Con tinta sangre (América Latina)

Un hombre,

lo que queda de él.

Encontrado no muy lejos de las vías del tren.

Asesinado,

no cabía la menor duda ante tan grande evidencia:

un roca había destrozado su cráneo, por la ruta de la nuca.

Los despojos de un hombre,

cuerpo sin alma,

ninguna identificación,

pero como a nadie le importan los vagabundos,

como nadie los cuenta en los censos , insensibles,

el cadáver fue donado al anfiteatro de una facultad de Medicina.

Ninguna investigación policiaca fue requerida.

 

Una mujer,

lo que queda de ella.

Apenas una mujer,

pues no estaba demasiado lejos de su niñez.

Sus restos junto al río.

Ultrajada, destrozada, en todos los sentidos.

Víctima de esos abusos que a muchos deleitan en películas y series,

abusos que excitan el morbo, la moralidad insana, medalla de la doble moral,

pues son abusos que todos dicen condenar.

Las masas se “indignan”.

A estas jóvenes víctimas solo las lloran sus familias,

para el resto de la gente son cifras, estadísticas de gráficos coloridos.

Algo de que hablar durante la comida.

A nadie parecen importarle este tipos de casos realmente,

al menos hasta que la víctima es una de sus parientes.

Se habló de la chica una tarde en las noticias,

destacada como el “feminicidio del día”.

Al final, fue otra olvidada de la justicia.

 

Un político,

lo que quedó de él,

fue despegado con palas del piso y con espátulas de las paredes de su lujosa oficina.

Había llegado muy alto,

de la misma manera que todos los que se elevan en este medio:

nadando sin asco en la inmundicia y sepultando a sus enemigos en mierda.

Por eso tuvo el éxito que todos condenan, sin dejar de desearlo para sí mismos,

por eso tuvo demasiado dinero, que tres generaciones no podrán gastar en su totalidad.

Pero se pasó de listo,

se olvidó de sus “amigos”.

La justicia culpó al “crimen organizado” de su asesinato, y no se equivocaba.

Quienes lo mataron siguen ocupando puestos en el Congreso y el Parlamento,

y dos más en la Suprema Corte.

Los asesinos “perdonaron” a los familiares del muerto,

no por magnanimidad, sino gracias a turbias negociaciones y magistrales chantajes.

El político fue enterrado con honores,

convertido en mártir y adalid de la democracia.

Muchas calles llevan ahora su nombre.

La justicia nunca ha sido realmente ciega.

Mayo 2017

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La carta

Tras haber estado posada en la ciudad durante toda una irrespirable semana, como de repente desapareció la nube de contaminantes (ocasionada por los combustibles fósiles ya digeridos, constantemente expulsados por los rectos metálicos de miles de vehículos automotores con una insistencia kepleriana). La razón no fue ninguna medida de las “autoridades” para impedir el uso de dichos combustibles, ni para alentar las energías verdes, sino un fuerte viento que soplaba de distintos puntos cardinales (principalmente el Este, y no del Aquel) con un ritmo frenético que hacía bailar a basura y árboles por igual.

A la entrada del edificio donde vivía, parado como estatua encantada junto a su buzón, David podía sentir cómo el viento abofeteaba su rostro, pero la mente de este joven estaba concentrada en otra cosa muy ajena al clima.

La mano izquierda de David sostenía una carta que Eolo quería arrebatarle. Su rostro tenía un gesto similar al que seguramente tuvo Paul Gauguin cuando se enteró del suicidio de Vincent Van Gogh o al de Jesús (el Cristo) cuando leyó todo el guión de la tragedia que había aceptado interpretar. Por causa de esa carta David experimentaba la sensación de irrealidad que provoca un brusco suceso inesperado que se presenta como dicen que llegará el Fin del Mundo: como muñequito de resorte en caja sorpresa. David sentía que por fin comprendía bien esas frases que había escuchado en tantos programas de televisión y de bocas de algunos conocidos suyos: “No puede ser”, “esto no me puede pasar A MÍ”, “es como un mal sueño”.

