Con tinta sangre (América Latina)

Un hombre,

lo que queda de él.

Encontrado no muy lejos de las vías del tren.

Asesinado,

no cabía la menor duda ante tan grande evidencia:

un roca había destrozado su cráneo, por la ruta de la nuca.

Los despojos de un hombre,

cuerpo sin alma,

ninguna identificación,

pero como a nadie le importan los vagabundos,

como nadie los cuenta en los censos , insensibles,

el cadáver fue donado al anfiteatro de una facultad de Medicina.

Ninguna investigación policiaca fue requerida.

 

Una mujer,

lo que queda de ella.

Apenas una mujer,

pues no estaba demasiado lejos de su niñez.

Sus restos junto al río.

Ultrajada, destrozada, en todos los sentidos.

Víctima de esos abusos que a muchos deleitan en películas y series,

abusos que excitan el morbo, la moralidad insana, medalla de la doble moral,

pues son abusos que todos dicen condenar.

Las masas se “indignan”.

A estas jóvenes víctimas solo las lloran sus familias,

para el resto de la gente son cifras, estadísticas de gráficos coloridos.

Algo de que hablar durante la comida.

A nadie parecen importarle este tipos de casos realmente,

al menos hasta que la víctima es una de sus parientes.

Se habló de la chica una tarde en las noticias,

destacada como el “feminicidio del día”.

Al final, fue otra olvidada de la justicia.

 

Un político,

lo que quedó de él,

fue despegado con palas del piso y con espátulas de las paredes de su lujosa oficina.

Había llegado muy alto,

de la misma manera que todos los que se elevan en este medio:

nadando sin asco en la inmundicia y sepultando a sus enemigos en mierda.

Por eso tuvo el éxito que todos condenan, sin dejar de desearlo para sí mismos,

por eso tuvo demasiado dinero, que tres generaciones no podrán gastar en su totalidad.

Pero se pasó de listo,

se olvidó de sus “amigos”.

La justicia culpó al “crimen organizado” de su asesinato, y no se equivocaba.

Quienes lo mataron siguen ocupando puestos en el Congreso y el Parlamento,

y dos más en la Suprema Corte.

Los asesinos “perdonaron” a los familiares del muerto,

no por magnanimidad, sino gracias a turbias negociaciones y magistrales chantajes.

El político fue enterrado con honores,

convertido en mártir y adalid de la democracia.

Muchas calles llevan ahora su nombre.

La justicia nunca ha sido realmente ciega.

Mayo 2017

Payaso espectacular (la tragedia del anuncio)

Como primer impulso pudiéramos pensar que el responsable de la tragedia fue el creativo de la agencia de publicidad, autor de los dos anuncios involucrados, pues para empezar su cabeza empolló la idea brillante de utilizar la imagen de un payaso vestido de bombero para publicitar seguros contra incendios, en una campaña cuya frase era “No es cosa de risa”. En realidad el creativo no debió tomar las cosas tan a la ligera, ni ignorar la naturaleza melancólica de los payasos, tampoco debió pasar por alto el hecho de que estos, como las mujeres que se maquillan exageradamente, tienen siempre algo que ocultar.

El mismo creativo fue también responsable de la campaña del champú Sedosidad®, que incluía a una chica linda de cabellera castaña y, por supuesto, sedosa. Pero no es cuestión de culpar a nadie, en el fondo todos sabemos que en este mundo nadie tiene la responsabilidad absoluta de nada, o no quiere tenerla, incluyendo a Dios, pues ¿entonces para qué creó al diablo y le permite hacer y deshacer a su antojo?

La historia inicia realmente la mañana de un martes cotidiano en la gran ciudad. Ese día la gente iba y venía hacia y desde los mismos lugares de siempre con las acostumbradas prisas, presiones e histerias. Se respiraba el constante aire producto de la mezcla de la soledad acompañada, la indiferencia urbana y la fría sombra de que proyectaban esos grandes edificios, sedes de trasnacionales y oficinas de los gobernantes opresores.

Hasta arriba de un alto poste publicitario, esa mañana estaba un grupo de hombres instalando un nuevo anuncio enorme, espectacular (de esos que los primermundistas del quinto mundo llaman con orgullo billboards).

