¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Jubilado

El campanario de la centenaria catedral cantó las ocho de la mañana.

Frente al templo de alto rango se encuentra el palacio municipal, donde personas de la peor ralea supuestamente trabajan y abusan del poder, pues allí se ubican las oficinas del gobierno local, cuyas puertas abiertas de par en par permiten admirar las desgastadas escaleras que conducen a demasiadas puertas burocráticas dignas de una pesadilla de Kafka con fiebre.

Allí podemos admirar también las gruesas columnas, las baldosas rosadas, la placa conmemorativa y al encorvado Don Joselo, vejete enfundado en la chamarra de cuero negro que siempre utiliza en mañanas tan frías como la de hoy. Don Joselo piensa en su único hijo, ese que no le llamó ayer para felicitarlo por su cumpleaños número 70. “Gnña gni gnpogg engso gnme hangbla”, susurra tristemente para sí el ajado personaje enchamarrado que, debido a un accidente, quedó gangoso de por vida. Sí, recuerda a su hijo, de quien nada ha sabido en 35 años, bien podría hasta estar muerto, como su madre, y el viejo ni por enterado.

Su cerebro le muestra en la memoria la lápida de su mujer, en la que, debajo el nombre de ella (Margarita Sosa de Pérez) y los años que vivió (1935-1971), se encuentra grabada la frase: ‘Su esposo e hijo la recuerdan’. A Joselo se le hace curioso el hecho que recuerde tan bien esa lápida, pues sólo la vio el mero día del sepelio; así como el que justo hoy, esa frase suene tan cierta.

El campanario anuncia las fellinianas 8 y media, y el sonido de los tacones de un par de zapatos baratamente plateados delatan el presuroso andar de quien los calza. Es una “glamorosa” secretaria de la oficina de gobierno, de quien nadie sabe exactamente a qué se dedica pero nadie duda que se encuentra registrada en la abultada nómina de la dependencia. Don Joselo voltea en dirección a las pisadas como lo haría un perro ansioso tras identificar la aproximación de su amo. Su sorpresa es grata tras descubrir que se trata de Meche, la mujer de gruesas piernas, gelatinoso trasero, breve minifalda y escote desbordante de cortesana del Rey Sol, cuyas facciones naturales son imposibles de distinguir debido a las gruesas capas de maquillaje que cubren su rostro.

Meche tiene prisa por introducir su tarjeta a tiempo en el reloj checador de la oficina de recepción de rentas, y largarse de allí cuanto antes para regresar puntualmente a las 5 de la tarde para registrar el término de su jornada. A ella le encanta ser saludada por los hombres, pero “este viejo, aquí paradote todos los días”, le es verdaderamente repugnante. Por ello, siempre que puede, hace su máximo esfuerzo por esquivarlo. Pero hoy Joselo se encuentra en el punto preciso desde donde le es posible interrumpir el camino de todo aquel que pretenda ingresar al edificio municipal.

“Gngüenos gndías gnpgreciosa”, le dice cortésmente el septuagenario extendiendo caballerosamente su mano derecha a la mujer que ahora se encuentra a poca distancia. La dama -cuyas partes púbicas son consideradas públicas por el personal masculino de la oficina- le responde con un gélido desdén de sangre azul: “buenos días Joselo, ¿cómo te amaneció?…” Tratando de no detenerse para esperar la respuesta, ella le ofrece distraídamente su mano al viejo . El saludo pretende ser tan escurridizo como una sanguijuela aceitada, pero la pseudosonrisa fingida de Meche se convierte en mueca de incomodidad cuando trata de zafar su diestra del desesperado apretón con el que el anciano la aprisiona, a la vez que trata de acercar esos cinco dedos femeninos a sus resecos labios de hombre viejo para regalarles un casto beso.

“Gnmugñeca gnquédagte ugn gratito cognmiggo”, le ruega el viejo a Meche una vez que ésta logra liberar su mano con un jalón enérgico y definitivo. “No puedo Joselo”, le responde la mujer con sequedad y enfado, “tengo que checar, pero te juro que ‘orita regreso”. Mal acaba de terminar la última palabra cuando entra presurosa al palacio municipal y su imagen se pierde en un largo pasillo por donde va maldiciendo a Don Joselo y a la madre que lo parió.

