Muros

Él, arrastrando las palabras como cadenas de esclavo cansado, pidió una nueva bola de cristal, pues había consumido hasta la última gota de la que aún tenía sobre la mesa.

Su acólito estaba alcoholizado.

Ella presintió claramente lo que seguía. Era como si se le revelara el guion de esa obra barata que ambos interpretaban allí, a media luz, rodeados de extraños.

“Por favor no digas nada…”, le suplicó ella con voz y con miradas.

Tras dar un largo trago al oscuro contenido de la nueva bola, él se aclaró la garganta. Ella pensó con la tristeza de la derrota: “aquí viene…”.

Desinhibido por el alcohol, él abrió las compuertas de su corazón permitiendo la fuga salvaje de palabras que intentaban describir lo que pensaba y sentía por ella en un tiempo que no sabría si medir en meses o en años, pero que por su silencio sentía como siglos. El afluente desbordado de confesiones valientes, pero no razonadas, cuyos detalles él jamás recordaría, calaron hondo en el ánimo de ella.

Ella supo entonces por qué le resultaba tan familiar este guion: en un pasado tan adyacente como la ausencia de condón, ella había representado el papel de acólita alcoholizada en una situación similar, diciéndole a un hombre mayor cosas parecidas a las que ahora escuchaba de este joven, que tenía la misma edad que ella.

En aquella ocasión, ella logró lo que quería, al menos por una noche. Pero el mañoso otoñal no sólo continúo al lado de su esposa, a quien juraba detestar con el alma, sino que aprovechó la ocasión que se le presentaba en bandeja de plata dejando a la chica embarazada.

Ella tuvo que afrontar sola el aborto cuando se hizo patente el resultado de aquella noche. Del hombre ya no supo nada, pues había levantado un muro enorme para impedir la comunicación entre ambos. Luego, para ella todo fue salir de la depresión que nadie se explicaba, volver a frecuentar a la gente, salir y retomar una vida “normal”.

Ella siempre supo las intenciones de este chico, sabía que con él no se trataba de un viaje por la ruta de la amistad. Ella en verdad lo apreciaba, disfrutaba de su compañía, pero nada más. ¿Por qué las cosas no podían seguir como hasta entonces? Ella se había convencido de que podría controlar la situación indefinidamente, como hasta ahora, pero como suele suceder, subestimó la fuerza del alcohol.

Ella dejó que él terminara todo lo que quería decir, soportó con paciencia de mártir todas las reiteraciones que mareaban y las incongruencias discursivas. Él nada dejó de lado para expresar todo su mensaje.

Al final ella le dijo: “Disculpa si te di esperanzas, esa nunca fue mi intención”, y le propuso que ambos siguieran como si nada, como si aún nada se hubiese dicho en esa velada, continuar la relación como hasta ese momento y, quién sabe, quizás en el futuro…

Pero él no mordió el anzuelo. En extraña iluminación etílica supo que ese era el fin.

Pagaron la cuenta y se fueron de allí actuando como si nada. Él la acompañó hasta la puerta de su casa, y antes de despedirse se sintió obligado a pedirle perdón, sin que le quedara en claro cuál había sido su falta.

Ese perdón fue el primer ladrillo de su muro de incomunicación.

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Todos somos el futuro de algún presente

Quizás terminemos así, añejos como la pareja de la mesa vecina. Esos dos vejestorios decadentes que intentan decantar el tedio juntos. Par de sobrevivientes de muchos inviernos que sólo pueden ofrecerse sus respectivos cúmulos de tiempo.

Son feos, como cartas quemadas, pero ya a ninguno le importa. Cuando se comunican, procuran reír, no porque se digan algo gracioso, sino porque cada uno cree que es la manera de que el otro siga allí, para fortalecer su aspiración a seguir juntos.

Se unieron no por amor, sino por resignación. Por suerte se encontraron, en una etapa existencial de rechazos, pero jamás se gustaron, ni se gustarán. Se unieron porque decidieron que era mejor estar solos acompañados que solos cada quien por su lado.

Me resulta curioso que su charla se asemeje mucho a la de jóvenes enamorados: puras intrascenencias y cosas que pretenden ser graciosas. Hablan y se ríen de lo que se dicen para permancer juntos y ver si así ahuyentan a la muerte que los ronda tan cerca.

