¿Y a ti te amaba yo tanto?

Cierro los párpados y de tu rostro recuerdo vagamente dos ojos, una nariz y una boca.

Tus rasgos ya no están en mi cabeza como antes.

¿Y a ti te amaba yo tanto?

He olvidado completamente el tono de tu voz, la suavidad de tu piel y el aroma de tu pelo.

No recuerdo tus gustos, tus ideas ni tus opiniones.

Olvidé también todo aquello que debilitaba las murallas de tu corazón.

¿Qué pasaría si volviera a verte? A ti, a quien tanto creí amar.

De seguro te reconoceré, pero…

¿Se alterarán mis latidos?

¿Se dilatarán mis pupilas?

¿Me temblarán las manos?

¿Se acelerará mi respiración?

No lo sé, pero espero no verte otra vez.

Por lo menos no verte hasta el día en que yo haya olvidado por completo que…

Tu rostro tenía dos ojos, una nariz y una boca.

El tiempo no cura, sólo va acabando con nuestra memoria.

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Tu pasado en mi presente

Puedo imaginarte aquí, puedo ver tu pasado loco en mi presente sin ti.

Ahora tomas todo muy en serio, especialmente tu carrera y el dinero.

Pero puedo imaginarte aquí y ahora, como antes eras:

riendo con euforia un tanto exagerada, para presumir a todos que eras feliz.

Aquí veo a muchas chicas interpretando ese papel que desechaste hace años.

Más adelante, cada una de ellas será otra Wendy que dejará el Pan y crecerá al ritmo de las exigencias sociales, laborales y biológicas.

Puedo ver tu pasado en estas chicas, mientras en ti veo el futuro de algunas.

Qué bueno que no vivimos más, con este tiempo es suficiente para hartarse de tanta repetición.

Las frías noches de enero

Las frías noches de enero me hacen pensar,
Plasmar mis deseos en hojas blancas, recordando todo lo que no te dije cuando estabas frente a mí;
y es que cuando te veo, me enfoco tanto en el momento,
que permanezco mudo mientras a mi lado pasa como robado el tiempo.
En esas mismas hojas quisiera describir con justicia,
cada rincón y milímetro que hacen soberbia tu anatomía,
o poder recrear como un gran don de mi memoria
cada idea, cada palabra que me dijiste con tu linda boca.
Pero en las frías noches de enero me encuentro solo,
tan solo como el gélido viento del norte,
tratando de plasmar tus recuerdos en un papel
que ojalá guardaras muy cerca de tu cálido pecho.
Y sueño con historias de conquistas, sitiando tu corazón
que al final cae rendido, como ante el tuyo cayó el mío.
E imagino que la distancia se acaba por fin para ambos
y salimos juntos a encontrar tesoros y recuperar las materias que reprobamos.
No me importa que lo escrito en esas hojas no le guste a nadie,
en tanto tú las encuentres sinceras y agradables.
Aunque al final sienta que no puedo plasmar en ellas
ni la mitad de lo que siento que son verdades contigo.
Pero es todo lo que puedo hacer en las frías noches de enero,
mientras en cuerpo y alma espero por ti.
 
cold

Sólo me queda desearte que te vaya bien

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, dijo él ansiando tomarla de la mano, aunque de inmediato consideró que, por algún motivo incomprensible, era mejor limitarse a tocar con las puntas de sus dedos el dorso de la mano de ella. Esa mano que seguía tamborileando con impaciencia sobre la mesa, justo a un lado de la taza de café que ni siquiera había probado.

Al sentir el contacto de la femenina piel, se intensificó en él lo que siempre experimentaba junto a ella, desde la primavera de su unión: una atracción, un salto del corazón, la sensación de que así tenía que ser, de que era el destino correcto, el romanticismo materializado. Al mismo tiempo, vislumbró la vida que habían tenido en común, no es que contemplara dentro de su mente las escenas sobresalientes, como en una película a velocidad vertiginosa, sino más bien era como si no existera el tiempo y como si en menos de un segundo viera y sintiera lo que atesoraba su el alma, el total de la vida con ella.

