Vivo o muerto

“Está vivo (¡ja!)”, susurró hastiada la partera cuando mostró el sietemesino a la parturienta.

“Está muerto”, dictaminó el niño respecto al pajarito, diana de la pedrada arrojada por su resortera.

“Está vivo”, dijo la maestra de kínder señalando un frasco de vidrio con un frijol germinando.

“Está muerto”, pensó el adolescente acerca de su corazón cuando una chica se lo rompió.

“¡Está vivo!”, gritó el Papa ante un crucifijo, hablando del que hace milenios romanos, judíos y protocristianos declararon fallecido.

“Está hecho (¡ja ja!)”, mencionó el falso médico de la clínica clandestina mientras arrojaba a la basura los restos de algo que nunca fue.

“¡Es un milagro!”, dijo el orgulloso padre de un niño planeado, olvidando el “error de cálculo” de su pasado.

“¡Bah! Es un zombi”, añadió el joven arrogante acerca del veterano recién jubilado.

“Está vivo”, dijo con hastío la enfermera del asilo cuando un anciano le preguntó si su vecino todavía respiraba.

Tras buscarle el pulso al patriarca olvidado, el médico de guardia dijo: “Está muerto (¡ja!)”. Y los hijos del viejo, al que nunca visitaron en su prisión invernal, rompieron a llorar. “¡Pero hace un momento estaba vivo!”, se lamentó la hija más culposa, sin notar lo ridículo de su asombro.

Tumba multifamiliar

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El artista que vive más de la cuenta

Triste

el tiempo nos va deslavando, descarando, descarapelando, y nos hace víctimas de la decadencia

el artísta se repite, se desespera por recuperar sus glorias añejas, recurre a la fórmula ante la imposibilidad de reinventarse

los seguidores comienzan a malbaratar y regalar las obras de aquel que ayer admiraban

esos tesoros que realmente no valían mucho más que un sentimiento, ahora valen menos que un grano de arroz quemado

los aplausos se apagan, los clubes de fans van cerrando poco a poco, a las presentaciones del artista sólo acuden algunos vejetes calvos que también buscan en el pasado algo que valga más que su jodido presente

así se va poniendo todo gris

así hasta el día de la muerte del artista, antes tan admirado, cuando llega su deceso verdadero (no el primero, ese que experimentó mientras seguía respirando y fue olvidado) es que empezarán los homenajes

el último adiós que le hacen muchos como para expiar las culpas de la desmemoria

un minuto de silencio, el primer instante que es una muestra de lo callado que será el resto del porvenir

Todo pasa, todo se olvida

Ayer, hoy y mañana

El siglo XXI no se diferencia mucho del XIV ni del menos VII; tampoco será muy diferente del felacional-cunnilingüista siglo LXIX, si es que la existencia del mundo alcanza tan lejos.

A pesar del actual cacareo de respeto, apertura mental y buenismo rampante, seguimos viviendo esclavitudes, racismos, desigualdades, diferencias y discriminaciones que se arrojan groseramente a los rostros de los que menos tienen y más necesitan, o a las caras de las víctimas favoritas que suelen ser todos aquellos que salmonean contra la corriente.

Por todo eso aún demasiados homosexuales (LGTB, CBS, NBC, CIA, KGB, CNN, BB King) siguen en el armario, de lo contrario serían señalados; por eso tantos ancianos despiertan los domingo sin comida, la seguridad social es una broma que tratan de erradicar el capitalismo caníbal, el neoliberalismo de Friedman y la tecnocracia ignorante; por eso una mujer sin poder tiene que ignorar las peticiones marranas de su jefe o enfrentar el desempleo con cargos de difamación; por eso niñas y niños son abducidos en parques para convertirse contra su voluntad en atracciones turísticas sexuales o parte de un harem de un jeque árabe o empresario europeo; por eso los políticos se entremezclan con el crimen, el tráfico de drogas, de armas y con el terrorismo, son todo lo mismo; por eso no falta el imbécil ignorante extremista religioso dispuesto a morir por lo que su supositorio dios ordena, o hacer morir inocentes por la misma razón.

Podrás argumentar que hoy en el mundo hay menos violencia que antes, yo lo dudo. Para mí podrán cambiar los escenarios y las tecnologías, pero seguimos actuando en la misma tragedia bestial de siempre.

¿Qué caso tiene?

Te cuadraste ante el despertador todas las mañanas, a la misma hora y con el mismo disgusto, excepto en los festivos y fines de semana.
Desde pequeño memorizaste la versión de los vencedores y ridiculizaste la de los vencidos. Lanzaste piedras a las personas que los demás apedreaban, sin enterarte de los motivos, y también fuiste una voz más en ese gran coro que suena tan feo.
Después de la escuela conseguiste un trabajo haciendo “horas nalga”, checando entradas y salidas en tu tarjeta, con el fin de asegurarte el pan de cada jornada. Al agotar tu etapa “productiva” recibiste un reloj de latón dorado y una buena patada en el trasero.
Como debe ser cada día, año tras año, hasta llegar al último y jamás ser el primero.
¿Qué caso tiene todo eso?, ¿por qué importó tanto?
Mis respuestas te sonarían a un delirio de fiebre, por ello sólo pregúntate: ¿qué caso tiene?

