Por favor no visites mi tumba

Por favor no visites mi tumba (si es que llega a haber alguna),

pues allí no habrá nada que visitar.

Polvo de gusanos, ecos que dejaron de escucharse,

no habrá nada que ver, nada que compense tu recorrido.

Si cuando viví me hiciste compañía, te lo agradezco;

eso fue bueno y más que suficiente.

Eso fue lo realmente importante.

Las tumbas no son más que fríos recuerdos,

melancolías por lo que se fue y que termina olvidado.

Creo que si existiese una sepultura para mí,

yo estaré entonces en ningún lado o estaré integrado sin nombre en el todo,

excpeto en mi tumba, en la que no habrá ya nada,

quizás polvo y cenizas de gusanos, en pocas palabras nada, únicamente la nada.

¿Para qué, pues, ir allí?

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Credibilidad (caídas)

«¡Mamá, mamá…», dijo por tercera vez la niña, aunque con voz más urgente en esta ocasión (que fue la vencida), «ahí está otra vez, caminando afuera de la ventana!».

La pequeña dejó su vaso de plástico, lleno de leche industrializada, sobre el vulgar mantel de plástico que cubría la mesa coja de aluminio y señaló, por tercera vez, con el índice de su mano derecha hacia el vacío de cielo nocturno que se apreciaba por una ventana de cristal cuarteado. El vidrio, además de agrietado, no estaba limpio, quizá por encontrarse en el piso 9 de uno de esos edificios que por viejos pudieran considerarse clásicos, pero que por descuidados son en realidad baratos.

«¡Brenda, por última vez te digo que es IM-PO-SI-BLE que haya alguien allí afuera!», dijo la pálida madre de la niña con exasperación hiriente. Su paciencia estaba más agotada que su esperanza. Tras lamentarse internamente de que ya no pudieran usar más vasos de vidrio, ordenó a la pequeña: «Termina de cenar y prepárate para acostarte que ya es muy tarde».

La pequeña se vio de nuevo entrando en uno de esos inexplicables absurdos entre dos mundos, el infantil y el adulto: ¿Es que los mayores no perciben la realidad? ¿No ven las cosas o fingen no ver nada? ¿Por qué me regaña tanto, será que no me quiere? Esta niña tampoco se pudo explicar tantas dudas.

En el exterior del piso 9 de este edificio siempre ha habido una estrecha cornisa, sobre la que cada noche deambula un niño elegante que, hace poco más de cuatro décadas, tras haber arrojado por la ventana sus costosos juguetes en un arranque de ira y para no ser reprendido por su estricto y opulento padre, prefirió arriesgarse a perder la vida escapando por la ventana al momento de divisar el lujoso auto de su papá llegando al edificio de su vivienda. El niño se arriesgó… y perdió. Cayó a la acera como juguete desechado, pues la cornisa siempre ha sido demasiado estrecha.

Debido al encumbramiento social del padre se acallaron los medios de comunicación y la muerte de ese menor no fue noticia, pero el edificio de apartamentos fue anatemizado como si hubiese sido responsable del crimen, motivo por el cual se hizo de mala fama; por ello sus ocupantes fueron paulatinamente ejemplos de estratos socioeconómicos cada vez más bajos. Cuando la pequeña Brenda y su mamá ocuparon el mismo apartamento del niño caído al vacío (43 años después del macabro suceso), los inquilinos compartían el edificio con cucarachas, ratones y goteras.

Brenda siguió viendo al niño muchas veces más, pero ya no le decía nada a su madre. Al llegar a la adolescencia, dejó de percibir los ecos visuales de gente fallecida décadas atrás; además aunque los hubiera visto, ya estaba más preocupada por sobrevivir que por tratar de entender lo que pudiese percibir.

 

Yo no le temo a la muerte

Yo no le temo a la muerte…

Pues la vida es un truco, una vil ilusión,

es la construcción artificial de un espejismo natural.

Únicamente somos sombras en un teatro que termina en tinieblas.

No somos ni siquiera polvo.

La vida es energía, nada más, el resto es imaginación.

No conocemos más que el presente, que a su vez es un engaño al igual que el tiempo.

Nos inventamos todo para darle un sentido al absurdo, para sentirnos algo.

Somos sombras que sueñan y desaparecen, nada más.

Nuestro para siempre es sinónimo de nunca.

Te digo, la vida carece de razón, de cualquier sentido.

El motivo y la razón se los creamos cada uno para sentirnos alguien.

Para creer que vamos a algún lado. Pero al final está la nada, que siempre ha estado.

La vida no es buena ni mala, ni maravillosa ni trágica.

Es un accidente.

