En tu habitación

En tu habitación, como alquimista medieval, realizas conjuros extraños, guiando corazones a tu manantial. El fin es bueno, no hay rastros de malicia, te creo, y esta es parte importante de lo que me atrae más de ti. No somos perfectos, de hecho soy una completa colección de errores. Mi fuerte son las palabras y la imaginación, y bastantes veces las dos juegan en mi contra.

En tu habitación, como alquimista medieval, te comunicas a media noche con quien te adora, con quien te admira por tu belleza total, natural, y que espera no pisar en falso para caer en el precipicio de las equivocaciones. Nada está garantizado, y es probable que me vuelva a desbocar. No es pedirte disculpas por anticipado, es simple aceptación de mi humanidad.

En tu habitación, como alquimista medieval, te llega el cansancio y decides poner a dormir tu piedra filosofal. Se acaba la charla con tu despedida, tu admirador se queda pensando en ti, y escribo esto. Ojalá que lo nuestro, de existir, llegue a buen puerto.

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Mi querido capitán

Otra fría noche que sorprende sin abrigo a mi corazón. Otra noche sin compañía ni apoyo. Mi luz y mi sonido son como la estática de la TV.

El estoicismo me vuelve a fallar, en verdad no soy de acero.

No puedo evitar preguntarme: ¿por qué en medio de tanta gente me siento tan solo? Ni siquiera en el desierto de arena experimenté tal abandono.

Mi pregunta queda sin respuesta dejándome aún más desolado.

El capitán viaja por los aires, buenos y malos, lejos, muy lejos de su ambiente natural, lo cual no le importa ni un poquito, porque tiene la cereza de un pastel al saber que ciertamente hay alguien pensando en él en algún lugar: la dulce morena de serenas facciones que según el capitán guarda cerca de su corazón el retrato del viajero amado.

Alguien me dijo alguna vez, a manera de consejo de los sabios, “¿cómo esperas que alguien te quiera, si no puedes siquiera soportarte a ti mismo?”. Entonces no presté importancia a esas palabras, pero hoy han regresado pesadas como cadenas, castigándome por haberlas ignorado y exiliado en el olvido, pues siempre preferí culpar de todo al destino, en vez de asumir honestamente mi responsabilidad. Pero ya no es temporada de comenzar, sino tiempo de empezar a terminar.

Las palabras fluyen con dificultad, y no van más allá de los regresos temáticos desgastados.

El capitán, ahora en tierra, descansa en paz acompañado en su soledad, pues presiente que lejos, la dulce morena de serenas facciones, es su cómplice en la vida.

Rompo el cristal de la emergencia urgente dirigiéndome al mercado electrónico de los sentimientos, donde nadie te quiere y todas las personas que allí se confunden y te confunden buscan desesperadamente lo mismo que tú: fingirse perfectas y presumir que su corazón rebosa de buenos principios y nobles actitudes, todo para saciar el llamado de la selva. Me siento un negociante experimentado, pero sé que soy como el vendedor de autos usados en otro fraude infame popular.

Como el dinero mal habido o un acto de venganza, regreso a donde pertenezco. A mi paso, la dulce morena de facciones serenas me saluda con sus modales de manual, que me saben tan rutinarios como cualquier domingo. El capitán abre los ojos, acepta su soledad, los sueños no duran por siempre y la engañosa imaginación cercana a la cruda realidad produce la peor resaca. Él jamás voló y nadie tiene su retrato.

A veces hay que aceptar las cosas y conformarse con tratar de encontrar sentido en la estática de la televisión.

Gigante

Hoy me imaginé qué pasaría si yo fuera un gigante. Suena bien, ¿no crees? Ser tan grande que mi cabeza llegara más allá de las nubes y que mis pies abarcaran la distancia de muchas calles. Cualquier gran ciudad se convertiría en un bonito juguete para mí, entonces podría pasarme todo el día jugando con los coches que más me gustan.

Si yo fuera gigante, podría desplazarme muy rápido de un lugar a otro. ¿Te imaginas? Recorrer grandes distancias sin aviones, ni autos ni magia. Si, por ejemplo, yo me encontrara en la ciudad, de un salto podría llegar al campo; y desde el campo, de dos saltos podría llegar hasta el mar, para nadar y nadar, hasta cansarme. Y no correría el riesgo de ahogarme, porque mis pies siempre alcanzarían el fondo de los océanos.

Si yo fuera gigante, haría todo lo que quisiera, pues nadie me regañaría al no existir nadie más grande que yo.

