Muertos

Arrojando el bote de veneno para ratas y la lata de coca cola, pensó que ninguno de los dos era la solución, o el medio, para llevar a cabo el objetivo final de sus tendencias suicidas.

Tampoco eran lo indicado arrojarse al océano o a la autopista, ni acostarse en las vías del tren. Estaba convencido de que sólo necesitaba estar enamorado.

Cosa de dos segundos tras verla y de un año de tratarla para tener la certeza de que ella era la forma en que se suicidaría.

Flores, promesas, peleas y reconciliaciones. Luchas de poder y alegrías. Cada día apresuraba su muerte, haciendo que olvidase sus tendencias suicidas, lo curioso es que ni cuenta se dio del momento en que murió.

Siguió respirando, siguió siendo visto por todos, pero ya estaba muerto.

Dejó de haber flores, promesas y luego se extinguieron hasta las reconciliaciones. Había ganado la indiferencia.

Compromisos, sonrisas falsas tatuadas en sus rostros, hijos.

Él seguía muerto. Ella también lo estaba, y a pesar de todo ambos se convencieron de que todo era normal y que por eso todo estaba bien.

En algún momento llegó la religión. Pero no emularon a Lázaro.

Pasaron los años y ellos se negaban el arrepentimiento y los perdones, aunque a ambos les dolían sus almas muertas. Después los dos murieron por segunda vez, pero ahora les tocó esa muerte en la que uno deja de respirar y de ser visto por los demás.

Ya nunca se supo nada de ellos, y eso a nadie le importó.

Con tinta sangre (América Latina)

Un hombre,

lo que queda de él.

Encontrado no muy lejos de las vías del tren.

Asesinado,

no cabía la menor duda ante tan grande evidencia:

un roca había destrozado su cráneo, por la ruta de la nuca.

Los despojos de un hombre,

cuerpo sin alma,

ninguna identificación,

pero como a nadie le importan los vagabundos,

como nadie los cuenta en los censos , insensibles,

el cadáver fue donado al anfiteatro de una facultad de Medicina.

Ninguna investigación policiaca fue requerida.

 

Una mujer,

lo que queda de ella.

Apenas una mujer,

pues no estaba demasiado lejos de su niñez.

Sus restos junto al río.

Ultrajada, destrozada, en todos los sentidos.

Víctima de esos abusos que a muchos deleitan en películas y series,

abusos que excitan el morbo, la moralidad insana, medalla de la doble moral,

pues son abusos que todos dicen condenar.

Las masas se “indignan”.

A estas jóvenes víctimas solo las lloran sus familias,

para el resto de la gente son cifras, estadísticas de gráficos coloridos.

Algo de que hablar durante la comida.

A nadie parecen importarle este tipos de casos realmente,

al menos hasta que la víctima es una de sus parientes.

Se habló de la chica una tarde en las noticias,

destacada como el “feminicidio del día”.

Al final, fue otra olvidada de la justicia.

 

Un político,

lo que quedó de él,

fue despegado con palas del piso y con espátulas de las paredes de su lujosa oficina.

Había llegado muy alto,

de la misma manera que todos los que se elevan en este medio:

nadando sin asco en la inmundicia y sepultando a sus enemigos en mierda.

Por eso tuvo el éxito que todos condenan, sin dejar de desearlo para sí mismos,

por eso tuvo demasiado dinero, que tres generaciones no podrán gastar en su totalidad.

Pero se pasó de listo,

se olvidó de sus “amigos”.

La justicia culpó al “crimen organizado” de su asesinato, y no se equivocaba.

Quienes lo mataron siguen ocupando puestos en el Congreso y el Parlamento,

y dos más en la Suprema Corte.

Los asesinos “perdonaron” a los familiares del muerto,

no por magnanimidad, sino gracias a turbias negociaciones y magistrales chantajes.

El político fue enterrado con honores,

convertido en mártir y adalid de la democracia.

Muchas calles llevan ahora su nombre.

La justicia nunca ha sido realmente ciega.

