Aferrarse

A veces siento que trato de predecir al viento, que estoy predicando en el desierto, hablando desesperadamente en vano. Y tú, me das cuerda como aquellos juguetes mecánicos de un pasado que ya se siente tan lejano como las 1001 noches.

A veces siento que mis palabras son un monólogo perpetuo, que soy un boxeador de sombras que se pone en forma para nunca llegar al final que quiere. Me siento como  fábula sin moraleja, como el Romeo del celibato que carece de Julieta.

A veces siento que eres una entidad únicamente real para mí, un sueño que tengo en mis días y el insomnio constante de mis noches; que eres una hipnosis perfecta que me hace vivir en una fantasía.

Sigo escribiendo y sigo pensando en ti, aunque no te quiero convencer de nada. Te quiero como eres, si es que eres, y yo, pues, yo soy así.

Soñé contigo

Soñé contigo, y como siempre terminé despertando.

Soñé contigo, con fiestas y vino, pero luego no tuve nada que celebrar.

Soñé contigo, y te llamé para contarte mi sueño,

pero sólo conseguí el vacío repetido.

Sigo soñando contigo,

las más de las noches y casi todos los días.

Sueño contigo con amor y con respeto,

con cariño compartido,

sin afectar al interfecto que sigue vivo en tu olvido y en mi recuerdo.

Soñé contigo anoche,

y te pensé a la luz del día.

Me la vivo esperando revivir con tu persona

un pasado real y también el imaginado.

Sueño contigo, te deseo,

pero respecto a ti no puedo hacer nada más que soñar.

Lo que hay en medio

Entre el embriagador enamoramiento y la pesadez del tedio no hay mucho, aunque parezca haber toda una era entre ambos.

Entre la ilusión patriótica y el desencanto por el Estado hay menos cantos que los de 39 gallos.

Entre las verdades que te digo y las mentiras que me recriminarás sólo existe el desgaste de un buen acto de magia.

Entre el esplendor de la juventud y la opacidad de la vejez únicamente hay mentiras aplaudidas.

Pocas cosas se conservan, sólidas o inmutables desde su nacimiento hasta su fin, y entre ellas seguro que no se cuenta nada relacionado con la humanidad.

Entre el pasado y el futuro está ese vacío de fantasía perpetua que llamamos presente.

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No hay nada nuevo bajo el sol (Ec. 1:9)

“Supongo que todo debe ser así”, pensó mientras anudaba los cordones de sus finos zapatos y recordaba que los avances tendían a complicar la vida, en vez de mejorarla. “Este calzado es muy impráctico si lo comparamos con las sandalias”, se dijo, “aunque, en realidad no es que los avances compliquen la vida, sino que cada avance exige un precio alto”.

Se miró al espejo. Su vista era perfecta, pero sus ojos mostraban cansancio. Mucho tiempo con ese cansancio en las pupilas, agotamiento que se incrementaba en épocas de crisis, ambiciones y locuras; desde aquellas de las más sencillas tribus, pasando por las de algunos faraones, generales, emperadores, cartagineses y romanos, pestes, españoles e ingleses, Richelieu, Hitler y su genocidio, hambrunas, nacionalismos absurdos, mercados voraces, hasta los conflictos de Estadounidenses, musulmanes e israelíes.

Pensándolo mejor, no es que el cansancio sólo se agudizara en las crisis. A veces, como de la nada, su humor se ponía mal durante una simple conversación con una persona, que no tenía que ser un dignatario o diplomático, filósofo, artista, empresario o líder de de algo importante, sino realmente con cualquiera que le dijera una frase que intentara ser original. Todo lo había oído ya.

Estaba particularmente harto de la estupidez humana, que cree que todo tiempo pasado fue mejor y que imagina que en el futuro todo estará bien. Respecto al pasado, era como si el tiempo fuera deslavando los recuerdos, llevándose las malas experiencias, o al menos sus detalles, hacia la laguna del olvido, y pusiera las cosas positivas en un altar de la memoria personal y colectiva.

Y respecto al futuro… bueno, nada ha indicado jamás que las cosas fueran a mejorar. Nunca ha habido pruebas para sustentar el optimismo. Por eso se inventan religiones y fantasías que prometen recompensas futuras, mientras los no creyentes basan el bienestar del mañana en la razón y la tecnología; como si con estos avanzara también la esencia humana. Esta candidez e ilusión baratas le molestaban. “¿En verdad son tan idiotas que no ven claramente que fueron, son y seguirán igual?”, se decía moviendo la cabeza cada que oía a alguien glorificando el pasado o poniendo fe en el futuro.

Subió a su moderno vehículo blindado que lo conduciría al centro financiero. Pensaba “¿hasta cuándo?”. Sabía que la tecnología era el camino hacia el fin. Cada avance tecnológico nacía de la destrucción o estaba encaminado a ella. “Cada acto de creación destruye algo, siempre”, le había dicho a Leonardo. Hoy el límite estaba cada vez más cerca, pero ese cada vez podría durar siglos, él lo sabía bien. ¿Y luego?

