El mensaje

Para poder enviarte el mensaje, tuve primero que vaciar la botella, bebiendo todo su contenido.

Esa acción me sirvió de paso para armarme de valor en mi desarmada timidez. Para sentir que podía hacer lo que me propuse hace mucho y que postergué por miedo. Para encontrar mejores palabras que aquellas dictadas sólo por tu inspiración.

Tuve que beber el contenido hasta el fondo, para tener la fuerza de expresarme bien, a conciencia; perdiendo sin saberlo la inocencia y de paso la decencia. Y una vez bebido, las cosas me parecieron realmente más ligeras, posibles sin ningún obstáculo; me sentí capaz de arrojarme a cualquier foso y salvar cualquier distancia. Supermán sin kriptonita en un viaje de iniciación, la progenitora de Tarzán en la convención de la selva.

Bebí la botella, hasta dejarla seca como el Sáhara, listo el envase vació para proteger y transportar el importante mensaje a través de los siete mares, desafiando las tormentas y las fronteras, e ignorando al servicio postal. Pero yo estaba mareado, sé que escribí algo, con cierto trabajo, quizá garrapateado, y no recuerdo más. ¿Dije servicio postal?

Dicen que me fui sin despedirme, que tras secar la botella, la puse en mi bolsillo y salí caminando como marioneta en manos de un maraquero, quizá de un severo enfermo de Parkinson. Dicen que me fui, y que no echaron de menos al bufón, pues sus gracias ya eran más pesadas que el plomo de Plutón.

Nadie sabe cómo llegué a mi destino, cómo atravesé en mi desastroso estado la peligrosa avenida transitada; ni yo sé cómo desperté completamente vestido, tal como la noche anterior, con mi ropa arrugada, deshidratado, con una extraña compartiendo mi cama, y que me dijo que le dije que la amaba.

Para poder enviarte el mensaje, tuve primero que beber el contenido de la botella. Al final no sé dónde quedaron mis palabras, mis ilusiones, mis propuestas ni mis poemas. Al final no supe si lo dije todo mal, o siquiera si lo dije en absoluto.

La próxima vez trataré de enviar mis mensajes en un sobre o quizá en una canasta de mimbre tejido. Las botellas no son de fiar.

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La mujer de la gran maleta negra

Era una mujer pequeña que vestía mallones (leggings) de estampados florales, zapatos deportivos y una sudadera verde. Si la veías desde su parte posterior pasaba por una mujer de 30 años bien conservada, pero al mirar su rostro, excesivamente maquillado, le podías calcular una edad de entre 97 y 175 años.

Usaba una peluca anaranjada, sus labios eran de un rojo encendido y sus párpados estaban pintados de un verde intenso. Ignoro el color de sus ojos, pues el verde intenso rodeaba sólamente dos ranuras enmarcadas por profundas arrugas.

Supongo que estaba en muy buena condición física, pues iba subiendo a pie la larga calle, cuya inclinación es de aproximadamente 45°, y llevaba arrastrando una gran maleta negra con una franja roja,  sin ruedas, que le llegaba un poco arriba de la cintura.

Se detuvo un momento para tomarse un respiro. La mañana era soleada y calurosa, imagno que sus sesos se cocían bajo esa tupida peluca color zanahoria. La mujer se tocó el pecho, miró calle arriba, hasta el final, hacia la aún lejana iglesia de la cruz de neón violeta, que a esas horas estaba apagada, y se dispuso a continuar la subida.

Dudo que haya sido la mujer del vestido rojo que se cortaba los brazos y que vi en esta misma calle, en este mismo punto, cuando yo era niño. Igual era la Gagool de “Las minas del rey Salomón”, quien al final no murió y ahora pena por el muno arrastrando su maleta como Sísifo en versión femenina.

No lo sé, pero tampoco la soñé.

¿Qué es el amor?

Si me preguntan qué es el amor, yo respondería que es lo que siento por ti.

Es todo lo que me inspiras, tu no-perfección; tú, tal cual eres, a quien no quiero cambiar, antes bien, espero coincidir con el ritmo de tus cambios, y deseo que me acompañes en la tonada de los míos.

Es el camino que se aleja de la idealización y de la idolización, es ese sentimiento tan completo que inspira una persona natural como tú.

Es querer estar contigo cuando sea posible, sin asfixia, pero sin esa lejanía que puede engendrar un olvido, ya sea por distancia kilométrica o cronológica.

