Naufragio afectivo, sin elección (aparente)

El violinista del Titanic sigue tocando el vals triste con el agua al cuello, igual no es resignación, sino que quizás el capitán que se hunde con su barco impone el ejemplo, con acciones, no con palabras; aún así, abordo del insumergible viajaban fariseos felices y lombrices erectas, con toda la incongruencia de sus actos y sus verborreas. De menos el barco ya está limpio, porque las ratas lo abandonaron primero, antes que las damas y los niños, por supuesto, ratas simbólicas de la cobardía y la suciedad del alma. Sálvese quien pueda. Gritos y atropellos, todo a voz de cuello, excepto los sentidos llantos del muñeco de ventrílocuo, tan vacío, con sus ojitos de vidrio perdidos en el infinito y la mandíbula caída por la sorpresa. El vals sigue sonando. 1, 2, 3, 1, 2, 3… El iceberg es tan grande que aún rodeándolo te rompe. Burbujitas como de champán bajo la superficie del mar y la sirenita que lo atestigua está más petrificada que aquella que homenajea a un autor de joyas infantiles en un país del Norte de Europa. En medio del hundimieno, soñé que me tomaba vitaminas correspondientes a todo el abecedario y que Ponce de León me daba el secreto de su fuente, todo en vano ya, porque el barco se va a pique inexorablemente. Y el vals se sigue escuchando. 3, 2, 1, 3, 2, 1… Las dificultades en las relaciones entre hombres y mujeres no son cuestiones de género, sino de especie, somos más iguales que lo que queremos aceptar, aunque me digas lo contrario (solo por llevarme la contraria y querer imponerte). Ellas no son de Venus, nosotros no somos de Marte, todos y todas nacimos bajo el mismo Cielo y colaboramos por igual para construir el mismo Infierno. El juego parece consistir en no dejar que te rompan el corazón, para eso debes ocultar tu mano que arroja las piedras, poner cara de jugador de Póker y tener boca de poeta creíble; pero sigo necio pensando que no hay amor verdadero si no dejas de lado el juego y te dedicas a ser con toda honestidad. Contradicción contraindicada en las relaciones humanas. No hay amor de verdad si uno no se quita la coraza y se expone. Honesto al 100%. Se sigue oyendo el vals. Pero de repente, al notar que algo es seguro, parece que el interés se pierde. Se termina la cacería, se rompe el encanto y a otro lado con el circo, o al fono del océano con toda la tripulación. El iceberg rompe el casco, las ratas ya están más ahogadas que tortas de Guadalajara, esas ratas fueron las primeras y serán las últimas, no podía ser de otra manera, es su naturaleza. Y el violinista sigue tocando.

N-O

“N”, “O”, dos letras que juntas, en ese orden, son como la luz roja en un peligroso crucero de autos, son como esa señal que te aconseja que lo mejor es no intentar ganarle al tren expreso, es la palabra que te niega siquiera un beso, la versión simplificada del “ciérrate sésamo”. “No”.
Al expresarse “No”, es el muro límite cuyo traspaso debe evitarse, la autoridad que impide continuar, el botón rojo que aborta la misión, a partir del no, lo correcto es regresar con la nave a casa o quemarla y quedarte en ese lugar, tal como estás.
“No”, debe ser la contundencia de un punto final, cierre de historia, ninguna histeria.
Pero lamentablemente la teoría rara vez se transforma en práctica en el mundo real.
Sobreabundancia de necios navegando idiotamente en el océano de la necedad.
¡Cuántos problemas se evitarían si todos respetáramos tan sencilla negativa!

Las más de las veces lo mejor es callar

No condenes al que se autodestruye. No estás en sus zapatos. No tienes derecho y ni puta idea.
Decir que alguien que se mata es un infeliz, un cobarde o desagradecido porque… lo tenía todo, porque no piensa en los demás, porque perdió la fe en Dios, sólo te hace ver como un imbécil que se traga todo lo que los comerciales le venden. Mejor deja de juzgar y cuestiónate: ¿en verdad crees tanto en Dios?