Temeridades, guerras, enfermedades, suicidios… lo había intentado todo sin éxito, ahora vivía resignado y cansado. El origen de su mal era remoto, quizá tanto como… eso no lo sabía, pero no estaba aquí por una maldición de Moisés, ni por negarle el agua a Jesús o porque se rió de Buda. Él estaba aquí desde mucho antes que ellos.

¿Qué le pasará cuando el mundo sea destruido por la gente o por la naturaleza? ¿Flotará por siempre en el espacio? ¿Llegará a otros mundos habitados o inhabitados? No, esto último no era posible, no recordaba otros mundos anteriores a este. Quizá su destino estaba ligado al planeta y moriría por fin, con él.

Mientras tanto, a matar el tiempo como fuera.

Entró en el edificio. Los guardias, aunque lo reconocían, le pidieron su identificación y tuvo que pasar por el detector de pupilas, de sus cansadas pupilas.

“Buen día Mr. König, adelante”, le dijo el guardia que le franqueó la gran puerta al centro de máxima seguridad, mientras en el dispositivo de su mano aparecía una pantalla verde que decía: Ahasverus König, President and CEO*.

*CEO: Director General

 

 

Un deseo

Era un niño pobre. En serio, era muy pobre y también sucio.

Si vieras su pelo tieso y revuelto lleno de polvo, su panza redonda y abultada por parásitos, y los mocos que salían de su nariz y se arrastraban hasta secarse en su labio superior podrías comprobar su grado de suciedad. La mugre en sus agujeradas ropas, en sus brazos raspados y en su cara era como una fiel compañera del pequeño.

Tenía que ser también un niño desgraciado, pues ¿cómo no serlo con un padrastro violento y golpeador que se la pasaba borracho la mayor parte del tiempo? ¿Cómo no ser desgraciado con una madrastra tirana que lo obligó a dejar la escuela para trabajar pidiendo limosna en las calles?

“Quítate de mi camino”, le gritaba el padrastro, aunque el niño no le estuviera obstruyendo el paso, simplemente como innecesario pretexto para propinarle un puntapié.

“¡Dos jodidas monedas!, ¿es todo lo que puedes conseguir en una tarde?”, le reprendía a manera de bienvenida la madrastra propinándole un duro golpe en la cabeza cada que el niño llegaba a la pocilga que llamaban casa.

Quizá te preguntes cómo es que el niño tenía padrastro y madrastra. La respuesta es simple: nadie sabía quién era el papá del niño, y nadie supo quien era su mamá. Simplemente fue encontrado dentro de una caja de cartón, a los pocos días de nacido, afuera del templo de Santa María de la Piedad. El párroco del templo fingió no ver la caja y se limitó caritativamente a dejarla donde estaba para que algún alma buena pudiese practicar la piedad.

La caja fue recogida por una anciana que vivía en una vieja vecindad sobrepoblada. Pero a la vieja no le quedaba mucha vida y, cuando murió, la hija de la anciana decidió convertirse en madrastra al ver una oportunidad de ganarse algo de dinero con el niño.

El niño tenía que ser desgraciado, pero no lo era en realidad. Curiosamente, a pesar de su historia y del ambiente que lo rodeaba, siempre pensó que había algo mejor en algún otro lugar, al que llegaría tarde o temprano.

Esa ilusión no tenía raíces religiosas, porque el niño de religión no sabía nada. Tampoco era algo que le hubieran inculcado sus padrastros, quienes de la noche a la mañana, y del amanecer al anochecer, solo transpiraban amargura y maldiciones, los pensamientos de este par de odiosos odiadores jamás iban más lejos que el color de una botella o la redondez de las monedas.

La ilusión del niño no era siquiera una esperanza nacida de la semilla de la educación, porque en los pocos días en que el niño fue a la escuela, no escuchó de su maestro nada más que críticas y lamentos dirigidos al injusto gobierno opresor, y ninguna idea de cualquier otra clase.

El niño simplemente sabía que en algún lugar había algo mejor.

Una tarde, después de haber recibido tres monedas afuera de una de las múltiples plazas comerciales de la gran ciudad, el niño se dirigió a un viejo callejón a guarecerse del sol y ver si encontraba algo para comer en un contenedor de basura donde solía hallar buenas oportunidades para calmar el vacío de su estómago.

Bajo la sombra que al callejón daban los altos edificios, el niño se disponía a comer una fruta encontrada, no demasiado pasada, cuando vio un extraño destello azul debajo del contenedor de basura.

Era una especie de anillo con una piedra turquesa, que destellaba como si le estuviera dando directamente la luz. Y sin embargo, todo allí era sombra.

El niño frotó la piedra y ésta despidió un luz aún más intensa y cegadora. Cuando los ojos del pequeño recuperaron la vista, notó frente a él a un gnomo sin gorro que lo miraba expectante.

