El teléfono suena, de nuevo…

El teléfono suena, de nuevo…

Ahora es por la salvación de mi alma.

No lo contesto, ¿para qué si no creo en eso?

El predicador desiste, pero sólo por un instante, toma aire e insiste. Parece que se toma muy en serio eso de ser un pastor preocupado por sus ovejas descarriadas o que le dan una comisión jugosa por cada arrepentido inmaterial que entra al Paraíso. ¿Qué pasaría si el tipo se llegara a enterar de que no existe tal lugar, de que los ángeles se aburrirían de ver cada día la Gracia del Señor después de 789 siglos continuos y de que el Infierno no es peor de lo que ahora tenemos?

El teléfono suena, de nuevo…

Ahora es una agencia que quiere aglutinar anónimamente mis preferencias.

No lo contesto, ¿para qué si no me interesa?

El encuestador insiste, quiere saber mi opinión sobre la situación actual. Saber si estoy harto de que los peores sean quienes gobiernen (¿peores con respecto a quienes?, ¿no sabe que en esas cualidades el 99.99% de los humanos somos iguales?), quiere conocer qué opino acerca de la corrupción (¿de cuál?, le diría yo, ¿la del alma, que tiende a la moral que más le afecta?, ¿la del cuerpo, que se corrompe a cada momento de manera natural?), quiere saber por quién voy a votar. Los días de elecciones siempre acudo a las casillas a anular mi voto, eso no le interesa al tipo inquisidor en absoluto. No tiene ningún caso contestar. ¿Para qué? ¿Contribuir al espectáculo del pseudoconocimiento y de la pseudodemocracia? No, gracias.

El teléfono suena, de nuevo…

Quieres hacerme sentir mal otra vez.

No lo contesto, ¿para qué si ya pasamos demasiadas veces por eso?

De qué sirve escuchar tus recriminaciones, tus gritos culpándome de los errores de los dos. ¿Qué sentido tiene que llegue el momento en que te desesperes y cortes una vez más tu discurso interrumpiendo violéntamente la comunicación sin permitirme expresar ni un “pío”? Dejándome en compañía del mecánico tonito de ocupado: tut, tut, tut… ¿Para qué regresar al asunto muerto que ya debió haberse sepultado hace bastante tiempo?

El teléfono detesta el silencio y vuelve a sonar.

Alguien me quiere ofrecer beneficios y grandes oportunidades que yo no busco.

Si le contestara, el vendedor me saludaría cortesmente y me preguntaría cómo estoy, como si le importara de veras. Luego pasaría a recitar la letanía de glorias y bondades que aprendió como autómata. Los loros parlanchines siempre suenan con más cerebro que un vendedor al teléfono. Antes solía escuchar a esta gente por conmiseración, piedad de la piedra de mi corazón, pues es su trabajo después de todo. Pero hace tiempo que opté por decirles “no me interesa” antes de que terminaran su saludo. ¿Para qué premitirles que pierdan nuestro tiempo (el de ellos y el mío)? Ahora ya ni les contesto. Aún así siguen insistiendo.

Carajo ¿qué necesidad tengo de pasar por todo esto?

Mañana cancelaré la línea telefónica.

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Tener ojos y no ver

Algunos (cada vez menos) dicen que Dios es un Padre bueno, viejito de barbas blancas, humanoide que es únicamente amor y bien. Otros dicen que Dios es un hueco de donde emana toda la maldad y que se divierte con el sufrimiento de su creación. A veces pienso que la verdad está a la mitad de los dos extremos, aunque cada vez me persuado más de que si existe un Dios, está más allá del bien y del mal.

Toda fe, toda iluminación que se quiere compartir, termina convirtiéndose en religión, teología e institución humana con una rígida administración que dejando de mirar a la verdad voltea su mirada hacia la ambición y el poder. Cadenas de dogmas, cerrazón de mentes y fanatismo, ese es el invariable destino de cualquier revelación auténtica que se quiere compartir, aunque sea con la mejor intención. La naturaleza humana incluye el absurdo y la imposición, la compulsión por opacar lo puro y sobrevivir a costa de la destrucción.

