No lo dije yo primero

Que un loco esta al frente del país más poderoso… no es nuevo, ya ha pasado demasiado en muchos ayeres.

Que el mal está desatado en el mundo y que no hay refugio dónde esconderse, lo mismo le dijeron a Noé y al tatarabuelo de Matusalén.

Nada cambia en esencia, cambian un poco las tecnologías y escenarios, pero no cambias ni tú querida, a pesar de tu extenso menú de desvaríos y agravios.

La historia la repiten quienes la conocen y también los que la ignoran, nada puede evitar el mismo bucle constante y sonante.

Que las cosas van tan mal que sólo podemos esperar que mejoren, es la esperanza más usada desde que los humanos andamos en dos patas.

Que el mañana será dorado y bello es la misma creencia que se tiene para evitar el suicidio masivo con impuesto al valor agregado, la realización de Lemmingrado.

La vida no es buena, ni mala, simplemente es. La existencia carece de sentido, y nuestro trabajo es inventar una razón o un motivo cada día hasta que se nos acabe la cuerda.

Si la cosa no fuera tan patética me orinaría de risa, si no fuera tan cómica me quedaría seco y sin lágrimas.

Nada será peor que ahora, y tampoco será mejor. Siempre el mismo desconcierto de la perfección y no hay nada perfecto, excepto el caos.

Así es la vida, en rosa y en cualquier color.

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Clavar cuchillos en la tierra

“No creo en dioses”, me dijo seriamente y continuó: “pero preferiría rogarle a un dios inexistente de la lluvia que clavar cuchillos en la tierra para evitar tormentas”.

No dije nada, le dejé hablar.

“Clavar cuchillos, donde sea, me resulta violento, y en este caso particular me parece un simbolismo para lastimar la Tierra, y ya la hemos lastimado bastante. Ignoro de dónde habrá venido esa costumbre, pero además de violenta me parece ofensiva y tan absurda para el beneficio de los seres humanos como escupir al cielo”.

Continué en silencio.

“¿Has notado lo bien que se siente abrazar un árbol?”, me preguntó, y sin esperar mi respuesta continuó: “Te da energía, paz, es una comunión con la naturaleza. Eso me hace pensar que clavar un cuchillo, sea donde sea, jamás es bueno y dudo que pueda aportar algo positivo. Además, llueve por alguna razón, que no nos convenga es una cosa, que no lo consideremos nosotros necesario es otra. No somos tan importantes como para que la naturaleza se detenga porque nos conviene”.

Yo sólo había comentado incidentalmente la costumbre de clavar cuchillos en la tierra para evitar lluvias, pero no dije nada más. Me despedí y en ese momento comenzó a llover a raudales. Hubo inundaciones provocadas por la basura en las calles más que por la lluvia intensa. Típico caso de obstrucción del drenaje por suciedad negligente de los seres humanos. Aunque intento encontrar explicaciones razonables a todo no pude dejar de pensar: “¿qué tal si toda esta inundación se debe a una venganza de la naturaleza porque alguien respetó tan poco al mundo que clavó cuchillos en la tierra?”.

inundacion

Cansado y enfermo

Estoy cansado y enfermo de todo. De ti y de mí, de todos. De lo poco que hemos realmente avanzado, como personas y como humanidad.

Estoy cansado de las diferencias que nos arrojamos a los rostros y de perpetuar las nocivas similitudes que nos hunden en el fango como piedras de molino al cuello.

Cansado y enfermo de la justicia de las cortes y de su torcido derecho, de leyes y magistrados de altos precios, gracias a los cuales gobernantes ladrones gozan del pan que roban a niños y ancianos, gracias a los cuales asesinos de estudiantes y bebés siguen sus vidas como si nada, gracias a los cuales violadores y feminicidas siguen libres, pues después de todo sus víctimas “sólo eran mujeres”.

Estoy cansado y enfermo de la opresión, de la ignorancia alimentada para que no pienses nada, de las pocas oportunidades que realmente hay para todos, de las masas que siguen siendo engañadas y que se conforman con el circo ya sin pan.

Estoy cansado y enfermo de la farsa que hacen llamar democracia, en la que nos hacen votar por seres que no son opciones reales, que solo sirven para perpetuar los errores o para imponer tiranos que cometerán los mismos atropellos de sus antecesores, pero usando otros colores.

Estoy cansado de los medios y de las noticias, tanto falsas como verdaderas, que nos bombardean noche y día. Listas de muertes y asesinatos, enumeraciones de todo lo que está mal, son propuestas ni soluciones, simplemente para aterrarnos, para hacernos sentir impotentes y solos, muy solos. Aislados en un mar de odio.

Estoy cansado y enfermo de la indiferencia de los muchos, quienes sólo comienzan a actuar contra  la tiranía y el crimen cuando se convierten en víctimas directas, momento en que ya es demasiado tarde para un cambio digno y sin sangre.

Me producen náuseas los payasos enfundados en actitudes de tiranos, y los grupos de poder que los manejan detrás de gruesas cortinas, imponiendo guerras y economías esclavizantes, usando a la gente como vil carne de cañón.

