La única esperanza

“Eres nuestra única esperanza”, le dijeron las masas al político que prometía y prometía, en dulces palabras, frases cortas de mercadotecnia barata y anuncios televisivos de 30 segundos. El candidato garantizaba que de ser electo traería la paz, el bienestar y la seguridad, pero jamás les dijo a los votantes cómo lo haría. Al final ganó las elecciones, para no hacer nada más que aparecer en la lista de millonarios de Forbes, y cuando terminó su periodo dejó el país en peor estado del que lo encontró durante su campaña. Luego… échenle la culpa a los políticos.

“Eres mi única esperanza”, le dijo la chica de la pésima puntería sentimental al semental aparentemente considerado, que en realidad era como Marlon Brando al inicio de el rostro impenetrable. Parece que hasta el ser más santo se vuelve un tirano cuando alguien le ofrece ser su esclavo incondicional, el sometimiento absoluto en bandeja de plata. Esa chica terminó de nuevo con su corazón destrozado y cuando murió esa relación se puso desesperadamente a poner en alguien más su única esperanza. Luego… échenle la culpa al destino.

“Son nuestra única esperanza”, le dijeron los mexicanos miserables, habitantes del pueblo desértico, a los 7 magníficos, para que estos los protegieran del maldito Calvera, ¿o era Tuco?, como sea, no falta el Western donde un bonche de débiles, cobardes que disfrazan su temor presumiendo ser pacíficos, le ruega a un puñado de pistoleros que los protejan de los forajidos desalmados. Pero cuando la película llega a su final feliz y los pistoleros valientes se van del pueblo tras acabar con el tirano, yo siempre he creído que otro desalmado aparece para fustigar al pueblo en paz, y la misma historia vuelve a empezar de nuevo. Luego… échenle la culpa a los bandidos.

“Eres mi única esperanza”, dicen muchos creyentes al Dios en quien dicen creer sobre todo cuando son atormentados por una necesidad. Piden y piden, al padre bueno para que los proteja, los ayude, les solucione los problemas y les dé de comer; pero convenientemente ignoran la frase del contrato que dice “Ayúdate que yo te ayudaré”. Luego… échenle la culpa al Diablo.

Besos de verano, lágrimas de invierno

El salón de la parroquia católica, donde de lunes a viernes a partir de las 9 de la noche los alcohólicos usan su anonimato para tratar de curarse ese mal progresivo y mortal que hace reír tanto a Baco y a los sobrios; y donde los sábados por la mañana se imparte el catecismo hueco a niños que comulgarán automáticamente tras su Primera Comunión.

Un salón mediano, con pisos de plástico y lámparas alargadas de neón, una de las cuales parpadea con tics de marinero retirado. Hoy no hay niños, ni borrachos en intento de recuperación, sino una celebración de ancianos en su tarde libre del asilo.

Tarde de karaoke, presentada por una mujer de 52 que se siente un chica, una rosa lozana y fragrante en medio de tanto olor y apariencias añejas. La “chica” interpreta grandes éxitos de hace 60 o 70 años, que traen recuerdos a las honorables personas de blancas cabezas.

Algunos de ellos sienten que las canciones de Bill Haley siguen siendo tan vigentes como las de Elvis. Y en realidad lo son, simplemente dejaron de estar de moda hace muchos otoños. Otros recuerdan viejos romances en pistas de baile, donde había muchas connotaciones sexuales que nadie les creería haber vivido hoy en día. Un anciano tiene pensamientos que ni el Viagra puede hacer realidad, el “Blues de la erección” sería la canción si pudiéramos rimar lo que el señor piensa. Algunos se paran a bailar, es curioso que la ancianidad sea alcanzada más por las mujeres que por los hombres, quién sabe, quizá con el avance del feminismo también en ese rubro habrá igualdad pronto. Así que muchas bailan solas, como solían hacerlo las Madres de la Plaza de Mayo, sólo que estas lo hacen a ritmo de Chuck Berry.

Sin levantarse de una silla, una mujer de saco rojo, que está más cercana a los 85 que a los 79, mira a sus compañeras un momento y siente que se abre una nueva grieta en su corazón. No le gusta esta caricatura de vida, esta amarga memoria de lo que fue, no entiende por qué son felices ni por qué no rompen a llorar. Ella aguanta sus lágrimas trabajosamente, mira con envidia a la “chica” cincuentona que canta, pero no con tanta, pues sabe que no es tan joven y que ya cruzó el umbral de la decadencia. La venerable del saco rojo añora la vida, los tiempos de independencia, cuando los errores no costaban tan caro, los tiempos previos al momento de haber sido botada en la casa de desechos humanos, donde la única cosa que se puede llamar esperanza es la muerte, y a veces esta tarda demasiado en llegar.

