El falso profeta

El falso profeta predijo que esto iba a pasar, pero no fue en realidad una profecía, sino un acto de sentido común.

El falso profeta dijo que el reino de Dios comienza aquí y ahora; pero los santos varones que respiran aire encerrado lo callaron ordenándole, como penitencia, que escribiera 500 veces el Sermón de la Montaña.

El falso profeta dijo que la espiritualidad no se relaciona con los bienes materiales, que no se es superior a los demás por la cantidad de anillos de oro que uno posea. La banca de la ortodoxia lo mandó arrestar por intentar desestabilizar la economía mundial.

El falso profeta al salir de su arresto dijo que todos tenemos los mismos derechos y que debe imperar la razón, por este motivo políticos y militares hablaron muy seriamente con los santos varones.

El falso profeta fue tildado por la religión imperante, además de falso, de blasfemo, hereje, apóstata e impostor. Algo similar a lo que según dicen le sucedió a Jesús.

El falso profeta iba a ser arrestado para encarcelarlo definitivamente mientras encabezaba una marcha pacífica, pero fue muerto de un balazo por un hombre que decía defender los valores tradicionales y salvaguardar las palabras del Todopoderoso.

La gente bien se alegró del fin del falso profeta, y el equilibrio siguió tan desequilibrado como de costumbre.

Caso perdido

Recuerdo que dejé de leer filosofía, porque me deprimía. ¿Cómo es posible que a pesar de tantas buenas ideas, de tantos pensamientos, ya sea para entender el mundo o para mejorarlo, las cosas sigan igual? La pregunta era respuesta a la vez, sin querer me expliqué la vigencia de Sócrates/Platón, Cicerón o Humme, incluso de Shakespeare: el ser humano no cambia.

Cambiarán escenarios, cambiarán tecnologías, pero por redes sociales e Internet se hacen y dicen las mismas estupideces que en un libro escrito o de viva voz, en este siglo o 20 siglos atrás. La miseria humana no se puede erradicar, no hay vacuna contra ella, incluso es parte de la evolución, si lo quieres ver positivamente, de toda evolución, excepto la moral.

De ahí que todo sea igual. Hoy parece que no hay circo romano, como tal, pero sí reality shows, hay noticias las 24 horas (manipuladas la mayoría de ellas), no para mantenerte informado, sino para doparte. Hay videojuegos que te atrapan por horas y horas, hay diversión, lo que no te hace reír, lo que no te divierte, es totalmente serio y aburrido. No lo veas, no vale la pena, y seguimos entretenidos.

La llegada de los imbéciles destructores a las altas esferas del poder no es nada nuevo, gobiernan los peores, la kakistocracia es lo más común en la historia, Calígula, Tiberio Domiciano, tienen equivalentes en varios presidentes de nuestros días. Pareciera que la realidad es siempre negra, pero aquí seguimos, la luz al final del tunel sigue allí, no se apaga, siempre en apariencia más cercana, siempre igual de lejos.

Somos un caso de estudio, un caso perdido, pero para algún estudio en algún lugar.

Amor

El amor es el virtuoso distractor, rayo cegador en el mundo de las sombras.

Sirve para poder soportar los absurdos de la existencia, para olvidar por unos momenos las injusticias, lo negro de las almas. Sirve para inyectar energía a los cada vez más débiles recuerdos de nuestra inocencia. Nos permite mirar hacia otro lado, para dejar de preocuparnos. Es caer, acompañados, en un grato vacío.

El amor es trabajo de equipo, el burladero de la soledad.

Aunque en el fondo siempre estamos solos (el amor hace que nos neguemos neciamente, por momentos, esa brutal verdad) creemos tener un cómplice en nuestra pareja, alguien que estará con nosotros cuando el Sheriff tense la cuerda con la que castigará nuestro crimen. Es una droga que nos eleva a lugares que ninguna otra sustancia o acción puede siquiera permitirnos atisbar.

El amor es el escapista, la evasión hecha obra maestra.

Llena nuestra mente de sueños que supuestamente se encuentran enraízados en lo cotidiano. Nos eleva a esos cielos que ni Dante pudo describir. Nos porpociona la locura necesaria para creer que el día de mañana será mejor.

El amor no dura para siempre, y cuando se agota nos duele.

Quizá cuando se acaba el amor es que morimos nuestra primera muerte, la no definitiva. Es cuando sufrimos para el resto de nuestra vida o nos autoengañamos en una conformidad del calendario. Su agotamiento suele ser el principio del negocio de mutua conveniencia.

Eso creemos.

