Muerte

Hasta el más valiente le tiene miedo a la muerte; y quien diga lo contrario miente, con o sin sus dientes.
Es porque morir significa entrar a lo más desconocido, quizá a la nada. Es ir al lugar del que solo tenemos propaganda hecha en casa que en el fondo sospechamos siempre mentirosa.
No importa lo que digan las religiones, nadie que “se haya ido” ha regresado para contar la experiencia, lo que hay “del otro lado” (es más, aún se espera el regreso del mesías cristiano ¿no?)
Supongo que en el momento previo al de estirar la pata, de colgar los tenis, debe perderse la fe por completo, igual se recupera pronto antes de los estertores previos al frío definitivo, pero de menos seguro debe haber un momento de terror. ¿Y que tal que recuperar la fe no sea ningún alivio?
El mártir vocacional y el suicida con convicción, por más que tengan su esperanza puesta en el más allá o quieran liberarse de la decepción absoluta en el más acá, seguro tiemblan un instante cuando la muerte se les acerca.
El Día de Muertos no es una burla, es la risa nerviosa de un pueblo (celebración que comenzó por recordar a los que “se nos adelantaron” y terminó siendo un intento de homenaje a lo macabro para presumir que se es muy valiente ante la muerte), de un pueblo que quiere creer que muerto seguirá viviendo.
De los que santifican a la muerte, mejor ni hablo. Pocas cosas me resultan tan absurdas como la pagana adoración al vacío que se le implora protección.
Igual pienso mucho en que un día moriré, pero por más que me haga la idea de que eso nos pasa a todos, de que es mejor morirse que seguirse muriendo, no dudo que temblaré como gelatina cobarde en el instante previo al último suspiro.
Así es la vida, así debe ser el paso hacia la muerte.

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Lo más difícil es la espera

Lo más difícil es la espera.

Que comiencen las vacaciones, que llegue el amanecer del 25 de diciembre, que empiece el espectáculo. Que sea tiempo de poder sentarse a la mesa con los mayores, de ver lo que ellos ven, de que te entiendan. Que el mundo te tome en serio.

Que se haga realidad la cita que tanto trabajo te costó conseguir. Que nunca más tengas que lidiar con el álgebra. Que te pregunten, que te digan “Sí”.

Que desaparezca la larga fila, que recibas la llamada que te rescatará del frío en un sábado por la noche, que puedas salir sin tener que pedir permiso, que te den el empleo al cual aspiras, que nazca quien será el nuevo eje de tu vida, que termine este mal gobierno.

Que la conversación de  tu interlocutor deje de ser un monólogo que tragas por educación, que ya no tengas necesidad de expresarte en relatos patéticos y dolorosos en primera persona, que puedas salir de la antesala, que alguien decida cerrar el grifo de los reproches, que cicatricen las heridas.

Esperar la partida, esperar un regreso, tejiendo y destejiendo, para volver a tejer.

Que los neumáticos del avión se despeguen del suelo llevándote lejos de aquí, que al fin vuelvas a pisar la tierra que añoras, que comiences las acciones que salvarán tu alma, que llegue el instante en que te perderas irremediablemente en el río de la eternidad.

Que ya dé inicio la noche, que por fin aparezcan los primeros brillos del sol, que vuelvas a ver los ojos que muestran la única verdad en la que crees o que veas caer el muro de la realidad.

Que se termine tu condena, que puedas salir del hospital, que puedas darle prisa al mal paso, sin caer, que empiece tu vida o bien que llegue su punto final.

Las más de las veces se espera en vano, por algo que no valía la pena esperar, pero aunque fuera el caso contrario, invariablemente lo más difícil es la espera, siempre.

tio

En vano (falso orgullo)

En el futuro incierto clavas con acero tus esperanzas, dejando varado en el olvido todo tu pasado. Todos los días las malas sorpresas caen sobre ti como en un diluvio. Al final del camino sentirás que no fuiste a ningún lado.

Más de una vez te quemaste con el fuego inmortal, sin lograr quitarte de los ojos la venda de la ignorancia. Cometiste más de siete veces siete el mismo error, con involuntaria constancia. Creíste reconocer al amor donde sólo había una mezcla de costumbre, instinto animal y figuras de nube.

Todo será de nuevo ceniza, todo regresará a la tierra. ¿De qué valió tu efímera gloria de seudoprofeta, si de la tumba ni tú podrás regresar?

En muchas ocasiones tus anhelos fueron sesgados, en otras las necesidades naturales fueron ignoradas y suplantadas por acciones que te sugirieron serpientes, que desde un árbol de oro te encantaron son sus miradas.

Alguien olvidó sus sueños en un rincón oscuro y tuvo que sobrevivir en el desierto de la multitud. Si alguna vez confiesas que ya no quieres nada, pondrías gravemente en riesgo tu salud.

