Letras y palabras

Letras.

Como si hubiera necesidad de presumir una nueva combinación de ellas.

Como si de verdad pudieran reflejar los sentimientos, acercar a la persona que más se quiere y alejar a quien ya no se desea ver más.

A veces funcionan y son el conjuro correcto, pero no parecen ser efectivas para los inseguros, para los testarudos y para los que dudan (más allá que para comprobar que existen).

Una correspondencia no correspondida e interrumpida porque ya no me importan las respuestas que se me puedan dar por la relación irreverente y totalmente carcomida.

Olvidemos las palabras cuyo sentido está hoy extraviado.

Palabras.

Como si hubiera necesidad de enterarse de vidas ajenas, de las imaginaciones de otras personas, de los sueños de otros dueños o de las ideas distintas a las de uno mismo.

Palabras, sólo palabras.

Se habla y se las lleva el viento, se escribe y se cubren de olvido; así como les pasa a algunos sentimientos.

Letras que no quedarán grabadas para siempre, ni las de mi lápida, ni en la tuya, ni en la tumba de nadie; al final todo está escrito en arena.

Sin embargo nos empeñamos en hablar, en escribir, en presumir lo que pensamos, el mundo no cambia y este mal no tiene cura (ni sacerdote).

Yo por eso te doy estas letras de cambio, para que cambiemos nuestras vidas, no por otras, sino que tomemos los rumbos que nos corresponden y que cada quien siga su destino, ya que juntos los caminos no hacen uno, debido a la incompatibilidad inherente e incoherente.

Otra despedida, sin adiós, para nadie.

Me quedo con las letras para describir fantasías privadas y exhibirlas en un aparador electrónico, como en una casa de cristal en la que no se revela nada realmente.

Cierro las cartas abiertas y reabro la mezcla mágica de sonidos silenciosos en papel (o en pantalla).

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Besos de verano, lágrimas de invierno

El salón de la parroquia católica, donde de lunes a viernes a partir de las 9 de la noche los alcohólicos usan su anonimato para tratar de curarse ese mal progresivo y mortal que hace reír tanto a Baco y a los sobrios; y donde los sábados por la mañana se imparte el catecismo hueco a niños que comulgarán automáticamente tras su Primera Comunión.

Un salón mediano, con pisos de plástico y lámparas alargadas de neón, una de las cuales parpadea con tics de marinero retirado. Hoy no hay niños, ni borrachos en intento de recuperación, sino una celebración de ancianos en su tarde libre del asilo.

Tarde de karaoke, presentada por una mujer de 52 que se siente un chica, una rosa lozana y fragrante en medio de tanto olor y apariencias añejas. La “chica” interpreta grandes éxitos de hace 60 o 70 años, que traen recuerdos a las honorables personas de blancas cabezas.

Algunos de ellos sienten que las canciones de Bill Haley siguen siendo tan vigentes como las de Elvis. Y en realidad lo son, simplemente dejaron de estar de moda hace muchos otoños. Otros recuerdan viejos romances en pistas de baile, donde había muchas connotaciones sexuales que nadie les creería haber vivido hoy en día. Un anciano tiene pensamientos que ni el Viagra puede hacer realidad, el “Blues de la erección” sería la canción si pudiéramos rimar lo que el señor piensa. Algunos se paran a bailar, es curioso que la ancianidad sea alcanzada más por las mujeres que por los hombres, quién sabe, quizá con el avance del feminismo también en ese rubro habrá igualdad pronto. Así que muchas bailan solas, como solían hacerlo las Madres de la Plaza de Mayo, sólo que estas lo hacen a ritmo de Chuck Berry.

