Ella lloraba

Así, de la nada, ella comenzaba a llorar y me decía: “no es nada, no me hagas caso”.

¡Como si eso fuera posible!, estar impasible ante las lágrimas de alguien que te importa.

A veces ella sollozaba porque algo era demasiado bello, otras porque algo era demasiado triste.

En ocasiones, ella derramaba lágrimas porque recordaba algo incalificable, pero las más de las veces sólo lloraba porque sí.

Lloraba a mi lado en los museos o cuando en el cine mirábamos una película que ni siquiera era drama.

Lloraba cuando estábamos comiendo o cuando metíamos humo en nuestros pulmones.

Claro que lo peor era cuando lloraba en la cama… y era incapaz de explicarme la razón.

Igual ese fue el origen de mi inseguridad.

Lloraba y lloraba, y si yo insistía en preguntarle el motivo de su llanto, entonces lloraba más, pero de rabia.

Entre lágrimas siempre me decía lo mismo: que no era nada, que la ignorara.

Jamás aprendí a navegar en el mar de sus lágrimas y por eso, aunque la quise mucho, me tuve que alejar.

Lo peor del caso es que ahora, cada que la recuerdo, me pongo a llorar.

lagrimas

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Un efímero hasta nunca

Entraste sólo por que tenías antojo de churros con chocolate. El lugar parecía ruinoso. Su decoración era de un estilo que hace 30 años solía considerarse vanguardista, y que hoy es caduco y viejo. En el local destacaban los manteles plastificados, testigos de muchas comidas y unas viejas lámparas de neón que emitían una mortecina luz que guiñaba sin coquetería. Te sentaste junto a la ventana desde donde podías ver una lluvia horizontal de parejitas de adolescentes enamorados saliendo de su escuela secundaria.

El mesero te preguntó qué querías, con unos modales de burócrata cansado, dura y secamente (demasiado brusco para la sensibilidad de cualquier mexicano clasemediero). El mesero era bajo, pero algo en él lo hacía parecer alto. Tenía bigotes curveados como los del hombre fuerte de cualquier circo. Cuando le preguntaste qué es lo que había, para poder ordenar, él como única respuesta se dio media vuelta y regresó, siempre en silencio, con la carta del menú que te arrojó a la mesa, tal y como un rey arroja perdones.

El menú fue recorrido sin prisa alguna por tus ojos, el mesero esperó desesperado, sin tratar de ocultar su impaciencia, esperó, pues de todas maneras no había ningún otro cliente en el lugar. Pediste exactamente lo que tenías pensado antes de entrar; pero lo hiciste después de preguntar cuál era la diferencia entre el chocolate español, el francés y el mexicano (los tres estaban mencionados en la carta). La respuesta escueta escupida desde el centro de los bigotes del mesero fue: “El chocolate español es muy espeso”. Lo pediste mexicano con dos churros, prefieriendo quedarte con la duda de cuál era la cualidad del chocolate francés.

Tu cuaderno esperaba sobre la mesa. Cuando el mesero se retiró con tu orden, fue que comenzaste a escribir lo que se te iba ocurriendo. Era noche de Halloween, tal como aquella noche en que acompañaste a esa chica a elegir el disfraz para una fiesta (fiesta a la que no acudirías). Ella optó por ser Gatúbela, vestida para matar, y aquella noche no sólo te mató a ti y a su objetivo con sus encantos, sino a casi todo aquél la vio. Aunque tú ya habías muerto por ella desde antes.

El sentimiento que ella despertaba en ti era algo mucho más allá del hechizo que conjuraba su cuerpo.

Ahora ella estaba ocupada y tú estabas matando el tiempo esperándola en este lugar de chocolates y churros. ¿Qué mejor manera de pasar el rato que escribiendo, ahora que no tenías un libro a la mano? En esta ocasión tampoco tenías pensado qué ibas a escribir, sólo dejaste que el bolígrafo se deslizara sobre el papel.

El arreglo de la situación que ella y tú habían acordado hacía tres semanas permitía que esta noche la relación de montaña rusa que mantenían se encontrara en una calma infrecuente. Al menos eso creíste. Cuando empezaste a leer lo que automáticamente escribías, grande fue tu sorpresa, pues descubriste allí plasmado lo que te habías callado durante años respecto a la relación. Ahora esas cosas calladas a lo largo de los años estaban dichas en el papel.

El rencor y la molestia crecían conforme seguías escribiendo, mezclándose con un dolor nacido del hecho de seguirla queriendo. El escrito terminó siendo una carta, no muy extensa a pesar de su pesado contenido. Cada renglón te lastimaba como sólo lastima la verdad. La firmaste y creíste que ésta sería tu despedida, tu adiós definitivo para con ella. Los reproches, verdades y muestras de afecto registrados en papel te iban quitando grandes pesos del alma. Sentías alivio de haberlo expresado todo, pero también un pesar y un vacío ante la inminente separación.