Los habitantes de la ciudad suelen elevar sus miradas al cielo principalmente por dos motivos: para suplicar el fin de sus mortificaciones privadas al Dios que generalmente tienen guardado en sus recónditos olvidos, o para dar un vistazo a los nuevos anuncios espectaculares que se instalan periódicamente en las alturas. El segundo era el motivo por el que los habitantes miraban hacia arriba esa mañana.

El anuncio en cuestión era el de los seguros, y era simple y francamente feo, mostrando al payaso bombero en primer plano, tras el cual aparecía una casa en llamas, arriba en letras amarillas decía “No es cosa de risa”. A pesar de su simpleza toda la gente volteaba a verlo pues resultaba ser una pitera novedad que destacaba sobre la aplastante rutina gris de toda la semana. Al día siguiente, el anuncio de los seguros se perdió entre la sobrepoblación de publicidades que saturaba el cielo de esa siempre congestionada avenida.

Una vez instalado, el payaso impreso en el anuncio cobró consciencia de su existencia. A su inherente inseguridad payasa, se le sumó un complejo de inferioridad reforzado por los demás carteles gigantes que habitaban en otros postes y azoteas de los edificios adyacentes. Se sintió empequeñecido ante los colores alegres de un anuncio de refresco de cola, se sintió repugnante ante el porte valiente y arrojado de un vaquero que recomendaba cigarrillos, se sintió intimidado por la adusta cara del gorila protagonista del próximo estreno cinematográfico veraniego, vigilado sin misericordia por aquellos grandes ojos que parecían mirarlo todo desde el anuncio de una internacional cadena de optometristas y asqueado al ver al anciano gesticulante que aparecía en bikini publicitando una tienda de música.

El pobre payaso sentía su corazón de papel sobrecogido y agobiado por el ambiente grotesco que lo rodeaba. Su vida a cuatro tintas era poco menos que miserable.

Así pasaron los días, las semanas y dos meses, y lo único constante era el ánimo subterráneo del payaso.

Una mañana de domingo, un grupo de hombrecillos llegó a quitar el recién censurado anuncio del viejo en bikini, pues había caído de la gracia de los publicistas y del público, porque era un insulto al buen gusto.

Y sucedió un milagro: el payaso se alegró. No fue feliz debido a la retirada de su antiguo vecino en bikini que tenía enfrente, sino por la llegada de un espectacular que promulgaba los beneficios del champú Sedosidad® (que es champú y acondicionador al mismo tiempo). “¡Bellísima!”, se dijo el payaso al ver a la modelo en el anuncio que sonreía satisfecha por los resultados del champú.

Durante la instalación del anuncio del champú, uno de los hombrecillos trabajadores consideró que no era necesario aislar el cable de iluminación del gran cartel . “Total, ¿qué puede pasar?”, pensó el negligente y se fue a comer con su amante, quien casualmente era prima hermana y confidente de su abnegada esposa. El tiempo se encargó de demostrar que la indolencia del trabajador holgazán y adúltero, cuyo lema era “todo debe quedar en familia”, ocasionó algo que se pudo evitar.

La mujer que publicitaba Sedosidad® parecía sonreírle exclusivamente al miserable payaso, pues por un efecto de la óptica los ojos de la chica apuntaban directamente a los del clown. Ella tenía un rostro encantador y de sus expresivos ojos almendrados se asomaba un alma pura, su delicada boca invitaba a ser besada con delicadeza, amor y respeto, su sonrisa era inteligente y bondadosa… una mujer pensante y con el equilibrio justo de inocencia y malicia… bueno, todo eso pensaba el payaso que era un poco ignorante del mundo; y no debe sorprendernos que alguien con esos pensamientos se enamore de manera fulminante en tan solo tres segundos.

La mayoría de los demás anuncios, principalmente el del vaquero fumador, envidiaban la privilegiada ubicación del payaso, quien embelesado contemplaba día y noche a la mujer que tenía ante sí, solo a la distancia de un cruce de avenida. Por más envidia que tuvieran los demás anuncios, no decían nada, pues la vida de un espectacular se limita a ver en silencio y ser contemplados. Claro que esa imposibilidad de expresarse también limitaba al payaso comunicar a su amada lo que por ella sentía, aunque de todos modos la chica le sonreía, encantada.

El payaso experimentó en esos días la mayor felicidad que su condición le podía conceder; pero fue precisamente durante estos momentos de euforia modesta que se desató la tragedia.