Sin levantarse de una silla, una mujer de saco rojo, que está más cercana a los 85 que a los 79, mira a sus compañeras un momento y siente que se abre una nueva grieta en su corazón. No le gusta esta caricatura de vida, esta amarga memoria de lo que fue, no entiende por qué son felices ni por qué no rompen a llorar. Ella aguanta sus lágrimas trabajosamente, mira con envidia a la “chica” cincuentona que canta, pero no con tanta, pues sabe que no es tan joven y que ya cruzó el umbral de la decadencia. La venerable del saco rojo añora la vida, los tiempos de independencia, cuando los errores no costaban tan caro, los tiempos previos al momento de haber sido botada en la casa de desechos humanos, donde la única cosa que se puede llamar esperanza es la muerte, y a veces esta tarda demasiado en llegar.

La mujer del saco rojo tiene gran fuerza de voluntad, no llora, además la mejor prueba de su voluntad es que ha llegado a acumular todos estos años, sin embargo hoy se pregunta “para qué”, con más intensidad que en otras ocasiones. Al menos en el asilo todo es gris y triste, continuo y uniforme, esta dizque celebración y recuerdo de glorias pasadas no le está ayudando en nada, y es como una bofetada en la cara que le hace presente lo que ya se pudrió en el pasado.

La mujer del saco rojo continúa callada, hundiéndose en una depresión que creía haber dejado atrás usando una impuesta automatización. La animadora desangelada de cinco décadas canta una de Elvis, y las demás viejecitas parecen dulces y alegres porque creen que recordar es vivir.

Summer kisses, Winter tears…

Una vez más, como los días de antes

Una vez más, como los días de antes son los días de ahora, todo igual.

Nadando en la turbia pecera de ese olvido, hijo natural del descuido.

De nuevo en el mismo sitio, para el que involuntariamente acostumbras comprar boleto.

Tu típica mala apuesta en el tradicional y hediondo mal juego.

Una vez más en una burbuja de silencio, mientras afuera suda la noche bulliciosa.

Estás así por haber cambiado lo más por lo menos, asfixiante cambalache que te dejó vacío.

Contemplando, frío, el polvo que dejó tras su carrera el sueño fugado.

Te sientes como los que simulan indolencia en la sala de espera del infierno.

Y no hay de otra, más que aceptar como siempre la derrota.

No queda más que contemplar el lento desfile gris de las horas.

No es posible conentrarte, es imposible abstraerte o sustraerte.

Fiera con jaqueca en la jaula de ese olvido, cosecuencia lógica del descuido.

El tiempo se llevó todo, incluso metió en su arcón a las musas,

Dejándote solo en estos momentos arduos de sobrellevar.

Es la prisión en la que convertiste tu libertad.

Una vez más, años después casi todo es igual.

Una vez más, como los años de antes, son los años de ahora, todo igual.

 

Agosto 2005

fagin

Nadie sabe lo que tiene…

Qué orgullosa lucías cuando caminabas a mi lado, en los tiempos que yo te miraba por encima de mis hombros.

Qué brillantes sonrisas iluminaban tu rostro siempre que estábamos juntos, antes de que descubrieras que yo estoy tan incompleto.

Qué voracidad se veía en tus ojos cuando preguntabas por mi vida, cuando querías descubrir todo de mí, apreciando incluso las fallas que no se pueden ocultar.

Pero sólo fui capaz de ver todo eso en ti hasta después de separarnos, cuando seguimos diferentes rutas y ya no había manera de volver.

Qué poco valoré tus ideas cuando estuvimos cerca, entonces nunca presté atención a tus palabras, salvo a aquellas que eran elogios o preguntas sobre mí.

Qué insoportables me resultaban tus amistades, de quienes te aislé durante nuestra relación. En un principio simulé que eran agradables, pero estaba tan seguro de ti que las desterré, haciendo que sólo giraras en torno a mí.

Ya no estás, y es ahora cuando más te aprecio e incluso te necesito. Mi pozo seguirá abierto aunque ya no se ahogará nadie en él. Ya no estás, y no hay forma de rellenar este hueco en mi alma, pues tiene tu figura y nadie más puede encajar. De ti sólo me queda el eco de tu voz en mi mente y la memoria de tu hermosura. Un gélido frío usurpó el puesto de la grata calidez.