Puede que tú y yo terminemos como esos viejos, pero no juntos, sino con parejas distintas. Nosotros nos unimos por amor y de repente nos dimos cuenta que éste se acabó, y pensamos que aún nos queda algo que ofrecer.

Si nuestras vidas duran lo suficiente, seremos como este par de vejetes, acompañados, tú y yo, para ese entonces por seres que ahora ni imaginamos, pero que si los pudiéramos vislumbrar soñaríamos pesadillas y lloraríamos prematuramente por nuestro fracaso rotundo.

Imagino que algo similar a lo que pienso lo piensan las parejas jóvenes que nos han visto convivir a ti y a mí. Quizas tú y yo seamos hoy la pareja de viejos para un pareja de jóvenes que nos miran con discresión.

Distancia y oscuridad

“¿Qué tan lejos estamos de estar cerca?”, decía la frase pintada en un muro callejero.

“Como a mil millones de años luz en galaxias de penumbras”, susurré tomando tu mano.

Tú saliste de tu habitual ensimismamiento para decirme: “Perdón, ¿dijiste algo?”.

Yo respondí, como punto final: “Los años luz miden distancias, no luminosidad”.

Y segumos caminando juntos, cada uno por su lado.

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Agujero negro (Foto de: Event Horizon Telescope Collaboration) https://eventhorizontelescope.org/

Ella lloraba

Así, de la nada, ella comenzaba a llorar y me decía: “no es nada, no me hagas caso”.

¡Como si eso fuera posible!, estar impasible ante las lágrimas de alguien que te importa.

A veces ella sollozaba porque algo era demasiado bello, otras porque algo era demasiado triste.

En ocasiones, ella derramaba lágrimas porque recordaba algo incalificable, pero las más de las veces sólo lloraba porque sí.

Lloraba a mi lado en los museos o cuando en el cine mirábamos una película que ni siquiera era drama.

Lloraba cuando estábamos comiendo o cuando metíamos humo en nuestros pulmones.

Claro que lo peor era cuando lloraba en la cama… y era incapaz de explicarme la razón.

Igual ese fue el origen de mi inseguridad.

Lloraba y lloraba, y si yo insistía en preguntarle el motivo de su llanto, entonces lloraba más, pero de rabia.

Entre lágrimas siempre me decía lo mismo: que no era nada, que la ignorara.

Jamás aprendí a navegar en el mar de sus lágrimas y por eso, aunque la quise mucho, me tuve que alejar.

Lo peor del caso es que ahora, cada que la recuerdo, me pongo a llorar.

lagrimas

Como Moisés

“No me pasa nada”, me dijo ella por tercera vez, y no cantó ningún gallo. En su tercera repetición de esa frase carente de veracidad ella tampoco se preocupó por disimular el enfado que irradiaban sus ojos. Tres veces la misma frase en menos de cinco minutos. Tres veces la contradicción entre palabra y hechos.

Era claro que le pasaba algo, y que ella esperaba que yo lo supiera o lo intuyera. Y yo no tenía ni idea, de verdad, sino por qué le pregunté tres veces “¿Qué te pasa?”. Me sentía como Santo Tomás taladrando con un dedo. Las mujeres son muy inteligentes, más que los hombres creo yo, y nos tratan como inferiores en las situaciones sentimentales, lo extraño es que a veces creen que tenemos su don de la clarividencia y aunque suelan tratarnos como idiotas en la relación, en ciertos momentos asumen que somos tan brillantes como ellas para adivinarlo todo.

No me estoy haciendo el inocente ni fingiendo demencia, en verdad no sabía qué le pasaba. Habíamos hecho las paces aquella mañana, por quinta vez en una semana. Esto de jugar a la pipa de la paz y firmar tratados versallescos nada justos era cada vez más frecuente en los últimos tiempos. Yo, mientras adaptaba mi comportamiento y mi personalidad para pisar con cuidado ese suelo de cascarones en se había convertido nuestra relación, me preguntaba qué estaba pasando.

Al principio, como en cualquier relación, todo marchaba en aguas calmas con viento en popa. Entiendo que nada puede ser como al inicio para siempre; cuando lo que molesta no tiene importancia y todo causa gracia. Pero cuando se alcanza la confianza plena, o algo que se le parece, es que empiezan los problemas.