Era una cálida noche de mayo, mes como cualquier otro en que suelen nacer grandes figuras a la vez que anodinos personajes, cuando el extasiado payaso bombero se vio forzado a hacer una pausa en su contemplación devota  al notar la primera chispa que saltó de la parte inferior derecha del cartel donde estaba impresa su impresionante amada. Fue cuestión de segundos para que el anuncio de champú Sedosidad® se convirtiera en una gran pira donde amor platónico más se consumió, como tantos otros de su tipo, sin jamás tener la menor oportunidad de comenzar a convertirse en amor real.

En pocos instantes, la hermosa modelo fue un émulo de Juana de Arco en el universo mercadológico, y el payaso se sintió sometido a la mayor impotencia posible, a la vez que víctima de una grotesca ironía. Él allí, vestido de bombero sin poder hacer nada para salvar de la hoguera a su musa; sollozando sin lágrimas viendo impotente cómo volaban las cenizas de su amor y de su amada.

Una vez consumida la pasión, literalmente, el lugar que esta dejó vacante fue ocupado por la decepción. El gorila y el vaquero fumador esbozaban una ligera sonrisa burlona por la desgracia de su vecino, quien con su recobrada infelicidad volvió a ser un payaso en toda la extensión de la palabra.

Más días siguieron a los días, como una cadena monótona de tiempo, y al clown se le comenzaron a ocurrir descabelladas ideas que, aunque de haber podido hacerlo, no hubiese expresado a nadie. Su plan estaba trazado, solo hacía falta esperar por el momento justo. Mientras tanto, en el sitio que ocupara la amada de Sedosidad® fue instalado un anuncio de alarmas para el hogar, protagonizado por un perro bravo de gesto furioso y dientes afilados.

Transcurrieron meses y el payaso seguía esperando. Marzo hizo su aparición, acompañado de vientos fuertes, entonces el payaso se sintió vivo de nuevo. Su espera estaba a punto de terminar, casi llegaba el instante perfecto.

Fue precisamente durante la última semana de ese marzo loco, cuando la ciudad comenzó a ser víctima de un viento violento proveniente del Norte, que en su furia elevaba el polvo y la inmundicia a no pocos metros del suelo. Los profesores de biología solían decir entonces en sus clases que si el excremento fuera fosforescente, en la ciudad ya no habría necesidad de energía eléctrica para fines de iluminación.

Las corrientes eólicas dificultaban caminar por las calles y la gente solía terminar sus trayectos muy lejos de sus destinos originales, los perros falderos se convirtieron milagrosamente en criaturas voladoras a voluntad del viento. El payaso aprovechó la oportunidad, y con un gran esfuerzo y dedicación, sacando de su prolongado desencanto las energías necesarias, logró liberar poco a poco las piezas metálicas que sujetaban las bases de su anuncio, para después arrojarse con su soporte de metal al vacío.

Esa noche las noticias de las nueve dijeron que 12 personas habían fallecido y 23 resultaron heridas tras la caída de un anuncio en la importante avenida a la hora pico, en que muchos empleados regresaban a sus casas. El alcalde urbano se dispuso a promulgar una ley que exigiera “instalar esos anuncios de forma segura para que ninguna situación climática los pueda desprender”… la gente estuvo de acuerdo con él, ya que pues la retrospectiva es una ciencia exacta y cada pueblo tiene el gobierno que se merece.

Fue un suceso triste en la historia de la ciudad. Los deudos y las víctimas intentaron demandar a la empresa que administraba los anuncios, pero no tuvieron éxito, porque era en realidad un negocio del mismo alcalde, ejercido a través de un prestanombres. Nadie fue procesado y al final nadie supo la verdadera causa de la tragedia.

Pero tú y yo sabemos que no hubo responsables, y que todo se debió a la desesperación de un payaso espectacular.

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Ventana

A través de una ventana entran los rayos del sol en la casa desolada. A través de dos ventanas veo el brillo de tu alma.

Desde una ventana se atestigua lo que pasa en las calles, y por ella pudiera entrar un ardiente coctel de odio arrojado por alguien oprimido.

Por la ventana del baño entró ella en una canción, mientras que en otra tonada la fenestra es adornada con flores.

Hay cada vez más gente que reduce su mundo a lo que mira por ventanas electrónicas. Sin importar la marca, así de absurda es adicción a la tecnología.

