La cuadrilla encadenada

Días que marchan, uno tras otro, con la monótona armonía de una canción gris.

Horarios esclavizantes que como cadenas invisibles sujetan los pies de las masas que se presumen libres.

Creamos ilusiones basadas en mensajes falsos, ilusiones que se encogen ante la primera lluvia de realidad, que crecen y se encogen como si bebieran de los frascos de Alicia.

Mis oraciones no son escuchadas, imagino que se debe a que son más peticiones que alabanzas… y así nadie escucha nada.

Mis esperanzas se van cubriendo poco a poco del pelo de la indiferencia, hasta formarse un pelambre como de oso polar.

Y marcho con todos, viendo pantallas en todas las horas del día. Sonriendo sin sentirme alegre, y sospechando que todo pudiera ser mejor.

Cuando la experiencia te hace asociar la palabra tedio a la frase de “cada día se siente como un domingo”, es que ya te carcomió el absurdo existencial.

Y sin embargo aún respiramos.

chain gang

Siempre somos los más

Así estamos siempre: cómodamente frente al aparato que brilla y nos entretiene.

Luminosidad y enajenación, enganchados con historias desechables, intercambiables, que no tienen nada nuevo. La misma historia repetida en diferentes palabras y sin diferenciación real de la anterior.

El “no hay nada nuevo bajo el sol” llevado a sus más míseros extremos.

Muchas de esas historias son acerca de marginales descontentos, de locos rabiosos y criminales holgazanes a quienes no les importa morir con tal de haber vivido al menos 15 minutos en la opulencia.

Historias también sobre sacerdotes de la autodestrucción y unas, muy pocas, acerca de héroes verdaderos que se inmolaron sin desearlo en su propia cruz, cuando lo único que pretendían era un cambio benéfico para la mayoría.

Y estamos así: cómodamente frente al aparato brillante que nos entretiene. Aplaudiendo las dramatizaciones sobre vidas fuera de serie, de gente que va contracorriente, para bien o para mal.

Pero las moralejas, las enseñanzas y el aprendizaje que pudiéramos sacar de esas liviandades narrativas y coloridas, nos entran por los ojos y salen de inmediato por el oscuro ojo que no mira, pero que todo lo expele.

Nada de lo que consumimos nos aprovecha, pues somos igual al populacho romano que iba al circo a contemplar ríos de sangre y que sólo exigía entretenimiento.

Termina una historia y, como perdidos en un desierto, buscamos el agua calmante de una historia nueva. No importa que sea mala o buena, nos basta con su novedad y que nos distraiga.

¡Que nos cuenten algo!, para evitar cualquier momento de soledad, cualquier cuestionamiento personal.

¡Que nos entretengan!, para evitar enfrentarnos a nosotros mismos y descubrir lo que bien sospechamos: que en nuestro interior no hay nada.

Somos abismos de vacío recubiertos de grasa y cuero, que respiramos y nos entretenemos. Ni más, ni menos.

Y aunque menos no haya, siempre somos los más.

puppet

Masas ya rebeladas

Entes ruidosos que se mueven y respiran, subhormigas que aspiran a sueños que no son realmente suyos, y creen que piensan con esas mentes caóticas que consideran superiores a las de otras especies.

Esa inteligencia supuesta es un desperdicio, siempre tragada por un abismo profundo y negro, como la muerte. Dicha gente tiene menos capacidad de juicio que los gusanos de tierra o que las amibas que ignoran todo acerca de la amistad.

Esos entes requieren de leyes para refrenar un poco su instinto autodestructivo, pero al final sus reglas resultan tan estériles como una semilla de mostaza arrojada a las olas del mar (si no me crees pregúntale a Simón Bolívar, si lo ves).

Entes que necesitan estar siempre acompañados, cerca de alguien, porque tienen temor visceral a su “soledad”, y optarán por la “soledad acompañada”, jamás aceptada, para no enfentarse a su propio interior, tan vacío como su inteligencia, profundo como abismo de ranchera.

Construyen su propio cadalso, adornando la estructura con coloridos logotipos, y creen prolongar el momento de su ejecución, que en realidad comenzó desde que ellos empezaron a andar en la Tierra. A su fin autoimpuesto suelen llamarlo Civilización.

Entes que creen avanzar más lejos de lo que realmente han llegado, aunque en realidad nunca van a ningún lado. Y su soledad, siempre su soledad, los incita a inventar dioses para amarlos y odiarlos a la vez, para responsabilizarlos de todas sus estupideces.

Entes que se desprecian entre sí (para prueba sirve este escrito), a la vez que ponen en alto el nombre del amor. Entes que por amor matan y mueren, y por amor se atormentan sin sentido alguno. Entes que incluso cuando contruyen algo, lo hacen tras haber destruido otra cosa. Siempre pasa.

Estos entes que se mueven y respiran, con ruido y presunción, que creen que piensan y avanzan, pero en realidad sólo cavan su propia fosa. Así está escrito, y así seguirá siendo.

masa

Atado a la pata del piano

El cordero,  inocente como pistola descargada, está atado a una de las patas del piano blanco mientras el verdugo mira la pantalla de su teléfono reloj, en el que se distraerá por 197 minutos más. ¡Suave laberinto de lo insustancial!

El cordero, inocente como bolsa de plástico, atado a una de las patas del piano blanco, se distrae escuchando rumores que entran por la ventana, acompañados por el hedor de grasosa carne asada en una parrillada dominical.

El amarillismo de Hearts es nada comparado con los bulos y falsas primicias de nuestros tiempos, ahora se toman en serio las bromas, los datos duros y las blanduras cerebrales por igual. Las masas juran sobre la Biblia que todas las patrañas son verdad.