Es complementarnos en complicidad existencial, en tiempo y espacio. Es la bendición y fortuna de haberte conocido de entre tantos millones de almas que en la historia del mundo han existido.

Es mirarte y quererte, en un eterno presente, sin llevar cuentas del pasado y sin querer enfocarnos en lo que vendrá.

Es querer seguir juntos más allá del efímero enamoramiento y de la fiebre de la pasión.

Es ese sentimiento tan grande que asocio invariablemente contigo.

Por eso, si me preguntan qué es para mí el amor, diré que es lo que siento por ti.

Miré con respeto más allá de tu belleza

Miré con respeto más allá de tu belleza,

y vi un lugar donde el bien y el mal cohabitan en paz.

Luego entendí que la noche es tan tuya como lo es el día

y que eres tan mujer como aún eres niña.

No te sentí como ideal, y tampoco perfecta,

pero sí como ejemplo de humanidad libre y natural.

Quise conocer tu historia y agradecerte todo lo que obtuve de ti,

antes de que me abandonaran las palabras.

Posiblemente dije demasiado, hasta abrumarte y cansarte.

Ahora ya me cuesta trabajo incluso hablar.

Quizá desde el principio debí quedarme callado y limitarme a

mirar con respeto más allá de tu belleza.

 

 

Aurora

El dulce tono de tu voz, el imán que es para mí tu anatomía, capaz de alterar la circulación en mis avenidas, la nobleza asomada en las ventanas de tus ojos y el jardín de las delicias que siento en tus labios; por todo eso y más se encendió de nuevo mi corazón.

El tiempo a tu lado corre como negro fugado en un estado gringo del sur, me haces replantear mis opiniones arraigadas y ahora creo que no es tan malo ser humano.

Sueño contigo cuando estoy despierto, por eso creo que no sueño contigo cuando duermo. Eres la mejor realidad que ni la mayor de mis ilusiones pudo vislumbrar.

Eres una artista cuya mayor obra de arte es tu propia persona, artesana de buenos recuerdos, un encanto con buenos sentimientos, eres capaz de llenar de alegría la vida de quien te conoce.

Eres magia que respira.

Eres un amanecer constante con aura gentil, tu nombre te va muy bien. Eres impresionista, no porque uses lienzos y óleos, sino porque con gracia natural dejas una huella en las almas, durante tu paso por los días.

Eres la belleza que enciende mis deseos de explorarte minuciosamente para ir descubriendo los secretos que llenen de placer tu cuerpo.

Yo tuve la fortuna de volverte a encontrar, es algo que mientras yo respire agradeceré al destino.

Aurora eres un gran premio existencial.

Eres la belleza, interna y externa, que ningún artista podría captar en su totalidad.

Eres la inspiración que emana de un misterio y que hace vibrar las cuerdas más musicales del alma.

Eres el rostro que habita en mi mente y corazón.

Con palabras quisiera expresar lo mucho que eres para mí.

Pero una vez más me siento como el niño que saltando del columpio quiere alcanzar la luna.

Y no importa la imposibilidad, con gusto vuelvo a saltar.

¿Para esto evolucionamos?

La habilidad del dedo pulgar (que permite el uso de herramientas) y el desarrollo de la razón (punto de partida para la inventiva y la moral), diferenciaron al ser humano del resto de los animales e hicieron del Hijo de Dios una bestia con complejo de superioridad. Pese a esto, o por esto, el Homo sapiens, el hombre y la mujer, incluyendo sin limitarse a ello: a todas las personas sin distinción de preferencias sexuales, religiones practicadas, estaturas, tonalidades epidérmicas, preferencias alimenticias, curvaturas dorsales, pronunciaciones oratorias, capacidades intelectuales, posturas políticas, imposturas sociales, etc. etc. [especificación recomendada por la Barra de abogados y demás malhechores del gremio legista], el hombre y la mujer, inconscientemente en dirección contraria a lo que buscan presumir, insisten en demostrar una calidad inferior a la de las demás especies coetáneas, ejerciendo un supuesto dominio sobre ellas y teniendo la estúpida creencia de controlar la naturaleza. Pero el que ríe al último ríe mejor…

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Fue también con la ayuda de sus pulgares, y con muy poca razón, que un Licenciado en Ciencias de la Comunicación con Maestría en Marketing empresarial, enfundado en un traje amarillo tonalidad orines fermentados, se desempeñaba como payaso especializado en hacer figuras con globos en un café restaurante, todos los fines de semana por las mañanas. Así cumplía con su contrato laboral eventual [aprobado por el gremio de abogados arriba mencionado] que le exigía trabajar 4 horas cada día del fin de semana (y si sus superiores lo considerasen necesario, sin previo aviso, prolongar la jornada hasta por 12 horas, aunque sin derecho a una remuneración que sobrepasara la cantidad a pagar por las 4 horas originalmente acordadas).

