Hice lo correcto, pero estaba equivocado

Pensé poco,

hablé demasiado.

Sentí mucho,

pensé poco.

Abrí la jaula de mis ilusiones,

tan escasas hoy en día,

y volaron,

ahora nomás tengo una jaula vacía.

Soñé futuros,

castillos sin cimientos,

creí llegar por fin al hogar,

pero nada…

cuánto lo siento,

aunque me digas que lo sientes más.

Hice lo correcto,

pero estaba equivocado.

jaula vacía

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Mi querido capitán

Otra fría noche que sorprende sin abrigo a mi corazón. Otra noche sin compañía ni apoyo. Mi luz y mi sonido son como la estática de la TV.

El estoicismo me vuelve a fallar, en verdad no soy de acero.

No puedo evitar preguntarme: ¿por qué en medio de tanta gente me siento tan solo? Ni siquiera en el desierto de arena experimenté tal abandono.

Mi pregunta queda sin respuesta dejándome aún más desolado.

El capitán viaja por los aires, buenos y malos, lejos, muy lejos de su ambiente natural, lo cual no le importa ni un poquito, porque tiene la cereza de un pastel al saber que ciertamente hay alguien pensando en él en algún lugar: la dulce morena de serenas facciones que según el capitán guarda cerca de su corazón el retrato del viajero amado.

Alguien me dijo alguna vez, a manera de consejo de los sabios, “¿cómo esperas que alguien te quiera, si no puedes siquiera soportarte a ti mismo?”. Entonces no presté importancia a esas palabras, pero hoy han regresado pesadas como cadenas, castigándome por haberlas ignorado y exiliado en el olvido, pues siempre preferí culpar de todo al destino, en vez de asumir honestamente mi responsabilidad. Pero ya no es temporada de comenzar, sino tiempo de empezar a terminar.

Las palabras fluyen con dificultad, y no van más allá de los regresos temáticos desgastados.

El capitán, ahora en tierra, descansa en paz acompañado en su soledad, pues presiente que lejos, la dulce morena de serenas facciones, es su cómplice en la vida.

Rompo el cristal de la emergencia urgente dirigiéndome al mercado electrónico de los sentimientos, donde nadie te quiere y todas las personas que allí se confunden y te confunden buscan desesperadamente lo mismo que tú: fingirse perfectas y presumir que su corazón rebosa de buenos principios y nobles actitudes, todo para saciar el llamado de la selva. Me siento un negociante experimentado, pero sé que soy como el vendedor de autos usados en otro fraude infame popular.

Como el dinero mal habido o un acto de venganza, regreso a donde pertenezco. A mi paso, la dulce morena de facciones serenas me saluda con sus modales de manual, que me saben tan rutinarios como cualquier domingo. El capitán abre los ojos, acepta su soledad, los sueños no duran por siempre y la engañosa imaginación cercana a la cruda realidad produce la peor resaca. Él jamás voló y nadie tiene su retrato.

A veces hay que aceptar las cosas y conformarse con tratar de encontrar sentido en la estática de la televisión.

Sólo me queda desearte que te vaya bien

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, dijo él ansiando tomarla de la mano, aunque de inmediato consideró que, por algún motivo incomprensible, era mejor limitarse a tocar con las puntas de sus dedos el dorso de la mano de ella. Esa mano que seguía tamborileando con impaciencia sobre la mesa, justo a un lado de la taza de café que ni siquiera había probado.

Al sentir el contacto de la femenina piel, se intensificó en él lo que siempre experimentaba junto a ella, desde la primavera de su unión: una atracción, un salto del corazón, la sensación de que así tenía que ser, de que era el destino correcto, el romanticismo materializado. Al mismo tiempo, vislumbró la vida que habían tenido en común, no es que contemplara dentro de su mente las escenas sobresalientes, como en una película a velocidad vertiginosa, sino más bien era como si no existera el tiempo y como si en menos de un segundo viera y sintiera lo que atesoraba su el alma, el total de la vida con ella.