Hacía tan sólo unos instantes que David se sentía bien. Su vida era normal y los segundos de su tiempo transcurrían con la misma monótona exactitud y periodicidad de siempre, sin que nada le advirtiese del próximo desequilibrio de su cotidianidad.

Se había despertado a la hora de siempre, sintonizó el mismo noticiario superficial e insustancial (pero divertido) de siempre, desayunó los alimentos sintéticos de costumbre, defecó (en tiempo y forma) como casi todos los días y se bañó de manera automática, como siempre. Ya listo para largarse a su oficina a realizar su detestado trabajo de siempre, David, recién salido del elevador, estaba cruzando el oscuro pasillo hacia la salida del edificio donde vivía cuando…

Mecánicamente volteó su mirada a su buzón y distinguió que de éste sobresalía un gran sobre. Varias posibilidades cruzaron por su mente: “Debe ser el catálogo de algún almacén o la invitación a que participe gratis en el sorteo millonario de alguna revista (tras comprarles una suscripción anual, por supuesto). Igual son recibos a pagar, una tarjeta de crédito que jamás solicité o quizás una carta de mi amiga argentina felicitándome por mi cumpleaños… que fue hace un mes y medio. Pero no, seguramente es la publicidad de algo que no me interesará comprar”. Todo esto se decía David mientras con su mano izquierda sacaba el sobre del buzón.

Un intenso escalofrío recorrió su espalda, como si Jack Torrance lo hubiera alcanzado con su hacha al final del largo pasillo de un hotel vacío, pero la sensación no era debida a un hacha asesina sino al descubrir el emblema impreso en la esquina superior derecha del gran sobre.

Una encorvada anciana, en una verticalidad como de bastón pandeado, abrió repentinamente la puerta principal del edificio y penetró al oscuro pasillo acompañada de un fuerte viento proveniente de la calle. A pesar de la espectacular entrada, la mujer no era la bruja Maléfica (que ahora según Hollywood no es mala, sino una bonachona en mala racha) sorprendiendo a la corte de los papás de Aurora, sino una simple anciana recién llegada que olvidó cerrar la puerta tras de sí, en un descuido que acostumbraba y por el que la dama era famosa entre los habitantes del edificio. La vieja, vecina contigua de David, lanzó una breve mirada al espectralmente pálido rostro del joven y, sin dedicarle ni el más mísero saludo, lo ignoró como solía ignorar a los buzones (ella nunca esperaba recibir nada y si algo llegaba a su buzón, dejaba que se quedara allí hasta que el tiempo lo pudriera) y se siguió de largo a paso lento hasta el elevador.

David ni siquiera notó la fugaz presencia de su vecina, de hecho también solía ignorarla salvo en las ocasiones en que le mentaba la madre mentalmente cuando tenía que bajar a cerrar la puerta de entrada que ella había dejado abierta, por motivos de seguridad (seis asaltos dentro del edificio era el saldo que hasta ese día les había costado a los condóminos el descuido de la anciana). Abrió el sobre con gran nerviosismo y torpeza, nacidos ambos de la incertidumbre. Por fin sacó la carta. La impersonalidad del estilo con que estaba redactada la misiva hicieron que David se helara más; el contenido fue el tiro de gracia para su ya de por sí tambaleante estado de ánimo.

Al terminar la breve pero impactante lectura, David comenzó a maldecirse por su accidental negligencia y torpe descuido. Maldijo al Estado de su país por el estado en que el país se encontraba, maldijo a esos gobernantes que exigían impuestos que no se reflejaban más que en sus corruptas cuentas bancarias, maldijo desde al más ambicioso y minúsculo chupatintas burocrático hasta al mayor vampiro que se sentaba en la oficina presidencial del país. Definitivamente el frío aire que provenía de la calle no ayudaba en nada para que el cerebro de David funcionara de manera óptima ante esta situación. El coraje del joven contra sí mismo y contra los que le enviaron la carta iba en aumento. A la carta no se la llevó el viento, y aunque fuera así, de nada serviría.

