Credibilidad (caídas)

«¡Mamá, mamá…», dijo por tercera vez la niña, aunque con voz más urgente en esta ocasión (que fue la vencida), «ahí está otra vez, caminando afuera de la ventana!».

La pequeña dejó su vaso de plástico, lleno de leche industrializada, sobre el vulgar mantel de plástico que cubría la mesa coja de aluminio y señaló, por tercera vez, con el índice de su mano derecha hacia el vacío de cielo nocturno que se apreciaba por una ventana de cristal cuarteado. El vidrio, además de agrietado, no estaba limpio, quizá por encontrarse en el piso 9 de uno de esos edificios que por viejos pudieran considerarse clásicos, pero que por descuidados son en realidad baratos.

«¡Brenda, por última vez te digo que es IM-PO-SI-BLE que haya alguien allí afuera!», dijo la pálida madre de la niña con exasperación hiriente. Su paciencia estaba más agotada que su esperanza. Tras lamentarse internamente de que ya no pudieran usar más vasos de vidrio, ordenó a la pequeña: «Termina de cenar y prepárate para acostarte que ya es muy tarde».

La pequeña se vio de nuevo entrando en uno de esos inexplicables absurdos entre dos mundos, el infantil y el adulto: ¿Es que los mayores no perciben la realidad? ¿No ven las cosas o fingen no ver nada? ¿Por qué me regaña tanto, será que no me quiere? Esta niña tampoco se pudo explicar tantas dudas.

En el exterior del piso 9 de este edificio siempre ha habido una estrecha cornisa, sobre la que cada noche deambula un niño elegante que, hace poco más de cuatro décadas, tras haber arrojado por la ventana sus costosos juguetes en un arranque de ira y para no ser reprendido por su estricto y opulento padre, prefirió arriesgarse a perder la vida escapando por la ventana al momento de divisar el lujoso auto de su papá llegando al edificio de su vivienda. El niño se arriesgó… y perdió. Cayó a la acera como juguete desechado, pues la cornisa siempre ha sido demasiado estrecha.

Debido al encumbramiento social del padre se acallaron los medios de comunicación y la muerte de ese menor no fue noticia, pero el edificio de apartamentos fue anatemizado como si hubiese sido responsable del crimen, motivo por el cual se hizo de mala fama; por ello sus ocupantes fueron paulatinamente ejemplos de estratos socioeconómicos cada vez más bajos. Cuando la pequeña Brenda y su mamá ocuparon el mismo apartamento del niño caído al vacío (43 años después del macabro suceso), los inquilinos compartían el edificio con cucarachas, ratones y goteras.

Brenda siguió viendo al niño muchas veces más, pero ya no le decía nada a su madre. Al llegar a la adolescencia, dejó de percibir los ecos visuales de gente fallecida décadas atrás; además aunque los hubiera visto, ya estaba más preocupada por sobrevivir que por tratar de entender lo que pudiese percibir.

 

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Tanto peca el que mata a la vaca… (recuerdos)

Yo recuerdo mal y no he vivido tanto; o en el caso de que realmente haya yo vivido mucho, lo que recuerdo es muy poco.

Poco recuerdo, por ejemplo, de París una iglesia en un monte pequeño a la que se llega tras subir muchas escaleras, Napoleón más grande que Jesucristo en el fresco de un templo, la torre Eiffel tan ferrosa, un museo de Rodin, pero lo que más recuerdo de la luz ciudad es estar en un parque, creo que era el de los Inválidos, y escribir una carta nostálgica a una amiga mientras sostenía en mi mano izquierda un abrecartas que le había comprado.

Aunque de Paría también recuerdo, tras varios días en esa ciudad, sentarme a descansar en una banqueta y mirar hacia arriba en un edificio público, al ver la bandera de Francia fue que por primera vez estuve consciente de estar en París.

Mi infancia fue feliz, creo, pero no tranquila. Desde muy temprano me entró un gran pavor por crecer. Recuerdo un documental en el que unos pájaros aventaban a sus hijos del nido porque ya estaban estos grandecitos, y ya no les quedaba más que estamparse contra el piso o aprender a volar. Sentí que a mí algún día me pasaría lo mismo.

Odiaba la escuela, pero tampoco quería trabajar.