La mujer del saco rojo tiene gran fuerza de voluntad, no llora, además la mejor prueba de su voluntad es que ha llegado a acumular todos estos años, sin embargo hoy se pregunta “para qué”, con más intensidad que en otras ocasiones. Al menos en el asilo todo es gris y triste, continuo y uniforme, esta dizque celebración y recuerdo de glorias pasadas no le está ayudando en nada, y es como una bofetada en la cara que le hace presente lo que ya se pudrió en el pasado.

La mujer del saco rojo continúa callada, hundiéndose en una depresión que creía haber dejado atrás usando una impuesta automatización. La animadora desangelada de cinco décadas canta una de Elvis, y las demás viejecitas parecen dulces y alegres porque creen que recordar es vivir.

Summer kisses, Winter tears…

Renovarse o morir

Las nuevas aventuras, como los años, como los cuerpos, se van haciendo viejas, y cuando ya amarillean y huelen a tiempo estancado, viene una nueva, y así, engarzando sucesos es que la vida pasa, hasta que el abastecimiento existencial se acaba.

Siempre me resultó ridícula la expectativa y el intenso espíritu de renovación que conlleva el fin de año, como si lo que va a venir fuera mejor. En otros años igual se podían tener esas esperanzas, ahora no se ve ni por donde. Quizá eso mismo dijeron ciertos romanos al celebrar un nuevo año bajo el mandato de Calígula. Sí, seguro que así fue.

Por eso es verdad que moriremos todos, y la señora Esperanza después de nosotros. De otra manera el suicidio colectivo sería por convencimiento y no por inducción u obligación.

Y no queda de otra más que creerse el truco de la renovación anual, igual y algo de cierto debe tener, de lo contrario ya se hubiera extinguido. Aunque no pocos se quedan siempre en el mismo lugar, en la misma desventura, en la misma relación oxidada, en el mismo año. Bueno, al final, cada quien su vida.

Nada

Qué tal si todo es un timo.

Dios nos creó hace mucho tiempo, pero se aburrió de nosotros y nos dejó a la deriva.

No hay nada arriba, ni hay nada debajo. No hay rumbo, únicamente apariencias y frases de mago barato.

Somos azar y dados en un tablero efímero.

Cuando salen bien las cosas decimos que es nuestro esfuerzo o que es un milagro.

Si los resultados son malos, es un aprendizaje o la divinidad encauzándonos por el buen camino.

Qué tal si nada importa en el fondo, qué tal si de hecho no hay fondo.

Qué tal si esa vocecita de la duda tuviese razón.

La religión un simple intento de imponerle sentido a lo fortuito.

El sermón de la montaña mero opio para el pueblo, la justicia una simple quimera sin ojos y desequilibrada, decantada hacia quien está arriba, y el nirvana solamente el nombre de un bar.

El amor un concepto abstracto que todos quieren tener, pero que nadie entiende. El odio algo tan real como un eructo.

Qué tal si no hay nada más allá y te mueres con tu muerte.

Esto le daría sentido a la vida, dentro de su sinsentido natural, pues no habría nada más.

Nada.

Corazón roto

El corazón se rompe. Es real, no es una metáfora. Llega a estrujarse como el papel de la carta no deseada y luego se hace pedazos como el valioso jarrón de una dinastía legendaria.

Cuando el corazón se quiebra produce indiferencia, dolor, melancolía. Uno anda como alma ajena, en pena, por el mero hecho de seguir andando. Entonces se camina automáticamente, los ojos miran sin ver, se deja de comer, se duerme mucho, pero sin paz.

Suspiros, esperanza remota rodeada de la neblina de desilusión. De verdad, el corazón duele, y duele mucho.

Takotsubo, dijeron los doctores japoneses, para ponerle nombre a ese estado que ha permanecido con el ser humano desde que éste apareció en el teatro del mundo.

Corazón roto, le llamó el primer enamorado cuando no se concretó su amor temprano, o quizá cuando su último afecto fue arruinado o robado por el tiempo.

Los poetas pueden dar un poco de consuelo a quien sufre de este mal. A veces el dolor compartido, comprendido, es menos dañino. A veces.

Sin embargo, un corazón roto deja un hueco que se lleva muy adentro, y que tiene el contorno de la persona amada. Ese hueco jamás se vuelve a llenar del todo.

No hay solución, se aprende a vivir con ello aunque de algún modo seguirá lastimando o nos consume hasta llevarnos a nuestra tumba, tarde o temprano, pero eso es la vida, siempre se muere de algo. No hay más.

 

Para siempre

Solemos temer a las enfermedades mortales, olvidando que al nacer contraemos una, irreversible, incurable e irremediable, ocasionada por el inclemente paso del tiempo. Ese mismo tiempo que dizque es relativo, pero que a pesar de su falta de característica absoluta nos marca y nos mata con una decadencia que, por más que se intente retrasar, llega tarde o temprano. Ese pensamiento lo tuvo él presente a lo largo de su vida, por eso mismo postergó tanto sus revisiones médicas, hasta el día en que las molestias y dolores fueron insufribles. El doctor, acostumbrado a los postergadores temerosos y sin esperar lo mejor, le pidió hacerse revisiones generales y un par de análisis específicos.