El orgullo del viejo resiente el rechazo con amargura. “Gnhola gmargtita”, saluda Joselo cuando descubre que junto a él pasa otra mujer, ahora de aparentes 60 años (quien en realidad no llega ni a 50). “Hola Joselo”, es la fría respuesta de Martita, la cual mantiene su mandíbula cerrada con una dureza que produce pequeños latidos de sus sienes.

Ella también lleva mucha prisa por llegar a checar y se pasa de largo sin estrechar la mano del viejo que se queda esperando el apretón de manos. Los demás burócratas comienzan a arribar como carroñeros en parvada (el reloj checador juega el papel de cadáver reciente en esta farsa). Todos tienen la misma intención que las dos mujeres que lograron apersonarse a tiempo. Algunos saludan a Joselo como si fuese parte de su rutina, pero nadie permanece más de 10 segundos con él.

“Don Joselo”, le dice una voz jovial que se aproxima, “usted tan puntual como siempre, aunque ya ni trabaje aquí”. Se trata de Tomás, el actual encargado de la ventanilla de ‘aclaraciones’ -la misma que durante 40 años fue la responsabilidad laboral del anciano personaje. Honestamente Tomás no hace ni más ni menos cosas de las que Joselo solía realizar, antes de jubilarse, cuando atendía a la gente que llegaba hasta esa ventanilla para aclarar algún cobro injustificado o para denunciar alguna falla administrativa. Tomás, Joselo y todos los demás trabajadores del Estado que desempeñan trabajos similares en ventanillas similares, se limitan a encogerse de hombros ante cualquier queja llevada hasta su ventanilla y a expresar frases de un escuálido vocabulario compuesto por: ‘orita no puedo atenderle’, ‘la persona encargada no está y es la única que ve estas cosas’ y la escasísima ‘eso es todo’.

“Gnhola gntogmasito”, responde Joselo al saludo de su sucesor laboral y, para retenerlo un poco, le pregunta: “¿gnvio el gnfutgbol agnoche?” Tomás, conservando la sonrisa saludadora, sólo emite un “ajá” como respuesta y desaparece por el largo pasillo. Meche aprovechó la distracción que Tomás provocó en el viejo y se escabulló por una puerta lateral. Lleva mucha prisa, pues va a desayunar y luego tiene una cita con un empleado ‘nuevo’ -quien recién entro el lunes pasado a trabajar-, con el que practicará su bien ganada experiencia erótica.

“¡Ah qué Joselo”, dice un policía de unos 65 años a su antiguo conocido mientras se le aproxima, “tú siempre aquí tan temprano!” “¿Gnqué gnquieres gnpagquito? ¡Gno gntegngo gnada gqué hagcer!”, responde el aludido con resignación consciente otra vez de la mirada que lo ha atormentado durante esta mañana. “Nomás me acuerdo que cuando trabajabas no hallabas la forma de largarte de aquí lo más pronto posible como todos estos cabrones. Y mírate ‘ora: te la pasas aquí todos los santos días, parado y tratando de platicar con todos. Te dije que no te jubilaras, pero te ardía el andar de huevón. Todo para esto… Hasta creo que cuando te mueras (¡que Dios no quiera que sea pronto!) tu alma va a estar penando por aquí por muchos años; nomás por la pura costumbre”, le dijo el policía concluyendo con una carcajada tan sonora como sincera, y llevándose a la espalda su oxidada ametralladora fue a ocupar su sitio de guarda en el banco que está cruzando la calle.

Joselo rió, pero muy adentro sintió lo triste de su realidad. Si su mujer viviera… ella ya le habría perdonado todos los golpes e insultos que le propinó, tanto sobrio como borracho, durante su breve matrimonio. De seguro ella tampoco se acordaría de las múltiples infidelidades de Joselo “Gnal gfin ngy al cagbo gtodas las ngviejas con las que engagñé a gnmargarita estagban horrigbles”. A lo mejor lo que más le hubiera costado a ella perdonarle eran las frecuentes golpizas que él le solía propinar al niño (Joselito). Pero sí, el viejo cree sinceramente que su mujer ya le habría perdonado hasta eso. ¿Quién iba imaginar que algún día llegará a extrañar a Margarita? Pero ella está muerta y Joselito quién sabe en dónde diablos (“Gnmégdigo gndesangradecigdo ngya gni ngpor que gnyo gle gdaba de ngtragar”). A Don Joselo únicamente le queda seguir con el tren de vida que conoce.