Yo no te olvido. Los ecos de tus ideas hechas palabras aún resuenan en mi cabeza, mi boca sigue esperando el reenuentro con la tuya (a pesar de que busqué en otras, jamás fue igual). No te culpo de nada, quizá de seguir contigo hubiéramos cabado peor, pero quizá no me fijaría hoy tanto en todo lo aberrante e insultante.

Es un quizá, y perdona que aparentemente me haya desviado de tema, pues me proponía hablar del amor. Solo que al final el amor y tú siguen siendo para mí lo mismo. Aunque hace tanto nos hayamos perdido.

¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Evaristo Castro (limpiando su nombre)

Evaristo Castro no terminó la educación primaria, pero sabía sumar (principalmente si se trataba de dinero) y restar (sobre todo vidas humanas). Se dicen muchas cosas acerca de por qué Evaristo se dedicó al negocio del narcotráfico, demasiadas de ellas mentiras nacidas de mitos creados por él mismo; que por honrar a su vieja madre vejada laboral y sexualmente por corruptos gobernantes y canallas económicamente poderosos; que por haberse cansado de tanta injusticia que suelen ingligir los ricos los nacidos pobres y humildes (tal como había él venido al mundo); que por ayudar a su pueblo natal a salir del atraso… El caso es que simplemente Evaristo era un personaje violento y resentido que buscó el dinero fácil y el poder por el camino sangriento, un desalmando que sabía sumar y restar bien, a su provecho y a costa de las vidas de los demás.

Evaristo Castro tuvo mucha suerte, muy joven llegó a derrocar poderosos cárteles de la droga en la zona tropical, hasta inscribir sus propio nombre con letras estelares en el cartel principal de toda la América Latina. El lado nagativo, y a la sombra, del sueño bolivariano. Astuto, mas no inteligente, fue su ambición y una leve estupidez las que lo perdieron. Igual que a Capone y a Escobar, y a muchos otros reyezuelos de distintos círculos en la historia.

Evaristo Castro, quizá cansado de tanto ocultarse y ser perseguido, de ser culpado de todo por la Gerencia para el Control de Drogas (Drug Enforcement Mangement, DEG por sus siglas en inglés, también el mayor cartel con operaciones a nivel mundial), decidió limpiar su nombre. Evaristo, a través del área de Entretenimiento entre sus contactos, logró pedirle a un exitoso productor de Hollywood (lugar donde se fabrican los sueños de la mayoría de los borregos) que hiciera una película apologética (con demasiado cloro para blanquear y grandes efectos especiales) de su bienhechora vida incomprendida y tergiversada por la élite del poder. Para conseguir por dos frentes la limpieza de su nombre, Evaristo también pidió al área de Política de sus contactos que le compraran, con discreción, todos los requisitos para convertirse en Presidente institucional de la bananera república que lo vio nacer.

En menos de dos años (más de lo que canta un gallo), la vida de Evaristo fue un éxito taquillero en los cines y pantallas de América (de Alaska a la Patagonia): un Robin Hood de tez morena, buenos sentimientos y justo como balanza bien calibrada. Este rutilante logro, sueño hecho realidad, ayudó no poco a que Evaristo se convirtiera en el más popular candidato a la presidencia, y por más que la DEG lo acusaba, jamás le pudieron comprobar sus crímenes. “Coincidentemente”, como si de un maligno virus rabioso se tratara, los testigos clave en los casos contra Evaristo Castro “desaparecían” sin dejar rastro; a la vez que la DEG estrenaba lujosas oficinas y jubilaba a sus principales directores con fortunas dignas de Ali Baba. La corrupción y la ambición suelen ser los padres de las más sucias coincidencias.

Evaristo ganó limpiamente las elecciones, quizás el único acto legal en la vida del traficante, y la nación creyó que a partir de entonces saldría del tercermundismo que parecía tatuado en sus genes, que ahora sí sería un país igual o hasta mejor que los gringos, pero eso quedó en el terreno del hubiera.

Una bala bastó para terminar con el elusivo Evaristo Castro. Una vez que se hizo figura pública y sacó la cabeza de sus escondrijos, no importó el ejército de guardaespaldas que lo cuidaban, ni las medidas de alta tecnología que tenía a sus pies para preservar su seguridad. No fue nadie de la DEG, ni de la Agencia Central de Inteligencia, (Central Intelligence Agency  o CIA), ni el envidioso líder de un cartel enemigo quien disparó la bala que llevaba el nombre de Evaristo. Fue simplemente el hijo del primer policía que murió, muchos años atrás, a manos del encumbrado narcotraficante elegido presidente. Un joven que con paciencia y determinación, con el más depurado combustible de la venganza, se infiltró al más cercano círculo de seguridad de Evaristo y acabó con la vida de este, antes de también volarse los sesos.