Estoy cansado y enfermo de que el bien y la verdad sean alabados por todos, de dientes para afuera, mientras se trata de sepultarlos bajo una montaña de oro y mierda.

No hay nada nuevo bajo el sol respecto a los seres humanos, no lo habrá.

Un deseo

Era un niño pobre. En serio, era muy pobre y también sucio.

Si vieras su pelo tieso y revuelto lleno de polvo, su panza redonda y abultada por parásitos, y los mocos que salían de su nariz y se arrastraban hasta secarse en su labio superior podrías comprobar su grado de suciedad. La mugre en sus agujeradas ropas, en sus brazos raspados y en su cara era como una fiel compañera del pequeño.

Tenía que ser también un niño desgraciado, pues ¿cómo no serlo con un padrastro violento y golpeador que se la pasaba borracho la mayor parte del tiempo? ¿Cómo no ser desgraciado con una madrastra tirana que lo obligó a dejar la escuela para trabajar pidiendo limosna en las calles?

“Quítate de mi camino”, le gritaba el padrastro, aunque el niño no le estuviera obstruyendo el paso, simplemente como innecesario pretexto para propinarle un puntapié.

“¡Dos jodidas monedas!, ¿es todo lo que puedes conseguir en una tarde?”, le reprendía a manera de bienvenida la madrastra propinándole un duro golpe en la cabeza cada que el niño llegaba a la pocilga que llamaban casa.

Quizá te preguntes cómo es que el niño tenía padrastro y madrastra. La respuesta es simple: nadie sabía quién era el papá del niño, y nadie supo quien era su mamá. Simplemente fue encontrado dentro de una caja de cartón, a los pocos días de nacido, afuera del templo de Santa María de la Piedad. El párroco del templo fingió no ver la caja y se limitó caritativamente a dejarla donde estaba para que algún alma buena pudiese practicar la piedad.

La caja fue recogida por una anciana que vivía en una vieja vecindad sobrepoblada. Pero a la vieja no le quedaba mucha vida y, cuando murió, la hija de la anciana decidió convertirse en madrastra al ver una oportunidad de ganarse algo de dinero con el niño.

El niño tenía que ser desgraciado, pero no lo era en realidad. Curiosamente, a pesar de su historia y del ambiente que lo rodeaba, siempre pensó que había algo mejor en algún otro lugar, al que llegaría tarde o temprano.

Esa ilusión no tenía raíces religiosas, porque el niño de religión no sabía nada. Tampoco era algo que le hubieran inculcado sus padrastros, quienes de la noche a la mañana, y del amanecer al anochecer, solo transpiraban amargura y maldiciones, los pensamientos de este par de odiosos odiadores jamás iban más lejos que el color de una botella o la redondez de las monedas.

La ilusión del niño no era siquiera una esperanza nacida de la semilla de la educación, porque en los pocos días en que el niño fue a la escuela, no escuchó de su maestro nada más que críticas y lamentos dirigidos al injusto gobierno opresor, y ninguna idea de cualquier otra clase.

El niño simplemente sabía que en algún lugar había algo mejor.

Una tarde, después de haber recibido tres monedas afuera de una de las múltiples plazas comerciales de la gran ciudad, el niño se dirigió a un viejo callejón a guarecerse del sol y ver si encontraba algo para comer en un contenedor de basura donde solía hallar buenas oportunidades para calmar el vacío de su estómago.

Bajo la sombra que al callejón daban los altos edificios, el niño se disponía a comer una fruta encontrada, no demasiado pasada, cuando vio un extraño destello azul debajo del contenedor de basura.

Era una especie de anillo con una piedra turquesa, que destellaba como si le estuviera dando directamente la luz. Y sin embargo, todo allí era sombra.

El niño frotó la piedra y ésta despidió un luz aún más intensa y cegadora. Cuando los ojos del pequeño recuperaron la vista, notó frente a él a un gnomo sin gorro que lo miraba expectante.

“Pide lo que quieras, niño, que te lo concederé. Pero piensa bien, que sólo puedo hacerlo un vez”, le dijo el gnomo, mientras sacaba de su manga un sombrero cónico, que nada tenía de gracioso.

“¿Lo que sea?”, dijo el niño, y se dispuso a pensar en el mejor deseo.

“Lo que quieras se hará realidad, pero sólo tienes una oportunidad”, confirmó el gnomo.

El niño se rascó la cabeza, tanto para pensar como para calmar los piojos que no le permitían concentrarse. Pensó en comida, en riquezas, pensó quizás en ir a ese lugar al que siempre había querido llegar. Pero se dijo que a ese lugar de todos modos llegaría algún día, así que era mejor pedir algo realmente bueno.

“Que ya no haya nada de maldad ni gente mala en el mundo”, dijo por fin el niño.

El gnomo asintió solemne, y de repente todo fue de nuevo una cegadora luz y quietud. Desapareció también el bullicio citadino.

Tras recobrar la vista, el niño se encontró de repente en un bosque. Nada de edificios, nada de gente, nada de calles, ni siquiera el callejón. Sólo paz y animales.

