Ya ni llorar es bueno

Recuerdo la época en que arrojaba piedras a las multitudes, señalando con burla al que mentía por ganarse un mendrugo de pan. Odiando al que aspiraba cada año a tener un auto nuevo y condenando a los que iban tomados de la mano al país del adulterio. Con risa soberbia me reía del que rogaba que le tocaran el sexo y de aquel que lloraba porque en su libertad se sentía preso. No soportaba al que vivía como los demás le dictaban. Yo me reía entonces, pero ahora los entiendo y hasta perdí la sonrisa.

Me recuerdo despreciando al que iba arrodillado a la casa de Dios a pedirle auxilio, y también al que la misma ayuda rogaba a su vecino. Ahora que la inmortalidad se me escapó de las manos, me encuentro actuando papeles que ayer hubiera yo rechazado. Ahora sé que la supuesta imagen y semejanza que compartimos con el Creador es la posibilidad de hacer el bien o el mal desde el fondo del corazón.

Por fin entiendo eso de que con la vara que mides serás medido y todo me dolería menos si ella estuviese aún conmigo. Camino solo por la ruta que me ha de llevar hasta el final. A veces estoy tan cansado que ya no puedo ni mirar.

Ojalá sea cierto eso de que todos podemos aspirar a ser perdonados, si en verdad queremos vivir sin estar equivocados. Ya no me burlo con tanta fuerza, es más, ya no me burlo en lo absoluto, desde que me descubrí haciendo lo que hace cualquier adulto.

Me hubiese gustado conservar mi inocencia, pero ya ni llorar es bueno, ahora sólo aspiro a la paciencia.

2009

Después de muertos (bienvenido a la nada)

“Bienvenido a la nada”, le dijo con una sonrisa el agradable anciano de túnica blanca, beatíficas facciones y llaves en el cinto, cuando abría la gran puerta dorada, ubicada en medio de la intensidad vacía de color negro perpetuo.

“Gracias, ¿pero dónde estoy?”, preguntó el recién llegado, algo atolondrado y temblando como gelatin mal cuajada, tratando de recuperar sus recuerdos más recientes.

“En la Nada”, le dijo el viejo de bonachona estampa, cerrando la gran puerta con una de sus muchas llaves.

“Pero no entiendo”, dijo el extraño, “lo último que recuerdo es que iba rumbo a la sala de operaciones en una camilla y sintiendo cómo la anestesia surtía efecto…”

De repente se interrumpió. Empezó a atar cabos (tan sueltos como los efectos del cólera). La operación, según le habían dicho, era complicada, con pocas probabilidades de éxito, pero necesaria. El seguro no cubría ningún gasto y su familia naufragaría en las deudas después de eso. Sin embargo, era una intervención necesaria para que él pudiera vivir más de sus 72 años, no hace mucho cumplidos.

“No hay nada que entender”, dijo el viejo de la túnica blanca haciendo tintinear sus llaves con algarabía desatada. “¡Estás en la nada!, el lugar al que todas las almas llegan, sin importar su comportamiento ni sus acciones en la Tierra. Esto es la aternidad querido, vivir en la inmensa negrura sin tiempo, sin principio ni final, sin menos y sin más.

“¿Y la Gloria?, ¿Y el Infierno (de todos tan temido)? ¿Dónde están las demás almas?”, dijo el recién llegado, preguntando con esa preocupación que nace del temor a la sentencia adivinada.

“Gloria fue una mujer, el Infierno un cuento y el resto fue una especie de sueño del que ahora estás despierto”, contestó el portero de la túnica blanca dejando de mover las llaves y desvancecindose poco a poco de la vista del recién llegado, “y los demás están por ahí, pero nadie ve a nadie, ni siquiera se presienten, cada quien permanece aislado en su propia dimensión oscura, una isla sin límites, enclavada en el cero absoluto, sin arriba, sin abajo, sin compañía; pero eso sí, con tu individualidad tan querida por siempre jamás. No hay nada, o mejor dicho, la nada es todo”.