El vengador se convirtió en villano y el hampón depurado fue elevado cual mártir santo.

Así acabó Evaristo, el destino le llegó por donde menos lo imaginaba. Pero lamentablemente dejó marcada una ruta que muchos, demasiados, seres como él, han intentado seguir para limpiar sus nombres.

Los genes no engañan.

latam

Apocalipsis, ¿a poco?

Casi todo privatizado, casi toda la riqueza en manos de muy pocos y los muchos además de vacíos, descontentos, pero con la mente bien entretenida, perdida en el país de las Taras. Lo que no es del todo privado, está sindicado, pero los sindicatos ven por los intereses supremos y los de abajo, al carajo. Todo agrupado, todo en conjunto, grupos y organizaciones. Adiós a la independencia real. Uh uhhhhh. Arrodillados ante la tecnología y las efímeras maravillas de mierda, descartables, hechas para no durar y ser sustituidas por otras casi iguales, tan brillantes e inútiles como sus predecesoras. Las 70 vacas flacas en el sueño del nuevo faraón, tan fanfarrón él, quien trata de mantener su insomnio dopado en pantallas planas. Shirley Temple no fue por siempre niña, y Michael Jackson menos; nadie lo logra, por eso Nunca Jamás se llama así. El último cierra la puerta, pero el problema es cuando se olvida que hay que cerrarla DESPUÉS de salir. Azotes de puertas y 20 latigazos más al pobre chico clavado la cruz. Todo para nada, pero se aplauden sus buenas intenciones.

Apocalipsis ¿a poco?

Suficiente tengo con mis propias faltas como para hacerme cargo de lo que tú perdiste. No es el fin, las épocas siempre han sido así… está en los libros. Es una pena que te de fobia leer. Anda, sigue buscando Pokémones, festejando los amañados goles y arrancando hojas al diccionario virtual de tu reloj que por mucho que presuma, sólo sabe dar la hora. Las ratitas en su laberinto tampoco encuentran la salida. Uno no puede ser lo que no es, no importa qué tan bien le ajuste a uno el traje de piel de oveja, y aunque me he forzado a encajar, nunca lo he logrado. El dinero plástico a la alza, y al mismo tiempo cada vez vale menos. Todo es virtual, hasta el amor (aunque creo que éste siempre lo fue). Y vendrán revoluciones, cambios, pero al final todo se repetirá. Ahora somos muchos, demasiados, extremadamente juntos, pero islas al fin y al cabo. La frase que se me tatuó en la memoria: “para sobrevivir: yo no te pelo, tú no me pelas, y ya está”.

delicias

Perfecta utopía perpetua

Sería mejor el mundo si todo fuera como en un viejo Western, pues allí se diferencian bien los buenos de los malos. En la realidad pocos son buenos, y aún estos siempre tienen su lado malo.
Sería mejor todo si un Dios de amor y justicia en verdad existiera, en lugar del supuesto prototipo de esta especie de dos patas que carece de toda lógica, teniendo el supuesto don de la razón. ¿Quién sabe?, igual todo lo que vivimos es una venganza de Zeus por haber dejado creer en él.
Las cosas serían menos feas si dejáramos de lado las etiquetas, por más obvias que estas parezcan. No más capitalistas, izquierdistas, heteros u homos, judíos o palestinos, sino sólo personas.
Al final que cada quien crea y haga lo que quiera, pero sin tratar de imponerse, convencer ni joder a los demás. Siempre habrá un Robespierre o Marat, tratando de convencer a los demás, a guillotinazos, de las bondades de los derechos humanos, de la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Las cosas serían mejores, si todos siguiéramos una justicia general, inclusiva y equilibrada, basada en el bien común y en el beneficio absoluto del mundo.
No más paternalismos, no más explotaciones. Imagina…
Pero en esta vida todo es relativo, incluyendo el absoluto de la relatividad.
Por esto lo que digo no son más que palabras, palabras, palabras, la perfecta utopía perpetua que nunca se podrá realizar.

El lugar de las cosas perdidas

Debe existir un lugar donde se encuentran todas las llamadas que no fueron contestadas, las bellas flores que no se entregaron y las promesas incumplidas.

Un sitio donde habitan las cartas de amor y las aclaratorias que no contaron con el apoyo del valor para ser enviadas, así como las palabras que fueron contenidas a pesar de que debieron ser expresadas.

Allí están los ruegos y los perdones que el orgullo se tragó enteritos, mezclados con toda la comida despreciada en los banquetes; los sueños de grandeza que fueron sustituidos por la pesada mediocridad en mucha gente y están también todos los calcetines divorciados.

