Desgarbo

Siempre trazabas en tus sueños un lujoso auto dorado como el sol, estacionado en una presidencia nacional o un palacio real con mil celosías. Esas imágenes se mezclaban en tu mente afiebrada con viejas escenas de Casablanca.

Tu romanticismo ideal, producto de novelas baratas y princesas Disney, y tu corazón latiendo al ritmo de mermelada y miel, eran la combinación perfecta para atraer moscas y bichos inmundos.

Eso era tu vida cuando no dormías: películas e ilusiones de neón, príncipes sin rostro, magnates de billeteras herniadas y rostros de padres potenciales; y todo terminaba siendo una cadena de falsas escaleras al Cielo, que jamás te acercaron a tus ideales.

Tus contoneos eran como grandes pantallas que proyectaban los interiores del templo de la esperanza, pero sólo en el gremio de los canallas se imaginaban ser el sacerdote ideal. Margarita que sólo pudo atraer cerdos.

Confundida entre las adúlteras sin amor con abrigos de curiosidad, aceptaste promesas ligeras y perdiste todas tus apuestas. Tuviste suerte de nacer aquí, esto te salvó de ser diana de piedras arrojadas por manos morenas.

No puedo decir si lo que hiciste estuvo bien o mal, eso puede que lo descubramos ambos si existe otra vida.

Hoy tu belleza se deslava, desperidicada. No hay de dónde agarrarse, ni cómo sostenerse. Si hasta Greta Garbo se desgarbó por la vejez, ¿qué podemos esperar nosotros, mortales simplones?

El ruedo está vacío y ya no quedan toros, sólo malos bailarines de flamenco que te emulan. Tu imán ya no atrae ni a la lujuria más desesperada. No hay auto de sol ni palacios, unícamente soledad desnuda.

La vela se apaga y la pluma se queda sin palabras. Hora de que nuestro camino se bifurque sin que sepamos si nos volveremos a encontrar, sólo el tiempo lo dirá; y mira que el tiempo no existe en realidad.

Junio 2002

garbo

Como la primera vez

Recuerdo tu primer día en este lugar.

Fui tu primer cliente.

La persona que te entrenaba te acercó a mí,

y tras darte indicaciones breves te dejó sola conmigo.

Sonreíste y dominaste tus nervios con una gran fuerza de voluntad.

Sin duda era también tu primer trabajo.

Comprendí tu situación y fui muy considerado, más de lo que suelo ser normalmente.

No es que sea bueno por naturaleza, tampoco soy malo, soy como cualquiera, supongo.

Antes de irme te agradecí y tú me dijste “gracias” con una linda sonrisa.

Regresé al mismo lugar varias veces, con moderada frecuencia.

Siempre que notabas mi presencia fingías no reconocerme.

Cada vez que me atendías era como la primera vez, como si yo fuera tu primer cliente y como si jamás se hubiésen cruzado nuestras miradas anteriormente.

Así se sucedieron muchos reencuentros contigo, en tu trabajo.

Después me fui a vivir lejos, muy lejos, más allá del océano.

Pasaron los años y regresé a vivir a este mismo agujero pestilente y podrido.

Hace poco volví a tu lugar de trabajo y me atendíste.

“Hace mucho tiempo que no lo veía”, me saludaste con una sonrisa sólida y de experiencia.

“Estuve lejos”, te respondí algo sorpendido por el reconocimiento, “es posible que ahora me veas con más frecuencia”.

Tu sonrisa se amplió con educación y me atendiste con el esmero acostumbrado.

Al final te agradecí y tú me dijiste “gracias” exhibiendo tu sonrisa jovial.

Hoy estoy aquí de nuevo.

Hoy vuelves a fingir que no me reconoces, que nunca me has visto.

Tu acción me sabe al eco de un juego viejo, de cuerdas desgastadas a punto de romperse.

La nueva representación de una vieja obra de teatro que el público se sabe de memoria.

Quizás antes me hubiera intrigado tu reacción, pero en el presente no me importa, sinceramente me da lo mismo.

Quizá la próxima semana regresaré y tú me atenderás.

Quizás decidas reconocerme o fingir que nunca me has visto.

No lo sé.

Pero invariablemente, como en cada ocasión que me has atendido, yo te lo agradeceré.

Y tú me dirás “gracias” sonriendo como la primera vez.

Siempre como esa primera vez que podría ser la última.