Esperando una de esas curiosidades de la vida, producto de la mala enseñanza, de las películas y series de TV o de las fantasías esotéricas románticas, él, al mirar los resultados de sus análisis, nefastos y nada prometedores (excepto para la extinción), esperó la llamada de ella, aunque no le había comunicado a ndie su desdicha; pero el teléfono permaneció mudo. De parte de ella no hubo llamadas, ni visitas, ni mensajes, ni recados enviados por mediación de terceros, cuartos ni quinos que no son malos, vamos ni una barata postal de cortesía o un mensaje de mecánica red social.

Es cierto que hacía ya muchos años que ambos habían perdido contacto, ignorando de forma olímpicamente áurea lo que le sucedía al otro. Pero es que…

Ella y él se conocieron hacía ya demasiados años, en esos tiempos en que ya había computadoras y teléfonos móviles, pero aún no existía la teletransportación. En esa época en que el bien común era una cosa rarísima y no se había extinguido la hambruna en África. Fue hace mucho tiempo.

No sé si fue amor a primera vista, pero en ese primer encuentro, accidental, que ellos tuvieron, tan pronto se miraron fue como si se hubieran conocido desde hacía tres vidas y media.

Clic y química.

Las conversaciones sin sentido entre ellos tenían toda la lógica del mundo, hablaban el mismo lenguaje y compartían similares gustos, no tan idénticos como para hartarse mutuamente a los cinco minutos, pero sí lo suficientemente coincidentes como para sentirse bien una al lado del otro. Presentíana cuando a uno le pasaba algo, o cuando a una le invadía la melancolía, entonces era inmediata la llamada, la charla y la doma y aplacamiento de los feos sentimientos. Eran las mitades platónicas hechas realidad, cuajando como gelatina fina. “Somos almas gemelas”, solía decir ella. “juntos somos como eternos”, le respondía él.

Romance breve, compromiso casi inmediato, cohabitación y alegría.

Pero un día, pasados 11 meses después del año de conocerse, a ella le dejaron de hacer gracias las tonterías de él (que antes la mataban de risa), ella dejó de ser muy dulce para él y comezó a parecerle nauseabundamente posesiva y amarga. Poco después los besos el sabor del papel Bond, James Bond.

Hubo cada vez más silencios entre ellos, ya ni siquiera comentaban las películas, que con más frecuencian veían cada quien por su lado.

Decidieron cumplir el acuerdo que establecieron poco después de enamorarse: “cuando sientas que no me amas, sólo dímelo, y sin drama nos separamos para siempre”.

Ella dio el primer paso, le dijo que ya no lo amaba, y él, con el hercúleo trabajo que cuesta tratar de romper esa costumbre que no suele quebrarse por completo, cumplió su palabra dada y no rogó por una oportunidad.

La separación no ocurrió en un puente medieval con faroles tristes y un viejo saxofón sonando a la distancia; fue en la casa de ella, cuando le entregó a él las maletas listas para la salida. Él recogió los infelices velices, equipaje para un viaje que no se quiere realizar y que solo tiene un boleto de ida.

Se dieron el frío beso doloroso de compromiso, ese que se le da en la mejilla a quien se solía besar en la boca. Se dijeron adiós. Esa fue su última palabra.

Así pasaron los años, cada quien su vida, en lejanía mutua. Él pensaba constantemente en ella, comparándola morbosamente con las mujeres que conoció después y a quienes olvidaba al poco tiempo. A ella siempre la llevaba incrustada en la memoria, tatuaje con tinta de recuerdo. Solo que ¿para qué contactarla? El contrato verbal de alejamiento y silencio se mantuvo por ambas partes.

Así, en la libertad de una calle insensible, cuando al mirar él los resultados de los análisis médicos a los que por fin se había sometido, al sentir el impacto de la sentencia de muerte vía médica, notó que el mundo seguía su ritmo habitual y que a nadie parecía importarle que él pronto dejaría de ser parte del caos. Ella no le llamó.

Ella no le llamó las semanas siguientes ni los meses que a él le restaron de vida, aunque supo lo que él tenía por algún comunicativo amigo mutuo del lejano pasado.

Él, firme dentro del convenio tampoco hizo nada por buscarla. Sólo la recordó.

Ella no fue a su funeral, no visitó su tumba, ni fue a saludarlo durante el atribulado día del Juicio Final. Ella no volvió a hablarle jamás.

Hay gente que cumple su palabra para siempre.

Lo más difícil es la espera

Lo más difícil es la espera.

