Evocaciones

Con su clarinete evocaba mares, cielos, nubes… Era una maestra para convertir notas musicales en paisajes. Podía evocar con facilidad bosques y desiertos, montañas y valles, lagos e islas. Lo que más le aplaudieron fue cuando describió con música las figuras naturales del Cantar de los cantares. Ella tuvo éxito y honores, premios y otros reconocimientos, pero nunca logró plasmar sentimientos con su instrumento. Y eso era lo que ella  más quería: poner lo que dictan los corazones en melodías. No se puede todo en la vida.

clarinete

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Reconocimiento e inseguridad

El tiempo no perdona, eso lo sabemos todos, pero lo que pocos quieren saber o reconocer es que el tiempo también se ensaña y castiga severamente. Por eso es que vemos a gente de 35 años que aparenta 55 o seres de 37 que lucen de 69.

El otro día asistí a un concierto callejero. Casi no recuerdo la calidad musical de tal suceso (así de malo habrá sido, o igual no fue un género de mi agrado). De ese día sólo quedaron en mi memoria dos cosas, y quizás tres, pero la tercera es una experiencia que olvidaré selectivamente si no resulta como yo espero o la atesoraré privadamente si acontece lo que deseo.

Primero recuerdo el lento principio de una conversación de dos adolescentes, desconocidos entre sí, la iniciaron a tres metros de distancia una del otro. Ambos recubiertos de la poderosa soledad urbana. Ella fue la que dio el primer paso, preguntándole a él la hora. Sesenta minutos después sólo estaban separados por 50 centímetros de aire y ya habían intercambiado impresiones acerca de sus respectivos problemas.

En su segunda parte, el concierto fue interpretado por instrumentos de viento, que sonaban a flatulencias infernales. Yo estaba sentado en una de las sillas de la última fila (hasta atrás, siempre hasta atrás) con mi atención puesta más en los adolescentes que en la música. Cinco filas adelante descubrí a un individuo que volteaba en dirección a mí, como buscando ver más allá a otra persona. De entrada sólo me sorprendió su fealdad (por ser superior a la mía), pero nada más. Entonces yo saqué mi cuaderno y empecé a tratar de escribir algo que no tuviera que ver con la última ruptura de mi corazón.

Pero de nuevo me distrajo ese cuasimodo sin joroba que me miraba. De repente percibí algo familiar en el fulano. “A este tipo lo conozco”, me dije usando la palabra que por entonces tenía yo de moda para referirme a la gente que de alguna manera me molestaba. Podría tratarse del hermano de un amigo, del vendedor de alguna tienda en la que acostumbraba comprar cigarros, de alguien con quien me topaba a diario en mis rutas rutinarias, como me topo cada día con los árboles familiares y fachadas vecinas.

Trataba yo de recordar al tipo, pero sin éxito. Así dio inicio una lucha dentro de mí: el ego contra la curiosidad. Mi ego es tan grande que no me permite saludar a alguien (exceptuando a mis seres queridos) que no me salude primero (lo admito, esto no es más que un estúpido acto de inseguridad). ¿Quién carajos era este tipo?, él a la vez parecía reconocerme, pero procurando no dar señales de ello. Seguramente otro inseguro de mi calaña.

El anárquico archivo patas arriba que se guarda en mi mente desquiciada seguía tratando de encontrar la identidad del fulano, sin resultado. Paulatinamente empecé a sentir más incomodidad por causa de él. ¿Habrá sido alguien que en alguna ocasión ocupó mi lugar en el afecto de alguna mujer? No, quizás lo recordaría por eso. ¿Qué me molestaba tanto del tipo? Así mi búsqueda tuvo un elemento más preciso: el fulano me resultaba molesto.

Hmmm, él me molestaba tanto como una cadena gringa de supermercados. ¡Eso era! El tipo era alguien con quien yo había trabajado antes hacía tres años en una cadena gringa de supermercados. Cumplía con todas las características, sólo que nadie puede envejecer 18 años en tan sólo 36 meses. Bueno, quizás sí.

Me distraje un poco con el concierto, con los adolescentes y con el verdadero motivo que me tenía allí enraizado. Pero de nuevo el tipo me volteaba a ver. Estaba casi seguro que era el antiguo compañero del supermercado, aunque luciera como su propio padre.

