Voladores de Papantla en la Ciudad de México

Mira hacia arriba, hacia ese espacio que es el ambiente natural de las aves, donde debería estar Superman supervisando (si él existiera claro). Mira hacia allá arriba, pues esta mañana verás a cinco criaturas bípedas, sin alas, desaladas y muy reales.

Allá en lo más alto de un poste, están cinco hombres vestidos a la moda Mexican Curious, dispuestos a realizar un antiguo ritual, solo que ahora en vez de hacerlo por una añeja religión, en la que ya nadie cree, lo hacen por la más moderna creencia en la que casi todos ponemos nuestra fe: el dinero.

Allí, cerquita de Dios (si Él existiera claro), donde las copas de los árboles te harían recordar al brócoli, los cinco voladores de Papantla miran hacia abajo, a todos los espectantes individuos que los contemplan boquiabiertos, la mayoría de los cuales son turistas extranjeros que han ido llegando poco a poco por curiosidad.

Hoy, el fondo del escenario no es azul, sino un cielo gris cargado de nubes que cantan su pigmea victoria ante el sol, anunciando una próxima tormenta, que quizás no será perfecta.

Como buenos artistas, los voladores hacen esperar a su público, esperando a su vez que lleguen más personas para ver su actuación. Pero no abusan, pues saben que no es bueno excederse con la paciencia del irrespetuoso, y deciden comenzar su descenso giratorio.

Los tiempos han cambiado, ahora los voladores están más afianzados que sus antepasados, quienes solo dependian de su equilibrio. El que tocará el tambor y la flauta en la punta del poste, como un eje para los que girarán, se sujeta firmemente, aunque no deja de ser arriesgado lo que ellos hacen.

Se comienza a escuchar el sonido de los instrumentos desde el cielo, y cuatro personajes, bien atados a cuerdas, se arrojan al vacío y comienzan a dar vueltas, girando y girando por el aire, bajando un poco más con cada giro alrededor del poste; convirtiéndose en una comprobación real de las fuerzas centrífuga y de gravedad.

Los turistas se sienten transportados brevemente a tiempos previos al momento en que Colón se lo pensó mejor y decidió utilizar un huevo de gallina, en vez de sus propios testículos, para ejemplificar a Isabel la Católica la redondez del mundo y convencerla de que le patrocinara su proyecto. Tiempo después, Colón usaría otro huevo para demostrar otra cosa.

Pero hoy, los voladores siguen descendiendo mientras sus cuerdas se van liberando del poste. Los niños y ciertas mujeres del público temen, incluso algunos desean que algo salga mal y que uno de los voladores se proyecte disparado hacia afuera del círculo que dibujan en el aire. Pero el acto ocurre sin incidentes.

Cuando los cuatro llegan a tierra firme, y el de la flauta y el tambor comienza a descender por los peldaños discretos del poste, la gente les aplaude asombrada, los habitantes de la Ciudad de México que se detuvieron por curiosidad a mirar el espectáculo, abandonan el lugar rápidamente antes de que los voladores comiencen a pasar el sombrero.

El dinero que recolectan los artistas, como casi siempre, es en su mayoría proporcionado por los turistas extranjeros.

Echando un vistazo al cielo, los voladores determinan que aún hay tiempo para repetir una vez más el acto, así que comienzan pronto a preparar de nuevo las cuerdas en el poste, antes de que la lluvia suspenda sus actividades.

Pero de todas formas, ellos estarán aquí mañana por la mañana para volver a girar y girar, para asombrar a propios, ajenos, conocidos y extraños, aunque solo los fuereños sean los que les dan dinero.

Afuera del Museo Nacional de Antropología e Historia de la Ciudad de México

24/sept/2017

Voladores de Papantla_Superman

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Líbrame de todo mal

Magdalena no conoció a su padre, pero tenía una mamá muy religiosa que iba a misa todos los días y que jamás comía carne en cuaresma, quizá por eso Magdalena, desde muy pequeña, rogaba al Creador que la preservara de todo mal.

Al cumplir 16 años, Magdalena comenzó a salir con galanes para escaparse del asfixiante control de su madre, pero ellos siempre detectaban esa urgencia desesperada en sus ojos y la abandonaban después de conocer detalladamente su cuerpo y divertirse un rato con ella, cansados de sus complacencias ante todo lo que le pedían. Magdalena, entre despedida y despedida, rezaba a Dios que la preservara de todo mal.

