La justicia suele ser una utopía

Era un perro mediano. No tan grande como un san Bernardo, pero de un tamaño que le permitiría comerse completo a un chihuahueño, sin problema. Ignoro de qué raza era el perro en cuestión, desconozco las razas caninas así como los modelos de autos, aunque puedo identificar un san Bernardo, un chihuahua y los perros salchicha (a estos últimos porque parece que me odian, siempre quieren atacarme sin razón e incluso uno de ellos me mordió recientemente, por el simple hecho de que lo estaba ignorando).

Era un perro mediano de color negro, siempre tranquilo viviendo en la azotea de una casa de dos pisos. Sus dueños jamás jugaban con él, nadie vio que alguna vez lo bañaran y nunca lo sacaban a pasear. Desde muy pequeño lo subieron a ese techo y allí se quedó, quizá resignado. Sus propietarios le subían agua y alimento, pero eso era todo, ninguna convivencia, ignoro si tenía siquiera nombre. Desde esa modesta altura, el perro negro siempre miraba el mundo pasar, con sus ojos llenos de melancolía. Parecía un gurú en desgracia zen arriba de una colina.

Jamás ladraba. Nunca le ladró a la anciana demente que caminaba todas las tardes por esa calle, la viejecita que usaba lentes con cristales de fondo de botella y que llevaba largas agujas de tejer entre su pelo y su gorro de estambre en tonos grises, para “defenderse de cualquiera que intentara violarla”. El perro negro tampoco le ladró al vejete perezoso que vivía a dos cuadras de distancia, ese que en su desempleada juventud robaba dinero a los niños que encontraba y que ya de viejo siempre pasaba frente a la casa del perro, temprano por las mañanas, para ir hasta la gran avenida y sentarse afuera del templo de santa Ana para pedir limosna a los piadosos que salían de misa. Jamás me ladró a mí, que solía caminar diario por allí para que no se me atrofiaran las piernas (el pinche salchicha que me atacó vivía a diez calles de distancia). Nunca le ladró al cartero, ni a los repartidores de agua, tampoco a los recolectores de basura ni a los repartidores de publicidad impresa, que al final terminaba siendo más basura que nadie recogía.

Un día, un niño rubio de 10 años que vivía en la casa contigua a la del perro negro, y que siempre miraba al can de la azotea vecina con añoranza, pues sus papás se negaban a que tuviera una mascota propia, decidió subir sigilosamente al techo de su casa y de allí pasar al del perro negro para jugar con él. El perrito lucía siempre tan tranquilo…

Cuando el niño pasó al techo vecino, el perro negro sintió que su espacio estaba siendo invadido, y no sólo ladró por primera vez a un humano, sino que se avalanzó hacia el pequeño con furia, lanzándole dentelladas a los brazos y al rostro, empujando con sus ataques al niño hasta el borde de la azotea.

Los gritos del infante y los ladridos y gruñidos del atacante hicieron que el dueño del perro negro se alarmara, y al notar lo que pasaba prácticamente arriba de su cabeza le dijo al niño que no se moviera, que no gritara, subió al techo de su casa y sin mucho esfuerzo controló a su perro, quien recuperó como por arte de magia la paz que solía caracterizarlo.

El niño fue llevado al hospital, se le administró la vacuna antirrábica, creo que la antitetátina también, y varias puntadas fueron necesarias para suturar sus heridas. En su rostro quedaron cicatrices, no muy desfigurantes, que le harían recordar esa experiencia el resto de su vida.

Basándose en el principio que acabó con el último tigre de Sumatra, que dice: “una bestia que ha probado sangre humana, jamás se saciará hasta matar a todos los hombres [o mujeres] que pueda”, el perro negro fue sacrificado.

La justicia suele ser una utopía.