Quizá por una ventana nos miraba Dios antes de aburrirse o de hacer verdad lo que de Él dijo Nietzsche.

A través de una ventana se podrían ver las acciones privadas que ocultan gruesas cortinas, o lo mismo en dirección contraria al mirar por las celosías. Aunque somos parecidos tenemos distintas manías.

Por una ventana puedes ver el paisaje correr si viajas en tren; pero será un hueco, y no una ventana, al final del tunel por donde todos saldremos en nuestro tiempo.

Sin (¿quién eres?)

Sin la bisutería color turquesa, sin el común aroma de tu perfume, sin esos zapatos con marca de nombre afamado, sin esos alimentos chatarra, sin esos programas de TV que resecan cerebros, sin esa religión que no es más que opio, sin esas necesidades creadas, sin el sexo tal como lo venden y lo compras, sin esa seudoexcelencia laboral, sin ese centro comercial donde no hay relojes, sin el deseo por tener el auto del año, sin hacer larga filas para poseer el último grito de la tecnología, sin ese éxito al que todos aspiran esperando que les caiga del cielo o muriendo en el intento de alcanzarlo, sin la música que está de moda en el momento, sin la película efectista que impera en las taquillas, sin el despertador, sin las opiniones de los líderes, sin la cuenta bancaria, sin el anhelo de tener hijos sólo porque eso se dice que debe ser, sin esas playas abarrotadas en semana santa, sin desear los cinco minutos de fama, sin esas ansias por destacar y ocupar el trono de los que oprimen, sin querer llamar la atención, sin algo que te permita ignorar tu propia voz…

Sin todo eso, ¿quién eres realmente?

Ya nada es como antes

Quisiera plasmar fielmente en palabras los buenos sentimientos,

pero lo que me falla no es la pluma, sino el corazón.

Mi alma no dice ya nada bueno, se ahoga en frases ajenas y silencios,

ideas repetidas, compradas, y no se me ocurre algo que proponer.

Me siento encadenado a esa ermita rodeada por la multitud citadina,

víctima constante de la contagiosa indiferencia, infectado de indolencia

simulo ignorar a quien me llama, y aún más a aquel que me pide ayuda.

Trato de recordar algunos momentos felices,

pero ya ni siquiera puedo acordarme de las permanentes desgracias.

El futuro me parece un indefinible manchón de ilusiones

en esta tierra de asesinos, suicidas y ladrones.

La verdad no sé si continuo en el muno por inercia

o simplemente por llevarle la contraria a la moda.

Ya no hay vino que se transforme en sangre

y la sabiduría fue reducida a publicidad que carcome los sesos.

Con todos esos bombardeos, ¿cómo podría conservar lo que realmente importa?

La gente “civilizada” es la que comete los actos de la peor barbarie

y los que se sienten salvajes, tratan de civilizarse en la misma forma.

Ojalá en vez de quejas pudiera volver a escribir historias e ideas,

pero creeme, en mí ya nada funciona como antes.

Abril 2015

sack

Lo más difícil es la espera

Lo más difícil es la espera.

Que comiencen las vacaciones, que llegue el amanecer del 25 de diciembre, que empiece el espectáculo. Que sea tiempo de poder sentarse a la mesa con los mayores, de ver lo que ellos ven, de que te entiendan. Que el mundo te tome en serio.

Que se haga realidad la cita que tanto trabajo te costó conseguir. Que nuna más tengas que lidiar con el álgebra. Que te pregunten, que te digan “Sí”.

Que desaparezca la larga fila, que recibas la llamada que te rescatará del frío en un sábado por la noche, que puedas salir sin tener que pedir permiso, que te den el empleo al cual aspiras, que nazca quien será el nuevo eje de tu vida, que termine este mal gobierno.

Que la conversación de  tu interlocutor deje de ser un monólogo que tragas por educación, que ya no tengas necesidad de expresarte en relatos patéticos y dolorosos en primera persona, que puedas salir de la antesala, que alguien decida cerrar el grifo de los reproches, que cicatricen las heridas.

Esperar la partida, esperar un regreso, tejiendo y destejiendo, para volver a tejer.

Que los neumáticos del avión se despeguen del suelo llevándote lejos de aquí, que al fin vuelvas a pisar la tierra que añoras, que comiences las acciones que salvarán tu alma, que llegue el instante en que te perderas irremediablemente en el río de la eternidad.