Tenía (y quizá sigo teniendo, pero me tiene sin cuidado) una prima uno o dos años mayor que yo, que para mí podría haber sino toda una ‘señora’ y de quien no comprendía que quisiera usar mis juguetes. Hay fotos que atestiguan que mi padre era la figura máxima en mi vida, aunque quería mucho también a mi mamá, se nota que yo quería ser como mi papá. Imitando posturas, gestos, más allá de la genética era el niño mico que imita todas las actitudes del ser que adora. No sé qué tanto haya resentido mi madre esto, igual creía que era injusto que quisiera tanto a mi papá, siendo que con ella yo pasaba la mayor parte de mis días.

Recuerdo lejanamente a mi mamá diciendo cosas como “bueno vete con tu papá, a él es al que quieres más”. No creo que me haya afectado eso en nada, pero ahora pienso que debe ser un poco difícil para una madre, o un padre, descubrir que no es el favorito en los afectos del hijo.

Recuerdo de esos tiempos la frase: “tanto peca el que mata a la vaca, como el que le detiene la pata”, dicharajo del carajo que a la fecha me produce molestia, pero hay una historia detrás de esta aversión.

Iba yo en tercero de primaria, en un colegio irreligioso de monjas católicas, y me encontraba terminando la primera transformación de mi vida. En primero y segundo de primaria yo había estado en una escuela de mormones, en donde fui un niño aplicado, bastante bobo e inocente, aún para mi edad, realmente un santo enano o un enano santo. Siempre en el cuadro de honor de la escuela. Por razones prácticas para tercero de primaria mi padres decidieron cambiarme a una escuela de monjas católicas y, bueno, pasé años tratando de compaginar al ángel Moroni con la Virgen de Guadalupe.

En mi casa no éramos entonces nada religiosos, así que de la escuela tomé lo que podía de la enseñanza religiosa.

En la escuela católica yo ya no era ni aplicado, ni santo, admiraba a los tipos malos de quinto y sexto grado (a los que veía, tal como antes a mi prima, como adultos). En sexto iba Lázaro (que no sé si anduvo después de muerto) y su hermano Armando iba en quinto. Eran los más respetados, parecían mayores que el resto de los más grandes, su padre era dueño de una agencia de autos y de una distribuidora de gas para el hogar. Eran adinerados y por ende poderosos. Ese poderío los hacía de alguna manera intocables en la escuela. Impunes en sus pecados de cualquier tamaño. Yo me llevaba bien con ellos, igual y me veían como una especie de mascota.

Una vez estaba yo con Armando afuera del salón donde estaba un piano, allí nos daban clases de canto, y allí había también un gran armario donde las monjas guardaban las cosas que vendían en la papelería de la escuela. El salón siempre estaba cerrado con llave, excepto cuando nos daban clases y entonábamos las notas musicales con jubiloso tedio. La maestra de canto era una anciana, que apenas y podía con su alma. Ella nos enseñaba canciones de su juventud, sólo recuerdo una de un murciélago de una bóveda gótica, incógnito o pérfido con céfiros y quién sabe qué más palabras que yo desconocía, tal como las del himno nacional, de las que yo no entendía nada y las cantaba mecánicamente.

El caso es que una vez estaba yo con Armando, afuera del salón vacío y cerrado, y nos dimos cuenta que una ventana estaba abierta. Armando, me sugirió que aprovecháramos la oportunidad, ya que no había nadie a la vista, para meternos a sacar cosas del armario, total, nadie se iba a dar cuenta.

Yo era niño, pero no idiota, y sabía que lo que proponía mi ídolo infantil estaba mal. Me negué a entrar y Armando me dijo que yo era un cobarde, que al menos fuera útil para algo y que me quedara allí para avisarle si alguien venía.

Y así fue, me convertí en un cobarde útil visador mientras Armando se metía al salón para salir de allí con varios sacapuntas de diversos colores. Quiso darme unos pero yo me negué, ¿para qué quería un sacapuntas si yo ya tenía hasta dos? (uno se lo había quitado a mi hermano). Cada quién se fue de allí a sus respectivas clases.

Estaba yo poniendo atención a mi profesora (una mujer histérica a la que mis compañeros y yo solíamos sacar de sus casillas cada que nos aburría su clase, poniéndonos a gritar como posesos y esquivando el borrador y los gises que nos arrojaba la pobre mujer antes de ponerse a sollozar para regocijo nuestro) cuando llegó la madre superiora (no, no era una nave espacial del estilo de la del final de encuentros cercanos del tercer tipo, sino una mujer bajita y muy redonda con voz cavernosa) y me pidió que la acompañara.

