Pequeños perros (adiós adjetivado)

El séptimo enano saca de paseo con demasiada frecuencia a su perro miniatura, pues hay muy poco espacio en su departamento, ubicado en el vertiginoso piso 47 del edificio Lilliput, diseñado por la arquitecta Lilith del Edén, máxima exponente del postmodernismo tardío. Yo los observo, tratando de evadirme del momento y de tus palabras, mientras soy observado con indecorosa avidez, digna de caníbales, por un trío de policías corruptos.

Cocodrílicas lágrimas brotan de tus precámbricos ojos, mientras baratamente me dices adiós, a mí, a quien indiscriminadamente llamabas amor.

Tu ártica sangre fluye por tu gimnástico cuerpo, que ahora gira exclusivamente en torno a una primitiva fisiología, a la que sólo tienen acceso esas nóveles manos de quien perjuramente te promete ser absolutamente sincero. Es ese nuevo alguien que avariciosamente posee en el presente tu hirviente corazón, y todo lo demás de ti.

Totalmente obnubilado, debido a la sinrazón incandescente de tus palabras hirientes, te digo adiós, deseándote suerte. Y cuando con parsimonia te alejas, los policíacos agentes sagaces se acercan sigilosamente a mí para sacarme el difícilmente ganado dinero, por haber aparcado erróneamente el auto en un lugar estrictamente prohibido.Culpa meada.

Así es la vida, son gajes desgajados del oficio.

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Sin importancia

Ávido lector, desde su tierna y cruda infancia sin cocimiento, pero con algo de conocimiento. Agradeciendo siempre a Gutenberg el invento.

Devorador de libros, cortó muchas noches y días el tiempo a través de Cortázar. Sacrificó demasiados viernes sociales por Verne. Leyó más de una vez las hecatombes dramáticas de Shakespeare. Leer llegó a ser para él una obsesión.

Hasta que llegó el momento que de tanto tragar letras tuvo que vomitarlas. No se volvió loco como el Quijote, simplemente se convirtió en escribidor.

Desde entonces escribió muchas líneas, primero en servilletas y manteles desechables, que siempre guardó, después en hojas sueltas que conservó en carpetas, para después seguir anotando en libretas y cuadernos, de los cuales se fueron llenando 10, 30, 50… Siguió atiborrando más, pero perdió la cuenta. Siempre pensando en que un día lo publicaría. Todo lo guardó.

Así las hojas se entintaron con frases, poemas y cuentos, jamás una novela. Todo tenía que ser de un tirón, de un solo golpe; quizá la novela sólo la hubiera logrado como Kerouak o Balzac, sentado días y noches enteras sin levantarse de la silla hasta acabar. Pero aún así eso era demasiado tiempo, no sería fresco ni divertido, así que se mantuvo en el lado breve de la escritura.

La brevedad, siempre la brevedad. Consecuente coherente, fue breve hasta en su propia existencia, o su propia muerte. Murió antes de los 40.

Solo, como la verdad, siempre solo, como rey de Francia. Su cadáver fue descubierto dos semanas después de su fallecimiento. Lo encontraron hasta que el hedor empezó a molestar al perro faldero de su anciana vecina, una mujer que no tenía memoria, ni olfato, ni vida.

Los buitres familiares acudieron rápido, para darse el palmo de narices que se merecían: no había herencia. Nada para nadie, todo se lo había gastado él mientras tuvo un respiro.

Y los más de 50 cuadernos y libretas sin cuenta, llenos de escritos, no sirvieron para buscar ningún tiempo perdido. No, tampoco fueron vendidos. Alimentaron un fuego, no tan variado como el del 10 de mayo del ’33, pero caliente como el infierno de Dante mudo.

Así que todas las palabras, todas las líneas, ideas, epigramas y relatos que él escribió quedaron inéditos y fueron totalmente desconocidos en este mundo; se los llevo el viento, se elevaron con el humo.

El tipo nació y murió antes de Internet. Si le hubiese tocado esta época, hubiera escrito sus obras en una computadora, y estarían revueltas sus ideas con las de miles y millones de escribidores, con igual o peor talento que el de él. Estarían sus notas perdidas en bits, MHz y espacios virtuales, el blogs, sitios web y redes sociales. Mezcladas en enferma promiscuidad con esas frases pseudo brilantes de la gente, con esos pensamientos breves y pestilente como haikus de mierda, con esas dizque inspiraciones anotadas con ortografía jodida y con muchísimas otras tonterías.

Al final sus letras y pensamientos, aunque hubieran logrado estar en el mundo digital, tampoco hubiera sido leídos, también se hubieran quedado vírgenes e inéditos como lo estuvieron en papel, porque en realidad hay cosas que a nadie importan.