Queremos encontrarle un sentido asequible a la vida, queremos comprobar que nuestras creencias personales son La Verdad, y convencer a nuestros semejantes de ello, con discursos, patadas o a punta de armas; cuando parece que el sentido de la existencia es la simpleza [que no debe confundirse con la soberana estupidez, ni el infantilismo de los imbéciles que quieren hacer pasar su taradez por inocencia], es respirar, ver que lo bueno y lo malo están entremezclados, aceptar que todos somos partes de la razón y que nadie posee en sí la razón, es bajar del altar dorado al miedo y al deseo.

La broma final, universal, es descubrir que para conocer todo esto, a menos que seas un genio, necesitas llegar a viejo… aunque la mayoría ni aún así nos acercamos a la luz.

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Líbrame de todo mal

Magdalena no conoció a su padre, pero tenía una mamá muy religiosa que iba a misa todos los días y que jamás comía carne en cuaresma, quizá por eso Magdalena, desde muy pequeña, rogaba al Creador que la preservara de todo mal.

Al cumplir 16 años, Magdalena comenzó a salir con galanes para escaparse del asfixiante control de su madre, pero ellos siempre detectaban esa urgencia desesperada en sus ojos y la abandonaban después de conocer detalladamente su cuerpo y divertirse un rato con ella, cansados de sus complacencias ante todo lo que le pedían. Magdalena, entre despedida y despedida, rezaba a Dios que la preservara de todo mal.

Magdalena se fue de casa de su madre, sola, y comenzó a buscar galanes por correspondencia. Le escribió cartas apasionadas a marineros, soldados, reporteros de segunda, vendedores ambulantes y presos, unos la visitaban, la disfrutaban e invariablemente la dejaban; a otros les hacía visitas conyugales, sin matrimoniarse con ellos, pero al final dejó de ser admitida en las prisiones a instancia de los reos que ya se habían hartado de ella. Lo más constante en la vida de Magdalena seguía siendo rogar a Dios que la librara de todo mal.

Un día le escribió a un músico célebre, exitoso homosexual de clóset, quien tras meditarlo mucho decidió proponerle matrimonio a Magdalena para así proteger su carrera y fama artística, pensando que de esa manera también podría curarse de su mal sexual. Tras la boda, la luna fue de hiel, la felicidad que Magdalena sintió por conseguir al fin un marido se evaporó cuando experimentó la monumental impotencia de este, quien no podía dejar atrás sus inclinaciones personales por más que se lo proponía. Magdalena seguía rogando a Dios que la librara de todo mal.

El músico, asqueado de su mujer, se fue de casa a buscar inspiración en otro lado y para ser discretamente abrasado por brazos más fuertes que los de su esposa. Magdalena volvió a escribirle a soldados, marineros, bomberos, payasos, actores y carniceros, a cualquier hombre excepto aquellos que estuvieran en prisión, y su mamá se fue a vivir con ella. La piadosa progenitora seguía yendo diario a misa y era buena administradora, se benefició demasiado monetariamente al regentear los diversos encuentros casuales de su hija, quien a pesar de hacer todo el trabajo no recibía ningún centavo y seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Magdalena le escribió a un jefe de policía que no sabía tocar la guitarra ni hacer horóscopos con flores, pero que sí se enamoró de ella y tenía una doble vida. Además de velar por el orden de una importante ciudad, él proporcionaba seguridad a los contrabandistas de la región y les hacía trabajos de encubrimiento. Magdalena jamás quiso saber detalles de la profesión del policía y se contentaba con saber que aunque no era apuesto era muy viril y que su puesto de trabajo era alto, por eso ella volvió a alejarse de su pía madre y se fue a vivir con él a esa casa que era una réplica del Partenón, decorada con estatuas clásicas, mucho terciopelo rojo, tonos dorados y pinturas rococó. Ella se sentía feliz, pero no por eso dejaba de rogar a Dios que la librara de todo mal.

