No te entiendo

No te entiendo.

No comprendo tu cerrazón, ni tu firme convicción respecto a la verdad absoluta de las matemáticas, ni tu creencia en la perfección de las estadísticas.

No entiendo la falsa idea que tienes de poder manipular a la gente, ni tu absoluta inmersión en el trabajo.

No entiendo por qué tus momentos de soledad son una constante evasión con juegos, series y películas en tu dispositivo móvil.

No entiendo tu fe en esa multitud de falsos profetas sin dios.

No entiendo tu artificial amor a la música, enajenándote con melodías de la noche a la mañana.

No entiendo tu aversión al silencio ocasional, y tampoco tu necesidad de envolverte en ruido.

No comulgo con tu soberbia histórica, y mucho menos con tu creencia de que la humanidad es ahora mejor que nunca.

No comprendo tu adoración a la tecnología, tu autismo mecánico ni tu automatización existencial.

No entiendo cómo puedes confundir y mezclar tanto el tener con el ser.

No entiendo que te autoproclames creativa, cuando a toda creación la quieres encerrar en cálculos, gráficas, cuentas y “revenue” (que por cierto puedes llamar “ganancias” o “ingresos” sin hacer el ridículo).

No entiendo tus supuestas aventuras cuando éstas no son más que vacaciones en serie, empaquetadas para comodidad del cliente y pagadas con una tarjeta de crédito.

No entiendo tu concepto de libertad cuando éste sólo lo ejerces para elegir marcas de consumo masivo.

Lo que antes era ciencia ficción es ahora realidad, y no has notado que eres una esclava.

Ahora entiendo la náusea vomitiva que producen los tibios, los borregos aleccionados, los mediocres que se autoproclaman exitosos.

Ahora sé que todo es vanidad.

Ahora renuncio a tu realidad.

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Ayer, hoy y mañana

El siglo XXI no se diferencia mucho del XIV ni del menos VII; tampoco será muy diferente del felacional-cunnilingüista siglo LXIX, si es que la existencia del mundo alcanza tan lejos.

A pesar del actual cacareo de respeto, apertura mental y buenismo rampante, seguimos viviendo esclavitudes, racismos, desigualdades, diferencias y discriminaciones que se arrojan groseramente a los rostros de los que menos tienen y más necesitan, o a las caras de las víctimas favoritas que suelen ser todos aquellos que salmonean contra la corriente.

Por todo eso aún demasiados homosexuales (LGTB, CBS, NBC, CIA, KGB, CNN, BB King) siguen en el armario, de lo contrario serían señalados; por eso tantos ancianos despiertan los domingo sin comida, la seguridad social es una broma que tratan de erradicar el capitalismo caníbal, el neoliberalismo de Friedman y la tecnocracia ignorante; por eso una mujer sin poder tiene que ignorar las peticiones marranas de su jefe o enfrentar el desempleo con cargos de difamación; por eso niñas y niños son abducidos en parques para convertirse contra su voluntad en atracciones turísticas sexuales o parte de un harem de un jeque árabe o empresario europeo; por eso los políticos se entremezclan con el crimen, el tráfico de drogas, de armas y con el terrorismo, son todo lo mismo; por eso no falta el imbécil ignorante extremista religioso dispuesto a morir por lo que su supositorio dios ordena, o hacer morir inocentes por la misma razón.

Podrás argumentar que hoy en el mundo hay menos violencia que antes, yo lo dudo. Para mí podrán cambiar los escenarios y las tecnologías, pero seguimos actuando en la misma tragedia bestial de siempre.

Una vez más, como los días de antes

Una vez más, como los días de antes son los días de ahora, todo igual.

Nadando en la turbia pecera de ese olvido, hijo natural del descuido.

De nuevo en el mismo sitio, para el que involuntariamente acostumbras comprar boleto.

Tu típica mala apuesta en el tradicional y hediondo mal juego.

Una vez más en una burbuja de silencio, mientras afuera suda la noche bulliciosa.

