Ella lloraba

Así, de la nada, ella comenzaba a llorar y me decía: “no es nada, no me hagas caso”.

¡Como si eso fuera posible!, estar impasible ante las lágrimas de alguien que te importa.

A veces ella sollozaba porque algo era demasiado bello, otras porque algo era demasiado triste.

En ocasiones, ella derramaba lágrimas porque recordaba algo incalificable, pero las más de las veces sólo lloraba porque sí.

Lloraba a mi lado en los museos o cuando en el cine mirábamos una película que ni siquiera era drama.

Lloraba cuando estábamos comiendo o cuando metíamos humo en nuestros pulmones.

Claro que lo peor era cuando lloraba en la cama… y era incapaz de explicarme la razón.

Igual ese fue el origen de mi inseguridad.

Lloraba y lloraba, y si yo insistía en preguntarle el motivo de su llanto, entonces lloraba más, pero de rabia.

Entre lágrimas siempre me decía lo mismo: que no era nada, que la ignorara.

Jamás aprendí a navegar en el mar de sus lágrimas y por eso, aunque la quise mucho, me tuve que alejar.

Lo peor del caso es que ahora, cada que la recuerdo, me pongo a llorar.

lagrimas

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Lamentarse como forma de vida

El genio de Aladino se da topes contra el muro principal del palacio de Schariar ante la gente idiota que desaprovecha el poder de la lámpara maravillosa o que va a las oficinas de Hacienda para declarar el tesoro de Alí Baba.

Esas personas que por temor, prejucio, cobardía vil o estupidez barata dejan pasar la oportunidad melenuda que se les sirvió en bandeja argenta, sin haber disfrutado siquiera del velado baile de Salomé.

Tanto que pidieron a los dioses por una oportunidad, por un abrazo o un beso; tanto que rogaron a la providencia del monoteísmo tripartita para que les sonriera la Fortuna o los acariciara la Suerte buena.

Tanto para nada. Nada en absoluto.

Se quedan con las manos vacías contemplando en el cielo 101 aves volando sincronizadamente, mientras escuchan los ronquidos del camarón que viaja con la corriente y se identifican patéticamente con el perro de las dos tortas.

Jamás entenderé a las personas que muestran su mayor indecisión en los momentos críticos, esos seres que se quedan apachurrados por la puerta del elevador porque no saben si entran o salen, o los que como un Indiana Jones dubitativo mejor desandan la ruta sin llevarse el ídolo que buscaban, aunque ya lo tenían a su alcance.

Supongo que aquellos que dejan ir el tren de las ilusiones materializadas no querían realmente lo que presumían ansiar.

O quizá su mayor goce existencial consista en quejarse de que la vida conspira en su contra, en soportar sobre sus lomos la cruz para presumir al mundo su carga, en lamentarse de que nacieron bajo una estrella de signo negativo y en gritar por todas las rutas de Eolo que lo suyo es el martirio. Son siempre personas tan piadosas que piden a Dios por todos nosotros, pero en especial por ellas.

No las entiendo… de hecho no sé por qué quisiera yo entender a semejantes criaturas.

Sólo espero que no vengan de nuevo a contarme sus penas voluntarias, deseando que les sirva de compasivo pañuelo para sus lágrima de cocodrilo y que me quede conmovido con su “resignación” artificial. Ya no más. Nunca, como dijo el cuervo.

Llorar

Lágrimas.

El cocodrilo en el Nilo llora, pero no puede dejar de sonreír.

Es curioso que se pueda llorar de tristeza, de felicidad, de rabia, de impotencia, de emoción o por conmoción. ¿Qué tienen en común esas emociones, sino la lágrima que fluye? Llorar hasta por picar una cebolla para el pico de gallo degollado.

Llorar.

Derramar ríos por los ojos, aguas que forman océanos por donde se escapan los amantes para no volver (ni el estómago).

Llorar como ratón lo que no se defendió como león.

Llorar como león porque el mundo se precipita al carajo.

Llorar como hombre golpeado por la feminazi del fin del milenio.

Llorar porque el macho no entiende de derechos.