Durante los idus de marzo, el jefe de la policía se vendió a un grupo mafioso de la competencia que le pareció mejor postor. Mala apuesta, porque sus anteriores patrones decidieron llevarle como regalo de despedida una bomba potente a su oficina. El jefe de policía salió volando por la ventana y cayó como ángel rebelde en el asfalto, hecho pedazos. Ella no pudo soportar tanto dolor, lo peor fue el funeral de cuerpo presente que le impresionó por el rompecabezas humano en que acabó convertido su amado. Magdalena trató de evadir su realidad volviendo a escribir cartas, mientras le seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Pero el fin del policía fue demasiado para ella, ni las cartas ni los encuentros efímeros le permitieron sobreponerse al trágico suceso. Su mente divagó hasta llegar al punto sin retorno, entonces fue recluida en una institución para el apoyo a las personas que viven realidades alternas (como en las épocas del buenismo se les llama a los manicomios). No hubo más cartas, y de amantes solo quedaron algunos locos que se limitaban a tocarla con impudicia morbosa, pero ya para entonces ella no reconocía ni a su madre, nada parecía importarle y lo único que salía de sus labios era un mantra constante y perpetuo dirigido a Dios, para que la librara de todo mal.

Muerte

Hasta el más valiente le tiene miedo a la muerte; y quien diga lo contrario miente, con o sin sus dientes.
Es porque morir significa entrar a lo más desconocido, quizá a la nada. Es ir al lugar del que solo tenemos propaganda hecha en casa que en el fondo sospechamos siempre mentirosa.
No importa lo que digan las religiones, nadie que “se haya ido” ha regresado para contar la experiencia, lo que hay “del otro lado” (es más, aún se espera el regreso del mesías cristiano ¿no?)
Supongo que en el momento previo al de estirar la pata, de colgar los tenis, debe perderse la fe por completo, igual se recupera pronto antes de los estertores previos al frío definitivo, pero de menos seguro debe haber un momento de terror. ¿Y que tal que recuperar la fe no sea ningún alivio?
El mártir vocacional y el suicida con convicción, por más que tengan su esperanza puesta en el más allá o quieran liberarse de la decepción absoluta en el más acá, seguro tiemblan un instante cuando la muerte se les acerca.
El Día de Muertos no es una burla, es la risa nerviosa de un pueblo (celebración que comenzó por recordar a los que “se nos adelantaron” y terminó siendo un intento de homenaje a lo macabro para presumir que se es muy valiente ante la muerte), de un pueblo que quiere creer que muerto seguirá viviendo.
De los que santifican a la muerte, mejor ni hablo. Pocas cosas me resultan tan absurdas como la pagana adoración al vacío que se le implora protección.
Igual pienso mucho en que un día moriré, pero por más que me haga la idea de que eso nos pasa a todos, de que es mejor morirse que seguirse muriendo, no dudo que temblaré como gelatina cobarde en el instante previo al último suspiro.
Así es la vida, así debe ser el paso hacia la muerte.

Apocalipsis, ¿a poco?

Casi todo privatizado, casi toda la riqueza en manos de muy pocos y los muchos además de vacíos, descontentos, pero con la mente bien entretenida, perdida en el país de las Taras. Lo que no es del todo privado, está sindicado, pero los sindicatos ven por los intereses supremos y los de abajo, al carajo. Todo agrupado, todo en conjunto, grupos y organizaciones. Adiós a la independencia real. Uh uhhhhh. Arrodillados ante la tecnología y las efímeras maravillas de mierda, descartables, hechas para no durar y ser sustituidas por otras casi iguales, tan brillantes e inútiles como sus predecesoras. Las 70 vacas flacas en el sueño del nuevo faraón, tan fanfarrón él, quien trata de mantener su insomnio dopado en pantallas planas. Shirley Temple no fue por siempre niña, y Michael Jackson menos; nadie lo logra, por eso Nunca Jamás se llama así. El último cierra la puerta, pero el problema es cuando se olvida que hay que cerrarla DESPUÉS de salir. Azotes de puertas y 20 latigazos más al pobre chico clavado la cruz. Todo para nada, pero se aplauden sus buenas intenciones.