Mayo 2017

El blues de la ambulancia

UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU…. La sirena de la ambulancia a mucha velocidad.
No importa que te tapes los oídos con cera, aún sin cera o mentirosa, ella jamás te seducirá.
Llora más fuerte cuando la ambulancia se integra, completa, de repente al embotellamiento de hora pico. Pico de ave de mal agüero.
El enfermo que viaja dentro, alcanza a escuchar como entre sueños la sirena, nada serena, y respira cada vez menos.
Paramédicos preocupados.
Más rápido que la ambulancia avanza una tortuga con las patas amputadas.
¡Puta madre!, dice quien conduce el vehículo de emergencias.
Los conductores de los otros autos se estresan cada vez más, al notar que la ambulancia no tiene por donde pasar.
UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU… La sirena a todo pulmón canta su jodida canción.
Los conductores se preocupan porque no encuentran hacia dónde moverse para ceder paso, no hay espacios vacíos para dónde arrimarse.
Las ventas de autos este año se han incrementado, las facilidades para hacerse de uno son más fáciles que la ninfómana sin moral que sufre de mucha comezón, o que el adicto al sexo que no pone reparos mientras se descompone. Hay necesidades de todo tipo en este mundo.
Todo mundo tiene un auto, pero cada vez hay menos lugares para moverlo, e incluso para estacionarlo. Deberían inventar unos que quepan en el hoyo trasero, culo entre los amigos, de quienes permiten la sobreproducción vehicular.
¡Puta madre!, parece que es lo único que sabe decir quien conduce la ambulancia. UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU… La sirena canta y grita su enervante canción.
Como milagro del Cielo, -enviado de repente al mundo de los neumáticos de hule, del CO2 de escapes, del combustible quemado que hará que los polos sean cada vez más calientes y las parejas cada vez más indiferentes, de los rosados pulmones que al respirar en esta ciudad se hacen negros como el carbón o como el cabrón que se armó de valor y comenzó la rebelión Zulu…-, como enviado del Cielo aparece frente a la ambulancia un hueco por el cual pasar.
Breve resquicio, entre tanta bestial máquina, por donde la ambulancia se hace camino al andar. Y pasó, pero también lo hizo el impaciente paciente.
La ambulancia pudo avanzar, pasó entre los demás autos. El paciente mientras tanto, dando su último suspiro, pasó, pero a mejor vida. UUUuuuuuuuUUUUUuuuuUUUUUUUuuuuUUUUUU…

traffic

Sigue tu camino

“Sigue tu camino”, le dijo al mal ladrón el Inocente Cordero que limpiaba las almas mejor que la divina lavandería de la eternidad, “y no peques más, aunque sé que mañana votarás en mi contra para que me ajusticien injustamente”.

“Sigue tu camino”, le dijeron al vaquero forastero que en un descuido había perdido todo su ganado, “pues en este pueblo no nos gustan los extraños, y mucho menos aquellos que no tienen dinero para gastar”.

“Sigue tu camino”, les dijeron a los inmigrantes indigentes que venían de un país en caos climático y político, “que en esta gran nación estamos muy desarrollados y no queremos obstáculos en nuestro camino hacia el sol”.

“Sigue tu camino”, me dijo una chica con quien quise detenerme, quizá más de lo debido, quizás para el resto de mi existencia, “que en este mundo viaja más ligera quien viaja sola y de todas formas no me gusta la compañía”.

“Sigue tu camino”, le dice la muerte todos los días a la vida, quien se toma todo o muy serio o muy a la risa, “que ya te diré hasta dónde llegarás”.

Y así es que estamos todos caminando, rodando por el mundo que gira sin detenerse, hasta que a cada uno de nosostros se le acabe la cuerda, pues lo único constante es el cambio.

Muerte

Hasta el más valiente le tiene miedo a la muerte; y quien diga lo contrario miente, con o sin sus dientes.
Es porque morir significa entrar a lo más desconocido, quizá a la nada. Es ir al lugar del que solo tenemos propaganda hecha en casa que en el fondo sospechamos siempre mentirosa.
No importa lo que digan las religiones, nadie que “se haya ido” ha regresado para contar la experiencia, lo que hay “del otro lado” (es más, aún se espera el regreso del mesías cristiano ¿no?)
Supongo que en el momento previo al de estirar la pata, de colgar los tenis, debe perderse la fe por completo, igual se recupera pronto antes de los estertores previos al frío definitivo, pero de menos seguro debe haber un momento de terror. ¿Y que tal que recuperar la fe no sea ningún alivio?
El mártir vocacional y el suicida con convicción, por más que tengan su esperanza puesta en el más allá o quieran liberarse de la decepción absoluta en el más acá, seguro tiemblan un instante cuando la muerte se les acerca.
El Día de Muertos no es una burla, es la risa nerviosa de un pueblo (celebración que comenzó por recordar a los que “se nos adelantaron” y terminó siendo un intento de homenaje a lo macabro para presumir que se es muy valiente ante la muerte), de un pueblo que quiere creer que muerto seguirá viviendo.
De los que santifican a la muerte, mejor ni hablo. Pocas cosas me resultan tan absurdas como la pagana adoración al vacío que se le implora protección.
Igual pienso mucho en que un día moriré, pero por más que me haga la idea de que eso nos pasa a todos, de que es mejor morirse que seguirse muriendo, no dudo que temblaré como gelatina cobarde en el instante previo al último suspiro.
Así es la vida, así debe ser el paso hacia la muerte.