No sé qué hubiera sido de nosotros de haberte yo valorado desde el inicio, pero igual todo se hubiese desgastado y termináramos igual de distanciados como ahora.

De nada sirve formular hipótesis con tela de fantasía. Quizá lo mejor sea olvidar.

tree

Olvido

Honestamente no sé a qué se debe lo que no se adeuda, y tampoco me acuerdo de lo que había al otro lado del agujero negro. Dicen que por mi falta de memoria soy un caballero.

Las palabras que salieron de mi boca se fueron con los cien pajarillos que echaron a volar, y valían más que el pájaro ajeno que sostienes ahora en tu mano.

Los colores no hablan, sólo brillan; los derrotados sólo gimen y chillan. No recuerdo a qué se debe lo que no se adeuda, como también olvidé la manera de afinar tus cuerdas.

No recuerdo bien mi primera noche en este mundo, pero comienzo a recobrar la idea de lo que es ser totalmente feliz por aquí.

Me gusta, en ocasiones, ser un solitario sin llanura, claro que a nadie le gusta ser un abandonado, porque eso no es más que amargura.

Las caricias son efímeros tesoros para la piel, en parte por eso debería estar prohibido decir “para siempre” y también “nunca jamás”.

No recuerdo mi primera noche en este mundo y tampoco recuerdo haberte conocido. No recuerdo bien nada de lo que creí conocer, tampoco sé si alguna vez supe convertir tu plomo en oro.

No me tomas en serio cuando hablo seriamente, y haces lapidarias mis frases cuando bromeo. La vida es redonda, como lo es la Tierra, como lo es el futuro y como lo son las monedas.

Mis palabras se pierden en tu laberinto, con tres minotauros que tienes a sueldo pagado por tus sentidos.

Fuiste mi todo siendo en realidad nada, y tras la tormenta, llega siempre la calma.

No recuerdo haber usado mezclilla, como tampoco recuerdo cómo eran tus sonrisas.

 

Water Forget-me-not or True Forget-me-not or Myosotis scorpioide

Me recordabas a alguien

Me recordabas a alguien, algo en ti activó los ecos en mi memoria, haciendo de nuevo muy palpables las huellas dejadas allí por otra persona.
De repente creí regresar al lugar en el que alguna vez fui feliz, y del que me exiliaron sin posibilidad de retorno.
No sé si fue tu rostro, tu estatura o tu perfume, pero el recuerdo reavivado me hizo querer conocerte.
Lamentablemente descubrí que no eres como ella. No te gusta el cine, escuchas otro tipo de música, te vistes distinto, te desvistes diferente, no tienes autores favoritos porque ni siquiera lees, tus opiniones son huevos ajenos envenenados dejados en el nido de tu cabeza, tus besos no producen temblores, hueles de otra manera y tu ausencia ni siquiera duele. No eres como ella.
Fue un desastre. Ni a quien reclamarle.
Ahora sólo me queda decirte el trillado, no eres tú, simplemente no eres ella.

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No me olvides

No me olvides, que mientras me recuerdes vivo, que en tu olvido yo sigo siendo nada.

No necesitas cantar la Martiniana, ni encender una vela cada noche para alumbrar mi camino, simplemente recuérdame, como al ganso de la publicidad chatarra, como al canto de la payola desgastada, como a la portada de tus libros de texto para la des-educación.

No me olvides, porque sólo si me exilias al vacío de la desmemoria, no seré siquiera un nombre grabado en la piedra.

El aire pasado, el peso pesado que se aligeró, el campeón sin corona, sin pena ni gloria, sin infamia ni ignominia, si tu memoria me olvida.

Si tu mente no me evoca, seré la espada de latón en la roca de cartón, flato de hormiga en el huracán, palabras en el comentario de un blog, exiliado de Nunca Jamás.

No me olvides por favor.

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El mensaje (tuve primero que beber el contenido de la botella)

Para poder enviarte el mensaje, tuve primero que beber el contenido de la botella. Ya sabes, armarme de valor en mi desarmada timidez. Sentir que podía hacerlo, encontrar mejores palabras que aquellas dictadas sólo por tu inspiración.