Estás así por haber cambiado lo más por lo menos, asfixiante cambalache que te dejó vacío.

Contemplando, frío, el polvo que dejó tras su carrera el sueño fugado.

Te sientes como los que simulan indolencia en la sala de espera del infierno.

Y no hay de otra, más que aceptar como siempre la derrota.

No queda más que contemplar el lento desfile gris de las horas.

No es posible conentrarte, es imposible abstraerte o sustraerte.

Fiera con jaqueca en la jaula de ese olvido, cosecuencia lógica del descuido.

El tiempo se llevó todo, incluso metió en su arcón a las musas,

Dejándote solo en estos momentos arduos de sobrellevar.

Es la prisión en la que convertiste tu libertad.

Una vez más, años después casi todo es igual.

Una vez más, como los años de antes, son los años de ahora, todo igual.

 

Agosto 2005

fagin

Susurros (“proteger la libertad”)

Todo oscuro y de nuevo ese susurro. Hace siete días, cuando por primera vez lo escuchaste, creíste que se trataba del radio o de la TV, pero ambos estaban apagados. “Fue mi imaginación”, te dijiste entonces. No mucho después lo escuchaste otra vez, eran ininteligibles voces cerca de tus oídos, delicadas, pero apremiantes, impacientes; como cuando alguien te advierte que no entres ahí, porque ahí es donde guardan a los terroristas rabiosos que fueron capturados antes de explotar(se).

No, el susurro no tenía nada que ver con la música que oyes. El susurro se hizo perceptible en distintas ocasiones: mientras ibas por la calle buscando pokemones, en el supermercado cuando comprabas tus nutritivos alimentos congelados, durante la práctica de tiro semanal, en la iglesia durante el sermón (que hablaba sobre los bienaventurados que siguen al Señor), al destripar zombies en tu nuevo videojuego y seis veces antes de dormir.

Esta es la sexta, antes del sueño, no hay nadie alrededor, y es la misma voz, apurada, pero con sonidos de palabras que no puedes entender. Como si hubiera mucha interferencia.

De repente el silencio… La vocesita susurrante se interrumpe abruptamente, una muerte súbita; antes simplemente callaba, como tras decir lo que quería, ahora fue cortada. Así de golpe, como derechazo fatal del campeón natural de los pesos pesados.

Enciendes la luz, das un vistazo a tus redes sociales, quizás alguien de tus contactos y amigos (98.9% de los cuales no conoces personalmente) ha oído también susurros semejantes, pero nada, todos hablan de lo mismo de ayer, pero acerca de diferentes personas. Como siempre.

Intentas dormir de nuevo, sin más susurros, escuchando solamente tu reproductor de música descargada que funciona 24x7x365.

No más susurros, mañana podrás ir a votar con una mente clara tras un descanso reparador, y hacer lo que te corresponde para decidir por tu país, protegerlo de los malos y los invasores, acabar con los raros y villanos internos, y hacer lo posible por que se eliminen todos esos que son enemigos de Dios y de Jesús. Hay que proteger, e imponer, la libertad a toda costa.

fam

Tan libre

Ella era del tipo de mujeres libres, así se autoetiquetaba, libre como el aire, como las aves y, a veces, como las olas del mar.

Reía de manera contagiosa, pero hueca y estudiada, decía no tener un objetivo preciso, pero en realidad su finalidad era tener el bolso repleto, es estómago satisfecho, un techo siempre y el futuro asegurado. ¿Quién la puede culpar por eso?

Llamaba la atención, aprendió a hacerlo desde muy temprano, ya con el tiempo era algo que se le daba en automático.

Imán de reflectores, encanto en el ambiente, todos se peleaban por cederle el asiento, con tal de obtener siquiera una tenue sonrisa de parte de ella, como de gratitud obligada. ¿Quén la puede culpar de que se haya acostubrado a todo eso?

El problema fue que insistiese tanto conmigo con eso de la libertad y de no tener un camino. Esa era mi línea, no la suya. Yo lo vivo, ella sólo lo presumía.