Seguro llegaron hasta ese sitio todas lágrimas de madre que ningún hijo contempló, así como los libros y las buenas ideas que no fueron plasmados y que la memoria pulverizó hasta convertirlos en granos de arena para relojes.

En ese lugar están las almas de quienes sólo aspiraron a una vida ejemplar, las de la gente “de bien” que “buscaba” al Señor sin intención de encontrarlo, todas ellas encadenadas a las buenas intenciones que pudieron haber sido realizadas.

En ese sitio misterioso están la paz de los judíos, las buenas intenciones de los políticos y la justicia del Mundo. Allí encontraremos la valentía que correspondía a la mayoría de los hombres y mujeres de nuestros días, de cualquier día, también la inocencia de los niños y la virginidad de los pobres y de los ricos, todo revuelto con los fines para los que debieran servir realmente el dinero y el poder.

Allí deben estar seguramente mis ilusiones, porque hoy sólo siento que vivo por un mero acto de costumbre.

cielo

Foto cortesía de Rocío Pardos, el uso de la imagen fue gentilmente autorizado por su autora. Visita el estupendo blog de Rocío en http://fotografiarocioph.com/

Uno de esos días

Sucedió uno de esos días, tal como acontece con todo lo que pasa. Casi de repente, el mago dejó de sorprender y todos supimos que realmente no partía a las damas en dos; también averiguamos de donde salían sus artificiosas flores y el anestesiado conejo sin suerte.

Ese mismo día, todos los psicoanalistas cayeron simultáneamente, como lemmings en documental de Disney, al fondo de los insondables abismos de sus propias personalidades, sin tener ni maldita idea del trayecto hacia abajo, incapaces de encontrar la ruta de regreso a casa y de ver el camino de ladrillo amarillo bajo sus pies.

Algo sucedió entonces con las musas, quienes decidieron limitarse a dar paseos por las internacionales pasarelas de alta costura y por las alcobas de los gobernantes y millonarios, ocasionando que los escritores sólo crearan obras que deleitaban inofensivamente a las masas, pues habían perdido la capacidad de expresar lo que sus corazones trataban de decir.

De vez en cuando, a pesar de que el sol sale y se pone en los mismos puntos carnales, ocurre un día en el que todo deja de salir como se espera. La gente, igual que en una epidemia, deja de soñar y ni las aspiradoras aspiran.

He oído, aunque no me consta, que el mago fracasado se matriculó en la Universidad de Chicago y luego se hizo gurú de economía, desde entonces nadie se percata de que sus trucos salen siempre mal. Los psicólogos se convirtieron en aplaudidos poetas de medios masivos, las musas disfrutan de riqueza hasta que llega su cumpleaños 27, momento a partir del cual todo mundo las considera viejas pasadas de moda y los escritores se posicionan como laureados publicistas u oscareados guionistas de cine.

Quienes dejaron de soñar, curaron su carencia de fantasías con trabajos esclavos y los pies bien plantados en el piso. No sé si son más felices así o sólo se dedican a aparentarlo.

La única ventaja de las épocas como esta, es que uno de esos días llegan a su final y entonces las escobas restablecen su imperio. Imagino que cada quien debe vivir como pueda, mientras pueda.

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Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática. Para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, para ellos ojos rasgados son ojos rasgados. Así como para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes. Ella, estudiante asiática de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado de ser algo más, debido gran parte a los propios nacionales (no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida).

La familia le enseñó a su visitante a comer tortilla, y tacos como lo manda Dios (no burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos). Pero la nipona adolescente quiso conocer más, la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y cambiar el mundo.

La familia, acomodada y habitante de la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F., supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, sin tener ellos que arriesgarse ni mancharse las manos, ni los pies: se la llevaron a un crucero con semáforo en clavado entre tiendas dignas de Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, donde seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva. Escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad y promesas por luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos (una fortuna para cualquier limosnero mexicano).

Así llegó con la familia al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió a mendigar una anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza a los 30).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón (no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción, tampoco quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo). “Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sorpresa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado a la vieja.

Lo de la “sorpresa” lo dijo para que se entendiera que no sólo era una estúpida carta sentimental, sino que había algo más, de verdadero valor, en el sobre.

La vieja presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con 15 “Dios la bendiga”, a cada uno de los cuales la japonesa responde “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, cualquier paraíso en el que ella crea, sonríe y casi llora de emoción.

La familia conmovida llama a la japonesa, fin de la función, fin de la buena acción. Vamos a comer tacos al Califa, y hacen mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo tras esta escena de pedir su limosna entre los autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del “regalo” a la calle. Total, la vieja ni siquiera sabe leer.