Claro que todos nos sentiríamos como David en una situación similar; aunque, por otro lado, no todos necesitamos de una carta emitida por el Departamento de Recaudación de Impuestos u Oficina Hacendaria Estatal o Sistema de Administración Tributaria o Secretaría de Hacienda Pública, o como sea que se llame la odiada oficina hoy en día, para enterarnos de que no realizamos nuestra declaración anual a tiempo y que por ello somos acreedores a una increíblemente alta e insultante multa que de no pagar se incrementará y nos privará de nuestra supuesta libertad. ¡Bienvenido al mundo real David!

La mañana de la tormenta

En ocasiones el invierno decide prolongar su gélido imperio, sin importarle que la primavera sienta demasiada urgencia en la sala de espera, y por eso adornaba con fuertes fríos esa mañana.

El galán bronceado con el torso desnudo para lucir su musculatura de gimnasio y sustancias antinaturales y presumir su tatuaje en el hombro (un sol medieval con simbología azteca, lo que sea que esa mezcla signifique), vistiendo solamente los pantalones del pijama, golpea la ventana de la gran camioneta negra último modelo, pagada a plazos por los próximos seis años, y le grita a alguien que está dentro del vehículo. “¡Abre por favor!”, con autoridad no carente de súplica.

Las 8 de la mañana y el frío cala. Se trata de un matrimonio joven, la esposa abordo de la camioneta era la belleza en su escuela preparatoria, todos querían salir con ella, y él el galán deportista de neuronas flojas que todas las chicas admiraban, no fue sorpresa que se hicieran novios y pocos años después se casaran.

Pero él, según sus palabras, es hombre, macho alfa y cazador, el matrimonio no le implicaba necesariamente fidelidad. “El estar a dieta no significa dejar de mirar el menú”, le decía con cinismo cuando su esposa lo sorprendía deleitándose con las curvas de otras mujeres. Pero un macho alfa no se limita a ver el menú, lo tiene que probar todo, y por eso él tuvo sus aventuras, creyendo siempre que su mujer no se percataba, y ella paciente no tejía, pero sentía que se avecinaba la tormenta mayor.

Esa mañana fría ella se preparaba como siempre para ir al gimnasio, para no perder la línea que entonces aún magnetizaba miradas en las calles, ¿para ser el menú que otros solamente admiran?, mientras él dormía todavía, pues la noche anterior se había quedado hasta tarde “trabajando en la oficina”.

La joven señora necesitaba cambio para el ballet parking (son individuos que visten tutús y aparcan tu auto afuera del gimnasio a ritmo del Lago de los Tiznes) y se le hizo fácil buscar monedas en el saco que él usaba la noche anterior. La prenda apestaba a perfume de mujer, pero no de la esposa curiosa, y en vez de monedas encontró una tarjeta con un beso estampado (no por los labios de la señora) y la frase “Gracias amor” escrita con caligrafía de esas en las que se pone un corazón pequeño sobre la “i” en vez del punto.

La tarjeta desató la tormenta anticipada, la mujer golpeó con furia la cabeza de su esposo dormido con el saco (Prueba A de la infidelidad) y le arrojó en la cara la tarjeta (Prueba B) gritándole “eres un cerdo”, dicho lo cual salió corriendo de la casa y se metió a su gran camioneta negra que estaba estacionada en la calle. Pero no se fue, esperó a que el marido llegase.

El esposo medio dormido no tardó en llegar tambaleándose hasta la camioneta y le dijo, “no es nada, mira que no es nada”, ella siguió bien parapetada en la camioneta, pero no se fue. Él le gritó “¡abre por favor!”, pero ella no respondió y lloró ante el volante, pero no se fue.

El tipo se cagaba de frío, y golpeaba con delicadeza la ventana de la camioneta (no era tan idiota, sabía que si rompía el cristal le saldría muy caro, literalmente hablando). La mujer sollozó a moco tendido.