No digas que la vida es un maravilla si no lo sientes, y si lo sientes… bien por ti, nomás recuerda que no tienes la obligación de contagiar tu “visión” a los demás. Si lo dices sólo para repetir lo que te han dicho que debes decir, guárdatelo más.

No tengo nada en contra de ti, mientras no abras la boca y dejes salir tus idioteces a una distancia en que yo pueda oírlas.
Si te molesta lo que digo, procura hacer lo mismo que yo hago respecto a ti: poner muchos kilómetros de por medio. Si no te gusta verme, tienes otros 359° hacia dónde mirar.

No condenes al que se autodestruye, porque con ello podrías estar ganándote un juicio severo.
¿Quién te ha dicho que tu supuesta vida “bien vivida” es lo que debe ser, que eso es lo correcto? ¿Quién te crees como para tratar de convencernos de que tu ignorancia es sabiduría?
Ojalá aprendieras que las más de las veces es mejor callar.

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Guardando imagen

Guardar imagen. Por eso se dicen mentiras y se llevan a cabo en acciones. Exclamar: “ya no me importas” cuando aún se quiere, y con intereses más altos que los bancarios, es una vil mentira. La tasa de penalizaciones crece, incluidos sus posos de café, lo que no tiene nada que ver con los pozos petroleros.

Es mentira decir “ya te olvidé” con tal de hacerse el fuerte, sentirse así un Fort Knox inexpugnable para los ataques apaches al corazón; decirlo fingiendo sinceridad, y sin embargo recordando a esa persona hasta en los sueños de los sueños. Palabras sin dueño porque aunque las digo yo, seguro son sacos que cada quien se pondrá a su conveniencia. Quizás tengan para mí un fin, pero sospecho que todo está acabado.

Cada quien usará los elementos verbales a su favor, y el destino que se obtenga no suele ser el buscado por nadie. Guardar imagen es hacerse el valiente cuando se está carcomido por el terror, el miedo y la cobardía.

Decir “estoy superando tu recuerdo” cuando hasta en el juego de memoria se encuentra el retrato sonriente de quien se quiere olvidar, cuando cada esquina trae un momento del pasado, cuando cada poema la evoca, cuando hay pensamientos de esa persona aún en los lugares jamás visitados. El aroma de su piel en el aire, el tono de su voz y su risa, su tersura en la punta de los dedos. Y nada diré de los besos.

Suena a obsesión, pero es una obsesión obesa que pesa en la humanidad. Semilla de libros y obras que ya no se pueden contar, como las estrellas, como los granos de arena.  Parece que su persona se va, pero en realidad se queda. Memoria que no alivia sino que hace más dolorosa la ausencia.

Mentí muchas veces aún en contra mía, queriendo guardar imagen, pero borrándome en su vida.

