No soñé contigo

Para quien inspira y aporta ideas en eras de vacas flacas

No soñé contigo, de hecho ni siquiera dormí.

Pasé la noche pensando en ti, en volverte a ver,

en tu personalidad, tus ideas, tu voz y tu risa.

Pasé la noche pensando en cómo se puede adelantar el tiempo,

pero llegué a la conclusión de que todo llega en su momento.

No soñé contigo, estuve pensando y pensando en ti,

emocionado porque pronto estaremos ambos frente a frente,

para vernos y escucharnos sin tecnología de por medio,

efectuando un encuentro tal y como lo dictan las normas de los más lejanos ancestros.

No soñé contigo, de hecho ni siquiera dormí,

porque pasé la noche pensando y pensando en ti.

Y si lo analizamos, eso no tiene nada de raro,

porque incluso durante el día,

en ti me la vivo pensando.

 

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¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Una vez más, como los días de antes

Una vez más, como los días de antes son los días de ahora, todo igual.

Nadando en la turbia pecera de ese olvido, hijo natural del descuido.

De nuevo en el mismo sitio, para el que involuntariamente acostumbras comprar boleto.

Tu típica mala apuesta en el tradicional y hediondo mal juego.

Una vez más en una burbuja de silencio, mientras afuera suda la noche bulliciosa.

Estás así por haber cambiado lo más por lo menos, asfixiante cambalache que te dejó vacío.

Contemplando, frío, el polvo que dejó tras su carrera el sueño fugado.

Te sientes como los que simulan indolencia en la sala de espera del infierno.

Y no hay de otra, más que aceptar como siempre la derrota.

No queda más que contemplar el lento desfile gris de las horas.

No es posible conentrarte, es imposible abstraerte o sustraerte.

Fiera con jaqueca en la jaula de ese olvido, cosecuencia lógica del descuido.

El tiempo se llevó todo, incluso metió en su arcón a las musas,

Dejándote solo en estos momentos arduos de sobrellevar.

Es la prisión en la que convertiste tu libertad.

Una vez más, años después casi todo es igual.

Una vez más, como los años de antes, son los años de ahora, todo igual.

 

Agosto 2005

fagin

Plantado de nuevo (naturalmente)

El reloj es el principal testigo de mi espera, y a la vez  es el limón que gotea en la rajada profunda que provoca la expectativa de tu andiada llegada, recordándome que te espero con cada uno de sus machacones tics y tacs.

Por dentro estoy más tormentoso que un ciclón salvaje en plena era del cambio climático, pero por fuera trato de lucir tranquilo, estóico y quieto, inmutable venciendo al mercurio de mi termómetro interno.

Un mono de piedra sólo mueve su cabeza, sonríe a lo que mira y como que se burla de mi espera; como si no hubiese tenido yo suficiente con el maldito reloj.

Decido ver a la gente caminar sin rumbo fijo, salir del tren o abandonar el andén, quisiera decir de ellos tantas cosas, pero mejor me callo, tan discretamente como Sherezada al terminar el capítulo de la noche, en ese entretenimienti del que dependía la conservación de su cabeza, y yo queriéndome arrancarme la mía, me limito a mirar.

Abro el diario abandonado de hoy, que me encuentro como a un huérfano en una banca, me y me entero de lo bien surtido que está el mercado de la carne, ¿a cuántos animales habrán hecho sufrir ayer para abastecer a todos los carniceros esta mañana. Me pregunto quiénes están en lo correcto y quiénes son los extraviados.

Vuelvo a mirar el reloj y pienso en tu aparente indecisión. cada vez hay menos gente, ya todos están en casa o celebrando con cualquier pretexto para olvidarse momentáneamente del tedio en sus existencias.

Te he esperado, siento como si te hubiese admirado desde mi infancia, y sin poder aún decir qué se siente escuchar de muy cerca el sonido de tu voz. Para pasar todo este tiempo he besado otras palabras. Con ello sólo compruebo que eres la indicada.