En esa experiencia intensa se mezclaban simultáneamente miles de cosas: la primera vez que sus miradas se encontraron y la sonrisa discreta que ella le dirigió entonces, el suéter azul y falda negra que vestía ella esa primera vez, diversas conversaciones acerca de películas y libros, sobre la vida y la muerte, las visitas a parques, comidas, cenas, conciertos, viajes, todo… su perfume, el aroma y toque de su piel, discusiones, platillos voladores de una vajilla hecha en china, el jazz de Nueva Orleáns, el llanto en una estación de tren, todo… andar por cualquier calle juntos, llenos de su mutua compañía, las bobadas que él le decía y que la hacían reír, diversos besos, desde los primeros hasta los que ya no eran tan candentes ni enloquecedores, todo…

Él nunca había dejado de sentir que ella era la persona más especial de su vida, el enamoramiento había dado paso, según él, al complemento entre ambos; si eso es lo que se llama amor, entonces era amor, pero ahora no tenía duda de que para ella las cosas no habían sido así.

Hacía unos minutos, cuando él le recordó que la amaba, ella le respondió: “vamos, no vivas en el pasado, lo nuesto acabó hace tiempo”, él trató de decirle que no la entendía, que lo que sentía por y con ella no era el pasado, sino todo, un tiempo sin nombre y sin medición, sin calendarios, sin adivinos ni historiadores, era el presente constante, el hoy perpetuo. Fue una sorpresa enterarse de que ella no sentía lo mismo.

Entonces, sin proponérselo él presintió su futuro: la vida sin ella sería como un mundo sin luz, sin colores, sin obscuridad, sin paz ni guerra, un mundo al que siempre le faltaría algo. Por otro lado, no había ya nada por hacer excepto respetar la decisión que ella había tomado.

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, le había dicho él mientras tocaba con las puntas de los dedos de su mano izquierda el dorso de la que ella tenía tamborileando sobre la mesa. Ella alejó de inmediato su mano de la de él, rompiendo el leve contacto físico. Luego simplemente dijo: “Ajá, a ti también“, y se levantó de su silla, para salir del restaurante sin mirar atrás. Él allí comenzó a sobrevivir con un hueco que sentiría por el resto de sus días, en los que ella no reapareció.

Naufragio afectivo, sin elección (aparente)

El violinista del Titanic sigue tocando el vals triste con el agua al cuello, igual no es resignación, sino que quizás el capitán que se hunde con su barco impone el ejemplo, con acciones, no con palabras; aún así, abordo del insumergible viajaban fariseos felices y lombrices erectas, con toda la incongruencia de sus actos y sus verborreas. De menos el barco ya está limpio, porque las ratas lo abandonaron primero, antes que las damas y los niños, por supuesto, ratas simbólicas de la cobardía y la suciedad del alma. Sálvese quien pueda. Gritos y atropellos, todo a voz de cuello, excepto los sentidos llantos del muñeco de ventrílocuo, tan vacío, con sus ojitos de vidrio perdidos en el infinito y la mandíbula caída por la sorpresa. El vals sigue sonando. 1, 2, 3, 1, 2, 3… El iceberg es tan grande que aún rodeándolo te rompe. Burbujitas como de champán bajo la superficie del mar y la sirenita que lo atestigua está más petrificada que aquella que homenajea a un autor de joyas infantiles en un país del Norte de Europa. En medio del hundimieno, soñé que me tomaba vitaminas correspondientes a todo el abecedario y que Ponce de León me daba el secreto de su fuente, todo en vano ya, porque el barco se va a pique inexorablemente. Y el vals se sigue escuchando. 3, 2, 1, 3, 2, 1… Las dificultades en las relaciones entre hombres y mujeres no son cuestiones de género, sino de especie, somos más iguales que lo que queremos aceptar, aunque me digas lo contrario (solo por llevarme la contraria y querer imponerte). Ellas no son de Venus, nosotros no somos de Marte, todos y todas nacimos bajo el mismo Cielo y colaboramos por igual para construir el mismo Infierno. El juego parece consistir en no dejar que te rompan el corazón, para eso debes ocultar tu mano que arroja las piedras, poner cara de jugador de Póker y tener boca de poeta creíble; pero sigo necio pensando que no hay amor verdadero si no dejas de lado el juego y te dedicas a ser con toda honestidad. Contradicción contraindicada en las relaciones humanas. No hay amor de verdad si uno no se quita la coraza y se expone. Honesto al 100%. Se sigue oyendo el vals. Pero de repente, al notar que algo es seguro, parece que el interés se pierde. Se termina la cacería, se rompe el encanto y a otro lado con el circo, o al fono del océano con toda la tripulación. El iceberg rompe el casco, las ratas ya están más ahogadas que tortas de Guadalajara, esas ratas fueron las primeras y serán las últimas, no podía ser de otra manera, es su naturaleza. Y el violinista sigue tocando.