Imagen

El mapa de las relaciones sentimentales en tres frases

Existe cerca de de donde vivo una colonia clasemediera alta, en donde destinan cierta calle para que los vecinos salgan a hacer ejercicio; es decir, no se cierra la calle, sino que se destina el borde de un camellón en forma de pista de hipódromo, para que la gente salga a correr, caminar o andar en bicicleta. Algo parecido al patio de ejercicios de una escuela, prisión o de un manicomio, pero sin rejas ni altas bardas (siempre me recuerda una pintura de VanGogh).
Prisoners Exercising Vincent van Gogh
Ayer, caminando yo por ahí, pude notar un grupo de tres ciclistas, uno de los cuales iba entreteniendo a sus compañeros con su charla. La primera vez que pasaron junto a mí alcancé a oír al entretenedor decir: “… con que le provoques una sonrisa ya es tuya…”. Poco después volvieron a pasar y alcancé a oír al mismo tipo decir: “…basta con una patada en los huevos y listo…”, y tuve la oportunidad de una tercera frase poco después: “… ni que fuera la única, hay muchas en el mundo…”
Es curioso cómo en tres frases rápidas, el tipo pareció resumir la historia de muchas relaciones románticas. La ilusión y la magia agradable (aunque definitivamente difiero de la simpleza de la idea, es decir, yo he hecho reír a muchas mujeres, y no hice mías ni al 1% de ellas), pero bueno, tomemos la frase como el inicio del enamoramiento, él quiere hacerla reír y ella ríe. La fase de la ilusión siempre es alegría y encantamiento, sonrisas y sonrojos. Felicidad y embriaguez sin alcohol (algunas veces sí hay acompañamiento etílico). Cada persona quiere hacer sentir bien a la otra, quedar bien. Oh l’amour! Primavera, pajarillos y cielos hermosos (hasta los lluviosos). El mundo es un horizonte por recorrer, uno ya no está solo, dos hacen uno, y todo es jijí jajá.
Sigue el puntapié en los testículos. Una mujer tiene ovarios, pero como dijera Colón, todo es como un huevo. Quizá el ciclista experto en relaciones humanas se referiría a ponerle un “estate quieto” a un rival, que significaría la defensa de esa territorialidad que siguen aplicando las bestias pseudo racionales que se denominan humanas una vez que tienen pareja. Me refiero a esos que ven a su pareja como propiedad y que experimentan los Iagosos celos Oteleros (sin motivos reales), las inseguridades y las rivalidades. Defender lo propio de los zánganos y ladrones que merodean por el paraíso infernal. No todas las relaciones tienen ansias propietarias, pero no son pocas las que sí.
Claro que esa frase del puntapié puede tener otro significado: el rompimiento violento en las relaciones disfuncionales o cuando los chistes dejan de tener gracia. Cuando el que hacía reír ya no es “el ser más divertido del mundo” sino un “imbécil que no toma nada en serio” o un “tarado que de todo se carcajea”. Cuando vuelan platillos en la cocina (sin tener que llamar a expertos en ufología), cuando la agresión verbal cruza la frontera y llega al pueblo de los puños, las patadas y las heridas. También he visto esa película, y recuerdo que incluso fui amenazado por tijeras que agujeraron mi camisa favorita. Cada quien habla de cómo le fue en la feria.
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Para terminar con lo que dijo el ciclista, su tercera frase no es la vencida, sino la que intenta sobreponerse al vencimiento. Una vez separado, tras la relación buena o mala, viene el luto del alejamiento. Siempre habrá dolor, quizá mucho, quizá poco, pero siempre lo habrá. Uno suele añorar a la persona que alguna vez se amó, no importa si al final todo fue un trago más amargo que el pan de la Última Cena. Y en el cabizbajamiento subsecuente, no faltará el amigo que tratará de dar esperanzas basándose en la sobrepoblación mundial: en este mundo hay muchas mujeres más, ella no es la única. Mlas noticias: ella es única e irrepetible, como de alguna manera lo somos cada uno de nosotros.

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También, sin duda, hay muchos amigos más sensatos que no dirían semejante tontería. Sí hay mucha gente, y es probable que hayamos demasiados que nos parecemos entre nosotros, pero sin embargo cada persona tiene una combinación única. Nadie sustituye a nadie, quizá el nuevo alguien sea más compatible con uno, quizá nos brinde más magia; quizá no, pero el caso es que no es el clavo que sacará otro clavo (¿en serio alguien ha tratado de desclavar en la realidad clavos con clavos, en vez de usar un martillo o pinzas?). Sí, hay mucha gente, y nunca conoceremos ni remotamente a la mayoría de las personas que existen. Si alguien se fue, simplemente es capítulo cerrado y a lo que viene. Mirar a atrás y cerrar la puerta y no esperar encontrar a que alguien la cierre por nosotros.
En fin, las frases de ese ciclista me hicieron pensar en esas cosas.

Antes de que te vayas

No hay sentido en buscar lo que en el fondo sabes que no es para ti.
No hay razón en soñar con las cosas imposibles; o bien, suéñalas, pero no quieras hacerlas realidad.
Procura soñas en todo lo imposible que puedes lograr, sueña más allá de ti, pero no como si fueras otro.