 

 

 

La mujer de la gran maleta negra

Era una mujer pequeña que vestía mallones (leggings) de estampados florales, zapatos deportivos y una sudadera verde. Si la veías desde su parte posterior pasaba por una mujer de 30 años bien conservada, pero al mirar su rostro, excesivamente maquillado, le podías calcular una edad de entre 97 y 175 años.

Usaba una peluca anaranjada, sus labios eran de un rojo encendido y sus párpados estaban pintados de un verde intenso. Ignoro el color de sus ojos, pues el verde intenso rodeaba sólamente dos ranuras enmarcadas por profundas arrugas.

Supongo que estaba en muy buena condición física, pues iba subiendo a pie la larga calle, cuya inclinación es de aproximadamente 45°, y llevaba arrastrando una gran maleta negra con una franja roja,  sin ruedas, que le llegaba un poco arriba de la cintura.

Se detuvo un momento para tomarse un respiro. La mañana era soleada y calurosa, imagno que sus sesos se cocían bajo esa tupida peluca color zanahoria. La mujer se tocó el pecho, miró calle arriba, hasta el final, hacia la aún lejana iglesia de la cruz de neón violeta, que a esas horas estaba apagada, y se dispuso a continuar la subida.

Dudo que haya sido la mujer del vestido rojo que se cortaba los brazos y que vi en esta misma calle, en este mismo punto, cuando yo era niño. Igual era la Gagool de “Las minas del rey Salomón”, quien al final no murió y ahora pena por el muno arrastrando su maleta como Sísifo en versión femenina.

No lo sé, pero tampoco la soñé.

Caso de la vida real

Oigo que alguien llama, tocando con golpecitos en el buzón de mi casa.

Salgo a asomarme.

Hay un tipo desconocido, con cara de Muppet salvaje, barbas de 27 días sin recortar, lentes de espejo y casco como de bacinica nazi, urgando sus dientes con un palillo o quizá con una varita pequeña, trepado en una motocicleta destartalada.

El grotesco individuo no dice nada.

Le digo “buenos días”.

Él responde “buenos días”, cómo si yo hubiera salido nomás a saludarlo.

Regresa al silencio y prosigue urgándose los dientes con el palillo.

Dejo pasar unos segundos a ver si reacciona y me explica para qué llamó, qué rayos quiere.

Sigue entretenido con sus dientes.

Le pregunto “¿sí?”.

Él, como saliendo de una ensoñación me dice, “ah, no, es acá”, y señala hacia la casa de mi vecino inmediato.

“Ah”, digo yo cerrando la puerta y regresando al interior de mi casa.

Acaba de ocurrir esta escena.

Quien diga que el surrealismo es exclusivo de los sueños, se equivoca. Vaya que se equivoca.

casco nazi

No me esperes a cenar (violencia intrafamilar)

“Jodido e inútil animal, no servirías ni en un maldito circo del carajo…”, me gritaste con tu chirriante voz de patito castrato de hule y tu cara pintarrajeada como infernal payaso triste, ayer me hiciste lo mismo, pero tenías mascarilla de aguacate en tu faz. Y luego me lanzaste a la cabeza el costoso tarro de esa crema humectante que no te funciona en absoluto. Así comenzaste a discutir otra vez.

Nada te agrada, nada te convence, de nada me ha servido que te haya dejado por completo el control de la caja idiota, que tengas en tu poder las únicas copias de todas las llaves de nuestro hogar, que administres todo el dinero que yo produzco sin que me proporciones ni una mísera mesada mensual, en nada ayuda que siempre seas tú la que conduce el coche (de todos modos eliges los destinos de todas nuestras salidas) y que te permita determinar todos los alimentos que me tengo que tragar.

De nada sirve que lo único que escuchamos sean las aberraciones musicales que te gustan, que sólo veamos las películas para subnormales que tanto te agradan, que me vista con las ropas que detalladamente seleccionas para mí, ni que haya condescendido ayer a que apretaras con un agujero más el collar de la correa con la que me sacas a pasear.

Todo esto lo he permitido para vivir contigo en paz, pero nunca te es suficiente; cuando creo que ya deberías estar satisfecha vas y exiges algo más, y todo te exaspera.

Cada uno de nuestros intercambios de palabras se convierte en una vociferación de tu gaznate, tu boca escupiendo tonos elevados e insultos bajos, ya no lo soporto. No creo que esto sea sano, aunque nos sea cotidiano.

Empiezo a sospechar que lo nuestro no es amor, que mienten los que dicen que el amor es dolor y sacrificio, y que todo debe ser soportado en aras de seguir juntos hasta que la muerte nos separe.