Todo será polvo de nuevo, todo será como la arena. ¿De qué sirvió tu atesorada sabiduría, falso profeta, si de la tumba no podrás escapar?

Desearías haber renunciado hace mucho tiempo, pero la regla exige llegar al final. La espera te consume a cada momento y ya nadie te escucha ni te vuelven a hablar. Todos los límites son alcanzados tarde o temprano, y yo alcancé el mío contigo desde antier. Ahora, saber quién queda al último en pie es el asunto que debemos resolver.

Todo será nada de nuevo, todo regresa a la tierra. ¿De qué sirvieron tus riquezas, falso profeta, si de la tumba no podrás volver?

Julio 2000

vanitas

Nadie sabe lo que tiene…

Qué orgullosa lucías cuando caminabas a mi lado, en los tiempos que yo te miraba por encima de mis hombros.

Qué brillantes sonrisas iluminaban tu rostro siempre que estábamos juntos, antes de que descubrieras que yo estoy tan incompleto.

Qué voracidad se veía en tus ojos cuando preguntabas por mi vida, cuando querías descubrir todo de mí, apreciando incluso las fallas que no se pueden ocultar.

Pero sólo fui capaz de ver todo eso en ti hasta después de separarnos, cuando seguimos diferentes rutas y ya no había manera de volver.

Qué poco valoré tus ideas cuando estuvimos cerca, entonces nunca presté atención a tus palabras, salvo a aquellas que eran elogios o preguntas sobre mí.

Qué insoportables me resultaban tus amistades, de quienes te aislé durante nuestra relación. En un principio simulé que eran agradables, pero estaba tan seguro de ti que las desterré, haciendo que sólo giraras en torno a mí.

Ya no estás, y es ahora cuando más te aprecio e incluso te necesito. Mi pozo seguirá abierto aunque ya no se ahogará nadie en él. Ya no estás, y no hay forma de rellenar este hueco en mi alma, pues tiene tu figura y nadie más puede encajar. De ti sólo me queda el eco de tu voz en mi mente y la memoria de tu hermosura. Un gélido frío usurpó el puesto de la grata calidez.

No sé qué hubiera sido de nosotros de haberte yo valorado desde el inicio, pero igual todo se hubiese desgastado y termináramos igual de distanciados como ahora.

De nada sirve formular hipótesis con tela de fantasía. Quizá lo mejor sea olvidar.

tree

Apocalipsis, ¿a poco?

Casi todo privatizado, casi toda la riqueza en manos de muy pocos y los muchos además de vacíos, descontentos, pero con la mente bien entretenida, perdida en el país de las Taras. Lo que no es del todo privado, está sindicado, pero los sindicatos ven por los intereses supremos y los de abajo, al carajo. Todo agrupado, todo en conjunto, grupos y organizaciones. Adiós a la independencia real. Uh uhhhhh. Arrodillados ante la tecnología y las efímeras maravillas de mierda, descartables, hechas para no durar y ser sustituidas por otras casi iguales, tan brillantes e inútiles como sus predecesoras. Las 70 vacas flacas en el sueño del nuevo faraón, tan fanfarrón él, quien trata de mantener su insomnio dopado en pantallas planas. Shirley Temple no fue por siempre niña, y Michael Jackson menos; nadie lo logra, por eso Nunca Jamás se llama así. El último cierra la puerta, pero el problema es cuando se olvida que hay que cerrarla DESPUÉS de salir. Azotes de puertas y 20 latigazos más al pobre chico clavado la cruz. Todo para nada, pero se aplauden sus buenas intenciones.

Apocalipsis ¿a poco?

Suficiente tengo con mis propias faltas como para hacerme cargo de lo que tú perdiste. No es el fin, las épocas siempre han sido así… está en los libros. Es una pena que te de fobia leer. Anda, sigue buscando Pokémones, festejando los amañados goles y arrancando hojas al diccionario virtual de tu reloj que por mucho que presuma, sólo sabe dar la hora. Las ratitas en su laberinto tampoco encuentran la salida. Uno no puede ser lo que no es, no importa qué tan bien le ajuste a uno el traje de piel de oveja, y aunque me he forzado a encajar, nunca lo he logrado. El dinero plástico a la alza, y al mismo tiempo cada vez vale menos. Todo es virtual, hasta el amor (aunque creo que éste siempre lo fue). Y vendrán revoluciones, cambios, pero al final todo se repetirá. Ahora somos muchos, demasiados, extremadamente juntos, pero islas al fin y al cabo. La frase que se me tatuó en la memoria: “para sobrevivir: yo no te pelo, tú no me pelas, y ya está”.

delicias

Incompatibilidad (desconocidos artificiales)

El tiempo que he vivido desde que te conocí ha sido dictado autoritariamente, pero sin exigencia aparente ni comprobable, por el ritmo de tu propio reloj tiranológico nuclear.