No hay ningún caso en ofrecer tu corazón a la trituradora metálica, por más dulce que sea su apariencia.
Hay también desperdicio al enamorarte de quien no te da señal de vida alguna.
Igual no te toca, igual te tocó y ni cuenta te diste, igual dices haber estado allí, y ni siquiera fuiste.

No hay caso en apostar todo al futuro, pues el futuro no es más que tu pasado repasado en un presente que pasa.
Olvida lo que hiciste, no planeés mucho para el día de mañana, sólo respira y entretente en algo, mientras arriba el último tren que te llevará allá abajo.
Piérdete lo más que puedas antes de que desaparezcas, porque entonces te perderás hasta de ti mismo.

No mires más allá pensando siempre que la vida está en otra parte; pues ella se encuentra en donde estás ahora.
No creas que la hierba es mas verde con el vecino, porque si tú fueras él lo verías todo amarillo.
Lo dije ya dos veces, y no lo diré más de tres, haz lo que puedas hacer antes de que arribe el último tren.

Perder la cabeza por la religión

Puede que el caso no haya sido difícil, al contrario, fue demasiado sencillo. Sin embargo destaca por lo insólito, quizás por otras cosas…

Son 20 años los que tengo de carrera en el departamento de investigación de crímenes. Y cada año que pasa, menos entiendo que la gente guste de ver películas y series de Tv, relacionadas con asesinatos, investigaciones, llenas de sangre, que muestran el salvajismo al que pueden llegar sus congéneres. Imagino que eso debe satisfacer su curiosidad, convirtiéndolos en testigos suficientemente ajenos de las atrocidades humanas, a distancia segura como para no percibir la pestilencia de la sangre derramada, ni la suciedad que suele rodear a la sordidez. Ya empecé a divagar, cuando lo que quiero es relatarles el caso del decapitado.

Recibimos la llamada a eso del mediodía de un caluroso día de julio. Un vecino quejándose del hedor llamó al intendente del viejo, pero lujoso, edificio de departamentos.

El intendente, hombre perezoso, tuvo un extraño acceso de energía y corrió a ver qué sucedía. No le costó trabajo descubrir que la pestilencia provenía del número 146, departamento rentado a un tipo solitario y exitoso profesionista, del cual no tenía queja alguna, pero que siempre le pareció un inquilino raro y solitario.

El intendente llamó varias veces a la puerta del 146, pero no recibió contestación. La hediondez provenía sin duda de allí, así que tan cumplidor de las normas como temeroso de la ley el intendente volvió a demostrar que no siempre es tan perezoso y decidió llamar de inmediato a la policía. Aquí entro yo a escena.

Formar parte de servicio policiaco fue para mí más herencia que vocación. Mi padre llegó a ser un destacado miembro de la policía, legendario por su incorruptibilidad. La genética le hizo una mala jugada cuando mi inclinación profesional iba para el rumbo de la filosofía, aunque la mala broma del destino terminé pagándola yo, al exigírseme seguir con la carrera de mi padre. No hubo problema al final. He leído suficiente filosofía en mis tediosas horas de guardia, lector asiduo del ideal al que siempre ha aspirado la humanidad, y a la vez tengo la ventaja de ser testigo en primera fila de la tragedia existencial, de la realidad cotidiana de la especie.

Forzamos la bien cerrada puerta del 146. Un lujoso interior, de techo alto, de esos edificios viejos con más de un siglo de existencia, las ventanas bien aseguradas desde dentro, el departamento con poco mobiliario, a la izquierda destacaba un gran librero, prácticamente vacío, a no ser por cuatro libros: los viajes de Marco Polo (ese también conocido como “El Millón”, porque la gente de su tiempo creyó que era un compendio de un millón de mentiras), el Infierno de Dante (extracto apasionante de la Divina Comedia, siempre popular seguramente porque el purgatorio y el paraíso son tan ajenos a esta vida, que nos atrae lo que conocemos, y de lo que sin embargo queremos huir; por eso siempre resultará más atractivo asomarnos a las pesadillas que conocemos, que correr hacia las glorias que nos son desconocidas); El Paraíso perdido (ese largo poema del invidente vidente Milton, donde se narra la rebelión de ángeles que terminaron siendo expulsados del cielo para colonizar el infierno) y La Biblia.