Por eso me desvanezco, saldré a comprar unos cigarros, a pesar de que no fumo. No me esperes a cenar, no esta noche, ni nunca jamás.

correa

Cafetería ____ (cadena de restaurantes de servicio completo)

Entra por su puerta de cristal y verás…

Escapistas desesperados, allí sentados, descubriendo que realmente no huyeron a ningún lado,

dantescas gulas sin discriminación, hambrientos agujeros negros en esta galaxia atracándose con lo que se pueda,

bisutería de la más barata, monas con telas que simulan seda, y de todas maneras como nacieron se quedan,

comida de calidad aceptable, como hecha en serie, que no puede ser tomada muy en serio, promociones de cupones y tarjetas de cliente frecuente,

manteles individuales de papel, un murmullo elevado similar al de un día de mercado, comunicación general a pesar de los dispositivos personales, auqnue no veo muy lejano el silencio,

meseras cansadas y explotadas con largas jornadas y muchas mesas asignadas por cabeza, con extraños uniformes, pero “es peor no tener trabajo”,

comensales que vienen para hablar de negocios, otros para confesarse, sin faltar aquellos que necesitan estar solos con varias tazas de café,

individuos de trabajo independiente, quienes acompañados de su computadora personal, piden café y una pieza de pan, y realizan aquí su jornada laboral, sin seguridad social,

personas con sobrepeso que prefieren pasar por alto la culpa que tendrán una vez que se terminen la gran rebanada de pastel, que ordenaron para acompañar su capuchino, carpe diem adiposo,

ancianos solitarios que vienen hasta aquí para su dosis diaria de contacto humano, también para contarle al primer incauto alguna historia del pasado que han narrado ya cientos de veces,

matrimonios que sacan a pasear su hogareño tedio cotidiano y comen sin cruzar palabras entre sí,

enamorados que sienten que el mundo es color de rosa y que no pueden vivir si no están juntos,

aspirantes a escritores que no se cansan de manchar la pureza de las hojas de papel,

aros de diversos líquidos en las superficies de las mesas, vaivén de las jarras de café en un ballet sin sincronía, campanadas ocasionales de caja registradora, tintineos metálicos de cubiertos contra los platos de cerámica,

gran estruendo de una bandeja al chocar contra el suelo, “se te descontará de tu sueldo”, le dice el gerente discretamente a la mesera descuidada, lo cual sinceramente no debería importar, pues hizo más ruido la bandeja en la que sirvieron a Juan Bautista,

una sonora carcajada de Santa Claus en pleno otoño,

algunos seres satisfechos de estar a salvo de una lluvia torrencial, pues allí afuera se vive la furia del cielo,

ojos que miran con ansia los relojes, empezando a sentir que fueron plantados,

niños aburridos, futbol en la televisión (siempre el maldito futbol),

de fondo una música que hace años era considerada rebelde y contestataria, en el futuro seguro aquí se oirá de fondo la música que hoy sólo escuchan los jóvenes antisistema,

fumadores activos y pasivos, sado y maso, en el área de fumar,

míseras propinas, sonrisas mecánicas, cortesías obligadas, responsabilidad laboral, billetes y sumas, sumisión a sueldo, resignación superficial,

una lasciva caricia furtiva, de ningún modo bienvenida, pero… “déjalo, es el gerente, no pongas en riesgo tu trabajo, no en estos tiempos”, y el gerente hijo de puta se vuelve a salir con la suya,

vejigas que se alivian de tanto café en un apartado detrás de una puerta rotulada,

azúcar disolviéndose en un líquido oscuro, sal que se agrega a los alimentos sin importar que algunos ya estén más que salados, el tiempo corre aquí implacablemente, igual que en cualquier otro lugar,

prisas, ¡ah!, y también tedio, mucho tedio…

Reni,_Guido_-_Salome_with_the_Head_of_John_the_Baptist_-_1630-1635

Con tinta sangre (América Latina)

Un hombre,

lo que queda de él.

Encontrado no muy lejos de las vías del tren.

Asesinado,

no cabía la menor duda ante tan grande evidencia:

un roca había destrozado su cráneo, por la ruta de la nuca.

Los despojos de un hombre,

cuerpo sin alma,

ninguna identificación,

pero como a nadie le importan los vagabundos,

como nadie los cuenta en los censos , insensibles,

el cadáver fue donado al anfiteatro de una facultad de Medicina.

