Esperando la Aurora

Ha sido una larga noche en vela.

Llena de aterradores pensamientos sin esperanza.

Soy testigo claro, iluminado por el eco de los tiempos,

de que no tiene caso apostarle al mañana… los dados están recargados.

Sin embargo aquí estoy, respirando y pensando, esperando la aurora.

La vida es corta para muchos.

Principalmente para aquellos que no la saben vivir.

Para quienes cada día es una rutina y cada noche una ruina,

esos son los dopados con series, canciones en serie, modas inmundas y dispositivos sometedores.

La vida es corta sobre todo para quienes no tienen ni idea de lo que es la libertad.

Al final nada importa y sin embargo aquí estoy, esperando la aurora.

La soledad no es una maldición, el abandono sí, y estos son tan hermanos como Abel y Caín.

De arriba nos hacen creer que no estamos solos, cuando en realidad acá abajo estamos abandonados.

La vida no tiene ninguna razón ni motivo en sí, está en nosotros crear el nuestro, y seguirlo.

Pero somos pereza viviente, preferimos todo empaquetado, a pesar de que el precio a pagar sea nuestra propia destrucción.

A veces es difícil seguir por aquí y sin embargo aquí sigo, respirando y pensando, esperando la aurora.

esperando la aurora

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Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática… para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, estos pseudoherederos de las gloras de antiguas civilizaciones que suelen rimar con “mantecas”, cuyo honor principal es dizquehaber inventado el 0. Para los mexicanos posthispánicos “ojos rasgados son ojos rasgados”, “chinito-japonés, come caca y no me des”, al menos esto último era antes del buenismo hipócrita actual. Y supongoo que, de manera similar, para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes, que ni Marco Polo podría unir definitivamente.

La chica asíática es estudiante de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado para crecer, debido gran parte a los propios nacionales, pues no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida.

La familia mexicana, clasemediera alta, le enseñó a su visitante a comer tortillas y tacos como lo manda Dios, no de esos burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos. Pero la nipona adolescente quiso conocer más, ver la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y así tener bases para comprometerse a cambiar el mundo.

La familia, como dije, es acomodada y habitante en la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F. (hoy CDMX, contradiciendo las leyes de la simplicidad), y supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, para no tener ellos que arriesgarse a ser robados, ni mancharse las manos o ni los pies al entrar en contacto con esa gente sucia y desarrapada, ” que da lástima, pero que debería bañarse, pues la pobreza no está peleada con la higiene”… se la llevaron pues a un crucero víal con semáforo, enclavado entre tiendas dignas del Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, ya  que allí seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva, a saber escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad, esperanza y compromiso para luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos, suma elevada para una limosn callejera en México.

Así la chica extranjera llegó con la familia local al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió como por arte de magia, hada meada de cuento triste, a mendigar una decrépita  y apergaminada anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza al cumplir los 30, a más tardar).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón, ya que no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción de la chica, aunque la verdad es que no quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo.

“Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sor-pre-sa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado en la mano la vieja morena.

Lo de la “sorpresa” lo enfatizó para que se entendiera que había algo de verdadero valor en el sobre.

La vieja paupérrima presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con una cadena de 15 Dios la bendiga, a cada uno de los cuales la japonesa responde con un “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, o cualquier paraíso en el que ella crea… sonríe y casi llora de emoción.

La familia anfitriona, conmovida ante el cuadro de beneficencia heróica, llama a la japonesa. Fin de la función, fin de la buena acción, ahora “vamos a celebrarlo comiendo tacos en el restaurante Califa”, y todos hacen un feliz mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo, tras esta escena, de pedirle limosna a más autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un pinche centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del obsequi a la calle. Total, esta mujer ni siquiera sabe leer.

⋯ − − − ⋯

Aunque nadie dé una mierda por lo que digo, yo sigo hablando, sigo escribiendo.

Aunque Dios haya dejado descolgado su teléfono, le sigo llamando.

Respirando, mirando, sintiendo, rabiando.

Pensando, deseando, tragando y cagando.

Aunque la vida es sueño, simulo estar medio despierto.

Ansiando, descartando, resignándome.