Los adolescentes ya no me interesaban y mi timidez, tras diez años de haberme dejado en paz, regresaba a mí con nuevos bríos. No me atrevía acercarme a la bella morena menuda que me tenía atado a este lugar. ¡Qué cuerpo, qué sonrisa y qué mirada! De repente me armé de valor y me dirigí a la hermosa mujer, pero a pocos pasos de ella las mariposas de mi estómago revolotearon salvajemente y empecé a temblar. Cambié de rumbo y me dirigí hacia el tipo que me incomodaba.

Como a bocajarro, y con algo de coraje por no haber tenido el valor de dirigirme a la morenita, le disparé: “oye, ¿no trabajabas tu en un supermercado?” Él, un poco sobresaltado, me respondió: “no”, con una voz que reconocí inmediatamente. Sin duda era él, mi antiguo compañero de trabajo. Mi bien conocida mirada de desprecio se encendió automáticamente mientras pensaba “si negaron a Jesús, ¿qué le podía esperar a un tipo como yo?”, recordé que esta era la segunda vez que me habían negado en esa semana. ¿A la tercera cantaría un gallo, o de perdida un guajolote o un pavo irreal?

Tras la negativa del tipo sólo le respondí con un desairado “¡ah!”. Antes de alejarme alcancé a mirar una de sus manos, los dedos encogiéndose para formar un semi puño tal y como recuerdo que se encogían cada que le hablaba yo a la mujer que tanto le gustaba a él en el supermercado. Sin duda era el mismo tipo, pero ¿cómo puede alguien envejecer tanto en tan poco tiempo? Siempre me quedaré con la duda, a menos que me pase lo mismo a mí.

Quisiera terminar aquí pero hay un Cabo suelto (su Capitán le dio cátsup echada a perder en el desayuno y el estómago del cabo se aflojó sin piedad). Por puro orgullo fui y le hablé a la morenita guapa. No puedo decir qué pasó después, porque eso me lo guardo para mí. Pero cuando nos fuimos del concierto la morena y yo, los dos adolescentes seguían enfrascados en una charla que no parecía tener un final próximo.

Ciudad de México, Junio 2002

Besos de verano, lágrimas de invierno

El salón de la parroquia católica, donde de lunes a viernes a partir de las 9 de la noche los alcohólicos usan su anonimato para tratar de curarse ese mal progresivo y mortal que hace reír tanto a Baco y a los sobrios; y donde los sábados por la mañana se imparte el catecismo hueco a niños que comulgarán automáticamente tras su Primera Comunión.

Un salón mediano, con pisos de plástico y lámparas alargadas de neón, una de las cuales parpadea con tics de marinero retirado. Hoy no hay niños, ni borrachos en intento de recuperación, sino una celebración de ancianos en su tarde libre del asilo.

Tarde de karaoke, presentada por una mujer de 52 que se siente un chica, una rosa lozana y fragrante en medio de tanto olor y apariencias añejas. La “chica” interpreta grandes éxitos de hace 60 o 70 años, que traen recuerdos a las honorables personas de blancas cabezas.

Algunos de ellos sienten que las canciones de Bill Haley siguen siendo tan vigentes como las de Elvis. Y en realidad lo son, simplemente dejaron de estar de moda hace muchos otoños. Otros recuerdan viejos romances en pistas de baile, donde había muchas connotaciones sexuales que nadie les creería haber vivido hoy en día. Un anciano tiene pensamientos que ni el Viagra puede hacer realidad, el “Blues de la erección” sería la canción si pudiéramos rimar lo que el señor piensa. Algunos se paran a bailar, es curioso que la ancianidad sea alcanzada más por las mujeres que por los hombres, quién sabe, quizá con el avance del feminismo también en ese rubro habrá igualdad pronto. Así que muchas bailan solas, como solían hacerlo las Madres de la Plaza de Mayo, sólo que estas lo hacen a ritmo de Chuck Berry.

Sin levantarse de una silla, una mujer de saco rojo, que está más cercana a los 85 que a los 79, mira a sus compañeras un momento y siente que se abre una nueva grieta en su corazón. No le gusta esta caricatura de vida, esta amarga memoria de lo que fue, no entiende por qué son felices ni por qué no rompen a llorar. Ella aguanta sus lágrimas trabajosamente, mira con envidia a la “chica” cincuentona que canta, pero no con tanta, pues sabe que no es tan joven y que ya cruzó el umbral de la decadencia. La venerable del saco rojo añora la vida, los tiempos de independencia, cuando los errores no costaban tan caro, los tiempos previos al momento de haber sido botada en la casa de desechos humanos, donde la única cosa que se puede llamar esperanza es la muerte, y a veces esta tarda demasiado en llegar.