Es el sonido de una varita que se rompe y que no tiene eco en la eternidad.

La nada es todo, y de vuelta otra vez.

Yo no le temo a la muerte, le temo a la vejez.

No hay nada nuevo bajo el sol (Ec. 1:9)

“Supongo que todo debe ser así”, pensó mientras anudaba los cordones de sus finos zapatos y recordaba que los avances tendían a complicar la vida, en vez de mejorarla. “Este calzado es muy impráctico si lo comparamos con las sandalias”, se dijo, “aunque, en realidad no es que los avances compliquen la vida, sino que cada avance exige un precio alto”.

Se miró al espejo. Su vista era perfecta, pero sus ojos mostraban cansancio. Mucho tiempo con ese cansancio en las pupilas, agotamiento que se incrementaba en épocas de crisis, ambiciones y locuras; desde aquellas de las más sencillas tribus, pasando por las de algunos faraones, generales, emperadores, cartagineses y romanos, pestes, españoles e ingleses, Richelieu, Hitler y su genocidio, hambrunas, nacionalismos absurdos, mercados voraces, hasta los conflictos de Estadounidenses, musulmanes e israelíes.

Pensándolo mejor, no es que el cansancio sólo se agudizara en las crisis. A veces, como de la nada, su humor se ponía mal durante una simple conversación con una persona, que no tenía que ser un dignatario o diplomático, filósofo, artista, empresario o líder de de algo importante, sino realmente con cualquiera que le dijera una frase que intentara ser original. Todo lo había oído ya.

Estaba particularmente harto de la estupidez humana, que cree que todo tiempo pasado fue mejor y que imagina que en el futuro todo estará bien. Respecto al pasado, era como si el tiempo fuera deslavando los recuerdos, llevándose las malas experiencias, o al menos sus detalles, hacia la laguna del olvido, y pusiera las cosas positivas en un altar de la memoria personal y colectiva.

Y respecto al futuro… bueno, nada ha indicado jamás que las cosas fueran a mejorar. Nunca ha habido pruebas para sustentar el optimismo. Por eso se inventan religiones y fantasías que prometen recompensas futuras, mientras los no creyentes basan el bienestar del mañana en la razón y la tecnología; como si con estos avanzara también la esencia humana. Esta candidez e ilusión baratas le molestaban. “¿En verdad son tan idiotas que no ven claramente que fueron, son y seguirán igual?”, se decía moviendo la cabeza cada que oía a alguien glorificando el pasado o poniendo fe en el futuro.

Subió a su moderno vehículo blindado que lo conduciría al centro financiero. Pensaba “¿hasta cuándo?”. Sabía que la tecnología era el camino hacia el fin. Cada avance tecnológico nacía de la destrucción o estaba encaminado a ella. “Cada acto de creación destruye algo, siempre”, le había dicho a Leonardo. Hoy el límite estaba cada vez más cerca, pero ese cada vez podría durar siglos, él lo sabía bien. ¿Y luego?

Temeridades, guerras, enfermedades, suicidios… lo había intentado todo sin éxito, ahora vivía resignado y cansado. El origen de su mal era remoto, quizá tanto como… eso no lo sabía, pero no estaba aquí por una maldición de Moisés, ni por negarle el agua a Jesús o porque se rió de Buda. Él estaba aquí desde mucho antes que ellos.

¿Qué le pasará cuando el mundo sea destruido por la gente o por la naturaleza? ¿Flotará por siempre en el espacio? ¿Llegará a otros mundos habitados o inhabitados? No, esto último no era posible, no recordaba otros mundos anteriores a este. Quizá su destino estaba ligado al planeta y moriría por fin, con él.

Mientras tanto, a matar el tiempo como fuera.

Entró en el edificio. Los guardias, aunque lo reconocían, le pidieron su identificación y tuvo que pasar por el detector de pupilas, de sus cansadas pupilas.

“Buen día Mr. König, adelante”, le dijo el guardia que le franqueó la gran puerta al centro de máxima seguridad, mientras en el dispositivo de su mano aparecía una pantalla verde que decía: Ahasverus König, President and CEO*.

*CEO: Director General

 

 

Soñé mares y muertes

Soñé mares y muertes.

Mares iguales, muertes diferentes.

Mares de todos, muertes sólo propias.

La atracción por mujeres y hombres, yo indiferente.

Valiente por “hacer lo correcto”.

Cobarde para desviarme por completo.

La saciedad del placer me era degradante.

El contacto humano, una ofensa ingente.

Valiente por sobrevivir al cajón de mierda.

Cobarde por vivir lo suficiente.

Soñé mares y muertes

Mares similares, muertes diferentes.

Mares de todos, muertes sólo mías.