Él sentía las miradas que le lanzaban las jóvenes madres que llevaban a sus hijos al jardín de niños contiguo a su casa, reafirmó su seguridad pues sabía que siempre tendría poder de seducción (así es, nadie concibe la propia decadencia hasta que esta ha comenzado a hacer estragos). La esposa, desde dentro de la camioneta, sintió que era injusto lo que le pasaba, era feminista (en realidad es una fascista sexual de las que no tratan de buscar la igualdad de derechos, sino la supremacía femenina y el sometimiento masculino, sea lo que eso signifique), y por esa razón esto no deberían hacérselo a ella, pero en verdad lo amaba, por eso se casó con él ¿no?

Al final ganó el corazón a la lucha contra la supuesta razón, ella abrió la puerta y se dejó convencer, entraron a la casa pasa hacer las paces de manera física, sin explicación, ni una palabra.

Escenas similares se repitieron por décadas hasta que ella, cansada, optó por tolerar las infidelidades del marido, tal como lo hacía su mamá con las aventuras de papá. Había hijos, que fueron los rehenes de la cohesión, y además, esas aventurillas no eran más que relaciones casuales, y la esposa oficial era ella. Y sí, su feminismo recalcitrante fue deslavándose junto con el atractivo de él.

Al final se divorciaron cuando el macho ya fláccido (el sol medievo-azteca era ya un garabato incomprensible en un arrugado pergamino) encontró a una mujer (30 años menor que él) que de verdad lo comprendía y a la que le fue fiel a pesar del dolor que las infidelidades de ella le ocasionaba.

La ex, en su soledad, se lamentaba haber entregado los mejores años de su vida al desperdicio. Pero hizo lo que quizo, ¿o no?

Payaso espectacular (la tragedia del anuncio)

Como primer impulso pudiéramos pensar que el responsable de la tragedia fue el creativo de la agencia de publicidad, autor de los dos anuncios involucrados, pues para empezar su cabeza empolló la idea brillante de utilizar la imagen de un payaso vestido de bombero para publicitar seguros contra incendios, en una campaña cuya frase era “No es cosa de risa”. En realidad el creativo no debió tomar las cosas tan a la ligera, ni ignorar la naturaleza melancólica de los payasos, tampoco debió pasar por alto el hecho de que estos, como las mujeres que se maquillan exageradamente, tienen siempre algo que ocultar.

El mismo creativo fue también responsable de la campaña del champú Sedosidad®, que incluía a una chica linda de cabellera castaña y, por supuesto, sedosa. Pero no es cuestión de culpar a nadie, en el fondo todos sabemos que en este mundo nadie tiene la responsabilidad absoluta de nada, o no quiere tenerla, incluyendo a Dios, pues ¿entonces para qué creó al diablo y le permite hacer y deshacer a su antojo?

La historia inicia realmente la mañana de un martes cotidiano en la gran ciudad. Ese día la gente iba y venía hacia y desde los mismos lugares de siempre con las acostumbradas prisas, presiones e histerias. Se respiraba el constante aire producto de la mezcla de la soledad acompañada, la indiferencia urbana y la fría sombra de que proyectaban esos grandes edificios, sedes de trasnacionales y oficinas de los gobernantes opresores.

Hasta arriba de un alto poste publicitario, esa mañana estaba un grupo de hombres instalando un nuevo anuncio enorme, espectacular (de esos que los primermundistas del quinto mundo llaman con orgullo billboards).

Los habitantes de la ciudad suelen elevar sus miradas al cielo principalmente por dos motivos: para suplicar el fin de sus mortificaciones privadas al Dios que generalmente tienen guardado en sus recónditos olvidos, o para dar un vistazo a los nuevos anuncios espectaculares que se instalan periódicamente en las alturas. El segundo era el motivo por el que los habitantes miraban hacia arriba esa mañana.