Que ya dé inicio la noche, que por fin aparezcan los primeros brillos del sol, que vuelvas a ver los ojos que muestran la única verdad en la que crees o que veas caer el muro de la realidad.

Que se termine tu condena, que puedas salir del hospital, que puedas darle prisa al mal paso, sin caer, que empiece tu vida o bien que llegue su punto final.

Las más de las veces se espera en vano, por algo que no valía la pena esperar, pero aunque fuera el caso contrario, invariablemente lo más difícil es la espera, siempre.

tio

¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

En vano (falso orgullo)

En el futuro incierto clavas con acero tus esperanzas, dejando varado en el olvido todo tu pasado. Todos los días las malas sorpresas caen sobre ti como en un diluvio. Al final del camino sentirás que no fuiste a ningún lado.

Más de una vez te quemaste con el fuego inmortal, sin lograr quitarte de los ojos la venda de la ignorancia. Cometiste más de siete veces siete el mismo error, con involuntaria constancia. Creíste reconocer al amor donde sólo había una mezcla de costumbre, instinto animal y figuras de nube.

Todo será de nuevo ceniza, todo regresará a la tierra. ¿De qué valió tu efímera gloria de seudoprofeta, si de la tumba ni tú podrás regresar?

En muchas ocasiones tus anhelos fueron sesgados, en otras las necesidades naturales fueron ignoradas y suplantadas por acciones que te sugirieron serpientes, que desde un árbol de oro te encantaron son sus miradas.

Alguien olvidó sus sueños en un rincón oscuro y tuvo que sobrevivir en el desierto de la multitud. Si alguna vez confiesas que ya no quieres nada, pondrías gravemente en riesgo tu salud.

Todo será polvo de nuevo, todo será como la arena. ¿De qué sirvió tu atesorada sabiduría, falso profeta, si de la tumba no podrás escapar?

Desearías haber renunciado hace mucho tiempo, pero la regla exige llegar al final. La espera te consume a cada momento y ya nadie te escucha ni te vuelven a hablar. Todos los límites son alcanzados tarde o temprano, y yo alcancé el mío contigo desde antier. Ahora, saber quién queda al último en pie es el asunto que debemos resolver.

Todo será nada de nuevo, todo regresa a la tierra. ¿De qué sirvieron tus riquezas, falso profeta, si de la tumba no podrás volver?

Julio 2000

vanitas

Bajo el reloj del andén (metro CDMX exDF)

Bajo el reloj del andén, el clásico punto de encuentro dentro del metro. Allí puedes ser testigo de muchas citas frustradas, allí donde dan inicio dos que tres aventuras prohibidas, día tras día, donde la diversidad se hace patente.

Puntual esta mañana llega la banda de cinco músicos ciegos, que no incluye a los tres ratones del cuento, y de inmediato se disponen a afinar sus instrumentos.

Sin inmutarse por los sonidos de los invidentes, cuatro estudiantes de secundaria, fugados de su institución académica, planifican la pinta del día.

Un desempleado, peinado con agua y limón, tal como su mamá le enseñó, ojea la sección de avisos de empleo en el diario deportivo, que sin falta adquiere cada mañana. Una vez que ha leído con sumo cuidado los análisis y resultados de todos los partidos del pasado domingo, las estadísticas y pronósticos para los encuentros cancheriles del próximo Día del Señor, comienza a encerrar en óvalos de tinta las dos vacantes laborales que prometen oportunidades para él.

El quinteto de ciegos, satisfechos ellos de haber sacado de sus instrumentos las notas apropiadas, aborda el vagón que recién ha llegado, dando inicio a su estudiada rutina: cantar para subsistir. Del mismo vagón descienden un par de individuos con rostros de comadreja, ilusionados por lo que puedan encontrar en la billetera que recién robaron.

El vagón se va y la ilusión de los rateros se esfuma, una vez que, bajo el reloj del andén, descubren en la cartera solamente seis tarjetas de presentación en papel barato, un condón más barato que las tarjetas y un pedazo de servilleta descartable con algunos teléfonos anotados de prisa.