Ese librero, de gran tamaño, había tenido muchos más libros, por alguna razón, que al final resultó obvia, sólo contaba entones con esos cuatro libros.

Al centro una sala, una pantalla de alta definición, un comedor con cuatro sillas y la cocina. A la izquierda, cerca del ventanal bien cerrado y con espesas cortinas, se encontraba una guillotina, suficientemente grande para arrancarle la cabeza a alguien, gracias a una gran pesa adherida a la afilada cuchilla, pesa que garantizaba que la cuchilla cayera y cortara todo lo que se encontrara a su paso. Y así fue, cerca de la guillotina, estaba un cuerpo sin cabeza. Sangre seca en lo que fue un gran charco, apestando como no lograrás percibirlo en las películas o series de televisión. Al fondo, cerca de la pared, una cabeza, por el suelo. Sin duda ésta había rodado desde la también ensangrentada guillotina.

No había huellas de pisadas ajenas a las del difunto (la investigación forense tampoco descubrió huellas digitales de otras personas en el recinto). Al parecer el muerto, quien fue identificado sin lugar a dudas como el inquilino del departamento, había decidido acabar con su vida, usando esa guillotina. El motivo resultó demasiado fácil de deducir al conectar el elemento en común que tenían los cuatro libros solitarios: religión. Eso que promete unión y sólo trae problemas y disputas, bálsamo de los viejos y los desesperados, esperanza de los desesperanzados y tormento de los que no logran entender cómo vivir en este mundo.

Para mí todo fue como una iluminación rápida. En el libro de Marco Polo se habla de un tipo, un zapatero, que tenía una fe tan grande como para mover montañas. La prueba de que se trataba de un hombre muy devoto era el hecho de que estaba tuerto, y lo estaba porque él se había arrancado un ojo en alguna ocasión que le había visto parte de la pierna a una clienta. El santo hombre en su momento libidinoso recordó el pasaje evangélico de: “Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo; porque es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”. El hombre santo de Marco Polo, la tuvo fácil, sólo necesitó arrancarse el ojo. ¿Pero qué hacer cuando lo que te hace pecar son tus pensamientos?

Abrir la Biblia fue la comprobación, pues precisamente esa pregunta estaba escrita, a mano con la comprobada caligrafía del decapitado, en el margen del libro sagrado en la página donde está el capítulo 5, versículo 29 del Evangelio de Mateo.

El cuerpo y la cabeza eran los restos de un hombre atormentado a niveles absurdos por esa lucha interna entre bien y mal que la religión nos menciona desde siempre. Sí, confirmamos que el occiso  iba a misa siempre, se confesaba con frecuencia y, sin embargo, allí estaba su “ojo mental” atormentándolo siempre. La misma Biblia le dio la forma de arreglar el problema, o quizá fue el libro de Marco Polo.

Como lo insinué, todo se comprobó al seguir la investigación, todo estaba a la mano. Facturas de una carpintería, el lugar donde se compró la chichilla afilada e incluso los honorarios de un ingeniero al que se le asignó la construcción del aparato mortal, éste en el interrogatorio nos confesó que el difunto le había solicitado la guillotina con instrucciones precisas sobre el funcionamiento que esperaba, claro que argumentó que sería para una obra teatral de aspiraciones realistas. En fin, suicidio meticulosamente elaborado.

No acostumbro hablar de casos, pero éste suscitó tanta habladuría en los medios, que por ello decidí aclarar el asunto. No, no fue como dicen muchos un demonio el que mató a ese hombre, no fue una secta ni un fantasma del pasado que en vez de Navidad le presentó pasajes de la revolución francesa. Como dije, fue un simple suicidio elaborado, cargado de religión. Así que ahora es probable que en el Cielo haya un descabezado sin sonrisas, gozando de la Gracia eterna.