El papel fue arrancado del cuaderno y doblado en cuatro. Pagaste la comida que ni siquiera probaste y saliste de allí. El mesero no puso gesto de sorpresa por tu actitud, mientras el cliente pague ¿qué le importaba que no consumiera su comida? Saliste de allí como ráfaga diarreica para encontrarte con ella, entregarle la carta y no volver a verla nunca más.

El encuentro con ella no tardó en efectuarse. Ella pareció muy feliz de verte. Con seriedad absoluta le entregaste la carta diciéndole que todo estaba allí. Silencioso, como el mesero que te atendió hacía unos momentos, te diste la media vuelta y te perdiste en la noche sin mirar atrás.

El círculo vicioso se retomó siete días después, cuando buscaste a la chica. Tu ‘jamás’ sólo duró una semana. Y ella te recriminó lo dicho en la carta a la primera oportunidad.

Nov 2005

Como Moisés

“No me pasa nada”, me dijo ella por tercera vez, y no cantó ningún gallo. En su tercera repetición de esa frase carente de veracidad ella tampoco se preocupó por disimular el enfado que irradiaban sus ojos. Tres veces la misma frase en menos de cinco minutos. Tres veces la contradicción entre palabra y hechos.

Era claro que le pasaba algo, y que ella esperaba que yo lo supiera o lo intuyera. Y yo no tenía ni idea, de verdad, sino por qué le pregunté tres veces “¿Qué te pasa?”. Me sentía como Santo Tomás taladrando con un dedo. Las mujeres son muy inteligentes, más que los hombres creo yo, y nos tratan como inferiores en las situaciones sentimentales, lo extraño es que a veces creen que tenemos su don de la clarividencia y aunque suelan tratarnos como idiotas en la relación, en ciertos momentos asumen que somos tan brillantes como ellas para adivinarlo todo.

No me estoy haciendo el inocente ni fingiendo demencia, en verdad no sabía qué le pasaba. Habíamos hecho las paces aquella mañana, por quinta vez en una semana. Esto de jugar a la pipa de la paz y firmar tratados versallescos nada justos era cada vez más frecuente en los últimos tiempos. Yo, mientras adaptaba mi comportamiento y mi personalidad para pisar con cuidado ese suelo de cascarones en se había convertido nuestra relación, me preguntaba qué estaba pasando.

Al principio, como en cualquier relación, todo marchaba en aguas calmas con viento en popa. Entiendo que nada puede ser como al inicio para siempre; cuando lo que molesta no tiene importancia y todo causa gracia. Pero cuando se alcanza la confianza plena, o algo que se le parece, es que empiezan los problemas.

En un rincón lejano de mi mente me cuestionaba si no debimos ser sólo amigos; algo así como Moisés, viendo de lejos la Tierra Prometida, pero sin llegar hasta ella, hasta ese Israel que es un infierno desatado desde siempre. Quizá debimos ser sólo amigos, igual nomás amantes, sin cruzar el umbral “de la pareja” y evitar asentarnos en el territorio de los compromisos y responsabilidades del amor verdadero, donde ya no hay tantas sonrisas ni ilusiones.

Cuando lo que era gracioso termina convertido en semillas de exasperación, cuando abundan los “deberías saberlo”, “en verdad estoy bien” y “no tengo nada”, es que la nave de la relación comienza a hacer agua y se mantiene a flote por un supuesto interés común, por el tiempo ya invertido, por miedo a la soledad, por mera costumbre o por que hay hijos rehenes.

No le pregunté “¿Qué tienes?” por cuarta vez, simplemente me puse de pie y salí de la habitación. Salí “a comprar cigarrillos” sin mirar atrás, para no convertirme en sal. Y lo curioso es que yo nunca he fumado.

moisés

Pura indiferencia

Miro tus ojos y sólo percibo un abismo.

Tus palabras huecas salen en sílabas huérfanas y jamás responden lo que te pregunto.

No entiendo para qué me buscaste de nuevo.

Para qué rompiste la distancia y el silencio que nos separaban.

Si fue por ego, esta vez tu jugada no dio resultado, hubieras recurrido a tus espejos.

Ahora tu altar ya no luce tan alto, aunque de hecho dejé de mirar hacia arriba.

Te acercaste de nuevo pidiendo disculpas por algo que no las requería.

Un perdón innecesario que fue un pretexto para el acercamiento.

¿Olvidaste que nuestra relación se había convertido ya en un desierto?