Una mujer, maquillada y peinada con ese esmero que pretende agradar, mira su reloj de pulso para comprobar que la hora del reloj del andén no miente. Los estudiantes de secundaria se van rumbo al parque de Chapultepec, para remar un rato en el lago verde neón que luce siempre tan radiactivo. Tanta deliberación de los adolescentes, para terminar eligiendo la opción más común y corriente en su situación.

El espacio que los cuatro estudiantes dejan, es prontamente ocupado por un hombre que lleva consigo un pesada caja metálica de herramientas, cuyo transporte le hace sudar gotas gordas de Adán en busca del pan. Deja la caja en el piso y espera a su compañero de labor para irse a realizar el trabajito que consiguieron para hoy.

Tap, tap tap… Haciendo resonar contra el piso las delgadas tiras de metal adheridas a las suelas de sus zapatos  (para que no se desgasten de tanto caminar), llega un galán presuroso y ligero, sudando por el esfuerzo de su lucha contra el tiempo; viste su mejor suéter, perfumado con una loción pirata que en vano intenta emular el aroma de una fragancia de marca. El recién llegado dibuja una sonrisa de cocodrilo alegre en su rostro y abraza a la mujer de esmerado aspecto, y desesperado gesto, que lo estaba esperando debajo del reloj. Discuten brevemente, pero terminan en un público beso que muestra a los testigos que todo está bien entre ellos, y se van de aquí unidos en un romántico abrazo que les dificulta no poco su andar.

El sitio que dejaron vacante los enamorados reconciliados es de inmediato ocupado por un campesino de rasgos indígenas, su rostro es el como el de los héroes prehispánicos de las estampas y monumentos oficiales en la éoca de los muralistas, de esos personajes del ayer remoto cuya rancia cultura y actos admirables hacen sentir tan orgullosos a los mexicanos de tener un gran pasado. Ignorado por todos, si no es que incluso despreciado, el campesino cargaba un bulto más voluminoso y pesado que la caja de herramientas metálica. Dejando en el piso su bestial carga, el humilde heredero de los nativos descansa un poco bajo el reloj del andén. En eso llega el compañero del tipo de la caja metálica y ambos parten, algo retrasados para su cita, en el siguiente tren.

El campesino, mientras mira sus huaraches desgastados a punto de romperse, piensa en su mujer y en sus siete hijos, piensa en el octavo que viene en camino, pero no piensa en el futuro, sino en cómo sacar adelante el presente. Quizá hoy sea mejor día que el de ayer, quizá hoy la policía lo deje en paz y los turistas le compren al menos dos sarapes coloridos.

Al lado del campesino que ruega la bendición de la Virgen Morena, llega un ser que parece escapado de la corte de los milagros, emanando de su sucia vestimenta roída un intenso olor a orines. Se detiene a contar las monedas que ha recolectado al inspirar pena en algunos desconocidos. En eso, otro Romeo hace acto de presencia con una rosa en la mano, cuyo tallo está envuelto en papel de celofán. El nuevo galán mira su reloj y se recarga en la pared a esperar. Un anciano camina por el anden a paso de tortuga, a su edad ya no hay ninguna prisa por llegar a ninguna parte.

El campesino recoge su gran bulto, se lo coloca sobre su encorvada espalda y camina rumbo a la salida de la estación. El desempleado, aburrido, mira la hora y piensa que ya es muy tarde para acudir a los lugares donde solicitan gente, mañana irá más temprano. Al reloj no parece importarle nada y sigue mostrando la marcha del tiempo.

cigarros

 

Julio 1996

Acero y papel

Imponentes estructuras de metal adornando la moderna avenida

Firmeza y solidez percibe todo el que las ve o quien las admira

Algunas de ellas empiezan a oxidarse, pero no te preocupes, están bien hechas

Algunas muestran curvaturas delirantes, mientras otras sólo líneas rectas

El testigo caminante se siente débil y pequeño al pasar cerca de ellas

Las mira y algo le recuerda que jamás tendrá suficiente fuerza

Sin embargo, fui testigo de un personaje que decidió retar a esas estructuras

Que pretenden ser un eterno homenaje de nuestra extraña cultura

Y con la destreza manual que caracteriza al hombre desde mucho antes de la Eretz Israel

Ese individuo dejó sobre el frío acero su modesta obra: un barquito de papel

Me recordó la historia de David y Goliath, y me sentí bien, porque hice una apuesta correcta.

Septiembre 2005

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