Después de muertos (bienvenido a la nada)

“Bienvenido a la nada”, le dijo con una sonrisa el agradable anciano de túnica blanca, beatíficas facciones y llaves en el cinto, cuando abría la gran puerta dorada, ubicada en medio de la intensidad vacía de color negro perpetuo.

“Gracias, ¿pero dónde estoy?”, preguntó el recién llegado, algo atolondrado y temblando como gelatin mal cuajada, tratando de recuperar sus recuerdos más recientes.

“En la Nada”, le dijo el viejo de bonachona estampa, cerrando la gran puerta con una de sus muchas llaves.

“Pero no entiendo”, dijo el extraño, “lo último que recuerdo es que iba rumbo a la sala de operaciones en una camilla y sintiendo cómo la anestesia surtía efecto…”

De repente se interrumpió. Empezó a atar cabos (tan sueltos como los efectos del cólera). La operación, según le habían dicho, era complicada, con pocas probabilidades de éxito, pero necesaria. El seguro no cubría ningún gasto y su familia naufragaría en las deudas después de eso. Sin embargo, era una intervención necesaria para que él pudiera vivir más de sus 72 años, no hace mucho cumplidos.

“No hay nada que entender”, dijo el viejo de la túnica blanca haciendo tintinear sus llaves con algarabía desatada. “¡Estás en la nada!, el lugar al que todas las almas llegan, sin importar su comportamiento ni sus acciones en la Tierra. Esto es la aternidad querido, vivir en la inmensa negrura sin tiempo, sin principio ni final, sin menos y sin más.

“¿Y la Gloria?, ¿Y el Infierno (de todos tan temido)? ¿Dónde están las demás almas?”, dijo el recién llegado, preguntando con esa preocupación que nace del temor a la sentencia adivinada.

“Gloria fue una mujer, el Infierno un cuento y el resto fue una especie de sueño del que ahora estás despierto”, contestó el portero de la túnica blanca dejando de mover las llaves y desvancecindose poco a poco de la vista del recién llegado, “y los demás están por ahí, pero nadie ve a nadie, ni siquiera se presienten, cada quien permanece aislado en su propia dimensión oscura, una isla sin límites, enclavada en el cero absoluto, sin arriba, sin abajo, sin compañía; pero eso sí, con tu individualidad tan querida por siempre jamás. No hay nada, o mejor dicho, la nada es todo”.

El viejo de la túnica blanca desapareció por completo, y la puerta también. El recién llegado se quedó solo, completamente abandonado, varado en la nada, sintiendo que todo había sido un timo.

nada

 

Susurros (“proteger la libertad”)

Todo oscuro y de nuevo ese susurro. Hace siete días, cuando por primera vez lo escuchaste, creíste que se trataba del radio o de la TV, pero ambos estaban apagados. “Fue mi imaginación”, te dijiste entonces. No mucho después lo escuchaste otra vez, eran ininteligibles voces cerca de tus oídos, delicadas, pero apremiantes, impacientes; como cuando alguien te advierte que no entres ahí, porque ahí es donde guardan a los terroristas rabiosos que fueron capturados antes de explotar(se).

No, el susurro no tenía nada que ver con la música que oyes. El susurro se hizo perceptible en distintas ocasiones: mientras ibas por la calle buscando pokemones, en el supermercado cuando comprabas tus nutritivos alimentos congelados, durante la práctica de tiro semanal, en la iglesia durante el sermón (que hablaba sobre los bienaventurados que siguen al Señor), al destripar zombies en tu nuevo videojuego y seis veces antes de dormir.

Esta es la sexta, antes del sueño, no hay nadie alrededor, y es la misma voz, apurada, pero con sonidos de palabras que no puedes entender. Como si hubiera mucha interferencia.

De repente el silencio… La vocesita susurrante se interrumpe abruptamente, una muerte súbita; antes simplemente callaba, como tras decir lo que quería, ahora fue cortada. Así de golpe, como derechazo fatal del campeón natural de los pesos pesados.

Enciendes la luz, das un vistazo a tus redes sociales, quizás alguien de tus contactos y amigos (98.9% de los cuales no conoces personalmente) ha oído también susurros semejantes, pero nada, todos hablan de lo mismo de ayer, pero acerca de diferentes personas. Como siempre.

Intentas dormir de nuevo, sin más susurros, escuchando solamente tu reproductor de música descargada que funciona 24x7x365.

No más susurros, mañana podrás ir a votar con una mente clara tras un descanso reparador, y hacer lo que te corresponde para decidir por tu país, protegerlo de los malos y los invasores, acabar con los raros y villanos internos, y hacer lo posible por que se eliminen todos esos que son enemigos de Dios y de Jesús. Hay que proteger, e imponer, la libertad a toda costa.

fam

Volver (y volver)

Suena un nombre, que no es el tuyo.