Ignoro si me iré al Cielo o al Infierno, pero sé que adonde llegue, al menos yo sí llegaré entero.

guillotina[1]

El artista que vive más de lo debido

Triste
el tiempo nos va deslavando, haciéndonos víctimas de la decadencia, y el artista no está excento
pues él se repite, se desespera por recuperar sus glorias añejas
los seguidores comienzan a malbaratar y regalar las obras de aquel que ayer admiraban
esos viejos tesoros que realmente no valían mucho más que un sentimiento, valen menos ahora que un grano de arroz
los aplausos se apagan, los clubes de seguidores se van cerrando poco a poco
si aún existieran enciclopedias impresas, por fin aparecería allí el nombre del artista
se le nombraría como se nombra al pájaro dodo o al T-Rex, como una cosa que hizo algo… siempre en pasado
así se va poniendo gris todo
hasta el día de la muerte del creador, antes tan admirado
cuando llega su muerte verdadera (no la primera, esa que experimentó mientras vivía y era olvidado), empezarán los homenajes
el último adiós, como el que hace cualquiera para obtener el perdón por la desmemoria
un minuto de silencio, el primer instante de lo callado que será el resto del tiempo
Todo pasa, todo se olvida

Empacar e irse (no estaré aquí para ti)

No estaré aquí para ti

Me querías, lo juraste sobre la tumba de mi madre. Dijiste que lo hubieras jurado también por el sepulcro de tu progenitora, pero eso era de mal agüero, más estando ella tan viva. Me amabas, dijiste, como no habías amado a nadie.Tras nuestro compromiso, pedida de mano y resto del saldo, el rito con todo y anillo, aunque sin diamante, exactamente en la noche de luna de miel, mientras olías una floreciente magnolia, decidiste irte a conocer el mundo con un jugador de cartas marcadas que conociste en nuestra boda. Dijiste que de ese modo serías más feliz, que tenía que ser así. Tras tu partida yo decidí empacar e irme para que cuando regresaras no me encontrarás aquí.

Pasó lentamente el tiempo, y no recibí una llamada tuya. Vamos, ni siquiera una postal. Yo esperaba perpetuamente acostado, mirando la linea luminosa debajo de la puerta, durante horas y horas, por si acaso divisaba tus pisadas. Y nada. Nada de nada, sólo los cambios de luz en los días. Meses después de tu escapada volviste a casa diciendo que el tahúr no era lo que querías, que sus ases bajo la manga te habían cansado y que el verdadero amor era el que en mí habías encontrado. Te lo creí, durante dos semanas, hasta que huiste con el vendedor que llegó a ofrecerte un abrigo. Dijiste que te sentías asfixiada conmigo, que tenía que ser así. Tras tu partida yo decidí empacar e irme para que cuando regresaras no me encontrarás aquí.

Dos años sin saber noticias tuyas. Dos años tras los cuales yo estaba casi terminando de empacar mis cosas para largarme definitivamente, cuando de repente regresaste, diciendo que al tipo comerciante se le acabó la mercancía y se hizo comediante. Dijiste que yo era el único que te hacía volar y soñar. Desempaqué, pues felizmente lo creí hasta que conociste al músico de Nueva Orleans, con quien decidiste marcharte al ritmo de los santos, diciendo que el mejor sueño que tuvieras conmigo siempre sería inferior a la tonada más gris de él. Tras tu partida yo decidí empacar de nuevo e irme para que cuando regresaras no me encontrarás aquí.

Esta vez no tardaste mucho, a los 10 meses exactos el tipo desentonó y llegaste corriendo a casa implorando perdón. Afortunadamente yo no había comenzado a empacar mis cosas aún. Dos meses después de tu regreso nació nuestro hijo, me lo dejaste y te escapaste con tu doctor ginecoilógico. Mencionaste que solo con el niño yo sería más feliz. Tras tu partida decidí empacar e irme para que cuando regresaras no nos encontrarás aquí.