En la noches, solo necesitaría estirar una mano para tocar las estrellas y también agarraría la luna para usarla como pelota.

De día podría viajar hasta el desierto y construir castillos de arena, como los que hago en la playa, ¡pero de tamaño real!, y en ellos pondría una guardia compuesta por elefantes que antes tomaría cuando pasara por la selva… no, no por la selva, en realidad a mi paso por la sabana, pues en la selva no hay elefantes, según me ha dicho mi papá.

También podría llegar hasta China y jugar con su Gran Muralla.

Todo sería muy bueno si yo fuera gigante.

Aunque… ahora que lo pienso, nunca podría entristecerme y llorar, pues si llorara, mis lágrimas inundarían el mundo, y eso no sería nada bueno.

Imagino que tampoco podría saltar, pues ocasionaría terremotos en el planeta y entonces se derrumbarían muchas casas y edificios. La gente me tendría miedo. Por eso, los ejércitos del mundo me perseguirían como si yo fuera un monstruo destructor, como los que salen en las películas de horror. Eso no sería bueno, porque entonces nadie me querría.

Además, si yo fuera el único gigante, no podría jugar con nadie de mi tamaño. ¡Qué pena!, y no podría haber más gigantes porque no cabríamos en la Tierra.

Entonces qué bueno que no soy un gigante, de esta manera hay personas que me quieren y puedo tener amigos.

gigante

A veces

Algunas veces me pregunto si será cierto que todo en la vida se acaba con la muerte.

Otras veces me cuestiono por qué la coca-cola es tan negra como el interior de muchas cabezas.

Algunas veces me prometo que el cigarro que estoy fumando será el último, y en realidad lo es hasta que enciendo el siguiente.

Hay veces en que ni siquiera me acuerdo de ti.

En ocasiones quiero saber por qué a todo tratamos de crearle leyes.

Y por qué nos empeñamos tanto en aprender tantas cosas que a la larga no nos servirán para nada.

Me pregunto por qué a alguien se le ocurrió inventar una pasta de dientes con sabor a tocino.

A veces también me sorprendo porque no estoy pensando en ti.

Hay momentos en que me veo buscando perdones tras escuchar las campanadas de un templo, como si mi alma fuera similar a la del perro de Pavlov.

En ocasiones no me importa el dinero, aunque siempre recuerdo que hay cierta tranquilidad que se compra con él.

Hay días en los que me hundo en el mundo de los espejos, y me descubro escribiendo con la mano izquierda.

Otros días me pongo a pensar qué hubiera sido de mí si hubiese decidido ser pintor.

Algunas veces me cuesta trabajo recordar tu rostro.

En ocasiones siento que no dejaré ningún legado.

Muchas veces me río de lo que otros piensan de mí.

A veces sólo quisiera sacar a pasear a mi perra y ver el ocaso en Mazatlan.

Entonces ya no me acuerdo de nada.

Sin…

Sin la bisutería color turquesa, sin el común aroma de tu perfume, sin esos zapatos con marca de nombre afamado, sin esos alimentos chatarra, sin esos programas de TV que resecan cerebros, sin esa religión que no es más que opio, sin esas necesidades creadas, sin el sexo tal y como lo venden, sin el sexo tal y como lo compro, sin esa pseudo excelencia laboral, sin ese centro comercial donde no hay relojes, sin el deseo por el auto del año, sin ese éxito al que todos aspiran esperando que les caiga del cielo o muriendo en el intento de alcanzarlo, sin la música comercial del momento, sin la película de moda, sin el despertador, sin las opiniones de los líderes, sin la cuenta bancaria, sin el anhelo de tener hijos sólo porque eso se dice que debe ser, sin esas playas abarrotadas en semana santa, sin desear los cinco minutos de fama, sin esas ansias por destacar, sin querer llamar la atención, sin algo que te permita ignorar tu propia voz…

Sin todo eso, ¿quién eres realmente?