¿Hay algo más que hacer, que inventarnos motivos y razones en esta sinrazón total?

“Ella” es una, ella es varias, o-varios señalados.

¿Te gustan las curiosidades? ¿Te gustan las señales?

Date un festín con este escrito freudiano.

Sólo sé, que no es de malta.

Sólo sé que quien no nada, se ahoga.

Y ahora, en el ágora, me asfixia tanta gente.

Igual hubiera sido mejor hundirme en el río de Corrientes.

La asfixia, la catafixia, malicia. No hay nada más que rime con Alicia.

Me maravillo en su país, con su sapiencia.

Lo que no se comprueba, NO es ciencia.

Créanme que cuando menos se me entiende, más digo.

El principe jodido que se disfrazó de mendigo.

Rima fácil, para maquillar imperfecciones,

dichos que son ríos, que ahogan ilusiones.

Los verdaderos profetas dijeron muchas cosas,

que espantan y que azoran.

Yó solo digo que todo es pendejada,

lo cual rima con chingada y yo sólo sé que no sé nada.

Thesos

Esa parte de ti

Soy esa parte de ti que no soportas, que te hace sentir mal, que destruye todos tus logros, pero que permites estar contigo, contra tu voluntad, no me puedes exiliar.

Soy tu profana inquisición personal, que no busca ninguna verdad pura, solamente la tortura y el tormento.

Soy la que te hace pedir perdón mil y una veces hasta que no haya nadie ante quien disculparte.

Soy tu mayor tontería, la fuente de tus lamentos, eres un Job gratuito, sin ningún objetivo.

Crees alejarme, pero como el Viejo de la Montaña te prometo el Paraíso, y estúpidamente me crees, a pesar de que sabes que lo único que te entrego es el Infierno.

Soy el viento rencoroso que tira con sencillez la personalidad ideal que te has construido, como si se tratara de una endeble torre de naipes. Carezco de verdad, y trato de hacerte creer que soy tu esencia.

Soy lo que te hace sentir como personaje de Dostoyevski, el desequilibrio de tu paz, tu signo de los tiempos, la abjuración de tu naturaleza, el vaho oscuro y putrefacto que empaña tu pureza, hasta aniquilar tu poca nobleza.

Pateo tu castillo de arena y me burlo cruelmente de tu debilidad.

Tengo límites, no cometo delitos contra terceros, sólo busco tu autodestrucción. Exploto tu talón de Aquiles, y siempre caes, siempre.

Soy tu único apego, lo único que te quedará en la soledad absoluta que te he creado. Soy el creador de tus lamentos, dolor y rechinar de dientes, el disparo a tu propio pie. Autodestrucción, el empujón en el borde del precipicio, explotando tu inquietud por volar.

Acéptalo, no tienes remedio.

Hasta la derrota siempre.

Alea jacta est (la jalea es de jocoque)

Desechando por completo la apuesta por la resurrección, perdido como el niño que cazaba mariposas en el bosque denso, sin rumbo, me dedico ahora a buscar una puerta, cualquier puerta.
La religión me mintió, como un llanto sin lágrimas, marca registrada, o como colorido comercial. De mil profetas y sus discípulos indisciplinados solo se extrae media verdad.
Me gustaría decirte que hay un camino, pero la verdad ahora estoy más extraviado que tú.
Los dados en el aire y César se jacta de la suerte, busquemos mejor arañas en el techo
hasta que nos sorprenda la muerte, que ojalá llegue como una caja envuelta en papel azul.
El abandono es frío como un beso al mármol, e insisto que el rito desgastado ya no tiene nada que ofrecer. Cada vez más juntos en apariencia y por dentro más alejados en realidad.
La sonrisa no dejó huellas en tu cara. Una guitarra vuela mientras el mentiroso sonríe, y tú le crees sólo por la blancura de su dentadura. ¡Qué impostura! Yo me despido como cuando le decía adiós a mi papá.
Todos terminaremos en el olvido. Te veo partir en el tren de tu decisión y yo me quedo limpiando la estación, carente de ideas, así como de idas y venidas. El desfile de los seres grises carece de música, pero te absorbe aún contra tu voluntad.
De cabeza en el precipicio de la duda te preguntas: ¿dónde está ahora lo que ayer fue certeza? Quizás mañana la habitación se ilumine, quizás también tenga yo algo que decir.
El alcohol saca a flote muchas tonterías y pocas verdades. El dolor cuando es ya muy intenso deja de ser sentido. Quemas tus diarios y borras tus recuerdos. Francamente querida, me importa un bledo. En el fondo ¿a quién pretendemos engañar?
La hoguera de las vanidades arde sin dar calor. Ya es tarde para creer en el amor. Está lista tu ropa blanca para la fiesta de lodo. Los dados vuelan y César se jacta de la suerte, sé que podré olvidarte hasta que me sorprenda la muerte.
Agosto 2001