La única esperanza

“Eres nuestra única esperanza”, le dijeron las masas al político que prometía y prometía, en dulces palabras, frases cortas de mercadotecnia barata y anuncios televisivos de 30 segundos. El candidato garantizaba que de ser electo traería la paz, el bienestar y la seguridad, pero jamás les dijo a los votantes cómo lo haría. Al final ganó las elecciones, para no hacer nada más que aparecer en la lista de millonarios de Forbes, y cuando terminó su periodo dejó el país en peor estado del que lo encontró durante su campaña. Luego… échenle la culpa a los políticos.

“Eres mi única esperanza”, le dijo la chica de la pésima puntería sentimental al semental aparentemente considerado, que en realidad era como Marlon Brando al inicio de el rostro impenetrable. Parece que hasta el ser más santo se vuelve un tirano cuando alguien le ofrece ser su esclavo incondicional, el sometimiento absoluto en bandeja de plata. Esa chica terminó de nuevo con su corazón destrozado y cuando murió esa relación se puso desesperadamente a poner en alguien más su única esperanza. Luego… échenle la culpa al destino.

“Son nuestra única esperanza”, le dijeron los mexicanos miserables, habitantes del pueblo desértico, a los 7 magníficos, para que estos los protegieran del maldito Calvera, ¿o era Tuco?, como sea, no falta el Western donde un bonche de débiles, cobardes que disfrazan su temor presumiendo ser pacíficos, le ruega a un puñado de pistoleros que los protejan de los forajidos desalmados. Pero cuando la película llega a su final feliz y los pistoleros valientes se van del pueblo tras acabar con el tirano, yo siempre he creído que otro desalmado aparece para fustigar al pueblo en paz, y la misma historia vuelve a empezar de nuevo. Luego… échenle la culpa a los bandidos.

“Eres mi única esperanza”, dicen muchos creyentes al Dios en quien dicen creer sobre todo cuando son atormentados por una necesidad. Piden y piden, al padre bueno para que los proteja, los ayude, les solucione los problemas y les dé de comer; pero convenientemente ignoran la frase del contrato que dice “Ayúdate que yo te ayudaré”. Luego… échenle la culpa al Diablo.

Historias comunes

Había una mujer que tenía sueños e ilusiones en cada momento de su vida.
Había un hombre que parecía expresar claramente todo lo que sentía.
Sueños y palabras, son tan similares en el hecho de que a veces ambos distan demasiado de las acciones y corren el riesgo de convertirse en semillas de decepciones.
Hay cierto tipo de historia, que es más fecuente de lo que creemos, que conjuga personajes como los arriba mencionados.
Una mujer que prácticamente suspiraba en cada respiro y un hombre que jugaba con diversas palabras para decir lo mismo.
Se encontraron, se emocionaron y más temprano que tarde alguien se cansó del juego, igual las dos partes, y comenzaron a experimentar lo que se conoce como soledad en compañía. A ese baldío desolado no tardó en llegar una tercera persona.
Pudieron optar por la indiferencia puntual, por la negociación resignada o por las guerras con distinto grado de violencia (de la verbal a la puñetera, que no es igual a la autosatisfactoria), pero sin importar el camino que hayan decidido recorrer en su extravío sadomasoquista, hubieran terminado siempre en el mismo punto.
Mientras tanto, alguien en algún otro sitio, que soñaba, se ilusionaba o jugaba con las palabras, reinició el juego, dando comienzo a otra historia similar a la arriba esbozada. Sonrisas, besos, regalos y compromisos, halagos, caricias, perfumes, posiciones… hasta agotar las variaciones, para darse cuenta de que no había nada más que eso y llegar a puntos comunes, la misma película.
Historias con diversos principios, con leves variaciones, historias que comparten el final similar.

Líbrame de todo mal

Magdalena no conoció a su padre, pero tenía una mamá muy religiosa que iba a misa todos los días y que jamás comía carne en cuaresma, quizá por eso Magdalena, desde muy pequeña, rogaba al Creador que la preservara de todo mal.