Ninguna investigación policiaca fue requerida.

 

Una mujer,

lo que queda de ella.

Apenas una mujer,

pues no estaba demasiado lejos de su niñez.

Sus restos junto al río.

Ultrajada, destrozada, en todos los sentidos.

Víctima de esos abusos que a muchos deleitan en películas y series,

abusos que excitan el morbo, la moralidad insana, medalla de la doble moral,

pues son abusos que todos dicen condenar.

Las masas se “indignan”.

A estas jóvenes víctimas solo las lloran sus familias,

para el resto de la gente son cifras, estadísticas de gráficos coloridos.

Algo de que hablar durante la comida.

A nadie parecen importarle este tipos de casos realmente,

al menos hasta que la víctima es una de sus parientes.

Se habló de la chica una tarde en las noticias,

destacada como el “feminicidio del día”.

Al final, fue otra olvidada de la justicia.

 

Un político,

lo que quedó de él,

fue despegado con palas del piso y con espátulas de las paredes de su lujosa oficina.

Había llegado muy alto,

de la misma manera que todos los que se elevan en este medio:

nadando sin asco en la inmundicia y sepultando a sus enemigos en mierda.

Por eso tuvo el éxito que todos condenan, sin dejar de desearlo para sí mismos,

por eso tuvo demasiado dinero, que tres generaciones no podrán gastar en su totalidad.

Pero se pasó de listo,

se olvidó de sus “amigos”.

La justicia culpó al “crimen organizado” de su asesinato, y no se equivocaba.

Quienes lo mataron siguen ocupando puestos en el Congreso y el Parlamento,

y dos más en la Suprema Corte.

Los asesinos “perdonaron” a los familiares del muerto,

no por magnanimidad, sino gracias a turbias negociaciones y magistrales chantajes.

El político fue enterrado con honores,

convertido en mártir y adalid de la democracia.

Muchas calles llevan ahora su nombre.

La justicia nunca ha sido realmente ciega.

Mayo 2017

La justicia suele ser una utopía

Era un perro mediano. No tan grande como un san Bernardo, pero de un tamaño que le permitiría comerse completo a un chihuahueño, sin problema. Ignoro de qué raza era el perro en cuestión, desconozco las razas caninas así como los modelos de autos, aunque puedo identificar un san Bernardo, un chihuahua y los perros salchicha (a estos últimos porque parece que me odian, siempre quieren atacarme sin razón e incluso uno de ellos me mordió recientemente, por el simple hecho de que lo estaba ignorando).

Era un perro mediano de color negro, siempre tranquilo viviendo en la azotea de una casa de dos pisos. Sus dueños jamás jugaban con él, nadie vio que alguna vez lo bañaran y nunca lo sacaban a pasear. Desde muy pequeño lo subieron a ese techo y allí se quedó, quizá resignado. Sus propietarios le subían agua y alimento, pero eso era todo, ninguna convivencia, ignoro si tenía siquiera nombre. Desde esa modesta altura, el perro negro siempre miraba el mundo pasar, con sus ojos llenos de melancolía. Parecía un gurú en desgracia zen arriba de una colina.

Jamás ladraba. Nunca le ladró a la anciana demente que caminaba todas las tardes por esa calle, la viejecita que usaba lentes con cristales de fondo de botella y que llevaba largas agujas de tejer entre su pelo y su gorro de estambre en tonos grises, para “defenderse de cualquiera que intentara violarla”. El perro negro tampoco le ladró al vejete perezoso que vivía a dos cuadras de distancia, ese que en su desempleada juventud robaba dinero a los niños que encontraba y que ya de viejo siempre pasaba frente a la casa del perro, temprano por las mañanas, para ir hasta la gran avenida y sentarse afuera del templo de santa Ana para pedir limosna a los piadosos que salían de misa. Jamás me ladró a mí, que solía caminar diario por allí para que no se me atrofiaran las piernas (el pinche salchicha que me atacó vivía a diez calles de distancia). Nunca le ladró al cartero, ni a los repartidores de agua, tampoco a los recolectores de basura ni a los repartidores de publicidad impresa, que al final terminaba siendo más basura que nadie recogía.

Un día, un niño rubio de 10 años que vivía en la casa contigua a la del perro negro, y que siempre miraba al can de la azotea vecina con añoranza, pues sus papás se negaban a que tuviera una mascota propia, decidió subir sigilosamente al techo de su casa y de allí pasar al del perro negro para jugar con él. El perrito lucía siempre tan tranquilo…

Cuando el niño pasó al techo vecino, el perro negro sintió que su espacio estaba siendo invadido, y no sólo ladró por primera vez a un humano, sino que se avalanzó hacia el pequeño con furia, lanzándole dentelladas a los brazos y al rostro, empujando con sus ataques al niño hasta el borde de la azotea.