Esperando

Dos temporales tropicales y descorteses que jamás dan aviso previo, atorados como toros en la valla que separa el campo de la villa. Tú y yo, querida. Ignoro cómo llegué a esto, sólo sé que todo empezó cuando dudé de Dios por creer en ti.

Entonces las nubes dejaron de ser algodones flotantes para convertirse en visible humedad suspendida, fue cuando tus llegadas eran en realidad ausencias que se traducían en una despedida prolongada, jamás oficializada.

A lo mejor, peor quizá, todo se debió a que cambié el bolígrafo por un aparato electrónico o a la guerra cotidiana, cada vez más cercana, que los diarios describen, pero cierto estoy de que contigo las sombras me empezaron a parecer más oscuras y las ilusiones comenzaron a escasear. ¡Hasta un malnacido mago traidor decidió entonces revelar secretos profesionales por televisión!

Lo único que aprendí a tocar  en mi vida fue tu piel y las puertas, lo único que supe afinar fue tu órgano de catedral. Me pregunto si alguna vez quise realmente probar la manzana o sólo lo hice porque se supone que es lo que todos debemos hacer.

Lo único que ha madurado en mí es la indiferencia hacia los extraños y hacia todo aquello que hoy emociona y que dicen que mañana será parte de los libros de historia.

Mi cometa jamás se elevó más allá de los tres metros, sin importar que soplase mucho viento; viento que puede llevarse todo, menos tu recuerdo, el cual me esfuerzo en borrar. Vanidad de vanidades y sólo vanidad, todo en vano. Rabino con rábano.

Mientras, me sigues acusando de ser el abogado del diablo por decir lo que pienso, por dudar lo que dudo y creer lo que creo, que es poco en realidad.

Ya ni siquiera tengo maletas porque no se permite equipaje en el lugar que me obligas visitar, en el fondo espero que ese destino sea ningún lugar.

La estación está en desorden, el tren no tiene horario, dicen que llegará como los ladrones o como el fin del mundo. Yo lo esperaré recitando el diccionario.

Agosto 2008

station

¡Eso es todo amigos!

eso es todo amigos

Ignoro quién es Dios, o qué es. Creía tener una emocionante noción al respecto… ahora ya no tengo la más remota idea, ni siquiera una ubicada en el Lejano Oeste. Dudo de mucho, aunque de algo estoy seguro: Dios no es un viejecillo bonachón de barba tratada como con blanqueador una versión con varios años encima y sin cicatrices en las manos o en el costado de Jesús C. de estampita (© & ℗ que el Vaticano no registró a tiempo)—, un ancianito de mirada corderil sentado cómoda y beatíficamente en un trono sin juegos y con tanto, tantísimo, amor que no sabe ni dónde ponerlo. No lo creo.

Y ajena a Dios, la vida parece no tener sentido, no importa que las calles suelen tenerlo y que se diga que la existencia es un camino o un recorrido. Presiento que en la vida no hay intención, ni dirección o motivo ante tanto absurdo palpable y sinrazón reinante, ¿cuál es el caso o el punto? Grandes esperanzas sin basamento. Y qué tal si Dios es el caos, el no plan, el accidente perpetuo, la no matemática, la desalentadora ecuación sin solución que ocupa todo el largo y ancho de una multiañolumínica pizarra de aula galáctica que se pierde en la chistera imaginaria de un jumbo mago. ¿Qué tal si Dios es el todo que se convierte en la nada o la imaginación de una nada que se creyó todo?

