Ya ni llorar es bueno

Recuerdo la época en que arrojaba piedras a las multitudes, señalando con burla al que mentía por ganarse un mendrugo de pan. Odiando al que aspiraba cada año a tener un auto nuevo y condenando a los que iban tomados de la mano al país del adulterio. Con risa soberbia me reía del que rogaba que le tocaran el sexo y de aquel que lloraba porque en su libertad se sentía preso. No soportaba al que vivía como los demás le dictaban. Yo me reía entonces, pero ahora los entiendo y hasta perdí la sonrisa.

Me recuerdo despreciando al que iba arrodillado a la casa de Dios a pedirle auxilio, y también al que la misma ayuda rogaba a su vecino. Ahora que la inmortalidad se me escapó de las manos, me encuentro actuando papeles que ayer hubiera yo rechazado. Ahora sé que la supuesta imagen y semejanza que compartimos con el Creador es la posibilidad de hacer el bien o el mal desde el fondo del corazón.

Por fin entiendo eso de que con la vara que mides serás medido y todo me dolería menos si ella estuviese aún conmigo. Camino solo por la ruta que me ha de llevar hasta el final. A veces estoy tan cansado que ya no puedo ni mirar.

Ojalá sea cierto eso de que todos podemos aspirar a ser perdonados, si en verdad queremos vivir sin estar equivocados. Ya no me burlo con tanta fuerza, es más, ya no me burlo en lo absoluto, desde que me descubrí haciendo lo que hace cualquier adulto.

Me hubiese gustado conservar mi inocencia, pero ya ni llorar es bueno, ahora sólo aspiro a la paciencia.

2009

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Palabras

Paciencia. Es lo que vamos perdiendo en silencio.

El Mundo. Todo lo que ilusamente creemos que escapa de nuestro control.

Verdad. Lo que aprendimos a despreciar diciendo que es un gran valor.

Orgullo. Lo más difícil de tragar.

Miedo. Lo que sentimos unos de otros al encontrarnos tan similares.

Deseo. Origen de muchos de nuestros males.

Respeto. Palabra que hoy carece de sentido y significado.

Dios. Sinónimo de olvido.

Extraído de “Cuentos InFamiles y canciones sin música”, 1997

angel

Lo más difícil es la espera

Lo más difícil es la espera.

Que comiencen las vacaciones, que llegue el amanecer del 25 de diciembre, que empiece el espectáculo. Que sea tiempo de poder sentarse a la mesa con los mayores, de ver lo que ellos ven, de que te entiendan. Que el mundo te tome en serio.

Que se haga realidad la cita que tanto trabajo te costó conseguir. Que nunca más tengas que lidiar con el álgebra. Que te pregunten, que te digan “Sí”.

Que desaparezca la larga fila, que recibas la llamada que te rescatará del frío en un sábado por la noche, que puedas salir sin tener que pedir permiso, que te den el empleo al cual aspiras, que nazca quien será el nuevo eje de tu vida, que termine este mal gobierno.

Que la conversación de  tu interlocutor deje de ser un monólogo que tragas por educación, que ya no tengas necesidad de expresarte en relatos patéticos y dolorosos en primera persona, que puedas salir de la antesala, que alguien decida cerrar el grifo de los reproches, que cicatricen las heridas.

Esperar la partida, esperar un regreso, tejiendo y destejiendo, para volver a tejer.

Que los neumáticos del avión se despeguen del suelo llevándote lejos de aquí, que al fin vuelvas a pisar la tierra que añoras, que comiences las acciones que salvarán tu alma, que llegue el instante en que te perderas irremediablemente en el río de la eternidad.

Que ya dé inicio la noche, que por fin aparezcan los primeros brillos del sol, que vuelvas a ver los ojos que muestran la única verdad en la que crees o que veas caer el muro de la realidad.

Que se termine tu condena, que puedas salir del hospital, que puedas darle prisa al mal paso, sin caer, que empiece tu vida o bien que llegue su punto final.

Las más de las veces se espera en vano, por algo que no valía la pena esperar, pero aunque fuera el caso contrario, invariablemente lo más difícil es la espera, siempre.

tio

Incompatibilidad (desconocidos artificiales)

El tiempo que he vivido desde que te conocí ha sido dictado autoritariamente, pero sin exigencia aparente ni comprobable, por el ritmo de tu propio reloj tiranológico nuclear.

