Palabras por encargo

No me salen ya las palabras por encargo. Aunque me las pidas tú, que siempre fuiste un recuerdo presente, y que hoy eres una realidad que regresó sin perder nada de su esplendor, ganando, en cambio, más fuerza y belleza con el tiempo.

No podría escribirte como lo hacía antaño. Esa cuerda se acabó en algún momento, y tampoco quiero abrir la represa de nuevo. Volverte a ver es como si no hubieran pasado los años, hasta olvidé si alguna vez estuve en un naufragio.

No temo volver a extraviarme, aunque mi brújula nunca ha servido ni he podido interpretar nunca mapa alguno, aprendí a dejar migajitas por mi camino, bien decía mi papá que “hombre prevenido…”.

No escucho cantos de sirenas, porque perdí el don de lenguas, aunque la lengua sea lo único que me sirve ahora. Creo que ya soy resistente a tu encantos, aunque prefiero no ponerme a prueba, por voluntan omitiré la permanencia involuntaria.

No creo en la reencarnación, optaré por dudar que nos conocimos en otra vida y que nos juntaremos de nuevo en el futuro. La paz que tú quieres aquí, la deseo yo en la eternidad también. Dejemos pues las cosas ser, sin presionarlas.

No puedo hacer lo que antes hacía, ya peino canas y debo aparentar que aprendí mis lecciones, que no creo en todo lo que dicen las novelas, los filósofos y las canciones. ¿Ya ves ahora por qué no me salen las palabras por encargo?

 

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Úsese y tírese

Ella salió de la ducha y diestramente se vistió, con el corazón latiéndole a la velocidad de un conejo blanco perseguido por el galgo hambriento. En la parte superior se puso un holgado suéter que resaltaba la redondez de sus abundantes senos y en la inferior esos mallones que alguna vez la hicieron lucir muy bien, pero que ahora sólo le ajustaban correctamente en un recuerdo de marco dorado dentro de su mente. Quizá valoraba esos mallones porque cuando se los ponía aún seguía detonando piropos guarros al andar por la calle o quizás porque era la prenda que a él siempre le había gustado tanto que ella se pusiera.

Tras la ropa no podía faltar el maquillaje, que a últimas fechas aumentaba en cantidad. 20 años no habían pasado en balde, pero ella se vestía igual, se sentía igual que cuando tenía 21. Ella ignoraba que nadie luce bien cuando trata de aparentar dos décadas menos de las que han pasado.

De prisa llegó a la esquina del café de las reconciliaciones, y con nerviosismo gelatinoso hurgó en su bolso hippie, buscando su teléfono celular.

Ella parecía haber olvidado el categórico: “vete al carajo para siempre, infeliz, ya no quiero saber nada de ti”, que hacía apenas dos días antecedió a un portazo ‘definitivo’, cuando ella se fue del departamento clandestino que ocasionalmente había compartido con él, a lo largo de 20 años de rutinaria decadencia conflictiva. Tras ese portazo, ella agregó gritos de “cabrón, tú destrozaste mi vida” y un, hasta entonces inédito, “te di los mejores años de mi juventud”.

En el fondo del pintoresco bolso encontró el teléfono, en el fondo de su alma encontró la esperanza, y llamó, marcando ese número que tan marcado estaba en su mente por el rojo vivo de una añeja pasión sadomasoquista. Mientras sus ojos bailaban, mirando a todo ese entorno de asfalto, concreto y vidrio, sin fijarse realmente en nada, esperó con impaciencia que su amante contestara.

Él, en su cómoda y elegante oficina de triunfador, oyó su teléfono sonar. Sabía que era
ella, para pedirle perdón de nuevo. Decidió no contestar, total, le volvería a llamar después, más desesperada.

Ella colgó violentamente el teléfono, maldiciendo al destino y al amor que le tenía a ese
‘desgraciado hijoputa’. Maldijo necesitarlo tanto, amarlo tanto. Su ilusión y esperanza dejaron de palpitar un segundo, pero fue un infarto momentáneo, pues volvió a marcar. “Igual y marqué mal o se cruzaron las líneas”, se dijo sabiendo en el fondo que nada de eso era cierto.

Él volvió a sonreír tras escuchar el segundo intento de comunicación y, decidido, contestó con un gélido “Hola”. Al escuchar la voz de él, la mujer sintió que el corazón se le quería fugar por la boca y sus ojos comenzaban a ser víctimas de una inundación salada. Una mezcla de furia, alegría y desesperación la hizo disparar como metralla sus primeras palabras: “que poca madre tienes cabrón infeliz”, seguido del “si yo no te hablo a ti, tú ni me hablas, ¿verdad culero de mierda?”, y de allí sin escalas al “te dije que me largaba y tú nada hiciste por detenerme”.

Él pensó que era momento de hacer su segunda intervención de la comunicación y sólo dijo: “¿Hola?, ¿quién habla?”.