Doce años después, cuando comenzaba yo a reunir mis cosas para irme, regresaste a casa diciendo que querías conocer a junior, pues después de todo también era tu hijo. “¿Y el doctor?”, pregunté. “Ah, ese se quedó en el camino”, dijiste con un dejo de olvido. Volviste en junio y te fuiste en julio, con un joven precoz de secundaria, compañero de junior, que se creía san Francisco de Asís. Tras tu partida decidí empacar e irme para que cuando regresaras no me encontrarás aquí.

A tu vuelta dijiste que realmente no creías en los milagros. Te sorprendió mucho ver lo descuidada que estaba la casa. Y decidiste mejor marcharte sola, aunque sé que fue con el conductor de un tren. Yo decidí empacar e irme para que cuando regresaras no me encontrarás aquí.

Hoy has regresado, enferma terminal. Con pocos meses de vida has decidido compartir tu tumba con la mía. Al final, como siempre dijiste, nuestro destino era estar por siempre juntos. Entonces te espero, aquí en la quietud lapidaria contemplando el crecimiento de raíces ‘in situ’. Ahora que bajo tierra ya no puedo empacar ni irme, te espero ansioso para compartir la eternidad

By the Dovecote, engraved by the Dalziel Brothers 1865 by George John Pinwell 1842-1875.

Más de 33 y la literatura salvadora

La “crisis de edad” me pegó a los 33, y no ha dejado de doler desde entonces. Y no es que duela tanto, simplemente no se me quita. Han pasado 12 años desde entonces, 12 años de “tiempo extra” es mucho tiempo.

Quizá me explique mejor si digo que por alguna razón siempre pensé que moriría a los 33. “Santo impostor Batman”, no era por delirios mesiánicos, simplemente cuadraba todo: 1967-2000, 33 años, buena edad para morir, sin una cruz de por medio. Sólo liberación nirvánica, buena suerte y hasta luego. Desde niño, entonces mi única referencia de muerte digna y a tiempo (aunque la forma en que sucedió fue indigna y cruel) era Jesucristo. Aún no había oído hablar del club de los 27, y aunque hubiese sabido, 1994 no suena a gloria (disculpen quienes hayan nacido entonces).

Nunca me cuestioné qué iba a estudiar en la universidad, la carrera que me preparara para competir en el laberinto de ratones que es la productividad, ¿para qué desperdiciar tiempo pensando en una profesión, si no la iba a aplicar? En cuanto a vocación, por ese entonces no había nada. Medio dibujaba caricaturas (lo más popular a lo que llegué en la secundaria fue que a algunas personas le gustaban mis dibujos), medio hacia historietas caseras (nunca fueron novelas gráficas, término acuñado por los que necesitan dibujitos para sobrellevar su fobia a las letras). Quizá pensé que en lo que moría podía obtener un trabajo en un estudio de animación, Disney o Hanna-Barbera, pero no era mi vocación porque ese pensamiento se esfumó muy rápido.

En la preparatoria comencé a leer, gracias a una colección de novela de aventuras que semanalmente sacaba a la venta un título. Creo que fue mi papá quien pensó que eso atraería a su adolescente primogénito a lecturas más serias que los cómics y decidió comprarme los dos volúmenes iniciales de la colección. “Oferta de lanzamiento, compre el 1 y llévese gratis el dos”, así me hice de Miguel Strogoff y de la Isla del tesoro, Verne y Stevenson, al 2×1.

Nunca fui fan de Verne, ni lo seré, pero debo confesar que en especial esa novela me atrapó. Sí, su estilo enciclopédico aburrido está ahí, pero igual es la más emotiva de sus obras. Y la isla del tesoro, pues tenía piratas.