Que comiencen las vacaciones, que llegue el amanecer del 25 de diciembre, que empiece el espectáculo. Que sea tiempo de poder sentarse a la mesa con los mayores, de ver lo que ellos ven, de que te entiendan. Que el mundo te tome en serio.

Que se haga realidad la cita que tanto trabajo te costó conseguir. Que nuna más tengas que lidiar con el álgebra. Que te pregunten, que te digan “Sí”.

Que desaparezca la larga fila, que recibas la llamada que te rescatará del frío en un sábado por la noche, que puedas salir sin tener que pedir permiso, que te den el empleo al cual aspiras, que nazca quien será el nuevo eje de tu vida, que termine este mal gobierno.

Que la conversación de  tu interlocutor deje de ser un monólogo que tragas por educación, que ya no tengas necesidad de expresarte en relatos patéticos y dolorosos en primera persona, que puedas salir de la antesala, que alguien decida cerrar el grifo de los reproches, que cicatricen las heridas.

Esperar la partida, esperar un regreso, tejiendo y destejiendo, para volver a tejer.

Que los neumáticos del avión se despeguen del suelo llevándote lejos de aquí, que al fin vuelvas a pisar la tierra que añoras, que comiences las acciones que salvarán tu alma, que llegue el instante en que te perderas irremediablemente en el río de la eternidad.

Que ya dé inicio la noche, que por fin aparezcan los primeros brillos del sol, que vuelvas a ver los ojos que muestran la única verdad en la que crees o que veas caer el muro de la realidad.

Que se termine tu condena, que puedas salir del hospital, que puedas darle prisa al mal paso, sin caer, que empiece tu vida o bien que llegue su punto final.

Las más de las veces se espera en vano, por algo que no valía la pena esperar, pero aunque fuera el caso contrario, invariablemente lo más difícil es la espera, siempre.

tio

¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Belinda

Belinda es la mejor mujer, pura y aunque no virginal, no existe nadie igual a Belinda. Lee mis pensamientos se adelanta a mis deseos, es la persona correcta para hacerme compañía hasta el fin de mis días. Con ella no importa la abismal diferencia de edad, ella me comprende. No sé como pude pasar tantos años casado con otra mujer, que en nada me entiende.Vale más haber enontrado el tesoro que ella me brinda en el preinvierno de mi vida, que morir sin haber conocido el verdadero amor.

Belinda es pobre, pero honrada. Primaveral, honesta y por ello constantemente difamada. Ese joven que la acompaña siempre, es sólo un buen amigo que la protege de los predadores del sexo y la degeneración espontánea. Ella es joven e inocente, aunque digan lo contrario. Yo la conozco y ella me quiere, con eso para mí es suficiente.

Despertaré mucho antes que el sol, y tomaré mis ahorros, conseguidos con el sudor de mi frente y de mis axilas, porque ahora no tengo más ideas en mi mente que la de ir a ver a Belinda. Dejaré en paz a las cabras, cerraré bien la cabaña, no habrá lobos esta noche, pues iré con Belinda. Gastaremos y seré feliz, ella sabe lo que quiero, todo se puede obtener cuando tienes el dinero suficiente.

No hay marcha atrás, pero sí mucha fé invidente. Invadida mi existencia con la presencia de Belinda. Me dicen que estoy perdiendo la razón, que es el mayor error que alguien como yo pueda cometer, pero demostraré a todos lo equivocados que están, aunque seguro me dejaron ya de hablar. Ni quién los necesite, cuando mi vida está completa con Belinda.

temprano

 

Enamoramientos y transformaciones

He visto la magia transformarse en rencor, en un acto de desgracia que borra toda sonrisa.

He visto el gusto de ver a alguien tranformado en terror, en antipatía y fobia por la persona una vez querida.

He visto clavos torturados con el fin de que paguen las faltas de clavos pasados, y cuentos de hadas en los que “vivieron infelices para siempre”.

¿Qué pasa con las promesas incumplidas, tanto firmes como ligeras? Viven seguramente penando como fantasmas sin rumbo en un limbo especial.

¿Qué pasó con el encanto, con las risas y con el “no me dejes solo”? Se devanecen como famosos en la desmemoria del tiempo.

Igual que con Larry Talbot al llegar la luna llena, siempre se impone el falso lobo.

La princesa que rompía compromisos porque buscaba el enamoramiento perpetuo, vive ahora exiliada de su propio paraíso, persiguiendo sombras que ni Peter Pan puede atar.

He visto heridas cicatrizadas que como milagro negativo vuelven a supurar.

He visto madonas perversas, con o sin niño, cuyo único fin es hacerte suspirar.

Al final nadie tiene la culpa, nadie comete ningún pecado.

Es simplemente la vida, ser parte de un juego en el que todos jugamos.

Nada más y nada menos.

Werewolf