Supongo que la culpa fue del cambio climático. No eres tú ni soy yo.

Ahora estamos juntos de nuevo, pero más separados que cuando estuvimos alejados.

No me interesa lo poco que dices, y mi vida te es bastante ajena.

¿No lo ves? Somos el naufragio sin bote salvavidas y sin asideras.

El hundimiento que incluso carece de drama.

Pura indiferencia.

Quizá necesitabas saber que estar solos en compañía es peor que estar abandonada en una colina.

Ahora que lo descubriste, regresemos a nuestros extremos.

Seguir juntos no tiene sentido. Nada. Es pura indiferencia.

gohst

Soñé contigo

Soñé contigo, y como siempre terminé despertando.

Soñé contigo, con fiestas y vino, pero luego no tuve nada que celebrar.

Soñé contigo, y te llamé para contarte mi sueño,

pero sólo conseguí el vacío repetido.

Sigo soñando contigo,

las más de las noches y casi todos los días.

Sueño contigo con amor y con respeto,

con cariño compartido,

sin afectar al interfecto que sigue vivo en tu olvido y en mi recuerdo.

Soñé contigo anoche,

y te pensé a la luz del día.

Me la vivo esperando revivir con tu persona

un pasado real y también el imaginado.

Sueño contigo, te deseo,

pero respecto a ti no puedo hacer nada más que soñar.

Cuando la indiferencia duele

Ella tan ordinaria y yo tan poco especial,

ella tan hueca y yo con tan mal relleno.

Dialogar con ella era monologar con el alto vacío,

y sin embargo la buscaba, con desesperación de náufrago.

Ella era la mar de bruta y yo el océano de estupidez,

no te dejes confundir con mi altivez, caigo bajo, muy muy bajo,

a niveles subterráneos, incluso inferiores a mí.

Ella no te roba nada, pero te aporta menos.

No puede tomar postura, ni siquiera en el espacio que ocupa.

Su opinión es lo que está de moda, puede ser judía un día y nazi al siguiente amanecer.

Y allí estaba yo, tratando de unirme a la incompatibilidad más absurda.

No fue enculamiento, no fue brujería, simplemente es que todos estamos bailando al borde de la pendejada.

Quizás yo esperaba algo, no sé, el Pigmalión pignorante que no sabe nada, aunque diga que sí.

O quizá estaba tan solo que elevé mis ilusiones a la estratósfera con el impulso de una simple mirada.

No lo sé, igual la estupidez es injustificable, y es el trago que debe uno pasar así, sin agua y sin banana, sin pensar ni cuestionar.

Trato de ser indiferente, pero cuando la indiferencia duele es que aún importa la cosa.

Al tiempo entonces…

pendu

 

No hay peor ciego (fe ciega)

Quiero creer, y por eso creo
Creo que estás conmigo porque soy la persona que amas
Quisiera creer, y por eso creo
La fe mueve montañas, aunque también es lo que mejor engaña

Creo que no soy una estación para tu paso
Creo que no soy algo para quitarte el frío, ni lo que usas para calmar tus calores
No soy el remanso de tu carrera desbocada, la paz momentánea, el descanso de tu escalera
Creo que sabes y sientes que soy para ti “el correcto”
Admito que tu efusividad a veces me hace dudar
Pero quiero creer y por eso creo

Creo que presumes estar conmigo a los cuatro vientos
porque te sientes muy contenta de estar a mi lado, y no por provocarle celos a tu aparente fracaso
Creo que anuncias a todos estar feliz conmigo, porque lo estás en serio
Y no para que a tu expareja le llegue bien claro el mensaje de que lo has superado

Creo que permanecerás conmigo aunque él te pidiera regresar
Creo que no soy para ti el capote con el que le haces faena a tu soledad
Admito que contigo soy la prueba de la existencia cartesiana
Dudo, luego soy, pero quiero creer y por eso creo

Creo que cuando cierras los ojos al besarme tu pensamiento no está usando su visa y pasaporte
Creo que cuando duermes conmigo estás realmente a mi lado y no en el gimnasio de tu imaginación
Creo que lo que me dice la gente de ti son palabras de envidia malsana por nuestra saludable relación
Creo totalmente cuando me dices que tus canciones favoritas te hacen pensar en mí

Mi fe es ciega, como se supone que es la justicia, y sin embargo…
No es un mundo perfecto y a veces siento que vivimos en un imperio de mentiras
Pero es mejor vivir en el engaño, mientras de ello sacas algún provecho
Seguiré actuando en tu obra, desechando los hechos y las pruebas
Lo siento Watson, no sacaré el lente de aumento
Quiero creer y por eso creo