El viejo de la túnica blanca desapareció por completo, y la puerta también. El recién llegado se quedó solo, completamente abandonado, varado en la nada, sintiendo que todo había sido un timo.

nada

 

Identidad

Enamoramientos unilaterales y monógamos.
Ilusión, un truco nada por aquí, nada por allá, el espejismo en el desierto para el que se muere de sed, todo en un teatro vacío.
Corazones estrujados, son el pavimento de nuestras calles.
Obra de sombras y música que en nada se asemeja a la de Tailandia. Demasiada Disneylandia, demasiado aislamiento de la realidad.
Enamoramiento del avestruz que tiene la cabeza cadavéricamente blanca de tanto conservarla bajo tierra.
Y creí que eso es amor…
Ideales inalcanzables que revolotean entre el Olimpo y las más melosas comedias de Hollywood.
Werther se cortó las venas con las páginas de una novela rosa.
El primer choque con la realidad fueron unos senos bien formados en una película y una revista guarra titulada “La noche de bodas”, vil pornografía de secundaria.
En el lugar de donde vengo no hay suficientes escuelas y sólo hay como tres maestros… con vocación.
Pasan los años y la pieza no encaja, pero el hombre es un ser social por naturaleza. Lo dicta la especie, lo lleva en la sangre.
Sin embargo en las ciudades todos estamos aislados, parecemos náufragos desesperados por asirnos a algo que flote. Cualquier cosa.
Creer que tus manos vacías tienen algo que ofrecer es sólo un sueño, en ellas nada más que aire y falsa ilusión.
Una vez que despiertas y mientras te alejas te cantan la barca de oro y si estás a la distancia no falta quien llore por la canción Mixteca y extrañe los tamales dulces y salados.
El mundo es grande, hay mucha gente, pero el que no encaja nomás no encajará, por más vueltas que dé, hasta que se entere que es como los demás, y entonces, si no se fija, pierde la identidad y empieza a brincar como los borregos, a ver salmones nadar, en sentido contrario, corriendo en la dirección corriente.
Llega un momento en que no puedes ser más que tú mismo, no importa qué camino hayas tomado, ya no hay marcha atrás.
Fundido en vida con el todo o esperar a ser parte del todo hasta después de morir.
El ángel que cayó más bajo se ríe desde su trono subterráneo, al menos él ya está acostumbrado.
Dizque más vale ser rey en el infierno que uno más en el cielo.

Flotando con gravedad

Perdido en la lluvia de cuervos, dejando de lado los dados cargados y los encargos dados. Perdido en mis ilusiones de falsedad, que preferí a lo real de las cosas, tratando de ganarme la amistad del ratón blanco para poder salir de ésta. Soñando que no era ella en quien soñaba, pensando que el error se cometió a pesar de la claridad, intentando recordar cómo se olvida, para no recordarla; así es como están las cosas flotando con gravedad. No me creo lo que dicen que dijeron las cartas, ni me creo lo que con luz tartamuda me dicen las estrellas fijas, no me creo las verdades que me digo, mucho menos creo ya en mis mentiras. Llorando como el niño pequeño, sin ganas y por mero compromiso; tratando de entender qué fue lo que no salió bien desde el inicio de los tiempos; haciendo como si la historia no hubiese sido un histeria, tratando de no compararme con ese ni con aquél. Queriendo recordar cómo se supone que era yo, imaginando el personaje que quise siempre ser; evitando demandarme a mí mismo por impostura; obviando las cosas que me enseñaron en la escuela. No me creo que la culpa haya sido sólo mía; ni me creo que ella deba cargar una cruz; esperando volver a toparme con el sentido de la libertad; así es como están las cosas flotando con gravedad.

