Plegaria

Dios: en mi desesperación te ruego sin sangre en mis rodillas,

porque en mi incredulidad trato de tener un miligramo de fe.

Me cuesta mucho amar a esta especie fallida de la cual soy parte

y de la que desconfío, de hecho no tengo confianza ni en mí.

Esta especie que se siente más grande que la vida,

aunque sinceramente tampoco considero que la vida sea gran cosa.

Si eres tan poderoso, si es que existes, si eres lo que pensaba Spinoza y yo sólo un peón en el tablero desgastado,

te pido que me dejes salir por una puerta, aunque no sea la grande.

No pido ser indultado, aunque yo no pedí que me arrojaran al ruedo,

y me importa un comino podrido si muero y nadie experimenta por mí un duelo.

Nomás ahórrame días restantes de lo que me impones, sin tener que pagar impuestos de más,

sin tener que repetir el curso completo en la universidad de la existencia,

sin tener que aplicar de nuevo la desgastante tolerancia para con mis semejantes.

Dios, déjame salir de aquí sin dolor, sin ser una víctima, sin tardanza con lo poco que aún queda de mi corazón.

Sabes que las más de las veces, si no es que todas, fui honesto o intenté serlo, y que mis equivocaciones nunca se produjeron por mala fe.

Sabes que no le hice a nadie (ni a los peores) lo que jamás quise para mí.

No fui bueno, pero tampoco fui malo, y si fui tibio por favor no me vomites Señor.

Sólo déjame salir ya, si es que se puede, o al menos déjame descansar en paz.

Dormir sin despertar en urna, cripta o cajón, o en la fosa común, a mí me da igual.

Sólo pido paz, que si no se puede para el mundo, que se pueda al menos para mí.

¿Es eso, Dios, demasiado pedir?

sin

Me gustan mucho las mañanas

Me gustan mucho las mañanas.

No porque que sea un pajarraco madrugador, ni para que Dios me ayude por haber madrugado.

La verdad me cuesta trabajo levantarme temprano, pero algo muy fuerte me motiva: Me encantan las mañanas porque casi no hay gente en las calles de las ciudades.

Y yo no soy rata de campo, pero no me agradan las aglomeraciones.

Gusto de salir de casa lo más temprano del día, cuando realmente la mayoría duerme.

Deambular por las calles cuando los trasnochados recién han llegado a sus camas, los insomnes por fin pegan los párpados durante unos minutos, aquellos que no tienen algo que les impele a levantarse y los perezosos aún estarán acostados unas horas más.

Prefiero hacer todo antes que el ambiente se engente y que el ruido impere.

Me gusta andar por las calles vacías, aunque frías, en un escenario posapocalíptico, como si fuera el único sobreviviente de la dimensión desconocida, sin ser leyenda.

Me agrada ir por la acera y oler el café recién preparado, y el aroma del pan que sale del horno.

Llegar a los museos antes que el ejército de selfis huecos, ir a los cines en la primera función sin vecinos con diarrea verbal que viven para revisar sus redes suciales.

También me agrada estar en la oficina antes que todos lleguen e irme antes que todos salgan.

Pero volviendo a las mañanas, cuando vagas temprano rara vez hay caos o histerias, dramas escandalosos u odios gratuitos.

Y si te topas con personas, éstas suelen hablar bajito, a veces en susurros, pues a esa hora todavía no se comunican a gritos.

Una ciudad, una calle, cambian mucho dependiendo de la hora, y a mí me encanta la de la primera claridad de la jornada.

Me gusta la paz, por eso supongo que me gustan las mañanas.

Miré con respeto más allá de tu belleza

Miré con respeto más allá de tu belleza,

y vi un lugar donde el bien y el mal cohabitan en paz.

Luego entendí que la noche es tan tuya como lo es el día

y que eres tan mujer como aún eres niña.

No te sentí como ideal, y tampoco perfecta,

pero sí como ejemplo de humanidad libre y natural.

Quise conocer tu historia y agradecerte todo lo que obtuve de ti,

antes de que me abandonaran las palabras.

Posiblemente dije demasiado, hasta abrumarte y cansarte.

Ahora ya me cuesta trabajo incluso hablar.

Quizá desde el principio debí quedarme callado y limitarme a

mirar con respeto más allá de tu belleza.