Las rutas que he tratado de seguir han sido las indicadas por tu brújula, cuya aguja parece la hélice del biplano del Barón Rojo, enriquecida con metanfetamina.

Por ti he esperado, haciendo de la paciencia un desastre y de la desesperación un arte.

Tú, tan fijada en el pasado, dejas morir el presente, pudriendo de antemano los posibles frutos del mañana.

Y yo, tan tarado, que me sigo mareando por seguir dando vueltas en tu círculo vicioso.

Llegó el tan nefasto día de las recriminaciones, decir “yo todo te lo di” y oír la respuesta de “yo jamás te pedí nada”.

Bien pagados los dos.

Uno quiso saber quién iba a escribir la historia de lo que pudo suceder, la otra siempre quiso escribir la historia de lo que fue y lo que jamás sería.

Así sucede que tras quererse tanto, dos nuevos extraños artificiales, se separan con amarga espuma del mar de la rabia y la comezón irrascable del rencor. Se separan heridos, ardidos bajo el quinto sol y como viviendo en el sexto infierno.

Dos seres con visiones distintas, ahora esforzándose en desconocerse, breves compañeros de viaje, que al descubrir el mutuo cobre se dieron cuenta de que no tenían nada en común, ni la corriente eléctrica de sus impulsos.

De aquel cariño forzado, convertido en adicción, sólo quedará, si bien les va, la indiferencia y el mal sabor. Ojalá hubiesen visto a tiempo los signos en la carretera de la incompatibilidad.

Volver (y volver)

Suena un nombre, que no es el tuyo.

El indulto tampoco es para ti (al menos conservas las orejas y el rabo).

El cadenero de las puertas del cielo finge no conocerte.

Tendrás que volver a volver.

Círculo virtuocioso de tu vida.

Ciclón de serpiente que se muerde su cola.

Can cuya dieta consiste únicamente en su propio vómito.

Eco perpetuo de tu voz en la caverna infinita.

Eso eres tú, Samsara en bucle, el constante volver y volver.

No eres rey, no estás fuera, ni dentro.

Soñar no cuesta nada, pero en eso se te va la vida.

Al final de la mecha, ninguna explosión, solo el olvido y el reinicio.

Al final del camino otra vez la línea de partida, entera para ti.

Vuelves a volver, para constatar que el todo es realmente la nada.

Y el todo ni siquiera tiene cuernos por donde agarrarlo.

Sin embargo, aunque aprendas, el curso jamás es aprobado.

Tus recursos son muchos, tu capacidad jamás suficiente.

Por eso volverán a sonar nombres, de algunos.

Pero ninguno de ellos será el tuyo en turno, y volverás a volver…

thangka

Ocaso (el regreso)

Mis botas de viajero ya están muy desgastadas. Recorrí el mundo sin encontrar lo que buscaba. Sólo descubrí que pese a los colores, las costumbres y los idiomas, todos somos iguales… en el fondo. Los paisajes pueden cambiar, otros escenarios fuera de los de teatros artificiales. En algunos lugares hace más calor que en otros. Pero las personas somos en el fondo iguales, sin importar en dónde estemos.

Me alejé de la casa de mi padre con soberbia. Hasta hice perdidas las llaves. Pasaron muchos años y me encuentro de nuevo tocando a su puerta. Ahora está cerrada, ¡qué extraño!, él dijo que siempre estaría abierta.

La reina María me cortó de su corte, argumentando que los años comienzan a oler en mí. Sé muy bien que hubiese olido mejor si mis bolsillos tuvieran algo que ofrecerle.

En las calles aquellos que se abstenían de clavar sus dagas en mi espalda ahora me han perdido todo el respeto. Alfiletero humano. Imagino que es el pago que tengo que hacer por haber satisfecho mi curiosidad.

Mis amigos son hoy sólo nombres grabados en piedras sembradas en un campo sin santidad, que no suelo visitar.

Tengo frío, aun bajo el mediodía del desierto, siento que hasta mi alma se me quedó en otro lugar.

Ojalá pudiera decir que estoy arrepentido, pero todo fue bueno mientras duró. Todo tiene su tiempo y yo bebí con demasiada prisa. Lo que me asusta es lo que queda por vivir. Por eso estoy aquí, afuera de la casa de mi padre, para ver si es cierto lo que de él entendí.

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La caída

Cuando a la pregunta “¿cómo está tu familia?”, se la responde con algo como “todos bien, bueno… mi mamá (o papá) se cayó hace unas semanas…”, y quien la responde es una persona de más de 36, irremediablemente suena a decadencia bien declarada para el progenitor o progenitora que con su anatomía fue víctima de la ley de gravitación universal. Eso es lo que yo creo.