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Me recuerdas a alguien

“Me recuerdas a alguien”, le dijo cuando se conocieron. De hecho, esa reminiscencia había sido el motivo de su primer acercamiento.
Quien la dijo basó en esa frase toda su relación. Quien la escuchó, guardó esas palabras en un rincón de la memoria secundaria.
Quien la dijo quiso hacer los cambios necesarios para acercar a su pareja al original de sus pasiones, a través de sugerencias en apariencia inocentes y casuales. “Deberías dejar de usar esos pantalones”, “Deberías cortarte el cabello así”, “Deberías hacer esto cuando hacemos el amor”.
Quien la escuchó hizo algunos cambios para complacer. “Las relaciones exitosas consisten en ceder y complacer siempre”, había escuchado en algún programa de TV de ‘expertos’ en la materia del amor (todos estos “expertos” curiosamente seres abandonados y amargados).
Quien la dijo buscaba un idealización, fantasía, clonación, eco de aquella persona perdida que le había roto el corazón.
Quien la escuchó ofrecía su persona y realidad, constantemente rechazadas.
Cuando el rincón de la memoria sacó de su archivo la frase y la puso en la mira de quien la escuchó, sólo quedaron dos caminos: el alejamiento o la resignación.
Hay gente que prefiere seguir buscando y hay gente que no puede estar sola ni un solo momento.

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Malena

Malena es una belleza, es tersa, es la promesa que nunca se cumple; te puede hacer dar vueltas en un desierto por 40 años sin otorgarte por ello ninguna recompensa, salvo el extravío y mucho tiempo perdido. Un anzuelo irresistible es Malena, poderosa maestra vudú del sentimiento, manipulación con disfraz de afecto; siempre ofreciendo una manzana roja y prohibida, haciéndote creer que tomarla es lo correcto.

Felina en su vestido largo, Malena te hace perder la cabeza; con su minifalda nunca llega tarde aunque siempre está retrasada. Sus ojos tan verdes resaltan en su piel morena, te hipnotizan y no te das cuenta de que entre más atenciones le tengas, ella te hará menos caso. A Malena, como empresa de importancia, no la debes llamar, ella se comunica contigo.

Escultura candente, con voz que anuncia paraísos, susurros que enloquecen y desplantes que arponean. Malena no miente, te advierte, siempre dice la verdad cuando susurra con ternura que de ella no debes enamorarte. A Malena cuando dices que la quieres, te responde simplemente “lo sé”, como mercenario de Star Wars.

Te acostumbras con Malena a tener las manos vacías y los labios fríos, de vez en cuando te acaricia para conservarte en su órbita y te revive con un beso ocasional. Malena es sirena, de cuyo canto no hay cera que te proteja; es presente, pasado y futuro. Mientras te va desgastando la espera, Malena no tiene edad.

Reina y señora, emperadora de tus pensamientos y tus horas, Malena siempre está en lo cierto, no importa que tan obvio sea su error; le encanta que le digan que es la Atila del corazón.

Con Malena, tu mente terminará creyendo que el dolor es parte del amor.

Engraving by Dimitris Galanis
Engraving by Dimitris Galanis

Muriendo

Arrojando la lata de veneno para ratas y el bote de coca cola, pensó que ninguno de los dos era la solución, o el medio, para llevar a cabo el objetivo final de sus tendencias suicidas. Tampoco lo eran arrojarse al océano ni a la autopista, ni acostarse en las vías del tren. Estaba convencido de que sólo necesitaba estar enamorado. Cosa de dos segundos tras verla y de un año de tratarla para tener la certeza de que ella era la forma en que se suicidaría. Flores, promesas, peleas y reconciliaciones. Luchas de poder y alegrías. Cada día apresuraba su muerte y ni cuenta se dio del momento en que murió. Siguió respirando, siguió siendo visto por todos, pero ya estaba muerto. Hasta que casi no había flores, ni promesas ni reconciliaciones. Había ganado la indiferencia. Compromisos, sonrisas tatuadas en sus rostros, hijos. Él seguía muerto. Ella también lo estaba, y a pesar de todo ambos se convencieron de que todo era normal y que por eso todo estaba bien. En algún momento llegó la religión. Pero no emularon a Lázaro. Pasaron los años y ellos se negaban el arrepentimiento, aunque a ambos les dolían sus almas muertas. Poco después los dos murieron por segunda vez, pero ahora les tocó esa muerte en la que uno deja de respirar y de ser visto por los demás. Ya nunca se supo nada de ellos, y a nadie le importó eso.