Magdalena se fue de casa de su madre, sola, y comenzó a buscar galanes por correspondencia. Le escribió cartas apasionadas a marineros, soldados, reporteros de segunda, vendedores ambulantes y presos, unos la visitaban, la disfrutaban e invariablemente la dejaban; a otros les hacía visitas conyugales, sin matrimoniarse con ellos, pero al final dejó de ser admitida en las prisiones a instancia de los reos que ya se habían hartado de ella. Lo más constante en la vida de Magdalena seguía siendo rogar a Dios que la librara de todo mal.

Un día le escribió a un músico célebre, exitoso homosexual de clóset, quien tras meditarlo mucho decidió proponerle matrimonio a Magdalena para así proteger su carrera y fama artística, pensando que de esa manera también podría curarse de su mal sexual. Tras la boda, la luna fue de hiel, la felicidad que Magdalena sintió por conseguir al fin un marido se evaporó cuando experimentó la monumental impotencia de este, quien no podía dejar atrás sus inclinaciones personales por más que se lo proponía. Magdalena seguía rogando a Dios que la librara de todo mal.

El músico, asqueado de su mujer, se fue de casa a buscar inspiración en otro lado y para ser discretamente abrasado por brazos más fuertes que los de su esposa. Magdalena volvió a escribirle a soldados, marineros, bomberos, payasos, actores y carniceros, a cualquier hombre excepto aquellos que estuvieran en prisión, y su mamá se fue a vivir con ella. La piadosa progenitora seguía yendo diario a misa y era buena administradora, se benefició demasiado monetariamente al regentear los diversos encuentros casuales de su hija, quien a pesar de hacer todo el trabajo no recibía ningún centavo y seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Magdalena le escribió a un jefe de policía que no sabía tocar la guitarra ni hacer horóscopos con flores, pero que sí se enamoró de ella y tenía una doble vida. Además de velar por el orden de una importante ciudad, él proporcionaba seguridad a los contrabandistas de la región y les hacía trabajos de encubrimiento. Magdalena jamás quiso saber detalles de la profesión del policía y se contentaba con saber que aunque no era apuesto era muy viril y que su puesto de trabajo era alto, por eso ella volvió a alejarse de su pía madre y se fue a vivir con él a esa casa que era una réplica del Partenón, decorada con estatuas clásicas, mucho terciopelo rojo, tonos dorados y pinturas rococó. Ella se sentía feliz, pero no por eso dejaba de rogar a Dios que la librara de todo mal.

Durante los idus de marzo, el jefe de la policía se vendió a un grupo mafioso de la competencia que le pareció mejor postor. Mala apuesta, porque sus anteriores patrones decidieron llevarle como regalo de despedida una bomba potente a su oficina. El jefe de policía salió volando por la ventana y cayó como ángel rebelde en el asfalto, hecho pedazos. Ella no pudo soportar tanto dolor, lo peor fue el funeral de cuerpo presente que le impresionó por el rompecabezas humano en que acabó convertido su amado. Magdalena trató de evadir su realidad volviendo a escribir cartas, mientras le seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Pero el fin del policía fue demasiado para ella, ni las cartas ni los encuentros efímeros le permitieron sobreponerse al trágico suceso. Su mente divagó hasta llegar al punto sin retorno, entonces fue recluida en una institución para el apoyo a las personas que viven realidades alternas (como en las épocas del buenismo se les llama a los manicomios). No hubo más cartas, y de amantes solo quedaron algunos locos que se limitaban a tocarla con impudicia morbosa, pero ya para entonces ella no reconocía ni a su madre, nada parecía importarle y lo único que salía de sus labios era un mantra constante y perpetuo dirigido a Dios, para que la librara de todo mal.

Paga por sexo

Paga por sexo, y además lo deduce de sus impuestos.
Paga por sexo, sin dejar de pensar que cree en el amor.
Discretamente deja los billetes en una mesita, y al despertar no hay nadie más en la habitación.
Paga por sexo, para satisfacer instintos básicos y mantener viva la vieja institucion.

Paga con sexo su manutención y supervivencia.
Paga con sexo cada oportunidad que obtiene para salir de la cocina.
Así le enseñó su mamá, según lo que ésta aprendió de la abuela, una mujer no es libre, ni por el lado de adentro de la puerta.
Paga con sexo y se resigna al recitar el sermón de la montaña.

Paga por sexo, porque tanto poder no le permite conseguirlo de otra manera.
Paga por sexo, porque a sus alturas el aire está enrarecido y cree más en las mentiras que en las escasas verdades.
Los cuerpos ajenos son simplemente otro territorio para que ejerza la dominación o, a veces, son el último resquicio para hallar alivio.
Paga por sexo, dando casas o actas de matrimonio en vez de billetes.