El indulto tampoco es para ti (al menos conservas las orejas y el rabo).

El cadenero de las puertas del cielo finge no conocerte.

Tendrás que volver a volver.

Círculo virtuocioso de tu vida.

Ciclón de serpiente que se muerde su cola.

Can cuya dieta consiste únicamente en su propio vómito.

Eco perpetuo de tu voz en la caverna infinita.

Eso eres tú, Samsara en bucle, el constante volver y volver.

No eres rey, no estás fuera, ni dentro.

Soñar no cuesta nada, pero en eso se te va la vida.

Al final de la mecha, ninguna explosión, solo el olvido y el reinicio.

Al final del camino otra vez la línea de partida, entera para ti.

Vuelves a volver, para constatar que el todo es realmente la nada.

Y el todo ni siquiera tiene cuernos por donde agarrarlo.

Sin embargo, aunque aprendas, el curso jamás es aprobado.

Tus recursos son muchos, tu capacidad jamás suficiente.

Por eso volverán a sonar nombres, de algunos.

Pero ninguno de ellos será el tuyo en turno, y volverás a volver…

thangka

Dudas eternas

Allí estaba, una abeja sin alas, frente a una escalera escalonada (¿cómo  pudiera ser de otra manera?) que no conducía ni para arriba ni para abajo. “Me pregunto entonces ¿por qué se llama escalera?”, dijo la abeja, de quien yo me pregunto: ¿Por qué se llama abeja si no tiene alas?

El pequeño insecto estaba sentado contemplando el enigma, cuando llegó el elefante rosado que supiestamente es percibido por los amigos íntimos de Baco y que deja sus huellas impresas en los techos.

“Yo me comeré el mundo de dos bocados”, dijo el presuntuoso paquidermo. A lo que la abeja sólo hizo una mueca de incredulidad, había escuchado tantas veces esa misma frase, de bocas suficientemente grandes, acompañadas de cojines suficientemente grandes para cumplirlas, o en su defecto, para descansar en ellos tras el esfuerzo.

Allí estaban sentados estos dos personajes, contemplando unas escaleras que ni subían ni bajaban, cuando de repente, sin visos de arrepentimiento, llegó un loro azul.

“El ejercicio es salud”, dijo el ave celeste, “y por ello es bueno para la vida”.

La abeja sin alas, cuya incredulidad y asombro iban en aumento tomados de la mano, pensó: “será bueno para la vida, pero yo he visto a los atletas más saludables sucumbir y morir de repente”.

El loro y el elefante temblaron de miedo ante el pensamiento de la abeja (sí, tanto el ave como el paquidermo tenían el poder de leer las mentes), como tiembla la mayoría de la gente cuando se menciona a la muerte.

“¿Me llamaban?”, expresó una esquelética figura que salía detrás de una sombra, mientras entregaba una tarjeta de presntación a cada uno de los animales allí reunidos. La tarjeta decía: “La muerte, lo único seguro en la vida, ni buena ni mala, así que ¿para qué temerme?”.

El elefante y el loro se desmayaron desanimados, pues pensaban antes de ese instante que vivirían por siempre. La abeja sonrió y regresó a analizar las escaleras. La muerte, como siempre, tuvo la última palabra, y se limitó a decir “adiós”.

 

 

 

 

Naturaleza muerta con estrella

Estrella, que fluyes por mis venas, fortaleciendo penas, aún me inmolo ante tu altar.

Cero, el mundo que ya no siento, aunque no esté muerto, y tampoco te desprecio.

Mis ojos no te miran más, extraviado en el fondo de mi mar, que es un gran desierto.

Me revuelco en los recuerdos de tu piel, en las memorias de tu ser y de tu oscuro interior vacío.

Juntos carecimos de futuro, nada fue seguro, salvo el boleto hacia el infierno.

Pecado, mi hoy con un ayer idealizado, restos de nota roja ante un Cielo vedado.

Tu olvido, laberinto sin sentido, soy el tahúr sin suerte que apostó todo su tiempo.

Constante, mi mente te dibuja a detalle, a mil carreteras de tu actual respiración.

Antes de que llegue tu último invierno, de que la hiel termine su trabajo, cuando ya nadie te mire, cuando la gravedad de Newton destruya la delicadeza de tus líneas, cuando tu orgullo languidezca, tendrás idea de lo que siento.

Estrella, fluye por mis venas, comparte mis faenas antes de explotar, antes de inspirar piedades y de que vivas soledades, de que sólo te regocijes con ecos de las torturas brillantes de tu Condenada Inquisición, descubrirás que nadie, y menos tú, reina, brillará como brilló en el pasado.

still