El viejo voltea su alargada cabeza y se encuentra con Martín (el vendedor de tamales), uno de los pocos con los que sostiene verdaderas conversaciones, y ambos comienzan a discutir acerca de lo que debe hacer el presidente de la República para sacar adelante al país. Mientras Joselo y el tamalero discutían acerca de los fraudes electorales, en el pecho de Joselo nació un agudo dolor, haciendo que el viejo dibujara en su rostro un perfecto rictus de mártir católico, mientras la cara del tamalero mostró una repentina preocupación.

Joselo sólo dijo “Gngaaay Gncangrajo”, mientras con las manos se oprimía con fuerza el pecho y se desplomó para no volver a levantarse. El lunes siguiente todos los burócratas comentaban entre sí de lo buena persona que era el viejo Joselo, de lo buen amigo que era de todos y de lo mucho que lo extrañaban. “Mira que venir a morir justo aquí”, decía en su mejor ‘tono sabio’ el policía de 65 años. Dos semanas después, todos tenían las mismas prisas de siempre para ir a “checar” sus entradas y sus salidas y nadie, nadie salvo en esporádicas borracheras de oficina, volvió jamás a acordarse del viejo Joselo.

El pájaro

Salí de comer, con la barriga llena y el corazón contento, y me dirigía satisfecho y a paso lento a la oficina para trabajar la segunda parte de la jornada, ganarme el pan futuro que sirviera de ofrenda a mi corazón y estómago.

Caminaba por la calle de siempre.

A la altura de un salón de belleza que abre temprano en las mañanas para que mujeres jurásicas, casi momificadas, vayan a hacerse sus peinados barrocos rococó pompadour y sentirse vivas, y algo coquetas en su senilidad (la esperanza realmente muere al último)…

Caminaba despreocupado a la altura de dicho salón cuando un ave, emitiendo una especie de grito guerrero, “¡iarrrrrrraaaack!”, pasó volando junto a mí a gran velocidad, iniciando su ataque de espaldas a mí, rozando mi cabello.

Empecé a suponer que era un pájaro de hormonas alebrestadas, y osadamente idiota, que quería impresionar a una hembra con acrobacias riesgosas, pero antes de que acabara de elaborar bien mi teoría el ave realizó otra acometida.

Por cierto, no había otro pájaro a la vista.

El segundo ataque también me rozó la cabellera y fue acompañado de otro grito, “¡iarrrrrrraaaack!”, sólo que esta vez fue frontal, o sea, una envestida desnuda en dirección contraria que la primera. Eso no era un accidente, no era una valentonada tampoco, era una ofensa, una experiencia cercana a la película “Los pájaros” de Hitchcock.

No me detuve, seguí en mi andar normal, pensé que había llegado el Aaaaapocalipsis (como lo pronunciaba mi maestro de física en la preparatoria cada que quería asustarnos con el infierno) y que Alfred Hitchcock había sido realmente un profeta. Busqué al gordo director de cine por algún lugar, pero no estaba, de hecho ya lleva muerto muchos años.

¿Por qué me atacaba un ave?, ¿tengo yo pinta de espantapájaros? No, imposible por definición, si fuera así no se atrevería a acercárseme y yo no tendría cerebro, ¿verdad Dorothy? El ave me volvió a arremeter contra mí, por tercera vez, con otro violento roce a mi cabello y su odioso grito de furia irlandesa “¡iarrrrrrraaaack!”.