Al cumplir 16 años, Magdalena comenzó a salir con galanes para escaparse del asfixiante control de su madre, pero ellos siempre detectaban esa urgencia desesperada en sus ojos y la abandonaban después de conocer detalladamente su cuerpo y divertirse un rato con ella, cansados de sus complacencias ante todo lo que le pedían. Magdalena, entre despedida y despedida, rezaba a Dios que la preservara de todo mal.

Magdalena se fue de casa de su madre, sola, y comenzó a buscar galanes por correspondencia. Le escribió cartas apasionadas a marineros, soldados, reporteros de segunda, vendedores ambulantes y presos, unos la visitaban, la disfrutaban e invariablemente la dejaban; a otros les hacía visitas conyugales, sin matrimoniarse con ellos, pero al final dejó de ser admitida en las prisiones a instancia de los reos que ya se habían hartado de ella. Lo más constante en la vida de Magdalena seguía siendo rogar a Dios que la librara de todo mal.

Un día le escribió a un músico célebre, exitoso homosexual de clóset, quien tras meditarlo mucho decidió proponerle matrimonio a Magdalena para así proteger su carrera y fama artística, pensando que de esa manera también podría curarse de su mal sexual. Tras la boda, la luna fue de hiel, la felicidad que Magdalena sintió por conseguir al fin un marido se evaporó cuando experimentó la monumental impotencia de este, quien no podía dejar atrás sus inclinaciones personales por más que se lo proponía. Magdalena seguía rogando a Dios que la librara de todo mal.

El músico, asqueado de su mujer, se fue de casa a buscar inspiración en otro lado y para ser discretamente abrasado por brazos más fuertes que los de su esposa. Magdalena volvió a escribirle a soldados, marineros, bomberos, payasos, actores y carniceros, a cualquier hombre excepto aquellos que estuvieran en prisión, y su mamá se fue a vivir con ella. La piadosa progenitora seguía yendo diario a misa y era buena administradora, se benefició demasiado monetariamente al regentear los diversos encuentros casuales de su hija, quien a pesar de hacer todo el trabajo no recibía ningún centavo y seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Magdalena le escribió a un jefe de policía que no sabía tocar la guitarra ni hacer horóscopos con flores, pero que sí se enamoró de ella y tenía una doble vida. Además de velar por el orden de una importante ciudad, él proporcionaba seguridad a los contrabandistas de la región y les hacía trabajos de encubrimiento. Magdalena jamás quiso saber detalles de la profesión del policía y se contentaba con saber que aunque no era apuesto era muy viril y que su puesto de trabajo era alto, por eso ella volvió a alejarse de su pía madre y se fue a vivir con él a esa casa que era una réplica del Partenón, decorada con estatuas clásicas, mucho terciopelo rojo, tonos dorados y pinturas rococó. Ella se sentía feliz, pero no por eso dejaba de rogar a Dios que la librara de todo mal.

Durante los idus de marzo, el jefe de la policía se vendió a un grupo mafioso de la competencia que le pareció mejor postor. Mala apuesta, porque sus anteriores patrones decidieron llevarle como regalo de despedida una bomba potente a su oficina. El jefe de policía salió volando por la ventana y cayó como ángel rebelde en el asfalto, hecho pedazos. Ella no pudo soportar tanto dolor, lo peor fue el funeral de cuerpo presente que le impresionó por el rompecabezas humano en que acabó convertido su amado. Magdalena trató de evadir su realidad volviendo a escribir cartas, mientras le seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Pero el fin del policía fue demasiado para ella, ni las cartas ni los encuentros efímeros le permitieron sobreponerse al trágico suceso. Su mente divagó hasta llegar al punto sin retorno, entonces fue recluida en una institución para el apoyo a las personas que viven realidades alternas (como en las épocas del buenismo se les llama a los manicomios). No hubo más cartas, y de amantes solo quedaron algunos locos que se limitaban a tocarla con impudicia morbosa, pero ya para entonces ella no reconocía ni a su madre, nada parecía importarle y lo único que salía de sus labios era un mantra constante y perpetuo dirigido a Dios, para que la librara de todo mal.

Besos de verano, lágrimas de invierno

El salón de la parroquia católica, donde de lunes a viernes a partir de las 9 de la noche los alcohólicos usan su anonimato para tratar de curarse ese mal progresivo y mortal que hace reír tanto a Baco y a los sobrios; y donde los sábados por la mañana se imparte el catecismo hueco a niños que comulgarán automáticamente tras su Primera Comunión.

