Matando el tiempo en California

California. La primera vez que estuve aquí el clima fue nublado y frío, me hizo recordar que cuando estuve en Londres el clima fue soleado y clauroso, entonces sospeché que algo estaba cambiando realmente en el clima, que los estereotipos son menos sólidos que los monolitos o que tengo mal tino para conocer los atractivos turísticos como Dios manda en el 17° Mandamiento de la tabla perdida.

Hoy estoy de nuevo en California, creo que cerca de San Francisco, y hace un frío digno de un verano en la Antártida. Siempre he sido muy sensible e incompatible al frío, ahora creo que tras mi temporada en Miami lo soy más. Son las ocho de la mañana y estoy en la recepción del hotel esperando a que pasen por mí. Es una repetición momentánea de mi rutina matutina de ayer.

En la puerta principal del hotel hay un hombre, con un porte elegante, como de 90 años, aunque bien podrían ser nomás 50, pero demasiado bien vividos, uno nunca sabe, que está aquí para darle a uno los buenos días.

En el escritorio de la recepción hay tres empleados jóvenes, el señor de avanzda edad a veces entra y se pasea por el escritorio, atento de que aparezca algún huésped, para abrirle la puerta, darle los buenos días, preguntar cómo se encuentra esta mañana y ofrecerle un vaso de café.

Por un lado me alegra que a la gente de edad avanzada se le den oportunidades de trabajo, aunque creo que este señor bien puede ser capaz de más actividades laborales. No sé, por un lado creo que son trabajos ‘por lástima’ o por ‘pena’ y no es que a las personas que realizan estos trabajos les deba dar pena, la pena me da a mí, porque seguro esta gente tiene mucha más experiencia y capacidad para hacer muchas más cosas que dar buenos días a las aves de paso que aparecen por aquí.

Creo que me voy a enfermar, siento mis vías respiratorias en el borde de ‘ya me va a dar tos’, pues ni modo, ni tos. Espero poder escapar de la enfermedad. Quisiera quedarme un tiempo más por estos lugares, lares para presumir lo sofisticado que no soy en realidad, pero ya extraño el buen clima de mi base temporal en la Florida.

Sigo leyendo las “Opiniones de un payaso”, de un autor cuyo nombre no recuerdo, sólo sé que ganó el Nobel de literatura en 1972. Me quedan como 20 páginas, casi lo leí entero en el vuelo que me trajo a California. Es un libro que no me ha gustdo mucho, ni despertado mi emoción, pero por otro lado de alguna manera ha mantenido mi interés. Creo que lo recordaré como el libro donde encontré bien retratado un sentimiento que he tenido yo desde que tengo uso de memoria, y aún cuando me desmemorizo: el horror de los objetos que dejan atras las personas que se van (que se van en el amplio sentido de la frase).

Son los objetos los que nos hacen más patente una ausencia. La ropa de la abuela que se murió, la habitación del hermano que se ha ido de casa, los cosméticos olvidados de la chica que te dijo que ya no y se fue sin decir siquiera adiós. Sí, lo curioso es que los objetos dejados atrás siempre te recordarán algo; pero imagina que por una vez la persona que se va se llevara todo, sin dejar nad atrás. Entonces no tendrías objetos que te recuerden las cosas, sino un vacío que te gritará la ausencia. Entonces al final, da exactamente lo mismo. Si la gente que se va te deja cosas personales, te acordarás doblemente de la ausencia por los objetos que te dejó; pero si se lleva todo y deja huecos, entonces esos malditos espacios vacíos te servirán de recordatorio no-deseado. Uno siempre pierde en esos asuntos.

12 de marzo de 2008

California

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El mensaje

Para poder enviarte el mensaje, tuve primero que vaciar la botella, bebiendo todo su contenido.

Esa acción me sirvió de paso para armarme de valor en mi desarmada timidez. Para sentir que podía hacer lo que me propuse hace mucho y que postergué por miedo. Para encontrar mejores palabras que aquellas dictadas sólo por tu inspiración.

Tuve que beber el contenido hasta el fondo, para tener la fuerza de expresarme bien, a conciencia; perdiendo sin saberlo la inocencia y de paso la decencia. Y una vez bebido, las cosas me parecieron realmente más ligeras, posibles sin ningún obstáculo; me sentí capaz de arrojarme a cualquier foso y salvar cualquier distancia. Supermán sin kriptonita en un viaje de iniciación, la progenitora de Tarzán en la convención de la selva.

Bebí la botella, hasta dejarla seca como el Sáhara, listo el envase vació para proteger y transportar el importante mensaje a través de los siete mares, desafiando las tormentas y las fronteras, e ignorando al servicio postal. Pero yo estaba mareado, sé que escribí algo, con cierto trabajo, quizá garrapateado, y no recuerdo más. ¿Dije servicio postal?