Furias reales y mitológicas cabalgaron veloces desde el recóndito triperío ella para que, alzando el tono de su voz, dijera sin elegancia alguna: “¿cómo que quién, hijo de la chingada?, ¿cómo que quién?”, y sin poder evitarlo regresaron las recriminaciones acumuladas durante 20 años de burlas, de ‘estira y afloja’. “¿Es que nunca te he importado cabroncísimo? Tengo 20 años esperando tu jodido divorcio. Primero, tus hijos eran muy pequeños, después tu mujer estaba enferma, luego no fue tiempo, ahora la maldita imbécil está enferma de nuevo. ¿Y yo qué? Estoy enferma de ti”.

Él sonreía y sonreía, mientras ella le decía:“Nunca te he importado, cabrón”, tras lo cual él respondió tranquilo: “Si eso fuera cierto, ¿por qué seguiste conmigo?”.

Ella, desarmada, no pudo evitar un visceral “porque te amo, infeliz”, y siguieron sus
recriminaciones con menos molestia, pero con más dramatismo.

Él recordó lo bien que ella hacía el amor, lástima que su cuerpo no fuera ya ni la sombra de lo que había sido, làstima que ella en general tampoco lo era. Cuando ella le dijo: “sabes bien que desprecié a muchos por ti”, el sonrió con más intensidad y pensó “¡pobre pendeja!”.

Tras 10 minutos de un discurso monólogo, ella empezó a repetir sus recriminaciones, mezclándolas con sinceros “te amo”. Fue cuando él decidió poner el punto final al
asunto diciendo: “Yo jamás te engañé, siempre te dije que no podía divorciarme, discúlpame si alguna vez te dije que lo haría; pero te di el departamento y todo el dinero que quisiste para tus gastos. Si no aceptaste el departamento para ti sola, y no supiste administrarte, no es mi problema. Búscate a otro, total aún eres atractiva, a mí ya no me importas nada, ya estoy harto y cansado de tus pendejadas y reproches, y mira que te
he aguantado muchas idioteces. Tienes una semana para recoger tus cosas, y después cambiaré las cerraduras y prohibiré tu entrada al edificio. Si no tienes más que decir, que te vaya bien, te deseo suerte. ¡Ah!, y por favor ni se te ocurra buscarme de nuevo, ya déjame en paz, no me obligues a tomar medidas legales para ponerte en tu lugar. Sabes bien de lo que soy capaz”.

Dicho lo cual, él colgó el teléfono, y con esa mirada de sátiro que tanto le encantaba a ella, verificó que su peinado estuviese correcto, rodeó su escritorio y fue a ver que en el minibar oculto de su oficina todo estuviera en orden.

Ella, sola en la esquina del café de las reconciliaciones, se quedó inmóvil ante la inesperada conclusión. Un frío interno le recorrió todo el cuerpo y unas ganas de vomitar se apoderaron de ella mientras guardaba el teléfono en su bolso hippie. Temblaba ahora por un motivo muy distinto al del inicio de la llamada, se alejó de la esquina sin ilusiones ni esperanzas.

En el mismo momento en que ella se detuvo a vaciar el estómago en plena calle, algo lejos del que era el café de las reconciliaciones, él terminaba de llenar un par de vasos del minibar de su lujosa oficina y le prometía a su joven secretaria todo su amor, procediendo de inmediato a levantarle la falda con destreza.

Dic 2002 – Marzo 2005 – Marzo 2018

usese y tirese

No me culpes

Que te rompí el corazón, me reclamas con la tristeza de un día gris.

Te aseguro que fue sin querer.

Puede que haya sido una manera, inconsciente y jamás premeditada, de mantener el equilibrio universal, de hacer que sigan en el trapecio el yin y el yang sin caer al piso, pues no tienen red.

A lo mejor fue porque le quitaste la envoltura protectora a tu caja de latidos, y si no hubiera sido yo, igual te la hubiese roto otro cualquiera.

Quizás fue porque me pusiste en un altar y terminaste pagando por tu idolatría. Dicen que Dios es un dios celoso.

El punto es que no fue mi intención hacerte esto, debes creerlo.

Yo sé lo que sientes, también me ha pasado algunas veces. Es probable que yo haya pagado por adelantado el pecado que dices que cometí contigo.

Pero ánimo, de desamor nadie se muere; y no me condenes, porque en una de esas tú le romperás el corazón a alguien en el futuro, y podrías ser entonces víctima de tu propia condena hacia mí.

Aprende de la experiencia y sigue adelante, no hay más por hacer; yo no iré al templo de rodillas a flagelarme, por lo que dices que te dañé.

No te robé, no te estafé, ni siquiera te mentí, tampoco le di vitaminas a las aves de tu ilusión. Sólo fue, sólo ocurrió.