Un salón mediano, con pisos de plástico y lámparas alargadas de neón, una de las cuales parpadea con tics de marinero retirado. Hoy no hay niños, ni borrachos en intento de recuperación, sino una celebración de ancianos en su tarde libre del asilo.

Tarde de karaoke, presentada por una mujer de 52 que se siente un chica, una rosa lozana y fragrante en medio de tanto olor y apariencias añejas. La “chica” interpreta grandes éxitos de hace 60 o 70 años, que traen recuerdos a las honorables personas de blancas cabezas.

Algunos de ellos sienten que las canciones de Bill Haley siguen siendo tan vigentes como las de Elvis. Y en realidad lo son, simplemente dejaron de estar de moda hace muchos otoños. Otros recuerdan viejos romances en pistas de baile, donde había muchas connotaciones sexuales que nadie les creería haber vivido hoy en día. Un anciano tiene pensamientos que ni el Viagra puede hacer realidad, el “Blues de la erección” sería la canción si pudiéramos rimar lo que el señor piensa. Algunos se paran a bailar, es curioso que la ancianidad sea alcanzada más por las mujeres que por los hombres, quién sabe, quizá con el avance del feminismo también en ese rubro habrá igualdad pronto. Así que muchas bailan solas, como solían hacerlo las Madres de la Plaza de Mayo, sólo que estas lo hacen a ritmo de Chuck Berry.

Sin levantarse de una silla, una mujer de saco rojo, que está más cercana a los 85 que a los 79, mira a sus compañeras un momento y siente que se abre una nueva grieta en su corazón. No le gusta esta caricatura de vida, esta amarga memoria de lo que fue, no entiende por qué son felices ni por qué no rompen a llorar. Ella aguanta sus lágrimas trabajosamente, mira con envidia a la “chica” cincuentona que canta, pero no con tanta, pues sabe que no es tan joven y que ya cruzó el umbral de la decadencia. La venerable del saco rojo añora la vida, los tiempos de independencia, cuando los errores no costaban tan caro, los tiempos previos al momento de haber sido botada en la casa de desechos humanos, donde la única cosa que se puede llamar esperanza es la muerte, y a veces esta tarda demasiado en llegar.

La mujer del saco rojo tiene gran fuerza de voluntad, no llora, además la mejor prueba de su voluntad es que ha llegado a acumular todos estos años, sin embargo hoy se pregunta “para qué”, con más intensidad que en otras ocasiones. Al menos en el asilo todo es gris y triste, continuo y uniforme, esta dizque celebración y recuerdo de glorias pasadas no le está ayudando en nada, y es como una bofetada en la cara que le hace presente lo que ya se pudrió en el pasado.

La mujer del saco rojo continúa callada, hundiéndose en una depresión que creía haber dejado atrás usando una impuesta automatización. La animadora desangelada de cinco décadas canta una de Elvis, y las demás viejecitas parecen dulces y alegres porque creen que recordar es vivir.

Summer kisses, Winter tears…

Vida

Laberinto con paredes de espejo, atiborrado como el tren subterráneo en hora pico. Ratones en insensata carrera y minotauros con furia o diarra. Así es la vida en la ciudad.

Despedidas de gente que quisieras que no se fuera, permanencias insistentes de personas cuya cercanía ya no deseas. He visto mucho, igual no demasiado aún, pero he notado que a pesar de los cambios aparentes, todo en el fondo es igual. Así es la vida en general.

Cinco mueren mientras otros diez nacen, quinientos mienten mientras uno dice media verdad. Nos quejamos de los gobernantes, pero en el fondo casi todos diríamos que sí si se nos ofreciera el poder, y con algarabía nos corromperíamos en mil pedazos. Así es la vida en nuestro interior.

Los viajeros cansados dejan empolvar sus maletas y los sedentarios se ufanan de haber viajado por todo el mundo desde su computadora o su televisión. La gente es la misma aquí y en China, sólo varían las complexiones y los colores. Nadie es superior, nadie inferior en tanto a razas, todos somos la misma moneda de cara sublime y cara jodida echada a suertes en la vida.

Las conductas y las ilusiones sólo cambian de apariencia, en tanto que el tiempo es circular. Ya olvidé quién dije que sería yo, tampoco recuerdo las personas que fui. He visto rostros lozanos ajarse con los años y también los he visto volver a nacer. Aunque nada cambie y me diga a mí mismo en momentos que todo es igual, descubro que todas las cosas son variaciones mágicas de una sola maravilla y sólo por eso vuelvo a respirar.