Dicen que me fui sin despedirme, que tras secar la botella, la puse en mi bolsillo y salí caminando como marioneta en manos de un maraquero, quizá de un severo enfermo de Parkinson. Dicen que me fui, y que no echaron de menos al bufón, pues sus gracias ya eran más pesadas que el plomo de Plutón.

Nadie sabe cómo llegué a mi destino, cómo atravesé en mi desastroso estado la peligrosa avenida transitada; ni yo sé cómo desperté completamente vestido, tal como la noche anterior, con mi ropa arrugada, deshidratado, con una extraña compartiendo mi cama, y que me dijo que le dije que la amaba.

Para poder enviarte el mensaje, tuve primero que beber el contenido de la botella. Al final no sé dónde quedaron mis palabras, mis ilusiones, mis propuestas ni mis poemas. Al final no supe si lo dije todo mal, o siquiera si lo dije en absoluto.

La próxima vez trataré de enviar mis mensajes en un sobre o quizá en una canasta de mimbre tejido. Las botellas no son de fiar.

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¿Y a ti te amaba yo tanto?

Cierro los párpados y de tu rostro recuerdo vagamente dos ojos, una nariz y una boca.

Tus rasgos ya no están en mi cabeza como antes.

¿Y a ti te amaba yo tanto?

He olvidado completamente el tono de tu voz, la suavidad de tu piel y el aroma de tu pelo.

No recuerdo tus gustos, tus ideas ni tus opiniones.

Olvidé también todo aquello que debilitaba las murallas de tu corazón.

¿Qué pasaría si volviera a verte? A ti, a quien tanto creí amar.

De seguro te reconoceré, pero…

¿Se alterarán mis latidos?

¿Se dilatarán mis pupilas?

¿Me temblarán las manos?

¿Se acelerará mi respiración?

No lo sé, pero espero no verte otra vez.

Por lo menos no verte hasta el día en que yo haya olvidado por completo que…

Tu rostro tenía dos ojos, una nariz y una boca.

El tiempo no cura, sólo va acabando con nuestra memoria.

Silencio

Silencio, el deseo ahogado en la fosa profunda, donde todos los días se sienten como día de muertos.

Muerte en vida, existencia sin frutos, Onán regando la tierra baldía.

Silencio, esperanzas en puntas de lanzas, que no ven guerras, ni tienen paz. Búsqueda de respuestas en tiros de dados, en frases de libros, en placas de autos.

Silencio, no se reciben la llamada ansiada, la señal apropiada ni el mensaje esperado; se siente el olvido total, el frío intenso de la indiferencia.

Ojalá no importara, ¡pero importa tanto!… a pesar de las resoluciones y de los juramentos. ¡Importa demasiado a pesar de todo! Maldita mitad platónica, fantasía imposible de los desfasados.

Ojalá no doliera cuando se pierden la apuesta, el orgullo y la apostura. Ojalá no importara y se pudiera retomar el rumbo original.

Pero importa, pero nada. Todo lo que queda es la nada y el más puro silencio.

silencio

Letras y palabras

Letras.

Como si hubiera necesidad de presumir una nueva combinación de ellas.

Como si de verdad pudieran reflejar los sentimientos, acercar a la persona que más se quiere y alejar a quien ya no se desea ver más.

A veces funcionan y son el conjuro correcto, pero no parecen ser efectivas para los inseguros, para los testarudos y para los que dudan (más allá que para comprobar que existen).

Una correspondencia no correspondida e interrumpida porque ya no me importan las respuestas que se me puedan dar por la relación irreverente y totalmente carcomida.

Olvidemos las palabras cuyo sentido está hoy extraviado.

Palabras.

Como si hubiera necesidad de enterarse de vidas ajenas, de las imaginaciones de otras personas, de los sueños de otros dueños o de las ideas distintas a las de uno mismo.

Palabras, sólo palabras.

Se habla y se las lleva el viento, se escribe y se cubren de olvido; así como les pasa a algunos sentimientos.

Letras que no quedarán grabadas para siempre, ni las de mi lápida, ni en la tuya, ni en la tumba de nadie; al final todo está escrito en arena.

Sin embargo nos empeñamos en hablar, en escribir, en presumir lo que pensamos, el mundo no cambia y este mal no tiene cura (ni sacerdote).

Yo por eso te doy estas letras de cambio, para que cambiemos nuestras vidas, no por otras, sino que tomemos los rumbos que nos corresponden y que cada quien siga su destino, ya que juntos los caminos no hacen uno, debido a la incompatibilidad inherente e incoherente.

Otra despedida, sin adiós, para nadie.

Me quedo con las letras para describir fantasías privadas y exhibirlas en un aparador electrónico, como en una casa de cristal en la que no se revela nada realmente.