El artista que vive más de la cuenta

Triste

el tiempo nos va deslavando, descarando, descarapelando, y nos hace víctimas de la decadencia

el artísta se repite, se desespera por recuperar sus glorias añejas, recurre a la fórmula ante la imposibilidad de reinventarse

los seguidores comienzan a malbaratar y regalar las obras de aquel que ayer admiraban

esos tesoros que realmente no valían mucho más que un sentimiento, ahora valen menos que un grano de arroz quemado

los aplausos se apagan, los clubes de fans van cerrando poco a poco, a las presentaciones del artista sólo acuden algunos vejetes calvos que también buscan en el pasado algo que valga más que su jodido presente

así se va poniendo todo gris

así hasta el día de la muerte del artista, antes tan admirado, cuando llega su deceso verdadero (no el primero, ese que experimentó mientras seguía respirando y fue olvidado) es que empezarán los homenajes

el último adiós que le hacen muchos como para expiar las culpas de la desmemoria

un minuto de silencio, el primer instante que es una muestra de lo callado que será el resto del porvenir

Todo pasa, todo se olvida

Escatología (el escribidor chino)

Totalmente en contra de su voluntad, el equilibrista chino fue la comprobación viviente de esa ley de Newton inspirada por una manzana. Tras su caída, en desgracia, el chino fue relegado, renqueando, a limpiar los servicios sanitarios del Mesón de los Mimos. No más alturas para el equilibrista.

A partir de que le encargaron la limpieza de inmundicias mundanas, el chino se convirtió en escribidor. La inspiración le llegó, en dosis modestas y morbosas, con las pintas obscenas y de moralidad obscura que había en las paredes de cada cubículo de inodoros y mingitorios, en las que los mimos se expresan escribiendo las palabras que su profesión no les permite proferir.

El escribidor chino, ex-equilibrista, notó que también los mimos eran seres soeces y procaces en los sanitarios, en especial cuando el signo de sagitario estaba a la alza condescendiente de occidente. “Cada quien su paja”, escribió en silencio frente al mingitorio un progenitor mimo para educar a su vástago mudo, mientras ambos tenían en la mano sendos pájaros figurados, de esos que no pueden volar ni en cientos.

Amalgamando sus observaciones letrínicas y añadiendo observaciones existenciales, el escribidor chino creó un inmenso volumen capaz de dejar chica la búsqueda del tiempo perdido de Marcel (Proust, no Marceau), donde revelaba los universales significados de la pícara indecencia con connotaciones sexuales y la falsa censura del buen gusto.

En su obra enriquecida, el chino incluyó anexos sobre los flatos escapistas de ancianos que los domingos comen hamburguesas del rey en áreas de comida rápida de los centros comerciales favorecidos por la burguesía arribista, otros sobre los diversos tipos de sustos capaces de sublevar los esfínteres y desrrellenar las tripas en los momentos más inapropiados, culminando con la sublime descripción girondina de orgasmos sádico-escatológicos usando palabras tan blandas como el queso untado a los nachos inspirados en los relojes de Dalí.

En un paréntesis que más parecía un oasis entre un gran desierto de mierdas y demás secreciones y desviaciones, el escribidor chino hablaba de los abrazos que unen a los pechos, tanto los de afecto sincero del corazón, como los falsos y utilitarios que son dados a cambio de judosas recompensas en monedas de plata.

Pero ¡ay!, la humanidad jamás tendrá tiempo suficiente para lamentarse apropiadamente así viva otros improbables mil años de la pérdida de esa voluminosa y valiosa obra maestra del escribidor chino, quien una funesta mañana la dejó sobre un excusado sin perdón, para mientras tanto dedicarse a limpiar con ambas manos el espejo opaco de los lavabos. La obra (literaria, no intestinal) cayó accidentalmente en el remolino acuoso que se alimenta de excreciones humanas. Dejemos correr una furtiva lágrima en señal de duelo.

El culpable de esta pérdida fue un mimo miope, que presuroso por deshacerse de su carga de Dairy Queen® marrón, cubrió accidentalmente el volumen con sus heces y demás desechos, desequilibrándolo por completo del borde del trono y de inmediato oprimió el botón que hizo que todo el trabajo de años del ex-equilibrista se fuera por el caño hacia el canal democrático que no distingue razas, religiones ni ideologías, el canal donde la justicia es la misma para todos los productos finales, entrañables, de la humanidad. La equidad más completa solo se consigue entre la mierda.

Claro que en realidad al valioso volumen únicamente se le adelantó su destino, pues todo y todos, sin excepción, tenemos ese final, real y metafísicamente hablando.

equilibrista edificios