Llora cierta “dama” por el hombre que la ama sólo cuando la golpea.

Llorar porque ya no veremos más a la persona que no volverá a pagar impuestos.

Llorar tanto por lo bueno como por lo feo.

Llorar por la rabieta hasta que le rompen a uno la cara.

Lubricación de ojos oportuna mientras se desahoga el alma.

El hombre fuerte con los sentimientos bien dominados no llora sino, como Don Gato, “sólo se quita basuritas de los ojos”.

Pero bueno, al final, ante la desgracia total y absoluta, ya ni llorar es bueno.

boy cry

La sal de la vida

Nacemos llorando, y (algunos) nos lloran cuando nos vamos.

Lloramos por tristeza al igual que por rabia, por los fracasos o por las victorias.

Lloramos con ciertas separaciones y en los reencuentros especiales.

Lloramos para pedir perdón y a veces, en secreto, por no haber podido disculpar.

Lloramos cuando las grietas del corazón dan de sí y todo se derrumba en mil pedazos.

Lloramos sin sentimiento cuando la inclemencia de los años nos ha desgastado el cuerpo.

Lloran algunos cocodrilos del Nilo por cualquier estupidez. Y no falta quien sabe entrenar la humedad de sus ojos, para dominar el alma de alguien más.

Lloramos de dolor, de felicidad y curiosamente la carcajada más demente y natural también nos hace llorar.

Por todo esto es que la mayor parte del mundo está cubierta por agua salada.

coc

Llorar

Lágrimas.

El cocodrilo en el Nilo llora, pero no puede dejar de sonreír.

Es curioso que se pueda llorar de tristeza, de felicidad, de rabia, de impotencia, de emoción o por conmoción. Llorar hasta por picar una cebolla para el pico de gallo degollado.

Derramar ríos por los ojos, aguas que forman océanos por los que se escapa el amante para no volver (ni el estómago).

Llorar como ratón lo que no se defendió como león.

Llorar como hombre golpeado por la feminazi del fin del milenio.

Llora cierta “dama” por el hombre que la ama sólo cuando la golpea.

Lubricación de ojos oportuna mientras se desahoga el alma.

El hombre fuerte con los sentimiento bien dominados no llora, sino como Don Gato, sólo se quita basuritas de los ojos.

Al final, ante la desgracia total y absoluta, ya ni llorar es bueno.

walrus

Tristeza

¡Ah la tristeza!

Representada en la plástica cabeza de payaso a punto de llorar y con barbas de vagabundo, incrustada como brujería en la antena de radio de un colectivo en la rápida vía.

La tristeza es ese marginal que como sea se siente con ganas de encajar, y al que todos le hacen el feo, tal como al pato que un día sería cisne. Que se tizne. Resurgimiento o tragedia, la segunda siempre más probable que el primero. El blues del descastado sin cresta.

La tristeza es ese pobre ser, pobre de bolsillo y de alma, que no encuentra la calma en esta vida, ni en la otra.

Es aquella novia amarilla que entrena para venganza y regocijo propios, a futuras mujeres fatales que pretenderá convertir en imposibles amores para inocentes pintores de grandes esperanzas.

La tristeza es una película con un mal actor de voz chillona que hace que tus entrañas se remuevan gracias a su lastimero tono y a un efectista guión de tercera.

Puede ser también la canción, de violín y bandoneón, que habla de penas tan ajenas a las tuyas, pero feas, y que terminas adjudicándote o creyendo que te han pasado. Puede que sí las hayas vivido, porque al final no hay tantas historias diferentes en el mundo.

Tristeza es negar tres veces la fe, que te cante un coro de gallos, y seguir creyendo en el Diablo.

La tristeza es no tener entereza cuando sopla un ligero viento, leve pedo de Eolo, y allá, lejos, vuela tu integridad de pan integral.

Tristeza es buscar que Dios te responda directamente y si llega a hacerlo no notarlo.

Tristeza es el final de la película del Dr. Zhivago. Tristeza es querer estar cerca, pero en realidad no estar en ningún lado.