Paga con sexo su alpinismo en la jerarquía, pues pareciera que no hay otra manera de llegar alto en el mundo laboral.
Paga con sexo, prometiéndose que llegará el día en que no tendrá que hacerlo más que por amor.
Ignora que, cuando ya no tenga que pagar por escalar, cobrará a los demás de la misma manera, así se preservan el yin y el yang.
Paga con sexo y, sin notarlo, cuando lo hace va emitiendo letras de cambio en la misma divisa corporal.

Paga por sexo para sentirse importante y a la vez preservar al menos dos tipos de cadenas.
Paga por sexo porque hoy todo tiene un precio.
Lo hace como una manera de salir de su jaula hogareña, “nadie saldrá lastimado de este modo”, es lo que decide creer.
Paga por sexo porque sabe que no es lo mismo, nunca es lo mismo, hacer el amor que joder.

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Esperanza de lunes (desempleo)

desempleo24082015

Cambian los rostros, pero la sensación que se percibe los lunes por la mañana en este parque es la misma: esperanza. Esperanza de que hoy será el día afortunado, de que hoy sea el día en que se empiece a cubrir lo que la necesidad exige.

Los lunes son los días en que hay más avisos de empleo en la sección de clasificados de los diarios. Por eso los lunes por la mañana vuelve a renacer la esperanza de muchos.

Unos cuantos tendrán buena suerte, otros, los más, terminarán preguntándose sobre su valor en este mundo. habrá quienes decidan utilizar la desesperación para quebrantar la ley, habrá también quien meditará el Sermón de la Montaña y se rendirá ciegamente a este consuelo. No dudo que haya por ahí quien al ver disminuir sus ilusiones,  descubrirá que el Sueño Americano (adoptado ilusamente por la mayor parte del mundo) está destinado sólo a unos cuantos, principalmente a los que nacieron con una cuchara de plata. Seguro habrá quienes se atormenten con el recuerdo de sus hijos hambrientos. Igual de este parque salga algún luchador social. De situaciones como esta surgen personas de la última clase mencionada, pues difícilmente verás una persona satisfecha ñichando por que se haga justicia.

Este es otro lunes de “esperanzas clasificadas”.

Al llegar el mediodía, algunos escaparán brevemente gracias a un sueño, así dejarán que pasen otrso siete días para ver si entonces descubren su Tierra Prometida.

Santa Clara de Asís no tien el poder suficiente para ayudarlos a todos, eso era de esperarse, pues al fin y al cabo es simplemente una santa.

Agosto 2000

El amor de los mayores

El amor de los mayores es como la era del hielo. Tranquilo y frío.

La pasión se queda en la primavera, de veras.

La locura de la pasión suele extinguirse con los años, baja el recuento de daños.

La responsabilidad de los vástagos, el pensamiento de que la recta final es una curva en bajada, todo hace que se considere de nuevo la existencia de Dios.

En el amor de los mayores las manos ya no sudan, se acaban las travesuras; a veces se comenten, pero es mera costumbre, pilóto automático sin sabor.

Besos de mármol, cariño atado. La necesidad versa más en esa tonada que trata de ser un encanto contra la soledad del final.

Es amistad, es costumbre, no es fuego ni pérdida de la razón.

El amor de los mayores es tan extraño como el de los jóvenes. El amor siempre es un misterio.

Oportunidad

Una oportunidad para la demostración, prometo no negarte aunque el gallo insista en cantar. Te necesito conmigo, necesito la fe. No habrá más sorpresas, todo será nuevo, aun dentro de los encierros. No importa cuántas beses te bese, no será suficiente, necesito desterrar la soledad. En la antesala de lo eterno sigo esperando por ti, para brindarte algo absoluto donde abunda lo relativo. Responde como quieras, con un gesto o con palabras, ahora satisfecho quedaría hasta con un leve suspiro. Entre “lo siento” y “adiós”, está el momento más difícil. Entre “te quiero” y “mi amor” se ubica lo que todos dicen. Entre “te espero” y “te ayudo” encontramos lo que menos se cumple. Entre “mucho gusto” y “encantado” verás lo que por educación se escupe. Necesito tu certeza, el alivio de tus miradas. El camino de la mujer es como un rastro en el agua, es preciso que seas la solución a los males que has creado en mí. Necesito tu certeza en este fango de dudas, requiero de tu apoyo para seguir avanzando. No me importa dejar mi corazón en tus manos, mientras creas en mí y no sientas que es en vano. Entre el cielo y el infierno encontramos nuestros cuerpos. Entre el amor y la lujuria danzan los deseos. Entre lo genial y la locura hay el grosor de un cabello. Entre la bondad y la virtud está lo que el mundo más desprecia.