El falso profeta

El falso profeta predijo que esto iba a pasar, pero no fue en realidad una profecía, sino un acto de sentido común.

El falso profeta dijo que el reino de Dios comienza aquí y ahora; pero los santos varones que respiran aire encerrado lo callaron ordenándole, como penitencia, que escribiera 500 veces el Sermón de la Montaña.

El falso profeta dijo que la espiritualidad no se relaciona con los bienes materiales, que no se es superior a los demás por la cantidad de anillos de oro que uno posea. La banca de la ortodoxia lo mandó arrestar por intentar desestabilizar la economía mundial.

El falso profeta al salir de su arresto dijo que todos tenemos los mismos derechos y que debe imperar la razón, por este motivo políticos y militares hablaron muy seriamente con los santos varones.

El falso profeta fue tildado por la religión imperante, además de falso, de blasfemo, hereje, apóstata e impostor. Algo similar a lo que según dicen le sucedió a Jesús.

El falso profeta iba a ser arrestado para encarcelarlo definitivamente mientras encabezaba una marcha pacífica, pero fue muerto de un balazo por un hombre que decía defender los valores tradicionales y salvaguardar las palabras del Todopoderoso.

La gente bien se alegró del fin del falso profeta, y el equilibrio siguió tan desequilibrado como de costumbre.

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A veces

Algunas veces me pregunto si será cierto que todo en la vida se acaba con la muerte.

Otras veces me cuestiono por qué la coca-cola es tan negra como el interior de muchas cabezas.

Algunas veces me prometo que el cigarro que estoy fumando será el último, y en realidad lo es hasta que enciendo el siguiente.

Hay veces en que ni siquiera me acuerdo de ti.

En ocasiones quiero saber por qué a todo tratamos de crearle leyes.

Y por qué nos empeñamos tanto en aprender tantas cosas que a la larga no nos servirán para nada.

Me pregunto por qué a alguien se le ocurrió inventar una pasta de dientes con sabor a tocino.

A veces también me sorprendo porque no estoy pensando en ti.

Hay momentos en que me veo buscando perdones tras escuchar las campanadas de un templo, como si mi alma fuera similar a la del perro de Pavlov.

En ocasiones no me importa el dinero, aunque siempre recuerdo que hay cierta tranquilidad que se compra con él.

Hay días en los que me hundo en el mundo de los espejos, y me descubro escribiendo con la mano izquierda.

Otros días me pongo a pensar qué hubiera sido de mí si hubiese decidido ser pintor.

Algunas veces me cuesta trabajo recordar tu rostro.

En ocasiones siento que no dejaré ningún legado.

Muchas veces me río de lo que otros piensan de mí.

A veces sólo quisiera sacar a pasear a mi perra y ver el ocaso en Mazatlan.

Entonces ya no me acuerdo de nada.

En la Tierra de la Libertad

“Lamento decirle que está en un error”, me dijo el hombre de las gafas baratas, diciendo lamentar algo que generalmente nadie lamenta, pues suele producirnos placer o gusto descubrir que alguien está equivocado, y hacérselo notar.
“Entonces está en un problema, mi amigo, ya que el nombre de su empresa induce al equívoco, y exijo una satisfacción”, le dije al fulano, que era un vil desconocido para mí, usando la abaratada palabra “amigo” para demostrarle superioridad de posición a través de una falsa igualdad y familiaridad. Así le anuncié mi intención.
“Es absurdo, muy absurdo”, me dijo el fulano y daba indicios de que empezaba a perder la paciencia, “lárguese de aquí, no puedo perder un minuto más con usted”.
“Mala cosa, recuerde que: el que se enoja, pierde”, expresé con tranquilidad, “y si su empresa no puede proveerme de médicos, abogados, arquitectos e ingenieros de cuyas vidas pueda disponer para mis experimentos…”
“¡PERO ES ABSURDO!”, gritó el fulano.
“… lamento decirle que el nombre de su empresa es en sí mismo un gran fraude que me ha hecho venir hasta Orangeburg, NY, en vano. He perdido tiempo y dinero, y mi proyecto se desploma por culpa suya. Mis abogados se pondrán en contacto con usted”, concluí dando por terminada mi visita, sin prestar atención al grito del jadeante fulano de baratas gafas que no creía nada de lo que había ocurrido durante nuestra entrevista.
La batalla legal no se prolongó demasiado. Por cuestiones irrebatibles, sustentadas en mi absurdo, fue que gané el fallo del juicio, y con él una considerable cantidad de dólares en cifras de seis ceros. La empresa, productora de artículos descartables para higiene personal, tuvo que cambiar su nombre de Professional Disposables Inc. (Descartables profesionales) por el de Personal Hygene Disposables Inc. (descartables para higiene personal), tras engrosar mi cuenta bancaria, y la de mis abogados, claro está.