El anuncio en cuestión era el de los seguros, y era simple y francamente feo, mostrando al payaso bombero en primer plano, tras el cual aparecía una casa en llamas, arriba en letras amarillas decía “No es cosa de risa”. A pesar de su simpleza toda la gente volteaba a verlo pues resultaba ser una pitera novedad que destacaba sobre la aplastante rutina gris de toda la semana. Al día siguiente, el anuncio de los seguros se perdió entre la sobrepoblación de publicidades que saturaba el cielo de esa siempre congestionada avenida.

Una vez instalado, el payaso impreso en el anuncio cobró consciencia de su existencia. A su inherente inseguridad payasa, se le sumó un complejo de inferioridad reforzado por los demás carteles gigantes que habitaban en otros postes y azoteas de los edificios adyacentes. Se sintió empequeñecido ante los colores alegres de un anuncio de refresco de cola, se sintió repugnante ante el porte valiente y arrojado de un vaquero que recomendaba cigarrillos, se sintió intimidado por la adusta cara del gorila protagonista del próximo estreno cinematográfico veraniego, vigilado sin misericordia por aquellos grandes ojos que parecían mirarlo todo desde el anuncio de una internacional cadena de optometristas y asqueado al ver al anciano gesticulante que aparecía en bikini publicitando una tienda de música.

El pobre payaso sentía su corazón de papel sobrecogido y agobiado por el ambiente grotesco que lo rodeaba. Su vida a cuatro tintas era poco menos que miserable.

Así pasaron los días, las semanas y dos meses, y lo único constante era el ánimo subterráneo del payaso.

Una mañana de domingo, un grupo de hombrecillos llegó a quitar el recién censurado anuncio del viejo en bikini, pues había caído de la gracia de los publicistas y del público, porque era un insulto al buen gusto.

Y sucedió un milagro: el payaso se alegró. No fue feliz debido a la retirada de su antiguo vecino en bikini que tenía enfrente, sino por la llegada de un espectacular que promulgaba los beneficios del champú Sedosidad® (que es champú y acondicionador al mismo tiempo). “¡Bellísima!”, se dijo el payaso al ver a la modelo en el anuncio que sonreía satisfecha por los resultados del champú.

Durante la instalación del anuncio del champú, uno de los hombrecillos trabajadores consideró que no era necesario aislar el cable de iluminación del gran cartel . “Total, ¿qué puede pasar?”, pensó el negligente y se fue a comer con su amante, quien casualmente era prima hermana y confidente de su abnegada esposa. El tiempo se encargó de demostrar que la indolencia del trabajador holgazán y adúltero, cuyo lema era “todo debe quedar en familia”, ocasionó algo que se pudo evitar.

La mujer que publicitaba Sedosidad® parecía sonreírle exclusivamente al miserable payaso, pues por un efecto de la óptica los ojos de la chica apuntaban directamente a los del clown. Ella tenía un rostro encantador y de sus expresivos ojos almendrados se asomaba un alma pura, su delicada boca invitaba a ser besada con delicadeza, amor y respeto, su sonrisa era inteligente y bondadosa… una mujer pensante y con el equilibrio justo de inocencia y malicia… bueno, todo eso pensaba el payaso que era un poco ignorante del mundo; y no debe sorprendernos que alguien con esos pensamientos se enamore de manera fulminante en tan solo tres segundos.

La mayoría de los demás anuncios, principalmente el del vaquero fumador, envidiaban la privilegiada ubicación del payaso, quien embelesado contemplaba día y noche a la mujer que tenía ante sí, solo a la distancia de un cruce de avenida. Por más envidia que tuvieran los demás anuncios, no decían nada, pues la vida de un espectacular se limita a ver en silencio y ser contemplados. Claro que esa imposibilidad de expresarse también limitaba al payaso comunicar a su amada lo que por ella sentía, aunque de todos modos la chica le sonreía, encantada.

El payaso experimentó en esos días la mayor felicidad que su condición le podía conceder; pero fue precisamente durante estos momentos de euforia modesta que se desató la tragedia.