El problema fue alentar a mi gemelo, el enemigo interno, que siempre gustó de autoboicotearme. Lo alimentó, lo engrandeció, hasta que fue imposible controlar la situación. Alguien se tuvo que ahogar en el mar.

Y ella va, como la nave de Fellini, acumulando éxitos en los umbrales de su otoño. Yo de nuevo feliz en mi extravío, de extraviado pingüino estepario, contento de que en la lejanía de su cercania le esté yendo a ella bien.

La moraleja es que no se recomienda pretender ser otra persona con tal de agradar a un cangrejo, ni tratar de ir hacia el frente cuando el futuro relativo corre hacia atrás.

Ser humano

Mucha gente alaba la libertad, pero sólo para poder quejarse a gusto de sus cadenas, que las más de las veces son autoimpuestas.

Tanta gente que dice que lo más bonito es viajar, aunque lo hacen no por el viaje mismo ni por conocer otra gente y otros lugares, sino para tener fotos que presumir,

Muchos dicen que lo más grande es el amor, sólo para justificar la posesión y tiranía que ejercen sobre otra persona. “Esto me duele más a mí que a ti”, es una patraña de medalla de oro.

La justicia es para todos, dicen los poderosos, pero siempre omiten es que el castigo es principalmente para la mayoría, quienes por rara coincidencia carecen de poder (¡y si estos pobres supieran la verdad!).

Hay definiciones que van más allá de los diccionarios, y que se tuercen siempre todos los días, para beneficiar a quien las expresa.

Muchos quedan locos ante la belleza, aunque sospecho que los subyugados lo son precisamente por la fealdad de sus propias almas.

Muchos dicen que hay que ser humanos, ayudar y compadecernos de nuestros hermanos, y a quien se porta cruelmente se le dice animal. Yo jamás he visto animales comportarse como humanos despiadados, de hecho sólo el ser humano puede alcanzar los más bajos niveles de bestialidad y sadismo retorcido.

Muchos exigen derechos, incluso hacen marchas dominicales para que se los respeten; sin embargo casi nadie habla de las obligaciones que implica el tener derechos.

Muchos buscan a Dios, y dicen encontrarlo, mientras ese Dios no está en ningún lado y a la vez está en cualquier lugar. Buscar a Dios en ocasiones parece un pretexto para evadir la soledad.

A veces pienso que somos una especie fallida, aunque en otras ocasiones creo que así debe ser todo, para que el universo sea perfecto.

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Brando (sueño 47 casi 48)