Voltee hacia atrás. Vi al ave de pico largo gritándome “¡iarrrrrrraaaack!, ¡iarrrrrrraaaack!” desde la copa de un árbol borracho de sol. Parecía proteger un nido. Sin duda mi melena, similar a la de un león con resaca dominical, había molestado al ave. Es probable que me haya confundido con un buitre de peluche o con un animal depredador (en el término estricto todos los humanos somos lo último y probablemente por eso nos sintamos los primeros). O bien el pájaro pensó que me había robado su nido y me lo llevaba puesto como gorro cosaco ruso vodkista.

Seguí caminando, un poco nervioso, sin acelerar el paso ni perder mi descompuesta compostura, pero el ave decidió que la amenaza había pasado y desistió de sus ataques. Quizás comprobó que su nido estaba en el mismo lugar donde lo había dejado, totalmente seguro, y prefirió ahorrarse la pena de pedirme disculpas.

Ahora no sé si cortarme el cabello (quizá en el salón tempranero donde van las ancianas jurásicas a que las dejen como cortesanas añejas de la corte del rey sol) o andar por las calles con casco. Lo mejor será ya no pasar por ese lugar… “nunca más, nunca más”.

Cuento de Navidad: la Nochebuena de la Familia Araña

Una fría mañana de 24 de diciembre, muchos en el mundo se habían levantado de la cama dispuestos a prepararse para celebrar la gran cena familiar. Los demás (incluyendo a solitarios, amargados existenciales, enemigos acérrimos de la cristiandad o del comercialismo insensato, no cristianos o por los suicidas con motivo) se disponían a sufrir, a fingir o a sentir que esta fecha no significaba NADA para sus individualidades. Poco a poco, los que sí celebran comenzarían sus visitas a los seres que estiman, o a los que no estiman pero que sienten la obligación de visitar; otros saldrían presurosos a realizar las compras de último minuto mientras los menos realizarían sus cultos religiosos para conmemorar esa fecha. Entre los que celebraban la Nochebuena estaba la familia Araña (en realidad el nombre de la familia era Epeira diademata, pero llamémosles sólo Araña).

Los Araña habitaban en la gran telaraña de un jardín. Mamá Araña había sufrido mucho por el intenso frío de la madrugada y la primera idea que le cruzó por la mente al levantarse (teniendo mucho cuidado de iniciar el día pisando con sus cuatro patas derechas tras abandonar su pequeña cama) fue reñir a Papá porque éste no daba indicios de buscar un mejor sitio dónde trasladar a su familia. Pero, “es 24 de diciembre y sería impropio que inicie este día peleando con Papá”, se dijo Mamá posponiendo para otro día la recriminación a su marido.

Papá conocía muy bien a la artópoda con quien había contraído matrimonio, y con sólo mirar los múltiples ojos de su esposa esa mañana, adivinó al instante lo que pasaba por la mente de ésta. Papá sonrió con una picardía poco común entre las arañas. “Antes de prepararnos todos para los festejos de la noche, me gustaría entregarles a todos mi regalo por adelantado”, dijo Papá a su esposa, “así que despierta a los niños y llama al Abuelo. Diles que empaquen sus pertenencias rápidamente y se reúnan conmigo, incluyéndote a ti, querida, dentro de media hora en la vieja ventana rota”. Tras decir esto, Papá se despidió y se dirigió hacia la vieja ventana. Éste era el lugar por donde las arañas ingresaban a la gran casa cuando salían de paseo (o mejor dicho, entraban de paseo) para divertirse un poco en la cocina de los humanos.

Mamá también conocía perfectamente a su esposo, por lo que la noticia la emocionó mucho, antes de saber concretamente en qué consistía la sorpresa de Papá. Así que con mucha excitación, Mamá fue a despertar a los demás miembros de la familia.

La primera a quien despertó fue a Hija Araña, ella había pasado gran parte de la noche sollozando por la discusión que había tenido con su padre antes de retirarse a dormir. Al ser despertada dulcemente por su madre, Hija se sintió feliz, pero tras recordar los incidentes nocturnos, su rostro volvió a ensombrecerse y decidió actuar de manera adolescente de acuerdo a las circunstancias, esto es, de mal humor.

La escena de la noche anterior había sido más o menos así.

Hija (acercándose cariñosamente a su Papá y con una voz melosa): Papaíto ¿verdad que me quieres mucho?