Apocalipsis ¿a poco?

Suficiente tengo con mis propias faltas como para hacerme cargo de lo que tú perdiste. No es el fin, las épocas siempre han sido así… está en los libros. Es una pena que te de fobia leer. Anda, sigue buscando Pokémones, festejando los amañados goles y arrancando hojas al diccionario virtual de tu reloj que por mucho que presuma, sólo sabe dar la hora. Las ratitas en su laberinto tampoco encuentran la salida. Uno no puede ser lo que no es, no importa qué tan bien le ajuste a uno el traje de piel de oveja, y aunque me he forzado a encajar, nunca lo he logrado. El dinero plástico a la alza, y al mismo tiempo cada vez vale menos. Todo es virtual, hasta el amor (aunque creo que éste siempre lo fue). Y vendrán revoluciones, cambios, pero al final todo se repetirá. Ahora somos muchos, demasiados, extremadamente juntos, pero islas al fin y al cabo. La frase que se me tatuó en la memoria: “para sobrevivir: yo no te pelo, tú no me pelas, y ya está”.

delicias

Fácil y difícil

Es fácil hacer promesas, lo difícil es cumplirlas. Es bien sencillo decir ‘para siempre’ y ‘nunca’, eso es tan sencillo como decir cosas bonitas cuando ardes con pasión, a menos que seas Juana de Arco.

Lo difícil es seguir siendo tú y mantener vivos tus sueños.

Es fácil hacer amigos, lo difícil es conservarlos. Es sencillo ver una estrella, pero imposible alcanzarla, pues no es más que el eco luminoso de algo que fue un sol, ahora muerto, desaparecido mucho antes de que se inventaran las mentiras.

Es fácil amar y odiar, esos no son más que sentimientos hermanados que seguido experimentamos. Es bien sencillo juzgar y condenar, así como es difícil soportar ser juzgados.

Es fácil sentirse casi perfecto, lo difícil viene cuando redescubres los colores de la realidad. Es sencillo sentirse inmortal, lo difícil es digerir el concepto cuando nos estamos muriendo.

Es fácil creer en Dios, lo arduo es tratar de conocerlo; es muy duro aceptar que una divinidad no es de uso personal. Es bien fácil embriagarse con la ceguera de la fe, lo difícil es soportar su resaca.

Fácil es decir que eres fuerte, complicado es tener que demostrarlo; sucede igual cuando presumes ser inteligente, y lo difícil es no quedar ante todos como tarado.

Puede ser fácil convencer a los demás de que eres un líder, un ser superior, pues las masas suelen tener mucho apetito de quimeras y utopías; lo difícil es descubrirte un ser cualquiera y sentir tu vulnerabilidad.

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Sólo los buenos mueren jóvenes

Sólo los buenos mueren jóvenes.

Mucho hay de cierto en esa frase, que debe deprimir a quienes seguimos respirando, a quienes seguimos arrancando hojas al calendario, a quienes vemos al tiempo como adversario.

Es una frase muy cierta porque sólo es bueno quien no se corrompe, quien aún cree en la justicia, aquél que no ha sido contagiado con cinismo ni seducido por las dulzuras aparentes del poder, quien crea basado en todo lo que cree, quien no busca quedar bien. Por eso sólo los jóvenes pueden ser buenos, pues un viejo bueno sería un santo, y no hay santos vivos, nunca los ha habido.

Para seguir siendo bueno sería necesario no comer del árbol de la vida, no ganar dinero ni ver noticias, no cuestionarnos cada acto, no contratar asesores que nos digan lo que es bueno y lo que es malo, ni tener fe en los comerciales de televisión o en los dogmas de cualquier religión, tampoco en los avances tecnológicos.