Era una cálida noche de mayo, mes como cualquier otro en que suelen nacer grandes figuras a la vez que anodinos personajes, cuando el extasiado payaso bombero se vio forzado a hacer una pausa en su contemplación devota  al notar la primera chispa que saltó de la parte inferior derecha del cartel donde estaba impresa su impresionante amada. Fue cuestión de segundos para que el anuncio de champú Sedosidad® se convirtiera en una gran pira donde amor platónico más se consumió, como tantos otros de su tipo, sin jamás tener la menor oportunidad de comenzar a convertirse en amor real.

En pocos instantes, la hermosa modelo fue un émulo de Juana de Arco en el universo mercadológico, y el payaso se sintió sometido a la mayor impotencia posible, a la vez que víctima de una grotesca ironía. Él allí, vestido de bombero sin poder hacer nada para salvar de la hoguera a su musa; sollozando sin lágrimas viendo impotente cómo volaban las cenizas de su amor y de su amada.

Una vez consumida la pasión, literalmente, el lugar que esta dejó vacante fue ocupado por la decepción. El gorila y el vaquero fumador esbozaban una ligera sonrisa burlona por la desgracia de su vecino, quien con su recobrada infelicidad volvió a ser un payaso en toda la extensión de la palabra.

Más días siguieron a los días, como una cadena monótona de tiempo, y al clown se le comenzaron a ocurrir descabelladas ideas que, aunque de haber podido hacerlo, no hubiese expresado a nadie. Su plan estaba trazado, solo hacía falta esperar por el momento justo. Mientras tanto, en el sitio que ocupara la amada de Sedosidad® fue instalado un anuncio de alarmas para el hogar, protagonizado por un perro bravo de gesto furioso y dientes afilados.

Transcurrieron meses y el payaso seguía esperando. Marzo hizo su aparición, acompañado de vientos fuertes, entonces el payaso se sintió vivo de nuevo. Su espera estaba a punto de terminar, casi llegaba el instante perfecto.

Fue precisamente durante la última semana de ese marzo loco, cuando la ciudad comenzó a ser víctima de un viento violento proveniente del Norte, que en su furia elevaba el polvo y la inmundicia a no pocos metros del suelo. Los profesores de biología solían decir entonces en sus clases que si el excremento fuera fosforescente, en la ciudad ya no habría necesidad de energía eléctrica para fines de iluminación.

Las corrientes eólicas dificultaban caminar por las calles y la gente solía terminar sus trayectos muy lejos de sus destinos originales, los perros falderos se convirtieron milagrosamente en criaturas voladoras a voluntad del viento. El payaso aprovechó la oportunidad, y con un gran esfuerzo y dedicación, sacando de su prolongado desencanto las energías necesarias, logró liberar poco a poco las piezas metálicas que sujetaban las bases de su anuncio, para después arrojarse con su soporte de metal al vacío.

Esa noche las noticias de las nueve dijeron que 12 personas habían fallecido y 23 resultaron heridas tras la caída de un anuncio en la importante avenida a la hora pico, en que muchos empleados regresaban a sus casas. El alcalde urbano se dispuso a promulgar una ley que exigiera “instalar esos anuncios de forma segura para que ninguna situación climática los pueda desprender”… la gente estuvo de acuerdo con él, ya que pues la retrospectiva es una ciencia exacta y cada pueblo tiene el gobierno que se merece.

Fue un suceso triste en la historia de la ciudad. Los deudos y las víctimas intentaron demandar a la empresa que administraba los anuncios, pero no tuvieron éxito, porque era en realidad un negocio del mismo alcalde, ejercido a través de un prestanombres. Nadie fue procesado y al final nadie supo la verdadera causa de la tragedia.

Pero tú y yo sabemos que no hubo responsables, y que todo se debió a la desesperación de un payaso espectacular.

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Vida

Laberinto con paredes de espejo, atiborrado como el tren subterráneo en hora pico. Ratones en insensata carrera y minotauros con furia o diarra. Así es la vida en la ciudad.

Despedidas de gente que quisieras que no se fuera, permanencias insistentes de personas cuya cercanía ya no deseas. He visto mucho, igual no demasiado aún, pero he notado que a pesar de los cambios aparentes, todo en el fondo es igual. Así es la vida en general.