Papá (casi cayendo en la trampa, pero encendiendo de inmediato su sistema arácnido de protección): Sí hijita, ya lo sabes bien que sí.

Hija: Oye, me preguntaba si yo… eh… yo…

Papá (pensando que un preámbulo tan dubitativo presagiaba una difícil petición): ¿qué es lo que mi hija querida quiere pedir a su Papaíto?

Hija: Bueno es que… Escarabajo Cara de Niño me invitó a pasar la noche del 24 en su departamento-agujero y yo quisiera ver si tú me lo permites.

(Escarabajo Cara de Niño era el novio en turno de Hija Araña, un ‘bueno para nada’, según la opinión de Papá, que sólo sabía manipular excrementos ajenos).

Papá: Lo siento hijita, pero ya sabes muy bien que la celebración del 24 de diciembre es una celebración FAMILIAR y que por eso se debe realizar en la casa de la FAMILIA. Ya tendrás otra ocasión de salir con Escarabajo en el futuro.

Hija: Pero Papá, es que tú no entiendes. Él ya avisó a su familia para que yo asista a su reunión…

Papá: Pues que les avise ahora que no vas a poder asistir.

Hija: Pero, tú sabes bien que eso no es correcto. No seas injusto…

Papá: Espera, espera… En primer lugar esto no tiene nada que ver con asuntos calificables de correctos o incorrectos. Tú le dirás que avise que no puedes ir y punto. En segundo lugar, tampoco percibo que mi decisión sea injusta en lo absoluto; así que por favor póngase a pensar un poco en su actitud, señorita, y asimile que usted pasará con SU FAMILIA la noche del 24.

Hija: Pero es que siempre todo tiene que ser de acuerdo a lo que TÚ decides…

Papá: Ya sabes bien que mientras TÚ vivas en MI telaraña se hará lo que YO diga y si no te parece, la rama que conduce al muro es lo suficientemente fuerte para soportar tu salida.

Tras el uso de la famosa frase que utilizan todas las arañas progenitoras cuando se ven en una situación similar, a Hija no le quedó de otra más que dar la media vuelta y retirarse a dormir. Dando inició a las lágrimas y a los pensamientos del tipo: ya verá cuando yo sea independiente, entonces podré hacer lo que YO quiera de mi vida.

Regresemos al presente. La familia completa, Mamá, Hija, Hijo, Bebé y Abuelo se reunieron a la hora acordada con Papá en la vieja ventana rota. De allí Papá los condujo al interior de la cocina y no se detuvieron hasta llegar a un gran sitio cerrado y oscuro.

“Este es nuestro nuevo hogar”, anunció Papá inflando con orgullo su voluminoso abdomen.

“Pero, esto… esto es…”, respondía Mamá conmovida.

“Papá es maravilloso”, exclamó Hija olvidando todo el malhumor y vislumbrando un futuro dorado, digno de ser presumido, habitando en esa gran vivienda cálida y acogedora.

“¿Pero, qué no es este el hogar de los Cucaracha?”, dijo el Abuelo, rompiendo las ilusiones y la alegría familiar.

“Sí, lo era, pero ayer me lo vendió Cuco Cucaracha por muy poco…”, le respondió Papá sabiendo de antemano que el Abuelo haría una observación semejante y por ello llevaba ya preparada su respuesta, “…con el vicio al juego que tiene Cuco Cucaracha tuvo que malbaratar su vivienda”.

“Por eso era tan importante para mí que pasaras esta noche con nosotros Hija”, expresó dulcemente Papá mientras abrazaba a su Hija.

“Es maravilloso, parece un sueño. Soy la Araña más feliz del mundo”, dijo por fin Mamá. “gracias Papá”.

El nuevo hogar era en verdad amplio, limpio, seco y, sobre todo, cálido. Las lisas paredes metálicas eran un ejemplo perfecto de la limpieza. Cuando Mamá comenzó a acomodar sus pertenencias y tejer las camitas, no cesaba de repetir: “¡Un sitio así solo para nosotros! Pobre Cuco Cucaracha, tener que haberlo abandonado por su vicio al juego”. La última frase fue dicha por Mamá con un énfasis especial, quizás porque Hijo Araña era quien estaba escuchándola en esos momentos.