Tuve que beber el contenido hasta el fondo, para hacerlo bien, a conciencia, perdiendo sin saberlo la inocencia y de paso la decencia. Y las cosas me parecieron realmente más ligeras, posibles sin ningún obstáculo, capaz de arrojarme a cualquier foso y salvar cualquier distancia. Supermán sin kriptonita en un viaje de iniciación, la progenitora de Tarzán en la convención de la selva.

Bebí la botella, hasta dejarla seca como el Sáhara, listo el envase para proteger el importante mensaje a través de los siete mares, desafiando las tormentas y las fronteras, e ignorando al servicio postal. Pero estaba mareado, sé que escribí algo, con cierto trabajo, quizá garrapateado, y no recuerdo más. ¿Dije servicio postal?

Dicen que me fui sin despedirme, que salí caminando como marioneta en manos de un maraquero, quizá de un severo enfermo de Parkinson. Dicen que me fui, y que no se echó de menos al bufón, pues sus gracias ya eran más pesadas que el plomo de Plutón.

Nadie sabe cómo llegué a mi destino, cómo atravesé en mi desastroso estado la peligrosa avenida transitada; ni yo sé cómo desperté completamente vestido, tal como la noche anterior, con mi ropa arrugada, deshidratado, con una extraña compartiendo mi cama, y que me dijo que le dije que la amaba.

Para poder enviarte el mensaje, tuve primero que beber el contenido de la botella. Al final no sé dónde quedaron mis palabras, mis ilusiones, mis propuestas ni mis poemas. Al final no supe si lo dije todo mal, o siquiera si lo dije en absoluto.

La próxima vez trataré de enviar mis mensajes en un sobre o quizá en una canasta de mimbre tejido. Las botellas no son de fiar.

alcohol

Tanto peca el que mata a la vaca… (recuerdos)

Yo recuerdo mal y no he vivido tanto; o en el caso de que realmente haya yo vivido mucho, lo que recuerdo es muy poco.

Poco recuerdo, por ejemplo, de París una iglesia en un monte pequeño a la que se llega tras subir muchas escaleras, Napoleón más grande que Jesucristo en el fresco de un templo, la torre Eiffel tan ferrosa, un museo de Rodin, pero lo que más recuerdo de la luz ciudad es estar en un parque, creo que era el de los Inválidos, y escribir una carta nostálgica a una amiga mientras sostenía en mi mano izquierda un abrecartas que le había comprado.

Aunque de Paría también recuerdo, tras varios días en esa ciudad, sentarme a descansar en una banqueta y mirar hacia arriba en un edificio público, al ver la bandera de Francia fue que por primera vez estuve consciente de estar en París.

Mi infancia fue feliz, creo, pero no tranquila. Desde muy temprano me entró un gran pavor por crecer. Recuerdo un documental en el que unos pájaros aventaban a sus hijos del nido porque ya estaban estos grandecitos, y ya no les quedaba más que estamparse contra el piso o aprender a volar. Sentí que a mí algún día me pasaría lo mismo.

Odiaba la escuela, pero tampoco quería trabajar.

Tenía (y quizá sigo teniendo, pero me tiene sin cuidado) una prima uno o dos años mayor que yo, que para mí podría haber sino toda una ‘señora’ y de quien no comprendía que quisiera usar mis juguetes. Hay fotos que atestiguan que mi padre era la figura máxima en mi vida, aunque quería mucho también a mi mamá, se nota que yo quería ser como mi papá. Imitando posturas, gestos, más allá de la genética era el niño mico que imita todas las actitudes del ser que adora. No sé qué tanto haya resentido mi madre esto, igual creía que era injusto que quisiera tanto a mi papá, siendo que con ella yo pasaba la mayor parte de mis días.

