses. La misma historia de siempre salvo por una nota…

En un gran basurero que atravesaría la planeada carretera, ubicado en un lugar en donde hace muchos años había un bello campo, los obreros constructores de la moderna vía empezaron a derribar lo que quedaba de un viejo edificio, que al parecer fue un granero, cuando de repente encontraron los restos de un niño, como de siete años. El pequeño, o la osamenta que quedaba de él, estaba en posición fetal. El presidente, ni tardo ni perezoso, aunque sí un poco tarado y creativo, decidió declarar que el niño había sido una víctima inocente de aquella vieja guerra que hace mucho tiempo separó al país.

Hoy existe un monumento al niño oculto en honor al cadáver descubierto, y la historia oficial es la de que fue escondido para que no lo encontraran los enemigos, y que sus padres debieron fallecer como mártires de la libertad.

Sí, hay cosas que se alejan mucho de la verdad.

La última vez que vi a mi tía abuela (Zacatepec)

La calle sin pavimentar. Tierra seca que se levanta con el lento rodar de los neumáticos, que hacen ese ruido tan particular del hule aplastando piedras sueltas. El sol del mediodía, con su luz amarillenta de finales de primavera. El cielo azul, ninguna nube cercana y dos pigmeas blancas a la distancia.

Vas a visitar a tu tía abuela, desearías haberte quedado en casa. Tras horas de carretera por fin llegas a Zacatepec.

Las casas de arquitectura anárquica, construidas como se les fue ocurriendo a los propietarios de los terrenos. Perros, caballos y gallinas. Autos viejos estacionados. Tedio de domingo. Todos los locales cerrados, menos la pequeña tienda de abarrotes, con anuncios de cerveza pintados en su pared principal.

Llegan por fin a la casa de tu tío. Único hijo de tu tía abuela. Fruto de su amor con un tahúr legendario, gallero de pueblo en pueblo, que al final la abandonó con su vástago. Ella hizo lo posible por seguirle el paso al hombre que amó. Pero no corrió lo suficiente. De ahí que supiera tantos dichos y tuviera su lenguaje tan florido. Hace un par de años que no la ves, desde que se fue a vivir con su hijo.

El hijo, tu tío, es ya un hombre viejo, de pelo cano y rostro arrugado. Ella casi tiene ya 80 años.

La casa, quieta, dominguera, donde el sonido reinante es una mezcla del canto de los pajaritos enjaulados y el televisor de bulbos, que sintoniza en monoaural un partido de futbol. El comentarista grita emocionado hasta cuando el balón no avanza más allá de la media cancha. Esos partidos son como la misa: obligados en el día del Señor.

Las paredes de la casa son de color verde pistache, adornos baratos por doquier, una foto de tu tía abuela joven cargando a su hijo de bebé. No es blanco y negro, es sepia y amarillo.

Hay sillas tejidas, con tiras delgadas de plástico rojo. Mantelitos tejidos a mano, flores frescas -lo único fresco en ese lugar además de las cervezas- bien acomodadas en el florero.

Ves a tu tía abuela, en tan sólo dos años parece que su mente está perdida y su vista, quizá por las cataratas, glaucoma de diabética, extraviada en una distancia más allá de cualquier número de kilómetros. Te reconoce, pero ya casi no habla; no es que no pueda, sino que siente que ya no tiene mucho qué decir.

Te decepciona un poco. ¿Tanto viaje para esto?

Aún la quieres mucho, pero algo te inspira sorpresa. A tus padres les sucede algo similar, lo percibes. La visita se hace incómoda, y eso la hace corta. Mamá, la sobrina directa, ha cumplido. Es hora de irnos.

Decimos adió, abordamos el auto y salimos de Zacatepec, de nuevo a la carretera, de vuelta a casa.

Fue la última vez que vi a mi tía abuela, una mujer antes tan llena de vida, la vi casi muerta.

En ese entonces tendría yo como 13 años. No estoy seguro si fue ese día cuando comencé a tener conciencia de la vejez, y empecé a temerla. No lo sé, pero sí sé que aún me inspira temor.