Mamá Araña construía las camas junto a un grueso tubo con varios orificios pequeños. “Este tubo servirá para albergar a los futuros miembros de nuestra familia”, se decía Mamá feliz.

Bebé Araña dormía tranquilamente, sin temblores de frío, colgado de una de las múltiples tiras paralelas de metal cromado que atravesaban el interior del nuevo hogar de extremo a extremo. “Estas barras me servirán de gimnasio privado”, pensaba Hijo Araña proyectándose a sí mismo en su imaginación como una fornida tarántula.

Abuelo Araña se encontraba sentado en una esquina, retomando sus actividades habituales: comer, dormir, comer, dormir, comer, etc.

Alrededor del mediodía, Mamá Araña terminó de elaborar las camas, tras lo cual procedió a fabricar esferitas de seda para ambientar el hogar. Hija Araña estaba pensando en la cara que pondrían sus amigas al ver su nueva casa; aunque también dudaba de si sería conveniente seguir saliendo con Escarabajo Cara de Niño, pues con el nuevo estatus adquirido tal vez hasta podría reconquistar el corazón de Alacrán Galán. Papá Araña miraba a su hija y dibujaba de nuevo otra pícara sonrisa en su rostro.

“Es hora de que cada uno de nosotros vaya por los obsequios que nos entregaremos por la tarde”, anunció Papá. Una tradición peculiar de las Arañas es entregarse sus presentes por la tarde del 24 de diciembre; esto con el fin de tener toda la noche libre para celebrar y colgarse felices por todos lados; para al final, exhaustos, esperar la llegada de Ponzo Clós (la gran Tarántula Roja que hace obsequios a los arácnidos que se portan bien).

“¡Sí!, ¡Viva!, “¡Moscas!, ¡Yuppy!”, gritaban emocionados los miembros de la familia tras la sugerencia de Papá. Y cada uno, por su lado, abandonó el nuevo hogar para ir por los respectivos presentes a regalar.

A las 4:30 de la tarde ya todos estaban de vuelta dentro de su flamante vivienda.

“Muy bien”, les dijo Papá, “demos inicio a la entrega de regalos”.

El Abuelo fue el primero en entregar su obsequio; esto por dos razones muy importantes: 1) era el miembro más viejo de la familia y 2) era el que siempre se quedaba dormido de la manera más repentina posible.

“Este es para Bebé Araña”, dijo el Abuelo entregando a su joven nieto un bultito envuelto en un pedazo de hoja de maple.

Bebé Araña abrió el bulto para descubrir que se trataba del famoso Manual de Paredes escrito por el doctor Tarantela (reconocido internacionalmente por sus aportes a la Paredología).

“Gracias Abuelo”, decía emocionado el Bebé, demostrando con ello a su familia que ya estaba lo suficientemente crecido como para hacer uso correcto del lenguaje, “me servirá de mucho este libro”. El Abuelo no alcanzó a escuchar la última frase, pues ya para entonces se encontraba dormido.

Mamá dejó a un lado la emoción que le inspiraba estar viviendo esos felices momentos dentro de esa maravillosa y nueva vivienda, para decir: “Este es mi regalo para toda la familia”. Entonces, con la habilidad de un mago carterista, sacó de quién sabe dónde un gran paquete envuelto en seda de gusano.

Papá, por ser el jefe de la familia, fue el responsable de abrir el paquete. El regalo produjo grandes exclamaciones de asombro entre todos los miembros de la familia, pues era, ni más ni menos, una gigantesca mosca panteonera lista para ser devorada. “Menudo festín tendremos hoy Mamá”, dijo Papá besando a su esposa.

“Ahora es mi turno”, dijo Papá, “mi obsequio es para Hija. ¡Feliz Nochebuena cariño!, tras decir esto, Papá lanzó una misteriosa señal a una esquina del hogar. Los ojos de hija se iluminaron al ver salir de esa esquina al Alacrán Galán con un ramo de florecillas en una de sus tenazas, diciéndole conmovido a Hija: “Perdona mis errores, ¡Te Amo!”. Ella corrió a sus tenazas y ambos se fundieron en un abrazo digno de la narración más cursi posible.

