Hay días

Hay días en que no estoy para la convivencia.

Convivir no es siempre una acción vital. ¡De verdad!

A veces es bueno el aislamiento, incluso por el bienestar de los demás.

Hay días en que participar en la más trivial charla me cuesta un gran esfuerzo, y por otro lado no me interesa nada de lo que diga cualquiera.

Hay días así, en que la diplomacia no se me da, y no es que me sienta más que los otros, simplemente no me interesa casi nada de lo que ellos me puedan decir.

No es soberbia, es simple desgana.

Si llego a hablar con gente que no quiero es porque parte de la paga en el trabajo incluye hablar con mis compañeros, pero no es suficiente el pago para una real convivencia social.

No me viene en gana, en esos días, reir o siquiera sonreír por las ingeniosas “ocurrencias” que dicen (robadas de programas de TV), no me interesa quién carajos juega futbol y qué tan bueno estuvo el partido de ayer, no me interesa si anoche se revolcaron por el piso o si la luna fue testigo de su abstinencia.

Cada quien su vida, vive y deja morir.

Por lo general prefiero estar con la gente que elijo, y si eso no es posible pido que me dejen solo.

Hay días así, que son lo común para mí.

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Paranoia natural

Ten cuidado de la gente con egos muy inflados, pues su inseguridad es proporcional al aparente volumen de su personalidad.

Ten cuidado de vaqueros y estrellas de rock que usan siempre gafas oscuras, no son de fiar.

No hagas caso de los vendedores callejeros que juran por su madre, ni a los taxista con autos sin licencia.

Ten cuidado del sacerdote o monje con sobrepeso que gusta estar siempre rodeado de niños diciendo que así mantiene su inocencia.

Desconfía de los políticos todo el tiempo, aunque la publicidad diga que son buenas personas.

Cuando yo te diga: te quiero, fíjate bien en mis acciones, aunque de todos modos nunca expreso esas palabras a la ligera.

No creas en los alimentos bajos en calorías, ni en las familias que presumen de estar siempre en armonía.

Duda de los líderes, cuestiona siempre la autoridad.

Si te digo que la ropa sucia se lava en casa, significa que no me gusta discutir en público, a veces soy muy pudoroso, pero tengo tan poco poder y no quiero perder lo poco que tengo, aunque para muchos sea nada.

No confíes en el profesor ni en el policía que te dicen: “confía en mí”.

El mundo está lleno de fariseos y de falsas monedas, ¿cómo carajos no iba a ser uno tan paranoico? “Hechos Mr. Pip, hechos, y si se fija en ellos reducirá el margen de error drásticamente”. Ahhh cuánta razón tiene Mr. Jaggers.

Gracias

Las cosas son, y el son del corazón es un ritmo que no puedo seguir con mis dos pies izquierdos.

La vida pasa, como ciruela que rueda. Muela sin juicio, razón que no consuela.

Los zapatos con suelas de hule no hacen ruido.

Por cada adiós hay tres bienvenidas, en un embudo de relaciones, pero al revés.

Y así es, pero eso se va acabando conforme transcurren los años.

De repente: el desierto, sin zarza en llamas y sin poderles decir a las llamas incas que vengan.

Sanidad ante todo. Asepsia purulenta de la sociedad y de lo que debe ser, según lo que los pocos les exigen a los muchos.

Estuve enfermo y ahora sé de qué.  Por eso me despido para empezar de nuevo.

Curiosamente despedirse no es ahora más fácil que las veces anteriores, e incluso me resulta más difícil.

La costumbre es lo más duro de romper, primero se me rompieron las alas, la salsa y la sesera.

Cordura de cordero en matadero. No hay nada sagrado en eso.

Al menos esta vez quedé medio entero.

Tengo otras cosas por hacer.

Le pregunté a Dios ¿por qué?, y creo que me contestó: “no eres tú, soy Yo”, y me quedé mudo, salado como estatua de la galería Lot.

Big Bang y el universo cambia de eje (éjele jeje).

Espero que esta no sea la euforia previa al tobogán que acaba en el averno, porque no quiero visitar ese lugar de nuevo. No en un buen tiempo.

La balanza de mi cabeza se declara en reparación.

Soy mal jugador, porque no me retiré de la mesa a tiempo, sino hasta que me explusaron de la sala.

No soy perfecto pero tampoco tan jodido, no está mal si yo lo digo. Nunca en domingo.

Dignidad, dignidad, espero que no se haya ido al lugar de los calcetines desaparecidos que nunca vuelven.

Lo que volví fue el estómago y volveré la cara en veinte años, para ver si estos son algo. No es un tango.

Confío en mí porque descubro que en mí confían. No soy ni remotamente un billete verde o monedita de oro, y no son las mías aspiraciones divinas de aspiradora fina.