Desde mi tiern infancia con memoria incluida he sido testigo de esa respuesta entre conocidos y desconocidos, a quienes casualmente se las escucho; como hoy por la mañana, en que caminaba por el parque en mi ejercicio diario y tres mujeres, ninguna menor de 70 inviernos, conversaban. Una de ellas dijo eso de la caída de su mamá (alguien que sin duda debe tener al menos 85 años), y de que dicha madre más o menos se estaba ya recuperando.

“Mi papá o mi mamá se cayó hace unos días”, el instante referido en esa frase marca el momento oficial en que los buitres y demás seres carroñeros empiezan a volar en círculo en el cenit atmosférico de la vida de un anciano, al menos figurativamente. A partir de dicha caída, nadie jamás se vuelve a levantar del todo. Nadie. Los viejos una vez caídos pueden volver a caminar, pero algo en ellos sigue, y seguirá en el suelo, hasta que sean cenizas o habiten tres metros bajo tierra.

Pueden pasar meses o años en esa antesala al más allá, pero desde la caída mentada nada vuelve a ser igual. Ahí tienes a los viejos que insisten en seguir vivos, usando y abusando de los adelantos médicos, negando que su futuro es en definitivamente mucho más breve que su pasado. Aceptando vampíricamente órganos para sustituir sus decadentes podredumbres, consumiendo medicamentos que a alguien realmente pudieran hacerle falta. Y los buitres siguen volando.

A partir de esa caída, algunos familiares del anciano comienzan a hacer cuentas, cálculos de lo que podrían recibir tras el KO cercano al último round que ganará la parca por decisión unánime. A veces esos familiares hacen visitas corteses al caído para que este no los olvide en su testamento (tan cercano a ser público), otras sólo se limitan a seguir calculando los días restantes a una saludable distancia, pues no quieren contaminarse del fin próximo. Sienten la muerte tan ajena y lo mejor es estar lejos de ella.

Otros familiares se quedan al lado de los que cayeron, desembolsando en medicamentos y tratamientos, en atenciones y demás, prolongando absurdamente la locura de quien debió haber caído definitivamente y quedarse en la lona, sin el tiempo extra, que marchita y percude hasta al más lozano.

Sonará cruel lo que digo, en verdad no me importa si es así, simplemente es cierto. ¿De dónde diablos habrá salido la idea de que “es una bendición ser viejo”? ¡Patrañas carajas!

Que Dios no olvide que cuando me toque caer (para lo que no creo que falte mucho), y me permita quedarme en el suelo (o mejor en el subsuelo).

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Del engaño y el autoengaño

Todo lo que te enseñaron y creíste vivir, en este caso, es falso. No fue cierto lo de Pedro ni lo del Pollito, pues ni viene el lobo, ni se cae el cielo, porque el primero siempre estuvo allí, y el otro se cae sin aviso. El amor existe, pero es una lotería, no una fantasía al alcance de todos.

El enamoramiento es como la historia, tiene principio y un final. Los signos de los tiempos siempre son confusos, pero el que tenga ojos que vea, aunque no hay más ciego que aquel que se niega a ver. (Si no pregúntale al olvidado ciego de Buñuel).

Miss Q y el aprendiz de jedi quisieron verse jodidos jodiendo a otros, ¿para qué hicieron lo todo lo que pudieron para hacérnoslo creer? Caretas de mal teatro, o engaños flojos, pasados de listos, para distraer, qué disgusto descubrir una verdad tan asquerosa.

No se puede tener todo en la vida, aunque valga la pena intentarlo; ojalá que quienes lo intentan lo hicieran sin abusar de otros. Sembradío de cadáveres y pistas falsas, en la peor manera del peor narcotraficante o político intrigante, y se creen inteligentes por traicionar la buena fe (esto no requiere de inteligencia, sino de una barata dosis de vileza).

Un Réquiem suena en la lejanía, ni idea de por quién doblan las campanas estiradas, le preguntaría al honesto Ernesto, pero se fue, “adelantándose” como dicen los eufemistas racistas, una vez que descubrió lo que salía del cañón de su escopeta.

No fui ni el mejor, ni lo peor, pero esas hirientes comparaciones tuyas… siempre están de más.

A veces es mejor agarrar las maletas y largarse, pero cuando se hace eso, se debe hacer de verdad. Las puertas no deben dejarse entreabiertas cuando se toma una ‘decisión final’. Pésima costumbre esa de terminar una relación para retomarla a cada rato, porque así sólo se logran agrandar las ofensas y acabar muy mal en el verdadero final.

El cadáver dista mucho de ser exquisito y carcomido está, tal como lo retrató el viejo Baudelaire.

Que Job se quede con su paciencia y tú cosecha lo que mal sembraste.