Cierro las cartas abiertas y reabro la mezcla mágica de sonidos silenciosos en papel (o en pantalla).

La carta

Tras haber estado posada en la ciudad durante toda una irrespirable semana, como de repente desapareció la nube de contaminantes (ocasionada por los combustibles fósiles ya digeridos, constantemente expulsados por los rectos metálicos de miles de vehículos automotores con una insistencia kepleriana). La razón no fue ninguna medida de las “autoridades” para impedir el uso de dichos combustibles, ni para alentar las energías verdes, sino un fuerte viento que soplaba de distintos puntos cardinales (principalmente el Este, y no del Aquel) con un ritmo frenético que hacía bailar a basura y árboles por igual.

A la entrada del edificio donde vivía, parado como estatua encantada junto a su buzón, David podía sentir cómo el viento abofeteaba su rostro, pero la mente de este joven estaba concentrada en otra cosa muy ajena al clima.

La mano izquierda de David sostenía una carta que Eolo quería arrebatarle. Su rostro tenía un gesto similar al que seguramente tuvo Paul Gauguin cuando se enteró del suicidio de Vincent Van Gogh o al de Jesús (el Cristo) cuando leyó todo el guión de la tragedia que había aceptado interpretar. Por causa de esa carta David experimentaba la sensación de irrealidad que provoca un brusco suceso inesperado que se presenta como dicen que llegará el Fin del Mundo: como muñequito de resorte en caja sorpresa. David sentía que por fin comprendía bien esas frases que había escuchado en tantos programas de televisión y de bocas de algunos conocidos suyos: “No puede ser”, “esto no me puede pasar A MÍ”, “es como un mal sueño”.

Hacía tan sólo unos instantes que David se sentía bien. Su vida era normal y los segundos de su tiempo transcurrían con la misma monótona exactitud y periodicidad de siempre, sin que nada le advirtiese del próximo desequilibrio de su cotidianidad.

Se había despertado a la hora de siempre, sintonizó el mismo noticiario superficial e insustancial (pero divertido) de siempre, desayunó los alimentos sintéticos de costumbre, defecó (en tiempo y forma) como casi todos los días y se bañó de manera automática, como siempre. Ya listo para largarse a su oficina a realizar su detestado trabajo de siempre, David, recién salido del elevador, estaba cruzando el oscuro pasillo hacia la salida del edificio donde vivía cuando…

Mecánicamente volteó su mirada a su buzón y distinguió que de éste sobresalía un gran sobre. Varias posibilidades cruzaron por su mente: “Debe ser el catálogo de algún almacén o la invitación a que participe gratis en el sorteo millonario de alguna revista (tras comprarles una suscripción anual, por supuesto). Igual son recibos a pagar, una tarjeta de crédito que jamás solicité o quizás una carta de mi amiga argentina felicitándome por mi cumpleaños… que fue hace un mes y medio. Pero no, seguramente es la publicidad de algo que no me interesará comprar”. Todo esto se decía David mientras con su mano izquierda sacaba el sobre del buzón.

Un intenso escalofrío recorrió su espalda, como si Jack Torrance lo hubiera alcanzado con su hacha al final del largo pasillo de un hotel vacío, pero la sensación no era debida a un hacha asesina sino al descubrir el emblema impreso en la esquina superior derecha del gran sobre.

Una encorvada anciana, en una verticalidad como de bastón pandeado, abrió repentinamente la puerta principal del edificio y penetró al oscuro pasillo acompañada de un fuerte viento proveniente de la calle. A pesar de la espectacular entrada, la mujer no era la bruja Maléfica (que ahora según Hollywood no es mala, sino una bonachona en mala racha) sorprendiendo a la corte de los papás de Aurora, sino una simple anciana recién llegada que olvidó cerrar la puerta tras de sí, en un descuido que acostumbraba y por el que la dama era famosa entre los habitantes del edificio. La vieja, vecina contigua de David, lanzó una breve mirada al espectralmente pálido rostro del joven y, sin dedicarle ni el más mísero saludo, lo ignoró como solía ignorar a los buzones (ella nunca esperaba recibir nada y si algo llegaba a su buzón, dejaba que se quedara allí hasta que el tiempo lo pudriera) y se siguió de largo a paso lento hasta el elevador.

David ni siquiera notó la fugaz presencia de su vecina, de hecho también solía ignorarla salvo en las ocasiones en que le mentaba la madre mentalmente cuando tenía que bajar a cerrar la puerta de entrada que ella había dejado abierta, por motivos de seguridad (seis asaltos dentro del edificio era el saldo que hasta ese día les había costado a los condóminos el descuido de la anciana). Abrió el sobre con gran nerviosismo y torpeza, nacidos ambos de la incertidumbre. Por fin sacó la carta. La impersonalidad del estilo con que estaba redactada la misiva hicieron que David se helara más; el contenido fue el tiro de gracia para su ya de por sí tambaleante estado de ánimo.

