¿Qué vería Dante hoy en el infierno?

¿Qué vería Dante hoy en el infierno?

Pantallas jumbotrónicas con perpetuos infomerciales de media hora en un bucle que no acaba, conductores texteando en su dispositivo móvil mientras mueven su auto a 150 km/h chocando y chocando sísifamente, políticos enriquecidos a costa de la flaqueza ética de las masas, policías que abusan de su placa y militares que aplacan a golpes sangrientos las olas adversas que molestan a los que ostentan el poder.

Niños tratados como mercancía, mujeres asesinadas nomás por ser mujeres, impunidad e injusticia, mentiras que se aceptan como verdades y verduras contaminadas con desechos industriales.

Francesca da Rimini y Paolo Malatesta no son ya nada. Quizá en el nuevo infierno están los que persiguen a quienes abortan por necesidad, a los que no aceptan a los LGTBLGBGLUGLUB porque la ley cuadrada exige que nadie puede ser libre ni en la íntima aquiescencia, los que comen animales que fueron sacrificados tras un suplicio existencial, y los glotones carniceros cierran los ojos queriendo pensar que la carne se cría en anaqueles del supermercado. Y quizá yo, comiendo una vaca que vivió y murió feliz.

¿Qué pintaría Dante hoy en su infierno?

En vez de Judas se encontraría al Joker, en vez de Zeus a Superman, a las masas vistiendo camisetas del Fútbol Club Barcelona, pateándose sus mutuos traseros pintados como balones y con el Himno de la UEFA Champions League sonando de fondo, rodeados por las macabras llamas la la última morada, que en realidad es roja candente.

Hoy Dante vería a los principales entes del Fondo Monetario Internacional, bailando el reggaetón del centavo birlado, a los magnates petroleros vomitando eternamente aceite y desechos del EXXON Valdez, al tipo que diseñó el Titanic y al que planeó el ataque del 11 de septiembre, dando un discurso en pro de la riqueza en un inglés con acento de Texas.

Y en el tercer infierno se encontraría a Steve Jobs argumentando que en verdad era un genio porque el consumismo es una necesidad, mientras Henry Ford sigue atacando el jazz porque es música de los negros inferiores diseminada por los judíos que son los enemigos del mundo. Así era el viejo Henry, y no tiene por qué ser diferente si en verdad hay un infierno para siempre.

Para muchos, extrañamente, todo esto es el paraíso.

caballo infernal

 

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Con tinta sangre (América Latina)

Un hombre,

lo que queda de él.

Encontrado no muy lejos de las vías del tren.

Asesinado,

no cabía la menor duda ante tan grande evidencia:

un roca había destrozado su cráneo, por la ruta de la nuca.

Los despojos de un hombre,

cuerpo sin alma,

ninguna identificación,

pero como a nadie le importan los vagabundos,

como nadie los cuenta en los censos , insensibles,

el cadáver fue donado al anfiteatro de una facultad de Medicina.

Ninguna investigación policiaca fue requerida.

 

Una mujer,

lo que queda de ella.

Apenas una mujer,

pues no estaba demasiado lejos de su niñez.

Sus restos junto al río.

Ultrajada, destrozada, en todos los sentidos.

Víctima de esos abusos que a muchos deleitan en películas y series,

abusos que excitan el morbo, la moralidad insana, medalla de la doble moral,

pues son abusos que todos dicen condenar.

Las masas se “indignan”.

A estas jóvenes víctimas solo las lloran sus familias,

para el resto de la gente son cifras, estadísticas de gráficos coloridos.

Algo de que hablar durante la comida.

A nadie parecen importarle este tipos de casos realmente,

al menos hasta que la víctima es una de sus parientes.

Se habló de la chica una tarde en las noticias,

destacada como el “feminicidio del día”.

Al final, fue otra olvidada de la justicia.

 

Un político,

lo que quedó de él,

fue despegado con palas del piso y con espátulas de las paredes de su lujosa oficina.

Había llegado muy alto,

de la misma manera que todos los que se elevan en este medio:

nadando sin asco en la inmundicia y sepultando a sus enemigos en mierda.

Por eso tuvo el éxito que todos condenan, sin dejar de desearlo para sí mismos,

por eso tuvo demasiado dinero, que tres generaciones no podrán gastar en su totalidad.