La fiesta insufrible en la vieja casona

Una vieja casona estilo victoriano con amueblado rococó, escenario de una fiesta común en una época que daba muy pocos motivos para festejar. Bajo el retrato cubista de Descartes en bikini se encontraba un retrete con títeres colgados, desde el cual un hombre decidió llamar la atención de los muchos presentes alzando su copa de vinagre togolés y gritando a todo pulmón: “In vino veritas”. El coyote rabioso que tenían encerrado en el baño principal comenzó a aullar la Traviata al revés. Nadie río por la ocurrencia del sujeto ni bailó al compás del coyote, dejaron el río correr y todos participaron en el linchamiento del sincero misterioso. El tiempo comenzaba a volar tal y como lo haría un halcón con un gran yunque atado en su pata izquierda. Beethoven estaba furioso, porque aseguraba que el yunque que anclaba al halcón había sido extraído de sus oídos. Treinta malabaristas mancos intentaron entretener a los presentes haciendo extraños dibujos con sus lenguas arrancadas. El mudo acto no levantó ni un ápice el ánimo general, ni siquiera emocionó un poco al ánimo sargento. “El tiempo, el mundo y las monedas, son todos redondos”, exclamó en tono triunfante el hombre de la mente cuadrada con la única finalidad de abortar el embarazoso silencio, mientras muchos lo relacionaron con el que creyó descubrir que la lluvia estaba mojada. “Por cierto, ¿ya se fijaron que hoy hace mucho calor?”, concluyó el hombre, apenado, por el simple hecho de decir algo más antes de perder la atención de los presentes. “Podrían pagarme durante 20 años por calentar una silla ocho horas diarias, pero eso sería más cuadrado que las redondeces de este mentecato”, fue lo único que se le ocurrió decir al fantasma ambicioso mientras un sacerdote trataba de exorcizarlo con Coca-Cola. Por ese entonces Homero solía escribir guiones para comerciales televisivos, “es más lucrativo que escribir poemas épicos”, decía a manera de justificación a cualquiera que no quisiera escucharlo. El tercer jinete del Apocalipsis comía apio cuando recitaba el guión de una película muda de Chaplin, esto lo hacía cada que se sentía muy nervioso, y en esa ocasión cómo no estarlo, pues se encontraba buscando la cabeza de Rasputín y lo único que había encontrado hasta ese momento eran las botas tejidas de Bismarck. Lourdes, apodada ‘la no milagrosa’, llegó del brazo de Sansón calvo y ordenó un peluquín y una quijada de asno rostizada para su acompañante, por supuesto que nadie le hizo el menor caso, pero la pobre no podía dejar de pensar en qué posibles afrodisíacos podrían devolverle a su pareja lo que una tal Dalila le había robado. José Pérez, aquel sujeto tan hispano como el que más, gustaba de disfrazarse de Robert E. Lee, y en éxtasis bélico desenfundó su pistola y comenzó a disparar a diestra y siniestra, al rimo de un viejo vals, mientras gritaba “muera Pancho Villa”. El coyote dejó de aullar la Traviata al revés y todos se ocultaron donde pudieron. Sin embargo, el arlequín desgraciado (ocupando todos los sentidos de este adjetivo) se encontraba tan ebrio de estupidez que ni siquiera sintió la bala que le depiló las pestañas del ojo izquierdo. De ese suceso proviene la frase Nulla dies sine linea, la cual se aplica a todos los que tienen las pestañas del ojo derecho más largas que las uñas de los pies. Los disparos cesaron y el verdugo lampiño del César cortó la cabeza de Juan Pérez con una goma de borrar (tarea que le llevó más tiempo del que te imaginas). Adán se hallaba oculto en el desván desde mucho antes de que empezara la fiesta, y allí se quedaría con justa razón, pues temía que sus descendientes le tumbaran a golpes todos sus dientes. La hermosa hueca dijo: “sospecho que la manzana tiene connotaciones sexuales” y después intentó conversar con su príncipe ideal de papel cuché, que estaba impresionado en una revista de tercera. Einstein dudaba entre rasurarse el bigote o peinarse, pero prefirió anotar números en su libreta favorita. Un grupo de fanáticos había logrado ponerle calzoncillos al David de Donatello (al de Miguel Ángel ya lo habían destruido, pues no traía cubierta la cabeza). “Por mi abuela que jamás volveremos a permitir situaciones tan depravadas”, exclamó el líder del grupo fingiendo ignorar a su hijo (al que apodaban ‘el erizo’ por todas las heroicas jeringas que llevaba siempre clavadas en sus brazos). Una ancianita que gustaba de empujar su carro de supermercado adondequiera que iba, recogió la decapitada cabeza de José Pérez con la idea de venderla haciéndola pasar por la cabeza de Pancho Villa. Freud, mientras tanto, rompía su propia cabeza tratando de resolver el enigma propuesto por un bromista sádico acerca de por qué tanta gente encuentra placer atormentando a sus semejantes. Todo sucedía, pero nada inmutaba a Judas Iscariote cuando éste se proponía buscar la segunda mejilla de sus semejantes. Un mesero vestido de águila calva (con mucho más pelo que Sansón) conducía su campana de salvamento con ruedas para ofrecer bocadillos a los que no habían sido invitados (quienes curiosamente eran numéricamente más que los invitados). Al ver que la fiesta decaía un poco, el Papa sugirió comenzar a jugar al rito Vudú, pidiendo a su cardenal de confianza que se quitara el antifaz y le trajera el becerro de oro que tanto adoraba. No todos los asistentes participaron en el juego, los protestantes (quienes en honor a su nombre trataban de estar en contra de todo) continuaron viendo la TV junto a los muertos vivientes. Tampoco participaron los tipos de las calentolendas (¿o se escribe carnestolendas?) perpetuas, pues estaban muy concentrados en desfogar sus energías (que realmente no eran tantas) en los miles de cuartos de la vieja casona, por múltiples motivos. Los ecologistas también se retiraron del juego, pues en éste se utilizó una gallina decapitada. El homosexual que nadaba en estilo mariposa comía cacahuates en la cornisa más angosta de la vieja casona, a una altura que hubiera hecho temblar al menos acrofóbico, preguntándose de qué manera podría ahora ejercer su derecho a ser lo que era enfrente de toda la gente. “¡Lo tengo!, haré púbico mi romance secreto con el reverendísimo cardenal”, se dijo, y de la emoción cayó de la cornisa muriendo en el acto asexual. Como todo juego que se prolonga demasiado, el rito vudú terminó por cansar a todos sus participantes, quienes sin saber qué hacer para divertirse se sentaron en donde pudieron mirándose unos a otros e ignorando todas las razones posibles. Un idiota hiperactivo decidió fundar una religión, basando sus dogmas en todos los libros de superación personal que le leía su bisabuela cuando era pequeño. La nueva religión consistía en saltar lo más alto posible y sin cesar (quizás con Augusto) con el fin de estar los más cerca posible del cielo prometido. La reina Isabel, quien llegó disfrazada de Marilyn Monroe montada sobre un guanaco que mascaba guano (pues la bestia era alérgica al tabaco), decretó ese día como festivo. Era su manera de expresar sarcasmos, ya que bien sabía que nadie se divertía en la vieja mansión. Tentadoras hojas de papel. Tan blancas como la pantalla de una computadora, las cuales invitan a ser manchadas con el fruto podrido de mi imaginación, sin importar qué tan absurda y famélica sea. A esto te pueden orillar los mediocres con poder, al menos hasta que den las seis. De las mil maneras de matar el tiempo esperando la hora de salida, ésta tiene la ventaja de distraerme tratando de crear algo.