La última vez que te ví íbamos viajando en un tren cercano al infierno. Ambos salimos de allí tranquilamente, yo sin saber nada en concreto, tú con el mapa incorrecto. Han sido muchos pasos hasta llegar ante esta situación, en la que no sé si para ti soy tan amorfo como el humo de cigarro o si soy una especie de estrella, ente lejano y sólo un débil eco de algún pseudosol que fue, con insuficiente luminosidad.

El reloj me dice que, aunque no me mueva, cada segundo estoy más cerca de ti. Imagino que todo llega a su tiempo, sin importar la ansiedad que me enciende. La caja de música tocó su última tonada y ya no hay nadie más que yo en este lugar. Miro la hora y son mucho más de las doce. Parece que seré testigo solitario de otro amanecer, mientras tú me has regalado otra aparente indecisión sin envoltorio.

Regreso a casa, tan abandonado como salí de ella, pensando en ti, recordando que tu llegada igual y es del tipo de la del ladrón apocalíptico. Entonces estaré preparado, con una luz en mi ventana, la llave debajo del tapete de la entrada y tratando de no cometer actos que me tengan que hacer suplicarte. Termino sospechando que el reloj no sirve más que para adornar esa pared de la que se podría obtener mi lápida.

clock

Semana (el ritmo de mis relaciones)

Lunes, cualquier sonrisa, hasta de prisa, es la carnada perfecta para el anzuelo que se lanza a las quietas lagunas del hastío o la soledad.

Martes, de las bocas salen dulces palabras, besos con sabores novedosos, mientras las manos experimentan caricias que trazan futuros delirantes en el lienzo de la piel.

Miércoles, las ausencias comienzan a producir angustia, las dudas salen de cajitas de pandora, como grotescos payasos impulsados por malignos resortes, y los anhelos adquieren latidos compartidos.

Jueves, las primeras heridas que ocasiona el contacto constante son ignoradas, pero muy pronto son anotadas en la lista invisible del posible rencor o guardadas como ases en las mangas de los sacos venideros.

Viernes, ya somos como dos robinsones amarrados mutuamente por costumbre, a veces con una indiferencia simpática que nos mantiene pegados, esa misma que algunos confunden con el “amor verdadero”.

Sábado, se siente por las venas el temor intenso a reencontrarnos con la soledad. Dominó del tedio y miedo dominante. Ansias de libertad y sueños de independencia.

Domingo, avalancha de reproches, vagones separados en el tren, ecos en el pozo seco, tropezamos con una serpiente que nos hace resbalar hasta la casilla inicial.

Y de nuevo lunes…

Este es el tipo de relación que acostumbran mis sentimientos.

Yo no lo sé de cierto, pero me han dicho que hay seres favorecidos por Aquel que escribe las leyes justas y emite los veredictos eternos, a esos afortunados no se les aplica mi amatoria ruleta y se les da a cambio una coincidencia perfecta.

También he oído de personas que no son quisquillosas o que no quieren pasarse de graciosas con la vida, que se resignan y aprenden a supervivir con lo que ha caído en sus platos, sin remilgos y sin querer explorar más allá de la mesa.

Yo no tengo tan buena estrella ni tan poca curiosidad, mis pies siempre están por los suelos y mis ideas por donde las águilas se atreven. Posiblemente no nací para estar emparejado, ni para empaparme en el mismo río. Posiblemente soy un lío.

No quiero utilizar a nadie y tampoco quiero ser utilizado.

No quiero garantías de acero y tampoco quiero jurar.

No quiero ser tomado demasiado en serio, pero tampoco que jueguen conmigo.

Soy muy limitado, sólo conozco estas relaciones que duran una semana, que tienen siempre ritmos semejantes a los de una marcha o un vals. Admito estar algo cansado de ellas, pero no me preocupo tanto, mientras sean solamente jornadas exclusivas de un mundo efímero, donde las horas pasan y el tiempo pesa.

El que me preocupa es el más allá, ese del que nadie sabe realmente nada, y sólo ruego que por favor allí no sean iguales mis semanas.

cal