El que es bueno se gana muchos enemigos (la mayoría de ellos disfrazados de corderos), y cree que no hay palabras hechas pare decir mentiras ni para barnizar engaños. Por eso el que es realmente bueno no verá muchos amaneceres.

Te digo, es cierto, sólo los buenos mueren jóvenes.

gs

Cuestionamientos

“¿Es posible ser un vaquero sin vacas?”, se preguntó el ganadero cuando de su rancho se llevaron los animales para sembrar soya patentada. “¿Acaso puede existir un banquero sin banco?”, se decía el cajero cuando las transacciones comenzaron a realizarse por computadora. “¿Tiene razón de ser un escritor cuando ya nadie lee?”, expresaba el autor con nostalgia mientras observaba una nueva quema de libros. “¿Vale la pena estudiar cuando parece no haber futuro?”, lloraba la linda joven que tiraba sus apuntes a manera de rendición al ver la fila de desempleados en la feria del empleo. “¿Existe realmente un altruista que no quiera ser alumbrado por reflectores?”, cuestionaba antes las multitudes en el exclusivo auditorio el célebre filántropo. “¿Hay acaso médicos cuyo objetivo sea realmente la salud de la humanidad?”, pensó con rapidez un doctor en lo que elegía le palo de golf para su siguiente tiro. “¿Habrá realmente riqueza cuando los pobres conformen la totalidad?”, se dijo el empresario cuyo principal pasatiempo era contar su dinero y buscar países cuya mano de obra fuera cada vez más barata. “¿Hay razón para pensar en un mundo regido sólo por absurdos?”, escribió el filósofo antes de irse a dormir con el fin de escapar de la realidad. “¿Es suficiente orar para que exista un Dios?”, dudaba el sacerdote mientras impartía mecánicamente la comunión. “¿Existen derechos humanos aún para aquellos que se comportan como bestias?”, clamaba un hombre victimado por la brutalidad al servicio del poder. “¿Es acaso quejarse el primer paso para el cambio real?”, me pregunto yo. “Y después de esto… ¿Qué?”, se preguntaba un viejo que sentía cercano el fin.

duda

No creas

No creas en el hombre tierno y dulce, que no mata moscas. Es un dragón vestido de abeja sin aguijón, que tiene miedo de perderte y que cobrará a precio de lujo sus humildades.
No creas en cadáver que conduce tu auto, no es un chofer, es Adán a los pies de la cruz, más perdido que Hansel y Gretel en el bosque sin pan; sólo te conducirá al lugar al que no quieres ir ahora.
No creas en la princesa de virginal apariencia, a mayor dulzura y aparente inocencia, mayores suelen ser sus dotes histrionicas; ojalá la escucharas hablar con Jaegger encima.
No creas en el amigo que alaba, que sabe prometer y convencer, que parece tan bueno que te hace creer, en la amistad y en que el mundo es un arcoiris con todo y depósito de oro al final.
No creas en el líder que con dulce música te encanta y te lleva con tu familia y amigos a un lugar apartado para que dejes de molestar.
No creas en las sociedades humanitaias cuyo fin es estar debajo de un reflector y pedirte dinero, para dizque hacer el bien.
No creas en los que juran, prometen y tampoco en los que no envejecen.
No creas en tus sueños y mucho menos en los ajenos.
No creas en lo que tienes, porque así, de repente, todo puede desaparecer.
No creas en la profecías de periódico a colores, ni en las canciones que se usan para anunciar condones.
No creas en las religiones, no creas en la política, ni creas en los entrenadores.
No creas en los seguros, ni en las garantías existenciales.
No creas que ya cumpliste cuando llegaste a la cima, porque ahora enfrentarás lo más dífícil.
No creas que le interesas a alguien cuando nadie te importa.
No creas en los colores de tu pantalla, en las frases apantalladoras, ni en los peces atrapados en las redes.
No creas que el Mundo se acaba nomás por la capicúa de los números o porque tres imbéciles lo dicen.
No creas entonces en nada de lo que recién dije. No creas, simplemente déjate ir.