La historia que no quiero contar

Ahora me pasa lo contrario. Tengo personajes de sobra pero la única historia que se me ocurre es la que no quiero contar. Tengo a la mujer que quiso independizarse y poner un negocio; puso el café en mal lugar, y pese a que no es fea y usa ropa entallada, los clientes no llegan. Pero hasta allí, no puedo contar más porque sólo pienso en ti y en lo que pudimos haber hecho mal. Tengo al anciano que el día del trabajo se enteró que su presente es tan aburrido como el resto de los días de su anquilosada vida. Tomó sus bolsas y salió de compras, pero al intentar cruzar la calle hacia el supermercado, lo atropelló una joven con toda la esperanza por delante. No puedo desarrollar nada más, sólo me acuerdo que los buenos momentos que viví contigo eclipsan a los pocos instantes amargos, aunque me bastó una palabra para acabar con todo. Tengo al afortunado hombre opulento que se divertía vistiéndose mal y baratamente para entrar así a tiendas ‘exclusivas’ y provocar que lo maltrataran; después, mostrando su verdadera identidad, creía dar una buena lección a aquellos que se dejan llevar por las apariencias. Hasta allí, no se me ocurre nada más, pues me pregunto si eres tú a la que verdaderamente amé, ¿por qué no resultó lo nuestro? Tengo a la mujer fea que logró casarse con el hombre de sus sueños y que convenció a éste que ella era lo mismo para él, pero cómo puedo escribir esta historia si tú y yo fracasamos tras mis esfuerzos y a pesar de los tuyos. Es por eso que tengo un desperdicio de personajes y ninguna historia que contar, excepto aquella que no quiero.