Las rutas que he tratado de seguir han sido las indicadas por tu brújula, cuya aguja parece la hélice del biplano del Barón Rojo, enriquecida con metanfetamina.

Por ti he esperado, haciendo de la paciencia un desastre y de la desesperación un arte.

Tú, tan fijada en el pasado, dejas morir el presente, pudriendo de antemano los posibles frutos del mañana.

Y yo, tan tarado, que me sigo mareando por seguir dando vueltas en tu círculo vicioso.

Llegó el tan nefasto día de las recriminaciones, decir “yo todo te lo di” y oír la respuesta de “yo jamás te pedí nada”.

Bien pagados los dos.

Uno quiso saber quién iba a escribir la historia de lo que pudo suceder, la otra siempre quiso escribir la historia de lo que fue y lo que jamás sería.

Así sucede que tras quererse tanto, dos nuevos extraños artificiales, se separan con amarga espuma del mar de la rabia y la comezón irrascable del rencor. Se separan heridos, ardidos bajo el quinto sol y como viviendo en el sexto infierno.

Dos seres con visiones distintas, ahora esforzándose en desconocerse, breves compañeros de viaje, que al descubrir el mutuo cobre se dieron cuenta de que no tenían nada en común, ni la corriente eléctrica de sus impulsos.

De aquel cariño forzado, convertido en adicción, sólo quedará, si bien les va, la indiferencia y el mal sabor. Ojalá hubiesen visto a tiempo los signos en la carretera de la incompatibilidad.

Ya ni llorar es bueno (antes)

Recuerdo la época en que arrojaba piedras a las multitudes, señalando al que mentía por ganarse un mendrugo de pan. Odiando al que aspiraba cada año a tener un auto nuevo y condenando a los que iban al país del adulterio. Con risa soberbia me reía del que rogaba que le tocaran el sexo y de aquel que lloraba porque en su libertad se sentía preso. No soportaba a quien vivía como los demás le dictaban. Yo me sonreía entonces, pero ahora los entiendo y hasta perdí la risa.

Me recuerdo despreciando al que iba a la casa de Dios a pedir auxilio, y también del que la misma ayuda la pedía a su vecino. Ahora que la inmortalidad se me escapó de las manos, me encuentro actuando papeles que ayer hubiera yo rechazado. Ahora sé que la imagen y semejanza que compartimos con el Creador es la posibilidad de hacer el bien o el mal desde el fondo del corazón.

Por fin entiendo eso de que con la vara que mides serás medido y todo me dolería menos si ella estuviese aún conmigo. Camino solo la ruta que me ha de llevar hasta el final. A veces estoy tan cansado que ya no puedo ni mirar.

Ojalá sea cierto eso de que todos podemos aspirar a ser perdonados, si en verdad queremos vivir sin estar equivocados. Ya no me burlo con tanta fuerza, es más, ya no me burlo en lo absoluto, desde que me descubrí haciendo lo que hace cualquier adulto.

Me hubiese gustado conservar mi inocencia, pero ya ni llorar es bueno, ahora sólo aspiro a la paciencia.

El angel exterminador

Plantado de nuevo (naturalmente)

El reloj es el principal testigo de mi espera, y a la vez  es el limón que gotea en la rajada profunda que provoca la expectativa de tu andiada llegada, recordándome que te espero con cada uno de sus machacones tics y tacs.

Por dentro estoy más tormentoso que un ciclón salvaje en plena era del cambio climático, pero por fuera trato de lucir tranquilo, estóico y quieto, inmutable venciendo al mercurio de mi termómetro interno.

Un mono de piedra sólo mueve su cabeza, sonríe a lo que mira y como que se burla de mi espera; como si no hubiese tenido yo suficiente con el maldito reloj.

Decido ver a la gente caminar sin rumbo fijo, salir del tren o abandonar el andén, quisiera decir de ellos tantas cosas, pero mejor me callo, tan discretamente como Sherezada al terminar el capítulo de la noche, en ese entretenimienti del que dependía la conservación de su cabeza, y yo queriéndome arrancarme la mía, me limito a mirar.