La mujer del saco rojo tiene gran fuerza de voluntad, no llora, además la mejor prueba de su voluntad es que ha llegado a acumular todos estos años, sin embargo hoy se pregunta “para qué”, con más intensidad que en otras ocasiones. Al menos en el asilo todo es gris y triste, continuo y uniforme, esta dizque celebración y recuerdo de glorias pasadas no le está ayudando en nada, y es como una bofetada en la cara que le hace presente lo que ya se pudrió en el pasado.

La mujer del saco rojo continúa callada, hundiéndose en una depresión que creía haber dejado atrás usando una impuesta automatización. La animadora desangelada de cinco décadas canta una de Elvis, y las demás viejecitas parecen dulces y alegres porque creen que recordar es vivir.

Summer kisses, Winter tears…

Bob Dylan y el Nobel de Literatura

Me alegro mucho por Bob Dylan, no hay suficientes premios para celebrar su obra… aunque sí sería bueno que los premios fueran congruentes con lo que Dylan hace. Para mí el único artista de la cultura occidental más grande que Bob Dylan, en eso de expresar con palabras la naturaleza humana y la humanidad en el mundo, es William Shakespeare, sin embargo las de Dylan no son solo palabras. Por décadas he sido un gran admirador del trabajo de Bob Dylan, y a él le debo mi interés por la literatura. Por sus canciones comencé a preguntarme quiénes eran Julieta, Pound y T.S. Eliot (“Desolation Row” es una invitación indirecta a la literatura), leí a Herodoto y a Tennessee Williams. ¡Gracias a Dylan me interesé en las obras de Shakespeare!

Dylan es el compositor de canciones más influyente de todo el siglo XX, influencia que sigue vigente a la fecha. No hay compositores de canciones celebrados que no hayan sido, directamente o de segundo grado, influenciados por Dylan. Dylan fue una gran influencia de los Beatles para escribir letras de canciones.

Poca gente habla de la habilidad de Dylan para componer música, sus melodías no son repetitivas en cuestión de notas musicales, a pesar de ser muchísimas a lo largo de los años. Y aunque su voz no es del agrado de demasiadas personas, nadie interpreta una canción de Dylan mejor que Dylan mismo (bueno casi nadie, puede haber algunas excepciones como Hendrix cantando “All Along the Watchtower”). Dylan es, principalmente, un compositor de canciones e intérprete de las mismas, ese es su gran aporte a la cultura y al mundo.

Sí, Bob Dylan ha incursionado en la actuación, en el guionismo y en la dirección de cine, ha sido un excelente conductor de un buen programa de radio y ha escrito dos libros. Pero ninguna de estas actividades ha trascendido ni remotamente como sus canciones.

Sí, las canciones de Dylan son poéticas, pero seamos honestos, no son sonetos, y una letra de Bob sin su música siempre será una obra incompleta, sin insinuar con esto de que la letra no valga nada, ¡vale mucho! Pero es que sus obras son concebidas como letra y música, una por sí sola no es tan rica y valiosa como lo es con la otra.

Sí, las letras de Dylan fueron revolucionarias, artísticamente hablando, y como dije, son influencia de prácticamente de todos los compositores que han vivido después de Dylan (d. D.). De entre sus canciones las hay que hablan de sentimientos, de realidades sociales, de expectativas, las hay que son historias, sin faltar un par Westerns, pero son canciones, no discursos, ni poemas, ni novelas, son excelentes canciones.

De ahí que creo que el premio Nobel de literatura a Bob Dylan, es injusto por que:

a) Es un reconocimiento que mutila de algún modo la obra de Dylan, al reconocer solo una parte de ella (letras), y no tomar en cuenta la otra (música).

b) Ignora a verdaderos autores de literatura, quienes son grandes en ese arte. Entonces ahora ¿hay que darle el Nobel de Lietaratura a Emmanuel Lubezki porque las imágenes que capta para las películas son pemas visuales?, ¿hay que darle Grammys a Murakami por la musicalidad de sus textos?, o yendo más lejos ¿el Consejo Mundial de Boxeo debe darle a Dylan un título de campeón mundial porque en su vida Bob practica el box?

Nunca he creído mucho en el Nobel de literatura, suele ser otorgado, salvo contadas excepciones, a buenos autores que no aportan demasiado a nada, salvo al aburrimiento, gente que en 100 años quizá solo sea recordada porque ganó ese premio y no por su obra (García Márquez y Camus son dos de las contadas excepciones), pero con que el premio le haya sido otorgado al gran Bob Dylan, el Nobel pierde sentido y credibilidad. Bueno, eso creo, como si a los de su consejo les importara.

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