Me la priora llevó con prisa a la dirección en donde estaba Armando llorando. Allí me enteré que habían descubierto el robo de los sacapuntas y que Armando había confesado todo, pero a su manera, es decir, que yo había sido el que entró al salón y había cometido el robo. Igual y fue la primera vez en mi vida en que se me pusieron los ojos cuadrados de la sorpresa, al descubrir que alguien te puede cargar sus sus culpas y responsabilizar de sus pecados.

Conté mi versión más por autodefensa que por honor a la verdad. Creo que las monjas no le creyeron, y de alguna manera pensaron que mi versión era la correcta. Sin embargo, el castigo me tocó todo a mí, mis padres no sudaban dinero como los de Armando.

Armando se fue de allí con un simple “pero no lo vuelvas a hacer Armandito”, y yo fui condenado a anotar muchas veces en mi libreta que no era bueno robar (250 repeticiones, con buen letra).

También mandaron llamar a mi mamá, quien desde entonces empezó a preocuparse de su hijo descarriado (sólo fue el inicio, más adelante tendría más razones de preocupación con respecto a mí). El punto es que cuando fue mi mamá y habló con la directora, yo estaba presente, y conté mi historia de nuevo, dije que era injusto lo que me hacían. Fue entonces que la redonda monja priora se creyó Salomón y me dijo que “Tanto peca el que mata a la vaca, como el que le detiene la pata”.

Debe importar mucho que el asesino de vacas sea el hijo de un padre adinerado, de un cacique poderoso, como para castigar al que sólo le agarra las patas a los rumiantes.

Igual y fue la primera injusticia que viví en carne propia, al menos es la primera que recuerdo, pero lo que me hace imposible olvidar esta historia es la frase idiota de la vaca, que la directora me tuvo que explicar porque yo nomás no entendía qué quiso decir con eso (y a la fecha no le enuentro en absoluto sabiduría a semejante tontería).

Regalo navideño

El sol apenas despuntaba, eran dos horas antes de su acostumbrado despertar cuando iba a la escuela, pero Navidad siempre es especial, siempre merece una desmañanada.
Se había portado bien, casi todo el año (en lenguaje infantil esto significa las tres semanas previas al 25 de diciembre).
En la carta a santa Claus había sido muy claro: el un videojuego de la violenta película exitosa, el dinosaurio violeta y los duendes no violados, o sea de marca, (esos duendes que estaban de moda y que eran más dulces que la kriptonita de un supermán diabético).
Saltó de la cama y corrió a la sala en donde estaba el árbol decorado. Al llegar, la emoción se le desbarrancó por completo de la carretera del Júbilo, y la emoción ya no dio signos vitales, pues allí no había ni un videojuego, duende ni dinosaurio morado, sólo había un auto rojo a control remoto.
Papá también había despertado ya, bajó con la bata que la noche anterior le regaló la tía amarga, esa que había que tratar muy bien, pero sólo porque tiene mucho dinero.
“Salgamos a probarlo”, dijo papá respecto al juguete. Papá siempre deseó en su infancia un auto a control remoto, y si era rojo ¡mejor!, así que vio muy oportuno que santa le trajera ese regalo al pequeño.
Ambos en pijamas, a mitad de la calle observaban al auto avanzar, retroceder, detenerse y ponerse en marcha, obedeciendo fielmente las órdenes de papá, quien tenía en sus manos el control sin visos de querer soltarlo.
“¡Cómo nos divertimos!, ¿verdad hijo?”, dijo el hombre mientras en el rostro del niño no había ningún rastro de emoción, simplemente imaginaba cómo se estaría divirtiendo él si santa le hubiera traído lo que le pidió.
Papá feliz, y tanto que ignoraba a su hijo, olvidaba también la dura situación en el trabajo, borraba momentáneamente de su memoria la espada de Damocles del desempleo que desde hacía meses pendía sobre su cabeza, colgada de la crin con urzuela de un caballo anémico.
El hijo quiso resignarse y se acercó a papá para pedirle un momento el control de ‘su’ juguete nuevo.
Papá se negó y siguió controlando el auto.
Papá se entretuvo hasta que se le acabó la batería al aparatito. “¿Te gustó hijo?, ¿verdad que es divertido?”
La Navidad es definitivamente un día especial para marcarte de por vida, agradable o desagradablemente, pero sin duda siempre hay una que recordarás por el resto de tu vida.

Santa llegó a la ciudad
Santa llegó a la ciudad