Todos los sábados y dies Dominicus, mientras el payaso desempeñaba su desgraciado y mal pagado puesto tenía que soportar risas, berridos, exigencias, inapetencias, lamentos, sustos, eructos, insultos, pedos ninja (esos cuya presencia no se percibe hasta que ya es demasiado tarde), coqueteos, toqueteos, desprecios y burlas por parte de niños,  progenitores y familias en general, clientes habituales del café cuyo logotipo es de color amarillo, tonalidad orines fermentados.

orina

En ese escabroso ambiente laboral, el payaso se esforzaba por crear perros salchicha con globos anaranjados, caracoles con globos marrones o espadas de Luke Skywalker®/Lucas Trotacielos® y Darth Vader® con globos azules. En honor a la verdad, los supuestos perros, caracoles y espadas se asemejaban más que nada a los penes torcidos que ejemplifican malformaciones anatómicas de miembros en las ilustraciones de los libros de la insigne Facultad de Medicina de la Universidad de París.

globo

El suplicio sin redención del payaso amarillo se repetía cada fin de semana, como los cálculos minerales de un Sísifo sin capacidad de sorpresa. A pesar del hartazgo y la repelencia que sentía por esa labor, allí estaba siempre el payaso sin vocación globofléxica, puntualmente en la sucursal del café franquicia a la que muchas personas de clase media y media baja acuden para desayunar, almorzar y tomar su café con bisquets o enchiladas suizas (que al parecer son más bien de origen coahuilenses), pero sobre todo para compartir sus doctas opiniones sobre el partido de futbol del día anterior, decir lo que pasará en los encuentros futboleros a celebrarse ese mismo día y el día siguiente, comentar y pronosticar la mayor cantidad posible de los 2199 partidos que se apretujan en los calendarios de ligas, campeonatos y copas (sin contar los encuentros amistosos) llevados a cabo los 365 días del año.

La gente considera que para demostrar que vive plenamente debe apasionarse por algo, y la pasión más simplona —que no requiere que al apasionado (o apasionada, me exige la Barra) le funcione ni media neurona aturdida— es la que ofrece FIFA™ (Federación Internacional de Fútbol Asociación). Por eso, para sentirse parte de un grupo, para presumir su pasión a niveles exagerados, todos los parroquianos del café interrumpen sus profundas conversaciones expertas cada que se aprecia un amago de gol en cada uno de los diversos monitores del local que simultáneamente sintonizan el partido que se juega en directo o una repetición de alguno de los encuentros celebrados la noche anterior.

Al payaso no le disgustaba el futbol, pero odiaba su trabajo, aún a sabiendas que sudando copiosamente se ganaba la vida, o quizá lo odiaba precisamente por eso. Su tormento terminó súbitamente un sábado ajetreado, a las 9 de la noche, habitual hora de su salida sabatina. Entonces fue informado por el gerente que se daba por terminada la relación del payaso globoflexista (o escultor de penes subliminales deformados) con la franquicia cafetera, ya que esta tenía pensado, a partir del siguiente domingo, entretener a los niños con videojuegos, para que los infantes realizaran actividades como en casa.

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Tras recibir la simbólica patada en el culo, el payaso recogió su paga escuálida, sin tener siquiera la intención de agradecer un carajo, y caminando hacia la salida lentamente con sus largos zapatos que chillaban a cada paso (chuick, chuick, chuick…), salió del establecimiento, se sentó en la acera, pensó en Juárez, en Dios y en María Candelaria (quien no había hecho nada malo), y lloró, lloró, lloró hasta que se le corrió el maquillaje, recordando entre sus sollozos que la vida no es justa y carece de sentido.

Darwin: ¿para qué te tomaste la maldita molestia?

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María Candelaria Clic para ver el momento “yo no he hecho nada malo”