En esa experiencia intensa se mezclaban simultáneamente miles de cosas: la primera vez que sus miradas se encontraron y la sonrisa discreta que ella le dirigió entonces, el suéter azul y falda negra que vestía ella esa primera vez, diversas conversaciones acerca de películas y libros, sobre la vida y la muerte, las visitas a parques, comidas, cenas, conciertos, viajes, todo… su perfume, el aroma y toque de su piel, discusiones, platillos voladores de una vajilla hecha en china, el jazz de Nueva Orleáns, el llanto en una estación de tren, todo… andar por cualquier calle juntos, llenos de su mutua compañía, las bobadas que él le decía y que la hacían reír, diversos besos, desde los primeros hasta los que ya no eran tan candentes ni enloquecedores, todo…

Él nunca había dejado de sentir que ella era la persona más especial de su vida, el enamoramiento había dado paso, según él, al complemento entre ambos; si eso es lo que se llama amor, entonces era amor, pero ahora no tenía duda de que para ella las cosas no habían sido así.

Hacía unos minutos, cuando él le recordó que la amaba, ella le respondió: “vamos, no vivas en el pasado, lo nuesto acabó hace tiempo”, él trató de decirle que no la entendía, que lo que sentía por y con ella no era el pasado, sino todo, un tiempo sin nombre y sin medición, sin calendarios, sin adivinos ni historiadores, era el presente constante, el hoy perpetuo. Fue una sorpresa enterarse de que ella no sentía lo mismo.

Entonces, sin proponérselo él presintió su futuro: la vida sin ella sería como un mundo sin luz, sin colores, sin obscuridad, sin paz ni guerra, un mundo al que siempre le faltaría algo. Por otro lado, no había ya nada por hacer excepto respetar la decisión que ella había tomado.

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, le había dicho él mientras tocaba con las puntas de los dedos de su mano izquierda el dorso de la que ella tenía tamborileando sobre la mesa. Ella alejó de inmediato su mano de la de él, rompiendo el leve contacto físico. Luego simplemente dijo: “Ajá, a ti también“, y se levantó de su silla, para salir del restaurante sin mirar atrás. Él allí comenzó a sobrevivir con un hueco que sentiría por el resto de sus días, en los que ella no reapareció.

Besos de verano, lágrimas de invierno

El salón de la parroquia católica, donde de lunes a viernes a partir de las 9 de la noche los alcohólicos usan su anonimato para tratar de curarse ese mal progresivo y mortal que hace reír tanto a Baco y a los sobrios; y donde los sábados por la mañana se imparte el catecismo hueco a niños que comulgarán automáticamente tras su Primera Comunión.

Un salón mediano, con pisos de plástico y lámparas alargadas de neón, una de las cuales parpadea con tics de marinero retirado. Hoy no hay niños, ni borrachos en intento de recuperación, sino una celebración de ancianos en su tarde libre del asilo.

Tarde de karaoke, presentada por una mujer de 52 que se siente un chica, una rosa lozana y fragrante en medio de tanto olor y apariencias añejas. La “chica” interpreta grandes éxitos de hace 60 o 70 años, que traen recuerdos a las honorables personas de blancas cabezas.

Algunos de ellos sienten que las canciones de Bill Haley siguen siendo tan vigentes como las de Elvis. Y en realidad lo son, simplemente dejaron de estar de moda hace muchos otoños. Otros recuerdan viejos romances en pistas de baile, donde había muchas connotaciones sexuales que nadie les creería haber vivido hoy en día. Un anciano tiene pensamientos que ni el Viagra puede hacer realidad, el “Blues de la erección” sería la canción si pudiéramos rimar lo que el señor piensa. Algunos se paran a bailar, es curioso que la ancianidad sea alcanzada más por las mujeres que por los hombres, quién sabe, quizá con el avance del feminismo también en ese rubro habrá igualdad pronto. Así que muchas bailan solas, como solían hacerlo las Madres de la Plaza de Mayo, sólo que estas lo hacen a ritmo de Chuck Berry.

Sin levantarse de una silla, una mujer de saco rojo, que está más cercana a los 85 que a los 79, mira a sus compañeras un momento y siente que se abre una nueva grieta en su corazón. No le gusta esta caricatura de vida, esta amarga memoria de lo que fue, no entiende por qué son felices ni por qué no rompen a llorar. Ella aguanta sus lágrimas trabajosamente, mira con envidia a la “chica” cincuentona que canta, pero no con tanta, pues sabe que no es tan joven y que ya cruzó el umbral de la decadencia. La venerable del saco rojo añora la vida, los tiempos de independencia, cuando los errores no costaban tan caro, los tiempos previos al momento de haber sido botada en la casa de desechos humanos, donde la única cosa que se puede llamar esperanza es la muerte, y a veces esta tarda demasiado en llegar.