Pero se pasó de listo,

se olvidó de sus “amigos”.

La justicia culpó al “crimen organizado” de su asesinato, y no se equivocaba.

Quienes lo mataron siguen ocupando puestos en el Congreso y el Parlamento,

y dos más en la Suprema Corte.

Los asesinos “perdonaron” a los familiares del muerto,

no por magnanimidad, sino gracias a turbias negociaciones y magistrales chantajes.

El político fue enterrado con honores,

convertido en mártir y adalid de la democracia.

Muchas calles llevan ahora su nombre.

La justicia nunca ha sido realmente ciega.

Mayo 2017

El falso profeta

El falso profeta predijo que esto iba a pasar, pero no fue en realidad una profecía, sino un acto de sentido común.

El falso profeta dijo que el reino de Dios comienza aquí y ahora; pero los santos varones que respiran aire encerrado lo callaron ordenándole, como penitencia, que escribiera 500 veces el Sermón de la Montaña.

El falso profeta dijo que la espiritualidad no se relaciona con los bienes materiales, que no se es superior a los demás por la cantidad de anillos de oro que uno posea. La banca de la ortodoxia lo mandó arrestar por intentar desestabilizar la economía mundial.

El falso profeta al salir de su arresto dijo que todos tenemos los mismos derechos y que debe imperar la razón, por este motivo políticos y militares hablaron muy seriamente con los santos varones.

El falso profeta fue tildado por la religión imperante, además de falso, de blasfemo, hereje, apóstata e impostor. Algo similar a lo que según dicen le sucedió a Jesús.

El falso profeta iba a ser arrestado para encarcelarlo definitivamente mientras encabezaba una marcha pacífica, pero fue muerto de un balazo por un hombre que decía defender los valores tradicionales y salvaguardar las palabras del Todopoderoso.

La gente bien se alegró del fin del falso profeta, y el equilibrio siguió tan desequilibrado como de costumbre.

Líbrame de todo mal

Magdalena no conoció a su padre, pero tenía una mamá muy religiosa que iba a misa todos los días y que jamás comía carne en cuaresma, quizá por eso Magdalena, desde muy pequeña, rogaba al Creador que la preservara de todo mal.

Al cumplir 16 años, Magdalena comenzó a salir con galanes para escaparse del asfixiante control de su madre, pero ellos siempre detectaban esa urgencia desesperada en sus ojos y la abandonaban después de conocer detalladamente su cuerpo y divertirse un rato con ella, cansados de sus complacencias ante todo lo que le pedían. Magdalena, entre despedida y despedida, rezaba a Dios que la preservara de todo mal.

Magdalena se fue de casa de su madre, sola, y comenzó a buscar galanes por correspondencia. Le escribió cartas apasionadas a marineros, soldados, reporteros de segunda, vendedores ambulantes y presos, unos la visitaban, la disfrutaban e invariablemente la dejaban; a otros les hacía visitas conyugales, sin matrimoniarse con ellos, pero al final dejó de ser admitida en las prisiones a instancia de los reos que ya se habían hartado de ella. Lo más constante en la vida de Magdalena seguía siendo rogar a Dios que la librara de todo mal.

Un día le escribió a un músico célebre, exitoso homosexual de clóset, quien tras meditarlo mucho decidió proponerle matrimonio a Magdalena para así proteger su carrera y fama artística, pensando que de esa manera también podría curarse de su mal sexual. Tras la boda, la luna fue de hiel, la felicidad que Magdalena sintió por conseguir al fin un marido se evaporó cuando experimentó la monumental impotencia de este, quien no podía dejar atrás sus inclinaciones personales por más que se lo proponía. Magdalena seguía rogando a Dios que la librara de todo mal.