Hiciste muchas amistades para hablar de deportes, del clima y las noticias.
Tuviste romances para burlar la “horrorosa soledad”.
Ensayaste en vano el arte de las separaciones y ni siquiera aprendiste a sobrellevar las resignaciones, pero sí dominaste el mal truco de estar solo en compañía.
Odiaste siempre la muerte estando en realidad muerto antes de tiempo, te acostumbraste a creer que tu farsa se podía llamar vida.
Añoraste a toda persona ausente y a ti nadie te echaba en falta.
Ahorraste frenéticamente para tener algo en el invierno de tu descontento.
Contrataste seguros de las prestigiadas compañías de ladrones, fingiendo ignorar que el desastre aparece cuando menos te lo esperas.
Ejerciste religiosamente tus vacaciones viajando con enjambres de turistas.
Fotografiaste 85 de los 100 lugares que “debes visitar antes de morir”, según las encuestas y libros de muchas ventas, sin conocer jamás otros pensamientos. Todo fue una inútil acumulación de fotos y millas.

Hoy tus restos se encuentran en el lote de un cementerio, que con mucha anticipación y esfuerzo pagaste. Creíste que así adquirías un pedazo de paz para la eternidad, pero en menos de tres años sobre ti habrá un centro comercial.
Antes de poder ser algo fuiste nada, y nada seguiste siendo cada momento en que respiraste. Hoy has vuelto a la nada absoluta y silenciosa que nada ve y que nada siente
Y yo me sigo preguntando ¿qué caso tiene?

dandyposada2

Nadie se muere de eso

Nadie se muere de soledad.

Nadie deja de respirar porque se siente sin compañía.

Además, el abandono se experimenta sobre todo cuando estás en medio de la multitud.

Pero la soledad no termina con tu vida.

Nadie se muere por desamor.

No ser amado o sentirse engañado quizá te haga más frío.

Pero créeme, tu corazón conservará sus latidos.

El amor no es como el aire que respiras, es un accesorio de lujo para sobrellevar la rutina.

Nadie se muere de añoranza.

Porque quien solamente añora, y en el pasado centra su esperanza, es un realidad un muerto viviente.

Sufre dolores de cuello quien sólo mira hacia atrás.

Pero no por eso será sepultado.

Nadie se muere por faltas al honor.

A menos que se involucre en un duelo y le toque estar en el lado equivocado de la espada o de la bala.

Fuera de eso, el deshonor no mata.

Lo único que nos mata es la vida misma, ayudada por su cómplice llamado tiempo.

Y muchas veces también matan el hambre, la peste, la victoria, la guerra y los impuestos.

Pero nadie se muere realmente por desamor, soledad o deshonor.

Muerte

Hasta el más valiente le tiene miedo a la muerte; y quien diga lo contrario miente, con o sin sus dientes.
Es porque morir significa entrar a lo más desconocido, quizá a la nada. Es ir al lugar del que solo tenemos propaganda hecha en casa que en el fondo sospechamos siempre mentirosa.
No importa lo que digan las religiones, nadie que “se haya ido” ha regresado para contar la experiencia, lo que hay “del otro lado” (es más, aún se espera el regreso del mesías cristiano ¿no?)
Supongo que en el momento previo al de estirar la pata, de colgar los tenis, debe perderse la fe por completo, igual se recupera pronto antes de los estertores previos al frío definitivo, pero de menos seguro debe haber un momento de terror. ¿Y que tal que recuperar la fe no sea ningún alivio?
El mártir vocacional y el suicida con convicción, por más que tengan su esperanza puesta en el más allá o quieran liberarse de la decepción absoluta en el más acá, seguro tiemblan un instante cuando la muerte se les acerca.
El Día de Muertos no es una burla, es la risa nerviosa de un pueblo (celebración que comenzó por recordar a los que “se nos adelantaron” y terminó siendo un intento de homenaje a lo macabro para presumir que se es muy valiente ante la muerte), de un pueblo que quiere creer que muerto seguirá viviendo.
De los que santifican a la muerte, mejor ni hablo. Pocas cosas me resultan tan absurdas como la pagana adoración al vacío que se le implora protección.
Igual pienso mucho en que un día moriré, pero por más que me haga la idea de que eso nos pasa a todos, de que es mejor morirse que seguirse muriendo, no dudo que temblaré como gelatina cobarde en el instante previo al último suspiro.
Así es la vida, así debe ser el paso hacia la muerte.

Corazón roto

El corazón se rompe. Es real, no es una metáfora. Llega a estrujarse como el papel de la carta no deseada y luego se hace pedazos como el valioso jarrón de una dinastía legendaria.

Cuando el corazón se quiebra produce indiferencia, dolor, melancolía. Uno anda como alma ajena, en pena, por el mero hecho de seguir andando. Entonces se camina automáticamente, los ojos miran sin ver, se deja de comer, se duerme mucho, pero sin paz.

Suspiros, esperanza remota rodeada de la neblina de desilusión. De verdad, el corazón duele, y duele mucho.

Takotsubo, dijeron los doctores japoneses, para ponerle nombre a ese estado que ha permanecido con el ser humano desde que éste apareció en el teatro del mundo.

Corazón roto, le llamó el primer enamorado cuando no se concretó su amor temprano, o quizá cuando su último afecto fue arruinado o robado por el tiempo.

Los poetas pueden dar un poco de consuelo a quien sufre de este mal. A veces el dolor compartido, comprendido, es menos dañino. A veces.

Sin embargo, un corazón roto deja un hueco que se lleva muy adentro, y que tiene el contorno de la persona amada. Ese hueco jamás se vuelve a llenar del todo.

No hay solución, se aprende a vivir con ello aunque de algún modo seguirá lastimando o nos consume hasta llevarnos a nuestra tumba, tarde o temprano, pero eso es la vida, siempre se muere de algo. No hay más.