Recuerdo lejanamente a mi mamá diciendo cosas como “bueno vete con tu papá, a él es al que quieres más”. No creo que me haya afectado eso en nada, pero ahora pienso que debe ser un poco difícil para una madre, o un padre, descubrir que no es el favorito en los afectos del hijo.

Recuerdo de esos tiempos la frase: “tanto peca el que mata a la vaca, como el que le detiene la pata”, dicharajo del carajo que a la fecha me produce molestia, pero hay una historia detrás de esta aversión.

Iba yo en tercero de primaria, en un colegio irreligioso de monjas católicas, y me encontraba terminando la primera transformación de mi vida. En primero y segundo de primaria yo había estado en una escuela de mormones, en donde fui un niño aplicado, bastante bobo e inocente, aún para mi edad, realmente un santo enano o un enano santo. Siempre en el cuadro de honor de la escuela. Por razones prácticas para tercero de primaria mi padres decidieron cambiarme a una escuela de monjas católicas y, bueno, pasé años tratando de compaginar al ángel Moroni con la Virgen de Guadalupe.

En mi casa no éramos entonces nada religiosos, así que de la escuela tomé lo que podía de la enseñanza religiosa.

En la escuela católica yo ya no era ni aplicado, ni santo, admiraba a los tipos malos de quinto y sexto grado (a los que veía, tal como antes a mi prima, como adultos). En sexto iba Lázaro (que no sé si anduvo después de muerto) y su hermano Armando iba en quinto. Eran los más respetados, parecían mayores que el resto de los más grandes, su padre era dueño de una agencia de autos y de una distribuidora de gas para el hogar. Eran adinerados y por ende poderosos. Ese poderío los hacía de alguna manera intocables en la escuela. Impunes en sus pecados de cualquier tamaño. Yo me llevaba bien con ellos, igual y me veían como una especie de mascota.

Una vez estaba yo con Armando afuera del salón donde estaba un piano, allí nos daban clases de canto, y allí había también un gran armario donde las monjas guardaban las cosas que vendían en la papelería de la escuela. El salón siempre estaba cerrado con llave, excepto cuando nos daban clases y entonábamos las notas musicales con jubiloso tedio. La maestra de canto era una anciana, que apenas y podía con su alma. Ella nos enseñaba canciones de su juventud, sólo recuerdo una de un murciélago de una bóveda gótica, incógnito o pérfido con céfiros y quién sabe qué más palabras que yo desconocía, tal como las del himno nacional, de las que yo no entendía nada y las cantaba mecánicamente.

El caso es que una vez estaba yo con Armando, afuera del salón vacío y cerrado, y nos dimos cuenta que una ventana estaba abierta. Armando, me sugirió que aprovecháramos la oportunidad, ya que no había nadie a la vista, para meternos a sacar cosas del armario, total, nadie se iba a dar cuenta.

Yo era niño, pero no idiota, y sabía que lo que proponía mi ídolo infantil estaba mal. Me negué a entrar y Armando me dijo que yo era un cobarde, que al menos fuera útil para algo y que me quedara allí para avisarle si alguien venía.

Y así fue, me convertí en un cobarde útil visador mientras Armando se metía al salón para salir de allí con varios sacapuntas de diversos colores. Quiso darme unos pero yo me negué, ¿para qué quería un sacapuntas si yo ya tenía hasta dos? (uno se lo había quitado a mi hermano). Cada quién se fue de allí a sus respectivas clases.

Estaba yo poniendo atención a mi profesora (una mujer histérica a la que mis compañeros y yo solíamos sacar de sus casillas cada que nos aburría su clase, poniéndonos a gritar como posesos y esquivando el borrador y los gises que nos arrojaba la pobre mujer antes de ponerse a sollozar para regocijo nuestro) cuando llegó la madre superiora (no, no era una nave espacial del estilo de la del final de encuentros cercanos del tercer tipo, sino una mujer bajita y muy redonda con voz cavernosa) y me pidió que la acompañara.