Los ignorantes resentidos dudan de dios, pero creen en titulares y frases lapidarias, las opiniones y juicios no suelen ya sobrepasar los 300 caracteres. La nueva Inquisición no es Santa, pero sí mucho más estúpida que la antigua.

El cordero atado a la pata del piano blanco contempla el vuelo del Ángel Exterminador, que no es un personaje nuevo, de hecho es más viejo que el sol. El cordero decide esperar pacientemente el momento de su sacrificio, en medio de esta mezcla de egoismo, indiferencia y ganas de lastimar, que es la humanidad.

Día de San Valentín

San Valentín, y lo digo sin cobardía: no es en absoluto mi día.

Demasiados globos, regalos y comidas, demasiados corazones y el mío ya no sirve muy bien.

No es amargura, es que esta pinche fecha siempre me ha sabido a farsa, a enajenación, y me disgusta el reproche indirecto que el 14 de frebreo le hace a quien vive en soledad.

¿Para qué establecer un día para decir lo mucho que quieres alguien? ¿No quieres siempre a esa persona? De entrada, ¿sabe ella que la quieres? ¿Tienes que recurrir a una fecha impuesta para disimular tu olvido o será que debes forzósamente decírselo cada 14 de febrero, porque es mejor expresarlo cuando los demás hacen lo mismo?

No soy bueno en el juego, y tampoco en el amor, por eso no apuesto y por eso me invento historias para cuando estoy solo.

El 14 de febrero apesta a demasiado comercio, pero no lo digo por ardor, que más me arden las victorias que perdí por no haber sabido conservarlas.

En fin, de mí inicialmente esperan originalidad y al final me exigen que sea como los demás.

San Valentín, demasiadas flores, chocolates y ositos de peluche, demasiados dulces e infiernos para diabéticos.

¡Ay qué dramático suena esto!, pero el 14 de febrero no me gusta desde antes que fuera consciente de lo que significa querer.

Para mi mala suerte, tiendo a romper lo que ya estaba quebrado pocos días antes del día oficial del amor, por más vendido que este sea; pues que así sea.

No te entiendo

No te entiendo.

No comprendo tu cerrazón, ni tu firme convicción respecto a la verdad absoluta de las matemáticas, ni tu creencia en la perfección de las estadísticas.

No entiendo la falsa idea que tienes de poder manipular a la gente, ni tu absoluta inmersión en el trabajo.

No entiendo por qué tus momentos de soledad son una constante evasión con juegos, series y películas en tu dispositivo móvil.

No entiendo tu fe en esa multitud de falsos profetas sin dios.

No entiendo tu artificial amor a la música, enajenándote con melodías de la noche a la mañana.

No entiendo tu aversión al silencio ocasional, y tampoco tu necesidad de envolverte en ruido.

No comulgo con tu soberbia histórica, y mucho menos con tu creencia de que la humanidad es ahora mejor que nunca.

No comprendo tu adoración a la tecnología, tu autismo mecánico ni tu automatización existencial.

No entiendo cómo puedes confundir y mezclar tanto el tener con el ser.

No entiendo que te autoproclames creativa, cuando a toda creación la quieres encerrar en cálculos, gráficas, cuentas y “revenue” (que por cierto puedes llamar “ganancias” o “ingresos” sin hacer el ridículo).

No entiendo tus supuestas aventuras cuando éstas no son más que vacaciones en serie, empaquetadas para comodidad del cliente y pagadas con una tarjeta de crédito.

No entiendo tu concepto de libertad cuando éste sólo lo ejerces para elegir marcas de consumo masivo.

Lo que antes era ciencia ficción es ahora realidad, y no has notado que eres una esclava.

Ahora entiendo la náusea vomitiva que producen los tibios, los borregos aleccionados, los mediocres que se autoproclaman exitosos.

Ahora sé que todo es vanidad.

Ahora renuncio a tu realidad.

Ayer, hoy y mañana

El siglo XXI no se diferencia mucho del XIV ni del menos VII; tampoco será muy diferente del felacional-cunnilingüista siglo LXIX, si es que la existencia del mundo alcanza tan lejos.

A pesar del actual cacareo de respeto, apertura mental y buenismo rampante, seguimos viviendo esclavitudes, racismos, desigualdades, diferencias y discriminaciones que se arrojan groseramente a los rostros de los que menos tienen y más necesitan, o a las caras de las víctimas favoritas que suelen ser todos aquellos que salmonean contra la corriente.

Por todo eso aún demasiados homosexuales (LGTB, CBS, NBC, CIA, KGB, CNN, BB King) siguen en el armario, de lo contrario serían señalados; por eso tantos ancianos despiertan los domingo sin comida, la seguridad social es una broma que tratan de erradicar el capitalismo caníbal, el neoliberalismo de Friedman y la tecnocracia ignorante; por eso una mujer sin poder tiene que ignorar las peticiones marranas de su jefe o enfrentar el desempleo con cargos de difamación; por eso niñas y niños son abducidos en parques para convertirse contra su voluntad en atracciones turísticas sexuales o parte de un harem de un jeque árabe o empresario europeo; por eso los políticos se entremezclan con el crimen, el tráfico de drogas, de armas y con el terrorismo, son todo lo mismo; por eso no falta el imbécil ignorante extremista religioso dispuesto a morir por lo que su supositorio dios ordena, o hacer morir inocentes por la misma razón.

Podrás argumentar que hoy en el mundo hay menos violencia que antes, yo lo dudo. Para mí podrán cambiar los escenarios y las tecnologías, pero seguimos actuando en la misma tragedia bestial de siempre.