Al terminar la breve pero impactante lectura, David comenzó a maldecirse por su accidental negligencia y torpe descuido. Maldijo al Estado de su país por el estado en que el país se encontraba, maldijo a esos gobernantes que exigían impuestos que no se reflejaban más que en sus corruptas cuentas bancarias, maldijo desde al más ambicioso y minúsculo chupatintas burocrático hasta al mayor vampiro que se sentaba en la oficina presidencial del país. Definitivamente el frío aire que provenía de la calle no ayudaba en nada para que el cerebro de David funcionara de manera óptima ante esta situación. El coraje del joven contra sí mismo y contra los que le enviaron la carta iba en aumento. A la carta no se la llevó el viento, y aunque fuera así, de nada serviría.

Claro que todos nos sentiríamos como David en una situación similar; aunque, por otro lado, no todos necesitamos de una carta emitida por el Departamento de Recaudación de Impuestos u Oficina Hacendaria Estatal o Sistema de Administración Tributaria o Secretaría de Hacienda Pública, o como sea que se llame la odiada oficina hoy en día, para enterarnos de que no realizamos nuestra declaración anual a tiempo y que por ello somos acreedores a una increíblemente alta e insultante multa que de no pagar se incrementará y nos privará de nuestra supuesta libertad. ¡Bienvenido al mundo real David!

Besos de verano, lágrimas de invierno

El salón de la parroquia católica, donde de lunes a viernes a partir de las 9 de la noche los alcohólicos usan su anonimato para tratar de curarse ese mal progresivo y mortal que hace reír tanto a Baco y a los sobrios; y donde los sábados por la mañana se imparte el catecismo hueco a niños que comulgarán automáticamente tras su Primera Comunión.

Un salón mediano, con pisos de plástico y lámparas alargadas de neón, una de las cuales parpadea con tics de marinero retirado. Hoy no hay niños, ni borrachos en intento de recuperación, sino una celebración de ancianos en su tarde libre del asilo.

Tarde de karaoke, presentada por una mujer de 52 que se siente un chica, una rosa lozana y fragrante en medio de tanto olor y apariencias añejas. La “chica” interpreta grandes éxitos de hace 60 o 70 años, que traen recuerdos a las honorables personas de blancas cabezas.

Algunos de ellos sienten que las canciones de Bill Haley siguen siendo tan vigentes como las de Elvis. Y en realidad lo son, simplemente dejaron de estar de moda hace muchos otoños. Otros recuerdan viejos romances en pistas de baile, donde había muchas connotaciones sexuales que nadie les creería haber vivido hoy en día. Un anciano tiene pensamientos que ni el Viagra puede hacer realidad, el “Blues de la erección” sería la canción si pudiéramos rimar lo que el señor piensa. Algunos se paran a bailar, es curioso que la ancianidad sea alcanzada más por las mujeres que por los hombres, quién sabe, quizá con el avance del feminismo también en ese rubro habrá igualdad pronto. Así que muchas bailan solas, como solían hacerlo las Madres de la Plaza de Mayo, sólo que estas lo hacen a ritmo de Chuck Berry.

Sin levantarse de una silla, una mujer de saco rojo, que está más cercana a los 85 que a los 79, mira a sus compañeras un momento y siente que se abre una nueva grieta en su corazón. No le gusta esta caricatura de vida, esta amarga memoria de lo que fue, no entiende por qué son felices ni por qué no rompen a llorar. Ella aguanta sus lágrimas trabajosamente, mira con envidia a la “chica” cincuentona que canta, pero no con tanta, pues sabe que no es tan joven y que ya cruzó el umbral de la decadencia. La venerable del saco rojo añora la vida, los tiempos de independencia, cuando los errores no costaban tan caro, los tiempos previos al momento de haber sido botada en la casa de desechos humanos, donde la única cosa que se puede llamar esperanza es la muerte, y a veces esta tarda demasiado en llegar.

La mujer del saco rojo tiene gran fuerza de voluntad, no llora, además la mejor prueba de su voluntad es que ha llegado a acumular todos estos años, sin embargo hoy se pregunta “para qué”, con más intensidad que en otras ocasiones. Al menos en el asilo todo es gris y triste, continuo y uniforme, esta dizque celebración y recuerdo de glorias pasadas no le está ayudando en nada, y es como una bofetada en la cara que le hace presente lo que ya se pudrió en el pasado.

La mujer del saco rojo continúa callada, hundiéndose en una depresión que creía haber dejado atrás usando una impuesta automatización. La animadora desangelada de cinco décadas canta una de Elvis, y las demás viejecitas parecen dulces y alegres porque creen que recordar es vivir.

Summer kisses, Winter tears…