En un rincón lejano de mi mente me cuestionaba si no debimos ser sólo amigos; algo así como Moisés, viendo de lejos la Tierra Prometida, pero sin llegar hasta ella, hasta ese Israel que es un infierno desatado desde siempre. Quizá debimos ser sólo amigos, igual nomás amantes, sin cruzar el umbral “de la pareja” y evitar asentarnos en el territorio de los compromisos y responsabilidades del amor verdadero, donde ya no hay tantas sonrisas ni ilusiones.

Cuando lo que era gracioso termina convertido en semillas de exasperación, cuando abundan los “deberías saberlo”, “en verdad estoy bien” y “no tengo nada”, es que la nave de la relación comienza a hacer agua y se mantiene a flote por un supuesto interés común, por el tiempo ya invertido, por miedo a la soledad, por mera costumbre o por que hay hijos rehenes.

No le pregunté “¿Qué tienes?” por cuarta vez, simplemente me puse de pie y salí de la habitación. Salí “a comprar cigarrillos” sin mirar atrás, para no convertirme en sal. Y lo curioso es que yo nunca he fumado.

moisés

Pura indiferencia

Miro tus ojos y sólo percibo un abismo.

Tus palabras huecas salen en sílabas huérfanas y jamás responden lo que te pregunto.

No entiendo para qué me buscaste de nuevo.

Para qué rompiste la distancia y el silencio que nos separaban.

Si fue por ego, esta vez tu jugada no dio resultado, hubieras recurrido a tus espejos.

Ahora tu altar ya no luce tan alto, aunque de hecho dejé de mirar hacia arriba.

Te acercaste de nuevo pidiendo disculpas por algo que no las requería.

Un perdón innecesario que fue un pretexto para el acercamiento.

¿Olvidaste que nuestra relación se había convertido ya en un desierto?

Supongo que la culpa fue del cambio climático. No eres tú ni soy yo.

Ahora estamos juntos de nuevo, pero más separados que cuando estuvimos alejados.

No me interesa lo poco que dices, y mi vida te es bastante ajena.

¿No lo ves? Somos el naufragio sin bote salvavidas y sin asideras.

El hundimiento que incluso carece de drama.

Pura indiferencia.

Quizá necesitabas saber que estar solos en compañía es peor que estar abandonada en una colina.

Ahora que lo descubriste, regresemos a nuestros extremos.

Seguir juntos no tiene sentido. Nada. Es pura indiferencia.

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El mensaje

Para poder enviarte el mensaje, tuve primero que vaciar la botella, bebiendo todo su contenido.

Esa acción me sirvió de paso para armarme de valor en mi desarmada timidez. Para sentir que podía hacer lo que me propuse hace mucho y que postergué por miedo. Para encontrar mejores palabras que aquellas dictadas sólo por tu inspiración.

Tuve que beber el contenido hasta el fondo, para tener la fuerza de expresarme bien, a conciencia; perdiendo sin saberlo la inocencia y de paso la decencia. Y una vez bebido, las cosas me parecieron realmente más ligeras, posibles sin ningún obstáculo; me sentí capaz de arrojarme a cualquier foso y salvar cualquier distancia. Supermán sin kriptonita en un viaje de iniciación, la progenitora de Tarzán en la convención de la selva.

Bebí la botella, hasta dejarla seca como el Sáhara, listo el envase vació para proteger y transportar el importante mensaje a través de los siete mares, desafiando las tormentas y las fronteras, e ignorando al servicio postal. Pero yo estaba mareado, sé que escribí algo, con cierto trabajo, quizá garrapateado, y no recuerdo más. ¿Dije servicio postal?

Dicen que me fui sin despedirme, que tras secar la botella, la puse en mi bolsillo y salí caminando como marioneta en manos de un maraquero, quizá de un severo enfermo de Parkinson. Dicen que me fui, y que no echaron de menos al bufón, pues sus gracias ya eran más pesadas que el plomo de Plutón.

Nadie sabe cómo llegué a mi destino, cómo atravesé en mi desastroso estado la peligrosa avenida transitada; ni yo sé cómo desperté completamente vestido, tal como la noche anterior, con mi ropa arrugada, deshidratado, con una extraña compartiendo mi cama, y que me dijo que le dije que la amaba.

Para poder enviarte el mensaje, tuve primero que beber el contenido de la botella. Al final no sé dónde quedaron mis palabras, mis ilusiones, mis propuestas ni mis poemas. Al final no supe si lo dije todo mal, o siquiera si lo dije en absoluto.

La próxima vez trataré de enviar mis mensajes en un sobre o quizá en una canasta de mimbre tejido. Las botellas no son de fiar.

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