La maldición humana es entonces la razón, esa que permite la conciencia, la percepción mentalizada, la lógica, la ambición, el poder y la búsqueda de respuestas, pero que al final es una vil lusión. La razón, ese fruto prohibido del Jardín del Edén que se nos atraganta y que nos hace alucinar que todo en el mundo está a nuestra disposición y que para todo hay un por qué, cuando en realidad esta idea sólo nos sirve para dispararnos a nuestros propios pies. El pensamiento es la aberración mayor de la naturaleza. Ahí tienes la explicación de tanto idiota en el mundo, y mira que hasta llegan a presidentes y ministros. Creo que no somos nada más que el mal viaje inducido de una mariposa junkie que ni siquiera existe.

Te confieso que en verdad quisiera que el más allá de esta existencia fortuita y efímera fuera la nada absoluta, la no individualidad, la no conciencia. Quisiera que al cerrar los ojos se dijera: “esto es todo, amigos”, y ya no hubiera otro carrete ni otra emocionante aventura.

Si estoy en lo cierto no tendré manera de comprobarlo, igual por eso mismo de allá nadie regresa.

 

Encuentros furtivos

Aquellos encuentros furtivos de aquella época llena de misterios y sorpresas se esfumaron antes de que la costumbre se aposentara en nuestros días compartidos.

Huyeron para no volver, se llevaron con ellos las emociones intensas y las ganas de agradar, se fueron al país de las cartas perdidas y la seducción sincera.

Tan pronto se fueron, hizo acto de presencia la súbita tormenta furiosa exigiendo la separación, imponiendo el adiós absoluto.

Grabados en mi memoria siguen aquellos encuentros furtivos, cuando eras como la Wendy con Pan y vino, y no la mujer propiedad de…

Tu nombre verdadero, ahora callado en mis labios, permanece gritado en el fondo de mi mente.

Probablemente nuestras vidas se crucen de nuevo, quizá en otros encuentros furtivos, mientras tanto “tiempo al tiempo”, como repite sin cansarse un viejo… pues la esperanza muere al último.

La mujer que se movía como ardilla

Sus movimientos solían ser rápidos y nerviosos, como los de una ardilla. Pero no subía a los árboles ni hacía equilibrios entre las ramas.

Así la recuerdo.

Viviendo de la pensión de su esposo muerto ya hacía años, sin quejarse de que las cosas necesarias fueran cada vez más caras cada año, ni de que la pensión sólo tuviera incrementos cada trienio (si es que los dioses falaces de la política y el mal gobierno se dignaban a pensar en los pensionados).

Ella nunca había tenido un empleo aparte del de ama de casa.

Tras la muerte de su esposo siguió haciendo lo que siempre había hecho: cuidar del hogar, ahora sin hijos, todos ya casados y alejados.

Se levantaba temprano diariamente a limpiar la acera y la cochera, aunque ya estuvieran, las más de las veces, limpias.

Después, se ponía a limpiar el interior de la casa aunque, las más de las veces, ya estuviera limpia porque ella se había aplicado a conciencia el día anterior.

Así pasó los años. En la rutina de la limpieza a la limpieza.

Era saludable. Siempre ocupada en su casa, que se ensuciaba un poco cada vez que la visitaba alguno de sus hijos, lo cual no era nada frecuente. Quizá Navidad, quizá el Día de las Madres. No siempre y nunca todos a la vez.

Un día, mientras con sus movimientos de ardilla recogía la ropa tendida al sol, perdió el equilibrio. Un súbito infarto interrumpió su actividad. Ya nunca pudo volver a ponerse de pie. La comunicante vecina lo vio todo, por “fortuna”, y llamó a los hijos de la ardilla caída.

Los hijos llegaron, aunque no todos. Tuvieron que echar a suertes quiénes eran los “elegidos” a acudir y ver qué pasaba con mamá, luego deliberaron y la hospitalizaron. Le pagaron a alguien para que estuviera con ella en el hospital, resultó una enfermera que al menos era cortés.

Cuando la enferma salió del hospital con la condena de la inmovilidad perpetua, los hijos deliberaron de nuevo, y decidieron unánimemente recluir a su madre incapacitada en un basurero de gente vieja. Dijeron que era lo mejor, así su madre no estaría sola, sería muy bien atendida y todas sus conciencias estarían tranquilas.