Abro el diario abandonado de hoy, que me encuentro como a un huérfano en una banca, me y me entero de lo bien surtido que está el mercado de la carne, ¿a cuántos animales habrán hecho sufrir ayer para abastecer a todos los carniceros esta mañana. Me pregunto quiénes están en lo correcto y quiénes son los extraviados.

Vuelvo a mirar el reloj y pienso en tu aparente indecisión. cada vez hay menos gente, ya todos están en casa o celebrando con cualquier pretexto para olvidarse momentáneamente del tedio en sus existencias.

Te he esperado, siento como si te hubiese admirado desde mi infancia, y sin poder aún decir qué se siente escuchar de muy cerca el sonido de tu voz. Para pasar todo este tiempo he besado otras palabras. Con ello sólo compruebo que eres la indicada.

La última vez que te ví íbamos viajando en un tren cercano al infierno. Ambos salimos de allí tranquilamente, yo sin saber nada en concreto, tú con el mapa incorrecto. Han sido muchos pasos hasta llegar ante esta situación, en la que no sé si para ti soy tan amorfo como el humo de cigarro o si soy una especie de estrella, ente lejano y sólo un débil eco de algún pseudosol que fue, con insuficiente luminosidad.

El reloj me dice que, aunque no me mueva, cada segundo estoy más cerca de ti. Imagino que todo llega a su tiempo, sin importar la ansiedad que me enciende. La caja de música tocó su última tonada y ya no hay nadie más que yo en este lugar. Miro la hora y son mucho más de las doce. Parece que seré testigo solitario de otro amanecer, mientras tú me has regalado otra aparente indecisión sin envoltorio.

Regreso a casa, tan abandonado como salí de ella, pensando en ti, recordando que tu llegada igual y es del tipo de la del ladrón apocalíptico. Entonces estaré preparado, con una luz en mi ventana, la llave debajo del tapete de la entrada y tratando de no cometer actos que me tengan que hacer suplicarte. Termino sospechando que el reloj no sirve más que para adornar esa pared de la que se podría obtener mi lápida.

clock

Dedicación y paciencia

Basado en un suceso verídico.

La víctima: Takoguro Sameshima, 77 años de edad, profesor emérito de la Universidad de Kyoto.

El acusado: Yositeru Kamikahara, 39 años de edad, frustrado existencial.

En 1974, Kamikahara se dirigía con un desbordante júbilo a ver el resultado de su examen de admisión, aunque más que verlo, él sentía que iba a corroborarlo, pues tenía una extrema seguridad de haber aprobado el difícil examen. Para él era un hecho que estaría estudiando el próximo periodo en la prestigiada Universidad de Kyoto. Por ello entró silbando al Departamento de Agricultura del recinto de la sabiduría, pero al llegar a la pizarra de resultados, el silbido fue sustituido por un silencio salido de una cara que representaba excelentemente la palabra ‘sorpresa’.

Kamikahara, sintiendo lo que seguramente experimentaron los diseñadores del Titanic cuando la gran nave comenzó a hundirse,  no encontraba su nombre en la lista de admitidos. Sin embargo pronto recobró la seguridad y pensó: “debe haber una equivocación”. Armado de la frase ‘errare humanum est’, se encaminó a la oficina correspondiente para hacerles notar algo que él llamaba ‘gran error administrativo’.

Con la tradicional cortesía japonesa saludó a la encargada, y amablemente le hizo notar la ‘omisión’ en la lista. “¿Puede usted por favor, señorita, revisar los resultados y proporcionarme mi número de matrícula en la Universidad?”, dijo Kamikahara con una sonrisa digna del mejor comercial de pasta de dientes.

“¿¡QUÉ!?, ¿PERO QUÉ DICE? ¿NO HAY NINGÚN ERROR?”, explotó Kamikahara furibundo, dejando de lado la sonrisa y la cortesía después que la mujer le informara que todo en la lista estaba correcto y corroborado. Él NO había sido admitido en la Universidad de Kyoto. Recobrando un poco la cortesía, y con una espantosa sonrisa carente de cualquier encanto, el joven dijo: “Nadie es perfecto, lo sé, seguramente se equivocaron, por favor sea tan amable de revisar otra vez señorita”.

