No hay nada nuevo bajo el sol (Ec. 1:9)

“Supongo que todo debe ser así”, pensó mientras anudaba los cordones de sus finos zapatos y recordaba que los avances tendían a complicar la vida, en vez de mejorarla. “Este calzado es muy impráctico si lo comparamos con las sandalias”, se dijo, “aunque, en realidad no es que los avances compliquen la vida, sino que cada avance exige un precio alto”.

Se miró al espejo. Su vista era perfecta, pero sus ojos mostraban cansancio. Mucho tiempo con ese cansancio en las pupilas, agotamiento que se incrementaba en épocas de crisis, ambiciones y locuras; desde aquellas de las más sencillas tribus, pasando por las de algunos faraones, generales, emperadores, cartagineses y romanos, pestes, españoles e ingleses, Richelieu, Hitler y su genocidio, hambrunas, nacionalismos absurdos, mercados voraces, hasta los conflictos de Estadounidenses, musulmanes e israelíes.

Pensándolo mejor, no es que el cansancio sólo se agudizara en las crisis. A veces, como de la nada, su humor se ponía mal durante una simple conversación con una persona, que no tenía que ser un dignatario o diplomático, filósofo, artista, empresario o líder de de algo importante, sino realmente con cualquiera que le dijera una frase que intentara ser original. Todo lo había oído ya.

Estaba particularmente harto de la estupidez humana, que cree que todo tiempo pasado fue mejor y que imagina que en el futuro todo estará bien. Respecto al pasado, era como si el tiempo fuera deslavando los recuerdos, llevándose las malas experiencias, o al menos sus detalles, hacia la laguna del olvido, y pusiera las cosas positivas en un altar de la memoria personal y colectiva.

Y respecto al futuro… bueno, nada ha indicado jamás que las cosas fueran a mejorar. Nunca ha habido pruebas para sustentar el optimismo. Por eso se inventan religiones y fantasías que prometen recompensas futuras, mientras los no creyentes basan el bienestar del mañana en la razón y la tecnología; como si con estos avanzara también la esencia humana. Esta candidez e ilusión baratas le molestaban. “¿En verdad son tan idiotas que no ven claramente que fueron, son y seguirán igual?”, se decía moviendo la cabeza cada que oía a alguien glorificando el pasado o poniendo fe en el futuro.

Subió a su moderno vehículo blindado que lo conduciría al centro financiero. Pensaba “¿hasta cuándo?”. Sabía que la tecnología era el camino hacia el fin. Cada avance tecnológico nacía de la destrucción o estaba encaminado a ella. “Cada acto de creación destruye algo, siempre”, le había dicho a Leonardo. Hoy el límite estaba cada vez más cerca, pero ese cada vez podría durar siglos, él lo sabía bien. ¿Y luego?

Temeridades, guerras, enfermedades, suicidios… lo había intentado todo sin éxito, ahora vivía resignado y cansado. El origen de su mal era remoto, quizá tanto como… eso no lo sabía, pero no estaba aquí por una maldición de Moisés, ni por negarle el agua a Jesús o porque se rió de Buda. Él estaba aquí desde mucho antes que ellos.

¿Qué le pasará cuando el mundo sea destruido por la gente o por la naturaleza? ¿Flotará por siempre en el espacio? ¿Llegará a otros mundos habitados o inhabitados? No, esto último no era posible, no recordaba otros mundos anteriores a este. Quizá su destino estaba ligado al planeta y moriría por fin, con él.

Mientras tanto, a matar el tiempo como fuera.

Entró en el edificio. Los guardias, aunque lo reconocían, le pidieron su identificación y tuvo que pasar por el detector de pupilas, de sus cansadas pupilas.

“Buen día Mr. König, adelante”, le dijo el guardia que le franqueó la gran puerta al centro de máxima seguridad, mientras en el dispositivo de su mano aparecía una pantalla verde que decía: Ahasverus König, President and CEO*.