Estar con compañía no necesariamente significa no estar solo.

La mujer que antes se movía como una ardilla ya apenas y parpadeaba. El mayor movimiento que realizaba cada día, aunque no por sí  misma, era cuando las encargadas del asilo le cambiaban el pañal, cuando, las más de las veces, los receptáculos de los desechos ya no aguantaban más suciedad.

La mujer que solía moverse como ardilla miraba con gran quietud el techo y las paredes de su habitación mal iluminada.

Dos de sus hijos fueron a verla un Día de las Madres, otro le habló un par de Navidades. Y después silencio. Eso sí, los hijos responsables pagaban puntualmente a la honorable institución basurero de gente.

Pasaron unos cuantos años de quieta miseria para la mujer que solía moverse como ardilla, hasta que su organismo decidió encontrar la paz.

Los avances de la medicina permiten que vivamos más años que nuestros antepasados… Se dice que eso es bueno.

 

Sólo me queda desearte que te vaya bien

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, dijo él ansiando tomarla de la mano, aunque de inmediato consideró que, por algún motivo incomprensible, era mejor limitarse a tocar con las puntas de sus dedos el dorso de la mano de ella. Esa mano que seguía tamborileando con impaciencia sobre la mesa, justo a un lado de la taza de café que ni siquiera había probado.

Al sentir el contacto de la femenina piel, se intensificó en él lo que siempre experimentaba junto a ella, desde la primavera de su unión: una atracción, un salto del corazón, la sensación de que así tenía que ser, de que era el destino correcto, el romanticismo materializado. Al mismo tiempo, vislumbró la vida que habían tenido en común, no es que contemplara dentro de su mente las escenas sobresalientes, como en una película a velocidad vertiginosa, sino más bien era como si no existera el tiempo y como si en menos de un segundo viera y sintiera lo que atesoraba su el alma, el total de la vida con ella.

En esa experiencia intensa se mezclaban simultáneamente miles de cosas: la primera vez que sus miradas se encontraron y la sonrisa discreta que ella le dirigió entonces, el suéter azul y falda negra que vestía ella esa primera vez, diversas conversaciones acerca de películas y libros, sobre la vida y la muerte, las visitas a parques, comidas, cenas, conciertos, viajes, todo… su perfume, el aroma y toque de su piel, discusiones, platillos voladores de una vajilla hecha en china, el jazz de Nueva Orleáns, el llanto en una estación de tren, todo… andar por cualquier calle juntos, llenos de su mutua compañía, las bobadas que él le decía y que la hacían reír, diversos besos, desde los primeros hasta los que ya no eran tan candentes ni enloquecedores, todo…

Él nunca había dejado de sentir que ella era la persona más especial de su vida, el enamoramiento había dado paso, según él, al complemento entre ambos; si eso es lo que se llama amor, entonces era amor, pero ahora no tenía duda de que para ella las cosas no habían sido así.

Hacía unos minutos, cuando él le recordó que la amaba, ella le respondió: “vamos, no vivas en el pasado, lo nuesto acabó hace tiempo”, él trató de decirle que no la entendía, que lo que sentía por y con ella no era el pasado, sino todo, un tiempo sin nombre y sin medición, sin calendarios, sin adivinos ni historiadores, era el presente constante, el hoy perpetuo. Fue una sorpresa enterarse de que ella no sentía lo mismo.

Entonces, sin proponérselo él presintió su futuro: la vida sin ella sería como un mundo sin luz, sin colores, sin obscuridad, sin paz ni guerra, un mundo al que siempre le faltaría algo. Por otro lado, no había ya nada por hacer excepto respetar la decisión que ella había tomado.

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, le había dicho él mientras tocaba con las puntas de los dedos de su mano izquierda el dorso de la que ella tenía tamborileando sobre la mesa. Ella alejó de inmediato su mano de la de él, rompiendo el leve contacto físico. Luego simplemente dijo: “Ajá, a ti también“, y se levantó de su silla, para salir del restaurante sin mirar atrás. Él allí comenzó a sobrevivir con un hueco que sentiría por el resto de sus días, en los que ella no reapareció.