El músico, asqueado de su mujer, se fue de casa a buscar inspiración en otro lado y para ser discretamente abrasado por brazos más fuertes que los de su esposa. Magdalena volvió a escribirle a soldados, marineros, bomberos, payasos, actores y carniceros, a cualquier hombre excepto aquellos que estuvieran en prisión, y su mamá se fue a vivir con ella. La piadosa progenitora seguía yendo diario a misa y era buena administradora, se benefició demasiado monetariamente al regentear los diversos encuentros casuales de su hija, quien a pesar de hacer todo el trabajo no recibía ningún centavo y seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Magdalena le escribió a un jefe de policía que no sabía tocar la guitarra ni hacer horóscopos con flores, pero que sí se enamoró de ella y tenía una doble vida. Además de velar por el orden de una importante ciudad, él proporcionaba seguridad a los contrabandistas de la región y les hacía trabajos de encubrimiento. Magdalena jamás quiso saber detalles de la profesión del policía y se contentaba con saber que aunque no era apuesto era muy viril y que su puesto de trabajo era alto, por eso ella volvió a alejarse de su pía madre y se fue a vivir con él a esa casa que era una réplica del Partenón, decorada con estatuas clásicas, mucho terciopelo rojo, tonos dorados y pinturas rococó. Ella se sentía feliz, pero no por eso dejaba de rogar a Dios que la librara de todo mal.

Durante los idus de marzo, el jefe de la policía se vendió a un grupo mafioso de la competencia que le pareció mejor postor. Mala apuesta, porque sus anteriores patrones decidieron llevarle como regalo de despedida una bomba potente a su oficina. El jefe de policía salió volando por la ventana y cayó como ángel rebelde en el asfalto, hecho pedazos. Ella no pudo soportar tanto dolor, lo peor fue el funeral de cuerpo presente que le impresionó por el rompecabezas humano en que acabó convertido su amado. Magdalena trató de evadir su realidad volviendo a escribir cartas, mientras le seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Pero el fin del policía fue demasiado para ella, ni las cartas ni los encuentros efímeros le permitieron sobreponerse al trágico suceso. Su mente divagó hasta llegar al punto sin retorno, entonces fue recluida en una institución para el apoyo a las personas que viven realidades alternas (como en las épocas del buenismo se les llama a los manicomios). No hubo más cartas, y de amantes solo quedaron algunos locos que se limitaban a tocarla con impudicia morbosa, pero ya para entonces ella no reconocía ni a su madre, nada parecía importarle y lo único que salía de sus labios era un mantra constante y perpetuo dirigido a Dios, para que la librara de todo mal.

Sin embargo el mundo no es tan feo

La ancianita con su hija no tan vieja, ésta llevando el paso bien aprendido de aquella. Con sus alas bien cortadas al paso de los años, desde el día en que intentó volar un poco; ahora no tiene más objetivo en la vida que envejecer con su ancianita madre. El bebedor de martes a domingo, quien para curar la resaca decide beber también los lunes, soñó un día que volaba, pero por fortuna descubrió oportunamente que le teme a las alturas. El puntual hombre de 9 am a 7 pm, que por lo regular se quedaba trabajando hasta las 10:45 pm, recibe de la empresa una placa de latón con su nombre, en agradecimiento a sus 35 años de estar plantado en el mismo lugar, viendo desfilar como directores a los parientes del dueño. El policía con un balazo en el ojo, lanzó su último suspiro interrogante hacia el mar de las dudas, en su botella iba flotando el mensaje de “’qué hice mal si hice lo que me dijeron que hiciera?” Su comandante sólo se encogió de hombros tras el deceso, mientras se guardaba el corrompido dinero en el bolsillo y elegía tranquilamente al sucesor del muerto. El chico de secundaria, de esforzadas calificaciones perfectas, no pudo soportar un siete en recreo ni que su pretendida Julieta le dijera que no. Llegó a casa cabizbajo y esperó a que mamá se fuera al mercado, luego de quitarse el cinturón, con él de una viga quedó colgado, por última vez. Y sin embargo el mundo no es tan feo.

Que verde era mi valle

Andaba a las cuatro de la tarde por una muy transitada calle de la ciudad. Era una tarde extremadamente soleada, de esas en las que el sol hace resaltar el blanco de las paredes hasta convertirlo en el ideal de pureza que dudo haya tenido algún alma en toda la existencia de la humanidad. Pero el blanco de las casas dispuestas, una tras otra, en moderna monotonía, no era el único color reinante en este barrio, pues debido a que también era temporada de lluvias, la vegetación había recobrado su orgulloso tono verde en camellones y jardines. Mi caminar, de por sí rápido, se aceleró repentinamente por una súbita y apremiante necesidad fisiológica de desalojar líquidos.
 
“Debo ir al baño antes de salir de casa”, me repetía mentalmente, aunque de manera demasiado tardía, pues eso debí decírmelo inmediatamente después de haber bebido tanta agua de jamaica en la comida. Ahora esa frase sólo me servía de inútil mantra mientras estrujaba con fuerza los papeles que llevaba en mi mano derecha y un sudor frío comenzaba a perlar mi frente.
 