*CEO: Director General

 

 

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Leonardo

Cuando era niño, yo tenía como todos esa maldad innata y aparentemente inocente que produce actos de increíble maldad. En mi grupo de primaria, mis seis amigos y yo nos sentíamos normales y creíamos que nuestra forma de comportamiento era la correcta. Pobre de aquél que no cuadrara en nuestro universo, porque se lo hacíamos pagar muy caro. Por eso tuvimos que tomar cartas en el asunto cuando llegó un niño nuevo al salón. Se llamaba Leonardo y era muy estudioso, además tenía unas maneras muy delicadas de comportarse. No estoy diciendo que fuera homosexual, no lo sé, era muy temprano para saberlo, pero para mi grupo de amigos él parecía raro y eso era algo intolerable. Para colmo de los males de Leonardo, él tenía comportamientos demasiado extravagantes y solía hablar de cosas que los demás desconocíamos (generalmente de tramas y personajes de novelas clásicas), también le gustaba mucho imitar animales que veía en documentales por televisión. ¡El tipo jamás veía caricaturas! Un día mis amigos y yo planeamos darle una buena lección a Leonardo. Era un día soleado, niños y niñas corríamos por el gran patio de la escuela en la hora del recreo. Algunos comían las cosas que con cariño, o por obligación, les habían preparado sus madres. Otros jugaban con pelotas y otros se perseguían y sorprendían con el único fin de espantarse y gritar sin sentido. Leonardo entonces se estaba paseando por el patio moviendo los brazos como si fueran alas, emitiendo agudos chillidos. “Soy un pterodáctilo”, gritaba mientras continuaba su vuelo. Uno de mis compañeros, simulando curiosidad, detuvo a Leonardo en el centro del gran patio. “¿Qué es un pterodáctilo?”, le preguntó a Leonardo, y a éste se le iluminó el rostro con alegría. Imagino que creyó que por fin podría empezar a compartir sus intereses con alguien. Entonces con dulce voz aleccionadora y la prestancia de un gran conocedor respondió: “Los pterodáctilos eran dinosaurios voladores de alas membranosas…” En ese momento, los otros cinco de mi grupo de amigos, incluyéndome por supuesto, nos acercamos a Leonardo por la espalda y lo tomamos de sorpresa. Agarrándolo con fuerza de los brazos y de las piernas para impedirle defenderse, esperamos a que el que había hecho la pregunta desabrochara los pantalones del pterodáctilo que empezaba a sollozar. Una vez que le quitamos los pantalones, comenzamos a jalarle hacia arriba el resorte de sus calzoncillos, con toda la fuerza de la que éramos capaces a tan tierna edad. Leonardo gritaba, no podía hacer más. Su marca de calzoncillos era muy buena, pues costó mucho trabajo rompérselos. Una vez que el extraño niño quedó vestido como Porky o como el Pato Donald a la mitad del gran patio, nosotros nos alejamos corriendo para que todos los demás contemplaran la vergüenza de Leonardo en todo su esplendor. Aún recuerdo cómo las carcajadas de todos los niños ahogaron el llanto de Leonardo. Las risas acabaron cuando todos fuimos llamados a la acostumbrada clase de religión post recreo. A nadie sorprendió que el niño raro dejara de ir a la escuela el día siguiente. Algunos, los que se habían quedado hasta tarde porque sus mamás siempre se retrasaban demasiado para recogerlos, dijeron que el mismo día de la vergüenza pública de Leonardo, la madre de éste había ido, muy indignada,  a la escuela para sacar de allí a su hijo, quien fue alumno de tan religiosa escuela por sólo una semana. Ignoro qué fue de Leonardo. Me gustaría decir, para tener un final feliz, que llegó a ser un gran poeta o una estrella de rock que supo explotar al máximo sus traumas. Quizá haya crecido con crisis de identidad y durante su adolescencia vio una película de James Dean que cambió su vida, y actualmente es posible que vista de chamarra de cuero negro y use el cabello encopetado. Aunque lo más probable es que Leonardo sea el fundador y presidente de una importante empresa trasnacional de software, mientras yo me la paso de trabajo en trabajo, preocupado por el dinero para más o menos mantener a mi familia y a mis dos ex esposas. Hay gente que paga la vida por adelantado.