Cinco mueren mientras otros diez nacen, quinientos mienten mientras uno dice media verdad. Nos quejamos de los gobernantes, pero en el fondo casi todos diríamos que sí si se nos ofreciera el poder, y con algarabía nos corromperíamos en mil pedazos. Así es la vida en nuestro interior.

Los viajeros cansados dejan empolvar sus maletas y los sedentarios se ufanan de haber viajado por todo el mundo desde su computadora o su televisión. La gente es la misma aquí y en China, sólo varían las complexiones y los colores. Nadie es superior, nadie inferior en tanto a razas, todos somos la misma moneda de cara sublime y cara jodida echada a suertes en la vida.

Las conductas y las ilusiones sólo cambian de apariencia, en tanto que el tiempo es circular. Ya olvidé quién dije que sería yo, tampoco recuerdo las personas que fui. He visto rostros lozanos ajarse con los años y también los he visto volver a nacer. Aunque nada cambie y me diga a mí mismo en momentos que todo es igual, descubro que todas las cosas son variaciones mágicas de una sola maravilla y sólo por eso vuelvo a respirar.

En verdad no lo entiendo

En la tierra donde no hay trono, ni reina,
todos parecen deambular, como bichos sin camino.
No hay allí nadie que merezca ser objeto de envidia,
y sin embargo todos pelean entre sí por que ansían lo que los demás tienen.
Esa incorregible raza cree valer más que el oro, y sin embargo se comporta como si no valiera nada.
Son incapaces de hablar con sinceridad, ocultan la verdad bajo corbatas o pantallas.
Sonríen falsamente para hacerte creer que les agradas,
y luego al toparse contigo en la calle ni siquiera te saludan.
Esos seres siempre están en busca de lo imposible,
como no queda de otra toman lo asequible, pero esto nunca es suficiente. Jamás les basta.
Los devalidos no les importan, tampoco les importan los niños, incluso los que son sus hijos, a quienes suelen hacer pasar por hombres de corta estatura y los contagia de sus “valores” y “objetivos”.
No entiendo cómo es que alguien en un lugar así desea vivir más de 100 años, pues entre más edad se tiene más difícil es convivr en esta tierra.
Por más que digo que ya tuve suficiente, mañana seguro seguiré conviviendo con esta ralea.
Si acaso crees no ser como ellos, vale la pena que estudies bien lo que te muestra el espejo.
Si alguien me hubiera advertido de todo esto, no creo haber pedido venir aquí;
pero aquí me encuentro y esperaré hasta que llegue el fin.

1997

A quién CoRresponda

De nuevo el estúpido Cupido del Equívoco falló sus tiros, dando como resultado otro corazón hecho pedazos y una persona sepultada en una falsa pasión.

Ese Cupido además de estúpido es miope y bebe café en exceso, de ahí su pulso de experto maraquero.

Con el Cupido del Equívoco todo atardecer romántico dura lo que estríctamente marcan los segundos, ni uno más, y gracias a él se firman las actas de los matrimonio erróneos, que hoy son más numerosos que los poros cutáneos en China.

¡Cuidado con ese Cupido!, pues sus melosas disculpas podrían convencerte, pero no olvides que simplemente son una atractiva cubierta para la fatalidad sentimental, que desemboca en ruina, amargura, odio y rechinar de dientes (aunque si te va bien, esa fatalidad acabará en indiferencia).

Es una pena que nuestros corazones estén aturdidos por los medios masivos de comunicación y nuestros miembros desacadémicos muy enredados en redes sociales (esos espejimos de amistad y compañia), ya que de lo contrario podríamos detectar mejor a ese maldito Cupido.

P.D. Lamento en verdad dejarte aquí, sin concluir todo lo que quisiera decirte, pero tenga un cita urgente con la turgente mujer que menos me conviene en el mundo.