“Pide lo que quieras, niño, que te lo concederé. Pero piensa bien, que sólo puedo hacerlo un vez”, le dijo el gnomo, mientras sacaba de su manga un sombrero cónico, que nada tenía de gracioso.

“¿Lo que sea?”, dijo el niño, y se dispuso a pensar en el mejor deseo.

“Lo que quieras se hará realidad, pero sólo tienes una oportunidad”, confirmó el gnomo.

El niño se rascó la cabeza, tanto para pensar como para calmar los piojos que no le permitían concentrarse. Pensó en comida, en riquezas, pensó quizás en ir a ese lugar al que siempre había querido llegar. Pero se dijo que a ese lugar de todos modos llegaría algún día, así que era mejor pedir algo realmente bueno.

“Que ya no haya nada de maldad ni gente mala en el mundo”, dijo por fin el niño.

El gnomo asintió solemne, y de repente todo fue de nuevo una cegadora luz y quietud. Desapareció también el bullicio citadino.

Tras recobrar la vista, el niño se encontró de repente en un bosque. Nada de edificios, nada de gente, nada de calles, ni siquiera el callejón. Sólo paz y animales.

Y así, por más que caminó, el niño que con los años se hizo adulto, no encontró ni una ciudad, ni un poblado, de hecho jamás volvió a encontrar a ningún ser humano. Y vaya que caminó mucho por el mundo.

De esta manera, sin pedirlo en su deseo, el niño llegó al lugar que siempre quiso.

Al gnomo tampoco lo volvió a encontrar jamás.

gnomo

Cuando algo es muy difícil de conseguir

Solitarias noches eternas,

desvelos que drenan la energía vital,

pensar constantemente en ella es como respirar.

Le dedicas palabras, sorpresas, halagos,

completa inversión total.

Tengo un plan maestro y te tengo en la mira,

haré lo que se necesite, y más, porque nos pertenecemos.

Creatividad diaria, sonrisas,

ocurrencias… pero nada,

sólo la ausencia y largas, y más largas.

Caminar solo entre las nubes no es lindo.

Pero la esperanza, principalmente la falsa, es más dura de matar que Bruce Willis en la jungla de cristal.

Flores, cartas, poemas,

regalos, serenatas y cenas proyectadas.

Y nada.

Pero hay que ser persistente,

con insistencia el agua atraviesa la piedra.

Adelante, el destino los presentó, o eso crees.

Esa manía mía de apostarle siempre al número que va a perder.

La buscas, pero no la encuentras,

y cuando la encuentras sus monosílabos y respuestas no suelen ser más de dos,

nunca positivos, pero tampoco definitivos, en ningún sentido.

Eres transparente, honesto y te entregas,

tus palabras sólo expresan la verdad,

pero nada.

El tiempo pasa y no dejas de pensar en ella.

Cuando estás considerando la renuncia… al fin cede,

las murallas de su fortaleza caen rendidas,

tuya es ahora la medina de su corazón.

Todo para descubrir que cuando algo es muy difícil de conseguir,

al obtenerlo veas que no valía ni la mitad de las penas que te tomaste.

Dios o el fatalismo, tienen el mejor humor negro que ha existido.

 

No te entiendo

No te entiendo.

No comprendo tu cerrazón, ni tu firme convicción respecto a la verdad absoluta de las matemáticas, ni tu creencia en la perfección de las estadísticas.

No entiendo la falsa idea que tienes de poder manipular a la gente, ni tu absoluta inmersión en el trabajo.

No entiendo por qué tus momentos de soledad son una constante evasión con juegos, series y películas en tu dispositivo móvil.

No entiendo tu fe en esa multitud de falsos profetas sin dios.

No entiendo tu artificial amor a la música, enajenándote con melodías de la noche a la mañana.

No entiendo tu aversión al silencio ocasional, y tampoco tu necesidad de envolverte en ruido.

No comulgo con tu soberbia histórica, y mucho menos con tu creencia de que la humanidad es ahora mejor que nunca.

No comprendo tu adoración a la tecnología, tu autismo mecánico ni tu automatización existencial.

No entiendo cómo puedes confundir y mezclar tanto el tener con el ser.

No entiendo que te autoproclames creativa, cuando a toda creación la quieres encerrar en cálculos, gráficas, cuentas y “revenue” (que por cierto puedes llamar “ganancias” o “ingresos” sin hacer el ridículo).

No entiendo tus supuestas aventuras cuando éstas no son más que vacaciones en serie, empaquetadas para comodidad del cliente y pagadas con una tarjeta de crédito.

No entiendo tu concepto de libertad cuando éste sólo lo ejerces para elegir marcas de consumo masivo.

Lo que antes era ciencia ficción es ahora realidad, y no has notado que eres una esclava.

Ahora entiendo la náusea vomitiva que producen los tibios, los borregos aleccionados, los mediocres que se autoproclaman exitosos.

Ahora sé que todo es vanidad.

Ahora renuncio a tu realidad.