La idea detrás de todo esto era tener un testimonio de actores para las generaciones futuras y también para los actuales estudiantes de cine, claro está. Yo no solía asistir a este tipo de cosas, no solía asistir a ningún tipo de cosas en realidad, pero Depp me convenció, por él asistí en esta ocasión aunque a última hora él no pudo llegar por problemas legales con su perro en Australia. Allí estaban conmigo Kilmer, Jones y Jodorowsky. Pacino no asistió porque DeNiro había confirmado su asistencia, pero las tormentas de los últimos días ocasionaron que el vuelo de éste fuera cancelado.
El concepto de la charla era extraño, a celebrarse en el campus de la añeja universidad, en una sala cercana a los vestidores de los jugadores del famoso equipo de futbol americano colegial local, donde los atletas solían dar sus conferencias y se reunían para analizar sus entrenamientos y las jugadas, nosotros nos sentaríamos en círculo, como en una sesión de neuróticos o alcohólicos anónimos, y comentaríamos sobre nuestras experiencias en el cine, desde el punto de vista de la actuación. La sesión de directores sería al día siguiente, Jodorowsky acudiría a ambas.
Al mirar a Kilmer, yo no podía dejar de pensar en Jim Morrison, ¿siempre habría sido así o el parecido se estableció desde su primera película con Stone?
No podía dejar de pensar en ¿qué diablos estaba yo haciendo allí? ¿Cómo me había dejado convencer tan fácilmente por Depp? Era mi amigo, pero esto era también demasiado para mí.
A mi llegada a la univesidad, un nutrido grupo de jóvenes y nada jóvenes estaban a la entrada del campus, ansiosos por ver a las celebridades del celuloide. No faltaron los acostumbrados gritos de “haz un Don Corleone” o “¿Qué se siente se el papá de Superman?”. Fanáticos “serios” del cine y fanátivos del cine comercial estaban allí mezclados para ver a las celebridades como si se tratara de un zoo. Tampoco faltaban los que protestaban porque un evento así significaba que la universidad se convertía en títere de la industria del cine que envenenaba las mentes y antenía al pueblo bajo un hechizo, y también estaban por allí los estudiantes de cine que aplaudían como locos al vernos llegar.
La conversación con nosotros dentro de la sala sería grabada para la posteridad, sin público presente, y aunque todos llegamos a tiempo, bueno, con una hora de retraso al menos, el equipo de video fue más “diva” que todos nosotros juntos y no había llegado aún. ¿Lección indirecta de humildad? ¿Humillación planeada para castigar nuestra soberbia?
Esperábamos pues, cuando de repente irrumpió a la sala un grupo de agitadores, blandían pancartas en pro de la ecología y contra el racismo, habían burlado al equipo de seguridad, pero vaya si fue una burla olímpica, porque eran como 20 jóvenes con pancartas y estribillos estúpidos con rimas de parbulario. Liberen a las ballenas, no a los circos, libertad a las minorías, no al racismo, detengan la guerra… etc., etc., etc.
Con gran esfuerzo fueron desalojados, y la seguridad redoblada. El equipo de video llegó pocos minutos después y mientras se instalaba, decidí aprovechar para aliviar mi vejiga. No quería interrumpir el acto una vez comenzado y atrasar todo de nuevo. Me levanté y me dirigí a los baños.
Los baños se encontraban al final de los vestidores del equipo de futbol americano, ahora completamente vacíos, como una tienda de departamentos recién instalada y en espera de llenar sus estantes y anaqueles, porque no era temporada de juegos. Caminé a lo largo de los solitarios vestidores y llegué a los baños. Frios, blancos, inmaculados, como en un sueño del cielo. Hice lo que tenía que hacer y mientras atravesaba de regreso por los vestidores solitarios, una rubia se me plantó de repente con una pistola automática apuntando a mi pecho.
Me dijo que me detuviera y empezó a decirme un discurso atropellado en donde se mezclaba la ecología con un discurso en contra del racismo. Me acusó diciendo que por mi culpa el turismo empezó a acabar con los ecosistemas de las islas del Pacífico, de que yo promoví la guerra y de que yo era un maldito nazi. Hizo mención de una película en la que interpreté a un oficial nazi, que había pasado sin pena ni gloria pues en ella se intentaba mostrar que no todos los alemanes fueron unos malditos en la Segunda Guerra Mundial, ni todos los norteamericanos unos santos mártires. Quizá esta mujer era de las pocas personas que vieron esa película, y como suele suceder, lo había interpretado todo mal. Para ella, confundiendo ficción con realidad, yo era un nazi por haber personificado allí a un nazi.
Algo le dije, intentando hacerle entender que estaba confundida y que me estaban esperando para la charla. Le dije que el cine suele ser una ficción, a veces nos hace pensar y otras nos divierte, pero que no era un documental ni una ventana de la realidad, que tenía que usar su criterio. Pude casi escuchar los engranes atascados de su cerebro tratando de echarse a andar, pero la inacción de años no puede curarse en dos segundos.
Di un paso al frente, y su lucha mental se detuvo mientras jaló el gatillo de la automática. Para ser una luchadora por la paz tenía mejor puntería que el personaje de Montgomery Clift en Red River, y me dio en el pecho, directo al corazón.
Mientras caía yo pensé en la ironía: tanto negarme a ser una figura pública para terminar como mártir a manos de una fundamentalista “liberal”.