 

Saludos defectuosos,

Romeo Hielo

wally

Extraído de “Cuentos InFamiles y canciones sin música”, 1997

La vida tiene sus propios planes

Puedes encontrar la pareja ideal y tener juntos un hogar, gozando de un techo y de la generosidad del sol. Puedes saber cómo ganarte la vida en este mundo donde reinan a sus anchas los pesares, pero no olvides que la vida tiene sus propios planes.

Puedes caminar sobre el lodo sin manchar tu traje blanco, puedes convencerte de que tus mentiras hagan creer a todos estar de tu lado. Puedes aprender a convertir todos tus sueños en realidades, pero a pesar de todo la vida tiene sus propios planes.

Puedes encontrar el equilibrio entre el sentimiento y la razón, y dominar todos los tonos de tu canción. Igual llegas muy lejos, pero al destino seguirá sin importarle, porque la vida tiene sus propios planes.

Creías que solo necesitabas la palanca apropiada, el dinero suficiente y un aceptable intelecto, tener un buen dispositivo digital salido ayer y seguir la moda, sin importar a dónde te lleve. Puedes pensar que triunfaste sobre todos los horrores y atrocidades, pero la vida siempre tendrá sus propios planes.

Muerte

Hasta el más valiente le tiene miedo a la muerte; y quien diga lo contrario miente, con o sin sus dientes.
Es porque morir significa entrar a lo más desconocido, quizá a la nada. Es ir al lugar del que solo tenemos propaganda hecha en casa que en el fondo sospechamos siempre mentirosa.
No importa lo que digan las religiones, nadie que “se haya ido” ha regresado para contar la experiencia, lo que hay “del otro lado” (es más, aún se espera el regreso del mesías cristiano ¿no?)
Supongo que en el momento previo al de estirar la pata, de colgar los tenis, debe perderse la fe por completo, igual se recupera pronto antes de los estertores previos al frío definitivo, pero de menos seguro debe haber un momento de terror. ¿Y que tal que recuperar la fe no sea ningún alivio?
El mártir vocacional y el suicida con convicción, por más que tengan su esperanza puesta en el más allá o quieran liberarse de la decepción absoluta en el más acá, seguro tiemblan un instante cuando la muerte se les acerca.
El Día de Muertos no es una burla, es la risa nerviosa de un pueblo (celebración que comenzó por recordar a los que “se nos adelantaron” y terminó siendo un intento de homenaje a lo macabro para presumir que se es muy valiente ante la muerte), de un pueblo que quiere creer que muerto seguirá viviendo.
De los que santifican a la muerte, mejor ni hablo. Pocas cosas me resultan tan absurdas como la pagana adoración al vacío que se le implora protección.
Igual pienso mucho en que un día moriré, pero por más que me haga la idea de que eso nos pasa a todos, de que es mejor morirse que seguirse muriendo, no dudo que temblaré como gelatina cobarde en el instante previo al último suspiro.
Así es la vida, así debe ser el paso hacia la muerte.

Sin (¿quién eres?)

Sin la bisutería color turquesa, sin el común aroma de tu perfume, sin esos zapatos con marca de nombre afamado, sin esos alimentos chatarra, sin esos programas de TV que resecan cerebros, sin esa religión que no es más que opio, sin esas necesidades creadas, sin el sexo tal como lo venden y lo compras, sin esa seudoexcelencia laboral, sin ese centro comercial donde no hay relojes, sin el deseo por tener el auto del año, sin hacer larga filas para poseer el último grito de la tecnología, sin ese éxito al que todos aspiran esperando que les caiga del cielo o muriendo en el intento de alcanzarlo, sin la música que está de moda en el momento, sin la película efectista que impera en las taquillas, sin el despertador, sin las opiniones de los líderes, sin la cuenta bancaria, sin el anhelo de tener hijos sólo porque eso se dice que debe ser, sin esas playas abarrotadas en semana santa, sin desear los cinco minutos de fama, sin esas ansias por destacar y ocupar el trono de los que oprimen, sin querer llamar la atención, sin algo que te permita ignorar tu propia voz…

Sin todo eso, ¿quién eres realmente?