Como suele suceder cuando la vejiga apremia fuera de casa, la necesidad de encontrar un baño era directamente proporcional a la distancia que me separaba del w.c. más cercano. Empecé a experimentar esa dolorosa desesperación y exasperante nerviosismo que acomete en estos casos. Seguía caminando, pero por donde yo andaba tras una casa sólo aparecía otra, seguida de otra más, y otra, etc. Cruzando la calle había un gran taller mecánico que imagino ocupaba toda esa cuadra. No tenía puerta ni entrada a la vista.
 
“¿Y si les pido que me permitan usar su w.c.?”, pensé cuando el sudor nervioso empezaba a humedecer mis axilas, “quizás se rían, pero puede que no sean tan inhumanos como para negarse”. Entonces surgió un nuevo problema: la imposibilidad de atravesar la calle, pues el flujo de autos era muy cargado y ellos iban a gran velocidad, como si en el ansia de despegar hacia los cielos se les fuera la vida a los conductores. He ahí que decidí llegar hasta la esquina y atravesar la calle tal y como Moisés lo hubiera exigido si los judíos hubiesen inventado el automóvil en esos tiempos. Pero no había semáforo, los autos no son un mar de agua y yo no soy Moisés. Agua, decidí no pensar en agua.
 
Como ya habrás adivinado, mi cerebro no suele pensar las cosas más oportunas, y mientras casi corría yo hacia la próxima esquina, pensé: “que bien que traigo puestas mis gafas oscuras, pues así no notarán la vergonzosa desesperación en mis ojos cuando les pida usar el baño”. Pero no llegaba, no llegaba, las apremiantes ganas querían premiarme con una pena pública. Claro que aún no concluía ese pensamiento, cuando mi cerebro mencionó: “que ridículo espectáculo sería que un individuo de 30 años (la cual era justamente mi edad entonces) moje sus pantalones en plena vía pública”. Ese es el condenado sentido del humor inoportuno de mi cerebro.
 
Mis pies estaban en esa competencia entre ellos por tomar la delantera (que la mayoría de las personas que hablamos español llamamos ‘caminar’) y yo comenzaba a resignarme a efectuar el espectáculo ridículo que recién había invocado mi cerebro, cuando de repente, como un gran milagro divino, la hilera continua de casas fue interrumpida por un verde terreno baldío salvajemente gobernado por la verdosa vegetación. En medio del terreno se abría un senderito de tierra que se perdía hacia el fondo entre tanta hierba del aparentemente virginal lote.
 
Sin pensarlo dos veces corrí hacia el interior del camino (que si hubiese estado pavimentado de oro, no hubiera sido más valioso para mí en ese momento) para ocultarme pudorosa y momentáneamente de la civilización y realizar mi acto incivilizado. Corrí esquivando múltiples restos sólidos de necesidades fisiológicas humanas, que además de quitarle la aparente virginidad natural al terreno, estaban allí retadores como vestigios de que varias personas se habían visto en necesidades similares a la mía, aunque de posterior expresión.
 
Llegué hasta un sitio que consideré lo suficientemente alejado y procedí a liberarme del líquido que pugnaba por abandonarme.
 
Y allí estaba yo, sintiendo un gran alivio cuando al alzar la vista divisé a un policía que caminaba por la misma acera que yo había caminando hacía algunos momentos, pero en dirección opuesta, y que de repente se  detuvo a la altura del terreno baldío. El tipo llevaba gafas oscuras y parecía mirar al lugar en donde yo me encontraba. Opté por poner cara de perro de cartel, inexpresiva y como si mirase a un punto lejano, pero sin ver hacía ningún lado a la vez (las gafas oscuras me permitían este truco), para fingir demencia si acaso me decía algo el oficial. Creí que el moreno policía estaba mirándome o haciendo el mismo truco de can de cartel; sin esperar a comprobarlo, apresuré mi actividad y tras bajar la vista para cerciorarme que el pantalón estaba bien cerrado y cuidar de no pisar el charco que recién había creado, volví levantar la mirada para sorprenderme con el hecho de que el oficial de la ley había desaparecido.
 