Ella baila desnuda frente a su amante

Ella baila desnuda frente a su amante

En ese instante todo cambia. Cuando eso sucede, empiezan a quedar en un lejano pasado todas las miradas corteses, las bromas y las risas que pretenden agradar. Olvidados quedan también el nerviosismo por el rechazo y la timidez. Ya no más galanterías de abrir las puertas que ella encuentra a su paso ni ayudarla con su carga física, no más de esa respetable y recatada admiración de su personalidad. Muy lejos se sienten entonces las ilusiones de futuros dorados, de cuentos de hadas, las mariposas en el estómago y la añoranza pura durante la ausencia de esa persona, que tras con intimidad ha dejado de parecer inalcanzable.

Ella baila desnuda frente a su amante

Ya no queda nada por descubrir físicamente, la geografía ha sido cartografiada, los puntos exactos de respuestas inmediatas han sido catalogados. ¿No es realmente aquí a dónde realmente todos queremos llegar cuando fijamos el objetivo de conquistarla? ¿No es esta la finalidad de cualquier cortejo?

Ella baila desnuda frente a su amante

Es el momento preciso en que el asunto puede dejar de ser enamoramiento o amor y convertirse en fijación, en “enculamiento” como diría la gente más refinada o en la necesidad de un urgente olvido. Los analfabetas funcionales, los poetas más estilizados y los tímidos, buscan todos lo mismo: acostarse con la mujer deseada y hacer que baile desnuda frente a ellos. Esto va más allá que Salomé quitándose velos frente al rey, y es la acción previa a la de Dalila jugando con el cabello de Sansón. Es el umbral de la intimidad más intenta, esa que todo lo cambia, que corta de tajo la dulzura, que derrumba las defensas, que da inicio a las exigencias, que fortalece la relación o que la empeiza a resquebrajar para que se derrumbe con un soplo.

Ella baila desnuda frente a su amante

Pudieron llegar hasta allí de distintas maneras. Tras un gentil galanteo que siguió todos los requisitos sociales y sentimentales que dicta ese alguien que no tiene nombre, pero sí presencia terrenal. O ser la consecuencia de un accidente o una explosión interna. Quizá sea el premio a mucha paciencia o la presa de una cacería bien planeada. A lo mejor sólo fue después de soltar súbitamente la riendas del comportamiento. ¿Quizá tras haber fijado el precio? Ella pudo ser tanto un ideal como una simple necesidad.

Después de las mutuas desnudeces, del intercambio de sales y sudores, de la primera exploración íntima, hay varias rutas a seguir:

Dejar el dinero y salir.

Entregar por más tiempo el dinero y la vida.

Continuar satisfaciendo ciertas necesidades animales que exige el cuerpo, mera física sin ataduras sentimentales.

Crearse una fantasía.

Crear una historia y echarlo todo a perder.

Empezar una negociación sensata.

Quizás haya otros caminos, pero esos son los que conozco.

Ella baila denuda frente a su amante

Si solían ser amigos la amistad cambiará a partir de ese momento, lo más probable es que se extinga por completo. Si eran extraños puede que se sigan viendo hasta definirse ambos, ya sea juntos o por separado. Si eran conocidos es posible que uno de los dos pregunte “¿Y ahora qué hacemos?”.

Esa intimidad que todos buscamos, termina cambiando cualquier relación.

El inexperto puede enamorarse de la prostituta irredenta que por experiencia rechazará dicho amor, o le sacará provecho mientras dure. La seria persignada que cedió por fin ante el insistente que persistió como gota de agua en la roca y que perderá el interés tras el encuentro de ombligos. Los enamorados pensarán que esto es amor, y quizá lo sea. La virtuosa puede convertirse ahí en puta y la puta en maestra que muestra todas sus virtudes. Tantas cosas que pueden suceder tras esa danza seductora.

Pero en realidad casi nadie piensa en nada cuando ella baila desnuda frente a su amante. Nadie piensa, ni se pierde en reflexiones, es ese momento único, quizá irrepetible, en el que si razonas te ausentas, y más vale estar ahí cuando sucede. Hay que vivirlo porque ya nada será igual, porque igual ya no vuelve a pasar.