 

 

Paz

Sin importar cuántos pasos dé, qué tan lejos vaya, siempre siento regresar al mismo lugar.

Pasan los años y no logro entender que el 2 + 2 siempre resulta 4., la aritmética y el álgebra siempre me fallan, y más me falla la percepción sentimental.

Me distancio y en cualquier sitio escucho tu voz.

No quiero más ecos ni ese tipo de sonidos, ¿hasta cuándo encontraré mi paz?

He sido rebasado demasiadas veces, y he caído otras muchas más.

Me levanto para volver a caer, síndrome del tapete, y de nuevo me levanto.

No me arrepiento en realidad de tanta tontería, aunque sí quisiera aprender, descifrar tu misterio o de plano dejar de preocuparme.

Ansío tener paz.

Conocer la maldad del hombre no es sabiduría, como tampoco lo es querer probarlo todo.

La inteligencia al final es pura vanidad, la razón es un banderín que se deslava, pero la experiencia de algo ayuda.

No importan las medallas y los trofeos, sólo quiero encontrar la paz.

Mis oídos suelen ser sordos, pero sigo escuchano tu voz.

Espero hallar pronto el camino a casa y por fin descansar.

Quiero saber qué esperas aún de mí.

Quisiera ver sólo aquello que bien vale.

El tiempo se acerca y no me siento preparado.

¿Alguien realmente lo está cuando casi encuentra su propia paz?

Sólo a ti suplico, sólo a ti ruego.

Dicen que la vida es jugar, y nunca me gustó el juego.

Ojalá descubra pronto la ruta correcta, para llegar a casa y tener paz.

 

 

El lugar de las cosas perdidas

Debe existir un lugar donde se encuentran todas las llamadas que no fueron contestadas, las bellas flores que no se entregaron y las promesas incumplidas.

Un sitio donde habitan las cartas de amor y las aclaratorias que no contaron con el apoyo del valor para ser enviadas, así como las palabras que fueron contenidas a pesar de que debieron ser expresadas.

Allí están los ruegos y los perdones que el orgullo se tragó enteritos, mezclados con toda la comida despreciada en los banquetes; los sueños de grandeza que fueron sustituidos por la pesada mediocridad en mucha gente y están también todos los calcetines divorciados.

Seguro llegaron hasta ese sitio todas lágrimas de madre que ningún hijo contempló, así como los libros y las buenas ideas que no fueron plasmados y que la memoria pulverizó hasta convertirlos en granos de arena para relojes.

En ese lugar están las almas de quienes sólo aspiraron a una vida ejemplar, las de la gente “de bien” que “buscaba” al Señor sin intención de encontrarlo, todas ellas encadenadas a las buenas intenciones que pudieron haber sido realizadas.

En ese sitio misterioso están la paz de los judíos, las buenas intenciones de los políticos y la justicia del Mundo. Allí encontraremos la valentía que correspondía a la mayoría de los hombres y mujeres de nuestros días, de cualquier día, también la inocencia de los niños y la virginidad de los pobres y de los ricos, todo revuelto con los fines para los que debieran servir realmente el dinero y el poder.

Allí deben estar seguramente mis ilusiones, porque hoy sólo siento que vivo por un mero acto de costumbre.

cielo

Foto cortesía de Rocío Pardos, el uso de la imagen fue gentilmente autorizado por su autora. Visita el estupendo blog de Rocío en http://fotografiarocioph.com/

Mi mundo ideal

En mi  mundo ideal, todas las personas nos repetaríamos, tanto en semejanzas como en diferencias.

Se hablaría para solucionar las cosas y se antepondría el bien común, que es de todos.

La explotación de cualquier tipo sería simplemente un fea pesadilla del pasado, irrepetible.

En mi mundo ideal todos tendrían bienestar, y yo estaría en tus brazos más tiempo.

Quiero seguir pensando que toda esa paz se puede lograr, aunque la historia y el presente me contradigan.

Quiero seguir creyendo que algún día todos despertaremos y veamos que hay muchas cosas más importantes que el dinero.

No necesitaríamos sentirnos como hermanos, bastaría con pensar que somos iguales.

Bueno ese es mi muno ideal, y seguiré creyendo contra todas las probabilidades de que se puede alcanzar.

mundo