Mi cerebro me dijo que quizás el policía estaba preparándome una emboscada a la salida del caminito, para arrestarme por ‘faltas a la moral’. Claro que también me dije que si el representante de la ley se atrevía a amonestarme o, lo más probable, a sobornarme, le diría que había ido hasta dentro del baldío a recoger un papel que me había sido arrebatado por una súbita corriente de aire. Es más, si el tipo insistía y me llevaba hasta el charco del delito, yo lo retaría a que comprobara que eso había sido obra mía.
 
Al salir del terreno, no fue pequeña mi sorpresa al notar que en la calle no había rastros del policía. “Quizás era un fantasma”, me dijo mi mente, “el espíritu de un oficial que murió atropellado en esta transitada calle, mientras cumplía su deber. O igual y fue secuestrado (‘abducido’ para ser exacto y científico) por una nave de extraterrestres invisibles en tanto yo cerraba el cierre de mi pantalón”.
 
Tras pensar que gracias a tanta tontería de mi cerebro casi nunca me aburro, decidí retomar mi camino. No había dado más de tres pasos cuando descubrí otro caminito hacia el interior del mismo baldío. Y, apenas divisible, detrás de un arbusto, se alcanzaba a notar por arriba de las ramas una trémula gorra azul de policía, en tanto que por debajo de las ramas se podían ver dos morenas lunas siamesas desprendiéndose de un cuerpo sólido, habano lejano y no cubano, que en ese momento de alivio se transformaba en un obstáculo para futuras personas en apuros.
 
Satisfecho de que al menos en ese momento no tendría yo problemas con la ley, me alejé de allí reflexionado dos cosas… que los restos de lo que antes fue una zona de extensos prados ocasionalmente visitados por pastorcillos, era ahora un baño público y natural, donde hasta la ley descargaba sus presiones. Ah, sí, mi segunda reflexión fue la de que quizás escribiría algún día esta experiencia, pero definitivamente no la mencionaría en la entrevista de trabajo a la que iba ese día.