¿Qué culpa tengo yo que todos los encantos y enamoramientos, incluso los no provocados, tengan fecha de caducidad? ¿Qué culpa tengo yo de que lo nuestro haya tenido tan poca cuerda para andar?

No lo tomes a mal.

Seguro ahora serás más fuerte y tendrás experiencia para elegir mejor la próxima vez.

corazon

¿Qué es el amor?

Si me preguntan qué es el amor, yo respondería que es lo que siento por ti.

Es todo lo que me inspiras, tu no-perfección; tú tal cual eres, a quien no quiero cambiar, antes bien, espero coincidir con el ritmo de tus cambios, y deseo que me acompañes en la tonada de los míos.

Es el camino que se aleja de la idealización y de la idolización, es ese sentimiento tan completo que inspira una persona natural como tú.

Es querer estar contigo cuando sea posible, sin asfixia, pero sin esa lejanía que puede engendrar un olvido, ya sea por distancia kilométrica o cronológica.

Es complementarnos en complicidad existencial, en tiempo y espacio. Es la bendición y fortuna de haberte conocido de entre tantos millones de almas que en la historia del mundo han existido.

Es mirarte y quererte, en un eterno presente, sin llevar cuentas del pasado y sin querer enfocarnos en lo que vendrá.

Es querer seguir juntos más allá del efímero enamoramiento y de la fiebre de la pasión.

Es ese sentimiento tan grande que asocio invariablemente contigo.

Por eso, si me preguntan qué es para mí el amor, diré que es lo que siento por ti.

Se supone que debe ser bello

Cuando tu nombre es magia, tu presencia parece serlo todo.

Tu ausencia, como es lógico, significa la nada.

Invocar tu nombre es alterar el ritmo del corazón,

Estar contigo es perder la lógica, olvidar los malos momentos.

Lo único malo es que pareciera que en dicho enamoramiento yo dejo de ser,

Como si únicamente existiera en función de tu persona.

De ahí que cada separación sea siempre un suplicio,

Mayor cuanto más grande es la distancia.

Es bonito quererte, pero no es grato sufrir tanto,

Lo que más quisiera es amarte en la independencia.

Ojalá no necesitara altas dosis de ti a cada rato.

Que tu nombre fuera algo grato siempre,

Y no sólo cuando estás conmigo.

Eso quisiera, pero cuando manda el corazón,

Difícilmente hay razón, aunque ésta se incluya en su nombre.

¿Y a ti te amaba yo tanto?

Cierro los párpados y de tu rostro recuerdo vagamente dos ojos, una nariz y una boca.

Tus rasgos ya no están en mi cabeza como antes.

¿Y a ti te amaba yo tanto?

He olvidado completamente el tono de tu voz, la suavidad de tu piel y el aroma de tu pelo.

No recuerdo tus gustos, tus ideas ni tus opiniones.

Olvidé también todo aquello que debilitaba las murallas de tu corazón.

¿Qué pasaría si volviera a verte? A ti, a quien tanto creí amar.

De seguro te reconoceré, pero…

¿Se alterarán mis latidos?

¿Se dilatarán mis pupilas?

¿Me temblarán las manos?

¿Se acelerará mi respiración?

No lo sé, pero espero no verte otra vez.

Por lo menos no verte hasta el día en que yo haya olvidado por completo que…

Tu rostro tenía dos ojos, una nariz y una boca.

El tiempo no cura, sólo va acabando con nuestra memoria.

Día de San Valentín

San Valentín, y lo digo sin cobardía: no es en absoluto mi día.

Demasiados globos, regalos y comidas, demasiados corazones y el mío ya no sirve muy bien.

No es amargura, es que esta pinche fecha siempre me ha sabido a farsa, a enajenación, y me disgusta el reproche indirecto que el 14 de frebreo le hace a quien vive en soledad.

¿Para qué establecer un día para decir lo mucho que quieres alguien? ¿No quieres siempre a esa persona? De entrada, ¿sabe ella que la quieres? ¿Tienes que recurrir a una fecha impuesta para disimular tu olvido o será que debes forzósamente decírselo cada 14 de febrero, porque es mejor expresarlo cuando los demás hacen lo mismo?

No soy bueno en el juego, y tampoco en el amor, por eso no apuesto y por eso me invento historias para cuando estoy solo.

El 14 de febrero apesta a demasiado comercio, pero no lo digo por ardor, que más me arden las victorias que perdí por no haber sabido conservarlas.

En fin, de mí inicialmente esperan originalidad y al final me exigen que sea como los demás.

San Valentín, demasiadas flores, chocolates y ositos de peluche, demasiados dulces e infiernos para diabéticos.

¡Ay qué dramático suena esto!, pero el 14 de febrero no me gusta desde antes que fuera consciente de lo que significa querer.

Para mi mala suerte, tiendo a romper lo que ya estaba quebrado pocos días antes del día oficial del amor, por más vendido que este sea; pues que así sea.