La encargada volvió a revisar sólo para decir a Kamikahara: “todo está correcto honorable señor Kamikahara, su nombre no aparece en los registros de personas admitidas. Pero si aún conserva sus dudas al respecto, yo le sugiero que acuda con el profesor Sameshima, quien es la máxima autoridad en estos asuntos y también la persona que puede emitir la última palabra en caso de controversia”. Kamikahara, con el rostro desencajado de nuevo, pensando en lo más sagrado que su ateísmo le permitía, respondió: “Por Hiroito que lo haré”. Y salió de la oficina convertido en una tromba que daba trompicones, riendo sardónicamente.

En el trayecto, el enojo de Kamikahara se enrabiaba más a cada paso, y todo empeoró cuando al llegar al despacho del profesor Sameshima le informaron que éste no se encontraba allí en ese momento. “Son las 10:05 horas”, murmuró Kamikahara al ver su reloj, “puedo esperar”. Sentado en la sala de espera, hizo un esfuerzo sobrehumano para calmarse. “No hay que perder los estribos”, se decía, “todo se puede solucionar con calma. Soy japonés, soy civilizado, todo se arreglará…”. A pesar de todo, Kamikahara estaba resbalando en el borde de ese abismo que solemos llamar ‘crisis nerviosa’.

El tiempo en la sala de espera no corría, sino que se arrastraba con insoportable pereza, tal como suele andar mientras está uno en el sillón del dentista. A las 13:00 horas, puntual como un fino reloj cucú, el profesor Sameshima hizo una nada espectacular entrada en la sala.

El profesor admitió a Kamikahara en su pequeño despacho, pero en ningún momento le dirigió ni la más insignificante mirada al joven mienbtars éste exponía su problema. Sameshima asentía con la cabeza a las palabras de Kamikahara, en lo que daba rápidos vistazos a diversos papeles que tenía sobre su escritorio. Después de que Kamikahara terminó su prolongado monólogo, el profesor por fin le dignó el honor de su mirada al estudiante y con una calma casi aturdida, en voz muy baja y suave, a la vez que gélida, le dijo: “honorable joven, no hay ningún error, usted no ha sido admitido. Que tenga una buena tarde”, tras lo cual sacó una estilográfica y empezó a firmar algunos de los papeles que tenía ante sí.

Kamikahara hizo una reverencia antes de salir del despacho, silencioso como ratón. Una vez afuera, decidió mandar al diablo todo su lado japonés y civilizado, quiso gritar, pero le resultó imposible. Conteniendo involuntariamente toda su ira dentro de sí, deambuló por la ciudad como si fuera un velero a merced del caprichoso viento de las circunstancias. A las 21:30 horas llegó a su casa, con una fiebre intensa y completamente agotado.

Pero en vez de intentar dormir, tomó el directorio telefónico y buscó… “¡Aquí está! SAMESHIMA”, procediendo a marcar cuidadosamente el número telefónico del profesor, quien no tardó en contestar.  Kamikahara conservó un silencio sepulcral, Sameshima preguntó tres veces “¿Quién es?, ¿quién llama?”, pero el joven permaneció en su mutismo y decidió colgar.

Pero Kamikahara no colgó definitivamente, sino que volvió a marcar el número del profesor, quien al contestar se enfrentó al silencio profundo, aunque de repente éste fue roto por las maldiciones en injurias más variopintas del idioma japonés gritadas a todo pulmón por el frustrado joven quien, cuando sintió que se le acababa el aire de los pulmones, colgó el auricular con furia. Una vez recuperada la respiración, Kamikahara llamó a Sameshima de nuevo para repetir la escena. Así, lo repitió una y otra vez, alternando macabros silencios con injurias impropias imposibles de describir, hasta llegar a un total de diez llamadas esa noche.

De esa manera ocurrieron las llamadas, noche tras noche. Noches que se fueron acumulando en semanas, semanas en meses hasta llegar a 14 años de llamadas insultantes diarias. Todo un récord.

Por fin, en marzo de 1999, el profesor Sameshima pareció cansarse de ser molestado con tanta insistencia y acudió a la policía para denunciar el acoso telefónico. El 17 de mayo del mismo año, Kamikahara fue arrestado y confesó haber sido responsable del constante delito.

Tras la confesión y la condena del juicio, durante su traslado a la celda que sería su hogar por unos cuantos años, Kamikahara seguía pensando en la idea que se le ocurrió cuando escuchó su sentencia: “bueno, al menos tengo derecho a realizar una llamada telefónica al día”.

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