Apreciación del arte

Saliendo de la estación del metro Bellas artes, por esa salida que tiene una donación francesa, Art Nouveau en la capital azteca, miras a tu derecha y encontrarás la famosa Alameda, el parque callejero que es de los pocos lugares en pleno centro de la ciudad donde hay más de seis árboles juntos. Es una tarde nublada, tan gris como las ratas que buscan comida entre los arbustos y bajo los puestos de económicas tortas de jamón barato. Pasando el monumento que rinde homenaje al más famoso compositor sordo está ella, acompañada de su grabadora de baterías, que toca a todo volumen los éxitos de una pseudo estrella cuya efímera fama se había apagado hacía más de dos décadas y que sólo vive en el recuerdo de aquellos que se aferran a la memoria como único escape al intolerable presente. Ella tiene el cabello largo, oscuro y alborotado, tal como lo usaba la pseudo estrella de antaño, viste un abrigo negro, grueso como la obsesión, que le llega hasta medio muslo y que le permite mostrar sus delgadas piernas envueltas en medias negras, calza zapatos más negros que las medias, de tacón alto, que le dan más estatura, pero no la suficiente. La mujer tiene un micrófono y baila, simula cantar las melodías que se escuchan huecas y distorsionadas en su grabadora de bocinas dañadas por los años. Cerca de ella, diseminadas en las bancas del parque, hay varias personas que simulan no ver a la mujer, pero que realmente la observan de reojo. Unos son desempleados sin esperanza, otras empleadas domésticas en su día libre que viven romances con albañiles y burócratas de quinta. Termina una canción y la mujer agradece, como estrella consumada, los aplausos imaginarios que sólo escucha dentro de su cabeza, diciendo en voz alta: “Gracias, son todos muy amables…”. Una canción más y un viejo con pinta extraña es el único que se anima a aplaudirle y a mirarla con concentrada atención. “Gracias por el aplauso solitario”, dice ella, reaccionando por un momento a la realidad, y continúa: “a ver si reconocen la siguiente canción”. Se echa el pelo hacia atrás, descubriendo su rostro, que resulta cubierto de tanto maquillaje como pintura hay en el museo de arte moderno. Comienza otra canción de la pseudo estrella de hace dos décadas y la mujer de negro retoma su mímica coreografiada. El tipo del aplauso solitario no viste de negro, sino de color marrón, su traje es viejo como él y seguramente lo guarda debajo de su colchón para que no se le arrugue tanto. Los codos de su saco y las sentaderas de su pantalón brillan con lustroso desgaste. Se nota que hoy se quiso sentir elegante, pues hasta usa corbata (adornada con una redonda mancha de grasa) y el poco cabello que tiene a los lados y atrás de su cabeza está sometido bajo la fuerza aglutinante de un tarro de gomina mal distribuida. Mira a la mujer bailarina con una intensa atención, que él no se preocupa por disimular. Pero en sus ojos está ausente la lujuria del sacerdote sin vocación o del célibe fiel a la dama que no le corresponde, en su mirada realmente se nota la soledad y la compasión. La canción prosigue y el viejo es el único en admitir que el espectáculo de esa mujer, por grotesco y extraño que fuera, llama la atención. De repente los sonidos rítmicos de ositos apretables y chilladores de plástico rompen el encanto de la mujer de negro. Es un payaso que pasa por ahí, cuyos zapatos a cada paso que da emiten un sonido de juguete apachurrable para bebé. La dama de negro lanza una mortífera mirada al payaso interruptor y grosero, por obligarla a hacer un paréntesis en su acto, pero el show debe continuar y ella retoma su número bailando con más vigor y, según ella, con más sensualidad. La gente que está allí desde el principio comienza a retirarse, pero pronto es sustituida por otras parejas, otros desempleados y otros albañiles, los recién llegados, al igual que los idos, simulan no poner atención a la dama de negro. Sólo el viejo marrón sigue fiel en su lugar, aplaudiendo cortésmente entre canción y canción. Ella no pide dinero, realiza su mímica autodidacta por puro amor al arte y el viejo, tan solitario en sí mismo, supo detectar eso y a la solitaria colega que había en esa mujer. Al viejo no le gusta la música, sólo está pagando su cuota semanal de compasión. Pasaron más canciones y la dama de negro sólo interrumpe la actuación para cambiar de lado el casete de su grabadora. De repente se hizo de noche y además del viejo sólo hay un par de albañiles un poco pesados y pasados de copas que miran a la mujer con ojos de llameante lujuria. Ellos le lanzan piropos que son agradecidos con coquetas sonrisas. El viejo presiente que esto podría tener mal final. La mujer no presiente nada y concentrada en la música termina su acto. Agradece a su ‘querido público’ y tras recoger su grabadora se dispone a marcharse. El viejo decide acompañarla para dar a entender a los dos albañiles embriagados que ella no está sola. El borracho par entiende el mensaje y deciden buscar a otra mujer. “Fue en verdad hermosa su actuación señorita”, dice el bien educado viejo a la mujer que de joven no tiene ya ni la niña de sus ojos. Ella sonríe, pero de repente se siente asqueada por la vejez del hombre, pues teme que algún día podrá lucir como él. El viejo tiene decidido acompañarla hasta donde ella vive, pero conforme avanzan, ella se siente cada vez más molesta con el viejo, pues en su mente nada inocente empieza a creer que el anciano quiere aprovecharse de ella, sin embargo no sabe cómo quitárselo de encima. Ella cree que el viejo es como aquellos clientes que hace mucho pagaron por su cuerpo. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas nomás por acordarse de aquellos puercos que fueron sus primeros y únicos clientes en ese negocio. “Tan decentes que se veían”, piensa. Luego se acordó de la humillación, de los golpes y de las quemadas, de la penetración por donde ella rogaba que no. “¡Tan fácil que se veía al principio!” Ella imagina lujuria en la inocente mirada del viejo y de repente, como caído del cielo, aparece un policía. Ella le grita al agente de la ley con desesperación, dejando al viejo atónito con semejante actitud. “Oficial, este viejo puerco quiere abusar de mí”. Otra cosa rara, el policía resulta ser uno de esos verdaderamente celosos de su deber en lo que se refiere a defender mujeres y con el vocabulario más profano que se pueda decir se acerca al viejo y agarrándolo de un flaco brazo se lo lleva detenido a la delegación. La mujer agradece al oficial y se sigue de largo. El viejo por más explicaciones que da, es detenido y pasará ésta y varias noches más tras las rejas. En su casa, el payaso cansado de los zapatos chillones y de haber lidiado todo el día con niños mal educados, fuma su mariguana para dormir tranquilo.