Los gritos del infante y los ladridos y gruñidos del atacante hicieron que el dueño del perro negro se alarmara, y al notar lo que pasaba prácticamente arriba de su cabeza le dijo al niño que no se moviera, que no gritara, subió al techo de su casa y sin mucho esfuerzo controló a su perro, quien recuperó como por arte de magia la paz que solía caracterizarlo.

El niño fue llevado al hospital, se le administró la vacuna antirrábica, creo que la antitetátina también, y varias puntadas fueron necesarias para suturar sus heridas. En su rostro quedaron cicatrices, no muy desfigurantes, que le harían recordar esa experiencia el resto de su vida.

Basándose en el principio que acabó con el último tigre de Sumatra, que dice: “una bestia que ha probado sangre humana, jamás se saciará hasta matar a todos los hombres [o mujeres] que pueda”, el perro negro fue sacrificado.

La justicia suele ser una utopía.

Historias comunes

Había una mujer que tenía sueños e ilusiones en cada momento de su vida.
Había un hombre que parecía expresar claramente todo lo que sentía.
Sueños y palabras, son tan similares en el hecho de que a veces ambos distan demasiado de las acciones y corren el riesgo de convertirse en semillas de decepciones.
Hay cierto tipo de historia, que es más fecuente de lo que creemos, que conjuga personajes como los arriba mencionados.
Una mujer que prácticamente suspiraba en cada respiro y un hombre que jugaba con diversas palabras para decir lo mismo.
Se encontraron, se emocionaron y más temprano que tarde alguien se cansó del juego, igual las dos partes, y comenzaron a experimentar lo que se conoce como soledad en compañía. A ese baldío desolado no tardó en llegar una tercera persona.
Pudieron optar por la indiferencia puntual, por la negociación resignada o por las guerras con distinto grado de violencia (de la verbal a la puñetera, que no es igual a la autosatisfactoria), pero sin importar el camino que hayan decidido recorrer en su extravío sadomasoquista, hubieran terminado siempre en el mismo punto.
Mientras tanto, alguien en algún otro sitio, que soñaba, se ilusionaba o jugaba con las palabras, reinició el juego, dando comienzo a otra historia similar a la arriba esbozada. Sonrisas, besos, regalos y compromisos, halagos, caricias, perfumes, posiciones… hasta agotar las variaciones, para darse cuenta de que no había nada más que eso y llegar a puntos comunes, la misma película.
Historias con diversos principios, con leves variaciones, historias que comparten el final similar.

Los demás

El clasemediero con sobrepeso, aletargado burgués hamburguesero, es una mera máquina que se autoconsidera el motor de la economía, y por eso dice tener más derechos que los demás. El religioso fervoroso, que se llena el vientre con lo que le da la gente, en rituales mecánicos y huecos finge creer que tiene el poder de salvar a los demás. El personaje de la tele, que lee noticias de lunes a viernes, se dice líder de opinión, pero la opinión que expresa no es la suya, sin embargo los demás son cómplices de su farsa.

El izquierdista falso, ignorante que jura ser heredero de Mao y Stalin, se dice hermanado con el Ché Guevara y declara la guerra a los que tienen más que él, pero eso no es izquierda y su único fin es el poder, para así joder impunemente a los demás. El congresista popular, cabildeando en manada con los de su partido, representa intereses de altas esferas, a las que aspira pertenecer, pero nunca es la voz de los que votaron por él. El hombre de a pie, que se queja por la falta de empleos, por la elevación de impuestos, por lo mal que va su país, cree que con votar una vez cada ciertos años ya cumplió con su deber y que ejerce la democracia, iluso idiota que por tan poco vende su libertad, como los demás.

El adinerado con suerte (ya sea por mérito propio o por herencia) busca principalmente más, a costa de los demás. El político, supuesto servidor público, quiere obtener ventajas y poder, a costa de los demás. El pordiosero indigente, quiere causar penas diciendo que nunca tuvo oportunidad, en el fondo sólo quiere vivir a  costa de los demás.

Intercambia cualquier personaje, entre estos papeles, y obtendrás el mismo resultado: egoísmo a distintos niveles, siempre a costa de los demás.

wally