Identidad

Enamoramientos unilaterales y monógamos. Ilusión, un truco nada por aquí, nada por allá, el espejismo en el desierto para el que se muere de sed, todo en un teatro vacío. Obra de sombras y música que en nada se asemeja a la de Tailandia. Demasiada Disneylandia, demasiado aislamiento de la realidad. Enamoramiento del avestruz que tiene la cabeza blanca de tanto conservarla bajo tierra. Y creí que eso es amor. Ideales inalcanzables que revolotean entre el Olimpo y las más melosas comedias de Hollywood. Werther se cortó las venas con las páginas de una novela rosa. El primer choque con la realidad fueron unos senos bien formados en una película y una revista guarra titulada “La noche de bodas”, vil pornografía de secundaria. En el lugar de donde vengo no hay suficientes escuelas y sólo hay como tres maestros… con vocación. Pasan los años y la pieza no encaja, pero el hombre es un ser social por naturaleza. Lo dicta la especie, lo lleva en la sangre. Sin embargo en las ciudades todos estamos aislados, parecemos náufragos desesperados por asirnos a algo que flote. Cualquier cosa. Creer que tus manos vacías tienen algo es un sueño, cuando no hay en ellas nada más que aire e ilusión. Luego te cantan la barca de oro y si estás lejos no falta quien llore por la canción Mixteca y extrañe los tamales dulces y salados. El mundo es grande, hay mucha gente, pero el que no encaja nomás no encajará, por más vueltas que dé, hasta que se entere que es como los demás, y entonces, si no se fija, pierde la identidad y empieza a brincar como los borregos, a ver salmones nadar en sentido contrario. Llega un momento en que no puedes ser más que tú mismo, no importa qué dirección hayas tomado, ya no hay marcha atrás. Fundido en vida con el todo o esperar a ser parte del todo hasta después de morir. El ángel que cayó más bajo se ríe desde su trono subterráneo, al menos él ya está acostumbrado. Dizque más vale ser rey en el infierno que uno más en el cielo.

Jalogüí y día de muertos

“Mi calaverita tiene hambre y no ha comidooo, ¿no tiene un dulce por ai? No se los acabén todos ¡déjennos la mitá! Quereeemos jalogüí. Quereeemos jalogüí, Ouí ouí ouí!” Combinación de culturas en mi México a veces no tan lindo pero aún querido, supongo que por ciertas personas más que por el lugar en sí. Tan cerca de los USA y tan lejos de Dios. Crecí en una zona arribista, clasemediera, un suburbio submental que mira a los EE. UU. como ejemplo de nación sin importar qué tan ajenas nos sean las ideas, las formas o las realidades. No digo que el admirado país del Norte sea malo, ni que sea bueno, sólo diferente a esta caricatura rara del Sur. El lugar donde crecí es una zona donde de repente les dio por rescatar valores culturales propios, nacionles, pero sin dejar de admirar al jefe mundial. Eso se nota más entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre, pues se hace una verdadera mezcla de fiestas entre el día de muertos nacional tradicional y el Halloween, divertido pero importado. Así los niños salen a la calle a pedir su “calaverita-jalogüí”. Y por si la mezcla fuera poca, crecí en un lugar donde la clase media y la pobreza casi extrema conviven como vecinos potencialmente mortales. Desde el 31 de octubre las calles de mi colonia se llenan de niños disfrazados de fantasmas, duendes, brujas, demonios y piratas, con disfraces Made in China, aunque algunos traídos de los Estados Unidos. También los pobres se contagian, de este carnaval en clima frío, y dejan de ser muy tradicionalistas, cambian las ofrendas a sus difuntos por el disfraz que busca asustar, y sin querer sonar cruel, se ven por las calles muchos “niños calaveritas” que no requieren de disfraz pidiendo la acostumbrada limosna que durante esos días se llama “calaverita” o jalogüí. Después del 2 de noviembre vuelven a ser simples humanos descarnados que piden limosna. Es curioso vivir en este país que presume de tanta autenticidad y se ufana ridículamente de glorias pasadas, de las que ya no queda nada más que el exagerado recuerdo; un país que es una encrucijada, un tanto servil para mi gusto, donde en el fondo se imita lo que se quiere pero que por naturaleza no se puede tener. Donde se deífica al Míster Dólar y se pondera la limpieza de las calles del vecino poderoso, mientras la nación propia es una pocilga que se inuna por el exceso de basura, donde incluso es grandioso contaminar el lenguaje propio con extranjerismos que parecen proporcionar una estúpida satisfacción (así la gente se siente cosmopolita, ciudadana del mundo o de plano gringa). Ya lo dije, no somos ni menos ni más, sólo diferentes. ¡Quereeemos jalogüí. Quereeemos jalogüí, Ouí ouí ouí!