En ese momento, un sonido como de voz humana se escuchó afuera de la flamante casa de los Araña (ellos, de ese sonido, sólo entendieron algo asó como: “E OOOO, EEEE E E O O”).

“Bien, es el momento de tomar nuestros asientos y comenzar a devorar esta deliciosa mosca que…”, dijo Papá ignorando por completo el sonido humano. Pero su frase fue interrumpida por una gran luz proveniente de la súbita apertura de una de las paredes del hogar.

La familia se llenó de terror ante el también repentino olor a gas que salía del grueso tubo de varios orificios, y al ver acercarse a este una gran mano humana con una cerilla encendida.

Lo último que vieron los miembros de la familia Araña (exceptuando al Abuelo quien descansaba sin sospechar que su sueño repentino se convertiría en su sueño eterno) fueron grandes y apocalípticas lenguas de fuego, escapadas de los orificios del tubo. El libro de Bebé Araña fue consumido casi tan rápido como su propio dueño. Mamá Araña apenas y fue consciente de la gran desgracia. En pocos segundos lo único que quedó en ese hogar fueron restos carbonizados de la familia Araña, un buen fuego y un gran pavo horneándose.

Esa noche la familia de Pedro disfrutó una deliciosa cena cuyo platillo principal fue un pavo que quedó listo un poco tarde. El 25 de diciembre Cuco Cucaracha regresó a su hogar, felizmente aliviado de haber podido pagar todas sus deudas y tratando de decidir a quién le haría la misma broma macabra el próximo año.

NOTA: La frase humana que escucharon los miembros de la familia Araña poco antes de morir fue: “Pedroooo, preeeende el horno”; pero, como es bien sabido por todo aquel que ha vivido dentro de un horno, las consonantes expresadas desde el exterior son imposibles de escuchar dentro de tales artefactos.

Perder la cabeza por la religión

Puede que el caso no haya sido difícil, al contrario, fue demasiado sencillo. Sin embargo destaca por lo insólito, quizás por otras cosas…

Son 20 años los que tengo de carrera en el departamento de investigación de crímenes. Y cada año que pasa, menos entiendo que la gente guste de ver películas y series de Tv, relacionadas con asesinatos, investigaciones, llenas de sangre, que muestran el salvajismo al que pueden llegar sus congéneres. Imagino que eso debe satisfacer su curiosidad, convirtiéndolos en testigos suficientemente ajenos de las atrocidades humanas, a distancia segura como para no percibir la pestilencia de la sangre derramada, ni la suciedad que suele rodear a la sordidez. Ya empecé a divagar, cuando lo que quiero es relatarles el caso del decapitado.

Recibimos la llamada a eso del mediodía de un caluroso día de julio. Un vecino quejándose del hedor llamó al intendente del viejo, pero lujoso, edificio de departamentos.

El intendente, hombre perezoso, tuvo un extraño acceso de energía y corrió a ver qué sucedía. No le costó trabajo descubrir que la pestilencia provenía del número 146, departamento rentado a un tipo solitario y exitoso profesionista, del cual no tenía queja alguna, pero que siempre le pareció un inquilino raro y solitario.

El intendente llamó varias veces a la puerta del 146, pero no recibió contestación. La hediondez provenía sin duda de allí, así que tan cumplidor de las normas como temeroso de la ley el intendente volvió a demostrar que no siempre es tan perezoso y decidió llamar de inmediato a la policía. Aquí entro yo a escena.

Formar parte de servicio policiaco fue para mí más herencia que vocación. Mi padre llegó a ser un destacado miembro de la policía, legendario por su incorruptibilidad. La genética le hizo una mala jugada cuando mi inclinación profesional iba para el rumbo de la filosofía, aunque la mala broma del destino terminé pagándola yo, al exigírseme seguir con la carrera de mi padre. No hubo problema al final. He leído suficiente filosofía en mis tediosas horas de guardia, lector asiduo del ideal al que siempre ha aspirado la humanidad, y a la vez tengo la ventaja de ser testigo en primera fila de la tragedia existencial, de la realidad cotidiana de la especie.