La mujer del saco rojo tiene gran fuerza de voluntad, no llora, además la mejor prueba de su voluntad es que ha llegado a acumular todos estos años, sin embargo hoy se pregunta “para qué”, con más intensidad que en otras ocasiones. Al menos en el asilo todo es gris y triste, continuo y uniforme, esta dizque celebración y recuerdo de glorias pasadas no le está ayudando en nada, y es como una bofetada en la cara que le hace presente lo que ya se pudrió en el pasado.

La mujer del saco rojo continúa callada, hundiéndose en una depresión que creía haber dejado atrás usando una impuesta automatización. La animadora desangelada de cinco décadas canta una de Elvis, y las demás viejecitas parecen dulces y alegres porque creen que recordar es vivir.

Summer kisses, Winter tears…

Incompatibilidad (desconocidos artificiales)

El tiempo que he vivido desde que te conocí ha sido dictado autoritariamente, pero sin exigencia aparente ni comprobable, por el ritmo de tu propio reloj tiranológico nuclear.

Las rutas que he tratado de seguir han sido las indicadas por tu brújula, cuya aguja parece la hélice del biplano del Barón Rojo, enriquecida con metanfetamina.

Por ti he esperado, haciendo de la paciencia un desastre y de la desesperación un arte.

Tú, tan fijada en el pasado, dejas morir el presente, pudriendo de antemano los posibles frutos del mañana.

Y yo, tan tarado, que me sigo mareando por seguir dando vueltas en tu círculo vicioso.

Llegó el tan nefasto día de las recriminaciones, decir “yo todo te lo di” y oír la respuesta de “yo jamás te pedí nada”.

Bien pagados los dos.

Uno quiso saber quién iba a escribir la historia de lo que pudo suceder, la otra siempre quiso escribir la historia de lo que fue y lo que jamás sería.

Así sucede que tras quererse tanto, dos nuevos extraños artificiales, se separan con amarga espuma del mar de la rabia y la comezón irrascable del rencor. Se separan heridos, ardidos bajo el quinto sol y como viviendo en el sexto infierno.

Dos seres con visiones distintas, ahora esforzándose en desconocerse, breves compañeros de viaje, que al descubrir el mutuo cobre se dieron cuenta de que no tenían nada en común, ni la corriente eléctrica de sus impulsos.

De aquel cariño forzado, convertido en adicción, sólo quedará, si bien les va, la indiferencia y el mal sabor. Ojalá hubiesen visto a tiempo los signos en la carretera de la incompatibilidad.

Naturaleza muerta con estrella

Estrella, que fluyes por mis venas, fortaleciendo penas, aún me inmolo ante tu altar.

Cero, el mundo que ya no siento, aunque no esté muerto, y tampoco te desprecio.

Mis ojos no te miran más, extraviado en el fondo de mi mar, que es un gran desierto.

Me revuelco en los recuerdos de tu piel, en las memorias de tu ser y de tu oscuro interior vacío.

Juntos carecimos de futuro, nada fue seguro, salvo el boleto hacia el infierno.

Pecado, mi hoy con un ayer idealizado, restos de nota roja ante un Cielo vedado.

Tu olvido, laberinto sin sentido, soy el tahúr sin suerte que apostó todo su tiempo.

Constante, mi mente te dibuja a detalle, a mil carreteras de tu actual respiración.

Antes de que llegue tu último invierno, de que la hiel termine su trabajo, cuando ya nadie te mire, cuando la gravedad de Newton destruya la delicadeza de tus líneas, cuando tu orgullo languidezca, tendrás idea de lo que siento.

Estrella, fluye por mis venas, comparte mis faenas antes de explotar, antes de inspirar piedades y de que vivas soledades, de que sólo te regocijes con ecos de las torturas brillantes de tu Condenada Inquisición, descubrirás que nadie, y menos tú, reina, brillará como brilló en el pasado.

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