Mi fascinación por los piratas data de mi muy lejana ternura infantil. De esa época en que mi carne era suave y tierna, tanto que de haber sido atrapado por una tribu de caníbales (“personas con gustos culinarios diferentes”, como se les llamaría ahora en el despreciablemente hipócrita eufemismo reinante y vomitivo), ellos no hubieran tenido necesidad de meterme en una olla gigante para cocerme y cocinarme, ya estaba yo “al dente”. El disco (de vinil, claro está, 33 rpm, negro como afroamericano de orígenes congoleses) primero que recuerdo era uno de cuentos de Disney, en donde se narraba en el lado A la película de Peter Pan y en el lado B la historia de Bambi (de nuevo el 2X1 en mis iniciaciones existenciales, curioso que no haya yo notado antes este hecho). En la portada, dividida en dos, aparecían en la parte superior Pan y el Capitán Garfio luchando. Ah que niño tan encantado y maravillado por la presencia del capitán. Tan elegante, tan pirata. Desde entonces data mi fascinación por esos salvajes del mar. Y sí, siempre me cayó mal Pan.
Regresando a mi adolescencia, seguí comprando la colección de novelas, aún la tengo, que me condujo a leer grandes autores como Dickens, Dumas y Twain (que me desagrada, debo confesarlo). De esa colección pasé a otra de crimen y misterio y se inició mi pasión por Agatha Christie y Connan Doyle (de quien años después leí un excelente libro de narraciones de piratas, no todo en Connan Doyle es Sherlock Holmes, ténganlo siempre en cuenta).
Por esos años descubrí el Rock. Springsteen y U2 me condujeron a Dylan. Ahí comencé a tratar de escribir canciones, en inglés. Mono imitador, emulador de ecos. Pero Dylan me dio un extra: referencias literarias. Sus canciones siempre me han invitado a leer más, a querer saber más, antes con el afán de comprender las canciones de Dylan, después porque Dylan es como un explorador que habla de lugares que quise visitar, y muchas veces he visitado.
Por ese tiempo leí los 100 años de soledad, y a la mitad del libro, igual por la página 127, me puse a pensar, “si éste hombre escribe así, entonces es libre de crear mundos”. Revelación que me condujo a lo más cercano a una “vocación” que he tenido en mi vida.
Traté de escribir entonces las historias que se me ocurrían cuando caminaba por la calle, cuando miraba a la gente, cuando viajaba en transporte público. Así comencé a llenar libretas, desistiendo de querer escribir malas canciones en inglés.

Un día, conversando con una amiga (que de alguna manera convertí en interés romántico) salió el tema de que a veces yo, cuando iba a tomar una decisión, miraba “signos” a mi alrededor para que me dijeran si la debía tomar o no. Ese había sido un tema de uno de los pequeños relatos que había escrito. Yo creí que esa forma de pensar y decidir era exclusiva mía, pero resultó que mi amiga (que jamás fue novia mía), ¡hacia algo parecido! Buscaba signos. Esa coincidencia me dio valor para mostrarle el relato que había escrito. El que a ella le gustara y me hiciera saber que le había parecido interesante, fue lo que me armó de valor para empezar a mostrar mis escritos.

Bueno ahora saben a quién culpar por recibir tantas palabras mías.

El punto original de esto era la crisis de edad. No sé, también recuerdo que desde pequeño he pensado que la muerte está en nosotros. No me refiero a celebraciones mexicanas como el día de muertos. De nuevo fue Disney quien creo que dejó en mi cabeza la conciencia de la muerte. Bambi es la primera película que recuerdo haber visto, y la escena más gravada en mi cerebro es al padre de Bambi diciéndole a éste que su mamá murió, o al menos le dice que no va a regresar (imagino que mis padres me lo tuvieron que explicar).

Siempre he pensado que todos vamos a morir. Ahora si a eso le sumamos la Jolly Roger de los piratas, tenemos como resultado una fascinación por las calaveras.

Realmente no sé para dónde iba cuando empecé a escribir esto hoy, ni siquiera siento que no sea algo que haya comentado anteriormente. Creo que sólo era cuestión de decir algo, sin ir realmente a ningún lado.

Post data: ese primer relato exhibido se terminó titulando “de Chabacano a General Anaya