Me la priora llevó con prisa a la dirección en donde estaba Armando llorando. Allí me enteré que habían descubierto el robo de los sacapuntas y que Armando había confesado todo, pero a su manera, es decir, que yo había sido el que entró al salón y había cometido el robo. Igual y fue la primera vez en mi vida en que se me pusieron los ojos cuadrados de la sorpresa, al descubrir que alguien te puede cargar sus sus culpas y responsabilizar de sus pecados.

Conté mi versión más por autodefensa que por honor a la verdad. Creo que las monjas no le creyeron, y de alguna manera pensaron que mi versión era la correcta. Sin embargo, el castigo me tocó todo a mí, mis padres no sudaban dinero como los de Armando.

Armando se fue de allí con un simple “pero no lo vuelvas a hacer Armandito”, y yo fui condenado a anotar muchas veces en mi libreta que no era bueno robar (250 repeticiones, con buen letra).

También mandaron llamar a mi mamá, quien desde entonces empezó a preocuparse de su hijo descarriado (sólo fue el inicio, más adelante tendría más razones de preocupación con respecto a mí). El punto es que cuando fue mi mamá y habló con la directora, yo estaba presente, y conté mi historia de nuevo, dije que era injusto lo que me hacían. Fue entonces que la redonda monja priora se creyó Salomón y me dijo que “Tanto peca el que mata a la vaca, como el que le detiene la pata”.

Debe importar mucho que el asesino de vacas sea el hijo de un padre adinerado, de un cacique poderoso, como para castigar al que sólo le agarra las patas a los rumiantes.

Igual y fue la primera injusticia que viví en carne propia, al menos es la primera que recuerdo, pero lo que me hace imposible olvidar esta historia es la frase idiota de la vaca, que la directora me tuvo que explicar porque yo nomás no entendía qué quiso decir con eso (y a la fecha no le enuentro en absoluto sabiduría a semejante tontería).

Olvidos

Honestamente no sé a quién se debe lo que no se adeuda, ni tampoco me acuerdo de aquello que no se recuerda. Dicen que por mi falta de memoria soy un caballero.

Las palabras que salieron de tu boca se las llevó el ciento de pajarillos que echaron a volar huyendo de mi mano, y las que escribiste siguen siendo un secreto que no quieres revelar.

Los colores no hablan, sólo brillan; los derrotados sólo gimen y chillan.

No recuerdo a quién se debe lo que no se adeuda y también olvidé cómo afinar tus cuerdas.

No recuerdo bien mi primera noche en este mundo, ni tengo idea de lo que es ser totalmente feliz por aquí.

Me gusta, en ocasiones, ser un solitario sin llanura, claro que a nadie le gusta ser un abandonado porque eso no es más que amargura.

Las caricias son efímeros tesoros para la piel. Debería estar prohibido decir “para siempre” y también “nunca jamás”. Nada es seguro, ten eso por seguro; nada es totalmente blando ni totalmente duro.

No recuerdo mi primera noche en este mundo y tampoco recuerdo haberte conocido. No recuerdo bien nada de lo que creí conocer, tampoco sé si alguna vez supe convertir el plomo en oro.

Tu carta de ayer resultó ser una mentira que ni siquiera escribiste, mientras aún sostengo que te quiero aunque no logres aceptarlo.

No me tomas en serio cuando hablo seriamente, y haces lapidarias mis frases cuando bromeo.

La vida es redonda, como lo es la Tierra, como lo es el futuro y como lo son las monedas, por eso todo es rodar y rodar por aquí.

No recuerdo bien todo lo que conozco, como tampoco creo haberme caído en un pozo. No recuerdo haber vestido de mezclilla, como tampoco creo que haya usado corbata y camisa.

El sol en la noche, la luna en el día, decías ser una entrada y resultaste ser salida.

Mis palabras se pierden en tu laberinto, con los tres minotauros que tienes a sueldo pagado con tus sentidos.

Fuiste mi todo siendo en realidad nada. Tras la tormenta, la calma.

No recuerdo haber usado mezclilla, como tampoco recuerdo cómo eran tus sonrisas.

rider