Y así, por más que caminó, el niño que con los años se hizo adulto, no encontró ni una ciudad, ni un poblado, de hecho jamás volvió a encontrar a ningún ser humano. Y vaya que caminó mucho por el mundo.

De esta manera, sin pedirlo en su deseo, el niño llegó al lugar que siempre quiso.

Al gnomo tampoco lo volvió a encontrar jamás.

gnomo

En tu habitación

En tu habitación, como alquimista medieval, realizas conjuros extraños, guiando corazones a tu manantial. El fin es bueno, no hay rastros de malicia, te creo, y esta es parte importante de lo que me atrae más de ti. No somos perfectos, de hecho soy una completa colección de errores. Mi fuerte son las palabras y la imaginación, y bastantes veces las dos juegan en mi contra.

En tu habitación, como alquimista medieval, te comunicas a media noche con quien te adora, con quien te admira por tu belleza total, natural, y que espera no pisar en falso para caer en el precipicio de las equivocaciones. Nada está garantizado, y es probable que me vuelva a desbocar. No es pedirte disculpas por anticipado, es simple aceptación de mi humanidad.

En tu habitación, como alquimista medieval, te llega el cansancio y decides poner a dormir tu piedra filosofal. Se acaba la charla con tu despedida, tu admirador se queda pensando en ti, y escribo esto. Ojalá que lo nuestro, de existir, llegue a buen puerto.

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Ayer, hoy y mañana

El siglo XXI no se diferencia mucho del XIV ni del menos VII; tampoco será muy diferente del felacional-cunnilingüista siglo LXIX, si es que la existencia del mundo alcanza tan lejos.

A pesar del actual cacareo de respeto, apertura mental y buenismo rampante, seguimos viviendo esclavitudes, racismos, desigualdades, diferencias y discriminaciones que se arrojan groseramente a los rostros de los que menos tienen y más necesitan, o a las caras de las víctimas favoritas que suelen ser todos aquellos que salmonean contra la corriente.

Por todo eso aún demasiados homosexuales (LGTB, CBS, NBC, CIA, KGB, CNN, BB King) siguen en el armario, de lo contrario serían señalados; por eso tantos ancianos despiertan los domingo sin comida, la seguridad social es una broma que tratan de erradicar el capitalismo caníbal, el neoliberalismo de Friedman y la tecnocracia ignorante; por eso una mujer sin poder tiene que ignorar las peticiones marranas de su jefe o enfrentar el desempleo con cargos de difamación; por eso niñas y niños son abducidos en parques para convertirse contra su voluntad en atracciones turísticas sexuales o parte de un harem de un jeque árabe o empresario europeo; por eso los políticos se entremezclan con el crimen, el tráfico de drogas, de armas y con el terrorismo, son todo lo mismo; por eso no falta el imbécil ignorante extremista religioso dispuesto a morir por lo que su supositorio dios ordena, o hacer morir inocentes por la misma razón.

Podrás argumentar que hoy en el mundo hay menos violencia que antes, yo lo dudo. Para mí podrán cambiar los escenarios y las tecnologías, pero seguimos actuando en la misma tragedia bestial de siempre.

Así fue, es y será

Decía el que sabe que conocemos primero el cielo que nuestro corazón, y más aún ahora que tenemos tantos distractores y herramientas evasivas que nos alejan de nosotros mismos, y por ende de la Verdad. Somos cada día más vacíos y desconocidos. Así fue, es y será, naturaleza humana.

Nos conmovemos profunda y efímeramente ante desastres donde mueren cientos de personas, ajenas a nuestra realidad cercana, porque en el fondo pensamos que eso podría ocurrirnos a nosotros. Pero si nuestro vecino o pariente se returce de dolor, tendemos a jactarnos o a mostrar indiferencia. Amamos a la humanidad, pero no a la gente que conocemos.

A los animales los maltratamos o los tratamos como seres humanos; rara vez respetamos sus dignidades originales. No me es extraño, yo mismo lo he hecho. Así fue, es y será; pura naturaleza humana.

Somos muchas sonrisas cuando necesitamos algo o cuando somos vendedores. En cambio somos amargura, molestia y caras de aspereza cuando alguien nos pide lo que sea, sin ofrecer nada más valioso a cambio.

Hacemos culto a la belleza y juventud, como si fueran perfectos y perpetuos, huímos de la fealdad y la vejez, aún cuando nos pueden contar buenas historias si cerramos los ojos y de que, si sobrevivimos lo suficiente, serán mañana nuestras características.

Tenemos terror a la muerte, aunque es la compañía más constante a nuestro lado, qué absurdo.

Somos ilógicos, irraconales e idiotas, a pesar de que insistimos en presumir lo contrario. Así fue, es y será; pura naturaleza humana.

Envejecer, enfermar y morir, es el futuro de cada uno; sin excepción. Por eso más nos vale rescatar y aprovechar los tesoros de cada día, aunque sean pocos. El mañana siempre podrá ser peor.