Pierde sólo el que siempre se queja.

Gracias por el afecto y la confianza.

dolar

El artista que vive más de la cuenta

Triste

el tiempo nos va deslavando, descarando, descarapelando, y nos hace víctimas de la decadencia

el artísta se repite, se desespera por recuperar sus glorias añejas, recurre a la fórmula ante la imposibilidad de reinventarse

los seguidores comienzan a malbaratar y regalar las obras de aquel que ayer admiraban

esos tesoros que realmente no valían mucho más que un sentimiento, ahora valen menos que un grano de arroz quemado

los aplausos se apagan, los clubes de fans van cerrando poco a poco, a las presentaciones del artista sólo acuden algunos vejetes calvos que también buscan en el pasado algo que valga más que su jodido presente

así se va poniendo todo gris

así hasta el día de la muerte del artista, antes tan admirado, cuando llega su deceso verdadero (no el primero, ese que experimentó mientras seguía respirando y fue olvidado) es que empezarán los homenajes

el último adiós que le hacen muchos como para expiar las culpas de la desmemoria

un minuto de silencio, el primer instante que es una muestra de lo callado que será el resto del porvenir

Todo pasa, todo se olvida

El fin (que no justifica nada)

Perezoso como quien diseñó la bandera de Japón, sin ansias de querer nada, hastiado más que saciado. Con el cansancio atado como ancla que me arrastra al fondo del barril existencial, escribo con desgana de granada sin granos, escribo como si respirara bajo el agua, vomitando absurdos en el blanco de una pantalla que no me asombra.

El sol no me calienta y mucho menos lo hace tu recuerdo, frío como el extremo norte o como el sur azul del mundo, indiferente como la gente extraña y uraña, mudo a mi modo, dejado como el vestido usado de la novia abandonada.

Soy el autobús incendiado a la mitad del desierto, desisto hasta de lo que no he iniciado, renunciando a cualquier religión, vaciado de los antiguos vicios, esto ya me sabe a las últimas páginas de un libro, cuando quedan pocas hojas para llegar a la tercera de forros.

Desde el palo mayor el vigía tuerto tiene a la vista el punto final.

Hora de dejarse llevar por la corriente que no tiene nada de especial.

No me gustan los funerales

No me gustan los funerales.

Imagino que la mayoría de la gente comparte esta aversión mía, aunque seguro habrá quienes les encante asistir a sepelios y esas cosas, así como habrá dementes que se mueren de gusto regocijado dentro de un hospital.

Sólo he asistido a un funeral en mi vida, y hubiese querido no haberlo hecho, pero a veces hasta los más contracorrientosos tenemos que apechugar y cumplir obligaciones estúpidas y establecidas.

No sólo no me gustan los funerales, me molestan, porque no tienen razón de ser, las más de las veces.

En unos la gente está reunida para recordar a alguien que habían olvidado en vida hace ya mucho tiempo. Absurdo en verdad.

En otras están los familiares carroñeros cumpliendo sus actuaciones antes de destriparse o celebrar la muerte de quien les deja algo que por lo general no se merecen.

Casi siempre hay discursos y lágrimas de cocodrilo lagartón, palabras de merolico corriente que tratan de construir imágenes para recuerdos lejanos, o elegías y honores para quien no era tan apreciado. ¡AY qué bueno era!

Y el personaje central, el difunto, ya ni se entera de nada de lo que allí pasa. Ya está en otro lado, en otra dimensión o quizá en ningún lado.

No, no me gustan los funerales, y en lo posible intentaré no asistir al mío.

No me gustan las despedidas

No me gustan las despedidas.

Sobre todo no me gustan “esas” despedidas. El adiós de la persona querida que el destino te aleja a muchos kilómetros, esa despedida que ansía el juramento del reencuentro, que rara vez se cumple.

Muchas veces he vivido las despedidas que son el fin de la línea, el “hasta aquí llegamos”, que a su vez se dividen en esas de “que tengas suerte” y en las de “que te vaya bonito, pero no quiero ya saber nada de ti”; la última subdivisión a veces es mero eufemismo cuyo significado real es “vete al carajo”.

El adiós que más duele es precisamente aquel que no se da cuando importa mucho darlo. Ese adiós omitido de las relaciones que quedaron pendientes. La separación de la persona a quien jamás le dijimos “te quiero”, a pesar de llevarla siempre en el corazón, y a quien ya no habrá manera de expresárselo.

Imagino que debe existir la despedida que es cortesía del olvido, la de quienes se fueron, o que a veces ahí siguen, pero que no son nada para nuestras vidas, su presencia es ya en sí una ausencia, presencia que carece de importancia.

Pero insisto: no me gustan las despedidas, de ninguna especie, aunque sean necesarias.

Titanic