Forzamos la bien cerrada puerta del 146. Un lujoso interior, de techo alto, de esos edificios viejos con más de un siglo de existencia, las ventanas bien aseguradas desde dentro, el departamento con poco mobiliario, a la izquierda destacaba un gran librero, prácticamente vacío, a no ser por cuatro libros: los viajes de Marco Polo (ese también conocido como “El Millón”, porque la gente de su tiempo creyó que era un compendio de un millón de mentiras), el Infierno de Dante (extracto apasionante de la Divina Comedia, siempre popular seguramente porque el purgatorio y el paraíso son tan ajenos a esta vida, que nos atrae lo que conocemos, y de lo que sin embargo queremos huir; por eso siempre resultará más atractivo asomarnos a las pesadillas que conocemos, que correr hacia las glorias que nos son desconocidas); El Paraíso perdido (ese largo poema del invidente vidente Milton, donde se narra la rebelión de ángeles que terminaron siendo expulsados del cielo para colonizar el infierno) y La Biblia.

Ese librero, de gran tamaño, había tenido muchos más libros, por alguna razón, que al final resultó obvia, sólo contaba entones con esos cuatro libros.

Al centro una sala, una pantalla de alta definición, un comedor con cuatro sillas y la cocina. A la izquierda, cerca del ventanal bien cerrado y con espesas cortinas, se encontraba una guillotina, suficientemente grande para arrancarle la cabeza a alguien, gracias a una gran pesa adherida a la afilada cuchilla, pesa que garantizaba que la cuchilla cayera y cortara todo lo que se encontrara a su paso. Y así fue, cerca de la guillotina, estaba un cuerpo sin cabeza. Sangre seca en lo que fue un gran charco, apestando como no lograrás percibirlo en las películas o series de televisión. Al fondo, cerca de la pared, una cabeza, por el suelo. Sin duda ésta había rodado desde la también ensangrentada guillotina.

No había huellas de pisadas ajenas a las del difunto (la investigación forense tampoco descubrió huellas digitales de otras personas en el recinto). Al parecer el muerto, quien fue identificado sin lugar a dudas como el inquilino del departamento, había decidido acabar con su vida, usando esa guillotina. El motivo resultó demasiado fácil de deducir al conectar el elemento en común que tenían los cuatro libros solitarios: religión. Eso que promete unión y sólo trae problemas y disputas, bálsamo de los viejos y los desesperados, esperanza de los desesperanzados y tormento de los que no logran entender cómo vivir en este mundo.

Para mí todo fue como una iluminación rápida. En el libro de Marco Polo se habla de un tipo, un zapatero, que tenía una fe tan grande como para mover montañas. La prueba de que se trataba de un hombre muy devoto era el hecho de que estaba tuerto, y lo estaba porque él se había arrancado un ojo en alguna ocasión que le había visto parte de la pierna a una clienta. El santo hombre en su momento libidinoso recordó el pasaje evangélico de: “Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo; porque es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”. El hombre santo de Marco Polo, la tuvo fácil, sólo necesitó arrancarse el ojo. ¿Pero qué hacer cuando lo que te hace pecar son tus pensamientos?

Abrir la Biblia fue la comprobación, pues precisamente esa pregunta estaba escrita, a mano con la comprobada caligrafía del decapitado, en el margen del libro sagrado en la página donde está el capítulo 5, versículo 29 del Evangelio de Mateo.

El cuerpo y la cabeza eran los restos de un hombre atormentado a niveles absurdos por esa lucha interna entre bien y mal que la religión nos menciona desde siempre. Sí, confirmamos que el occiso  iba a misa siempre, se confesaba con frecuencia y, sin embargo, allí estaba su “ojo mental” atormentándolo siempre. La misma Biblia le dio la forma de arreglar el problema, o quizá fue el libro de Marco Polo.

Como lo insinué, todo se comprobó al seguir la investigación, todo estaba a la mano. Facturas de una carpintería, el lugar donde se compró la chichilla afilada e incluso los honorarios de un ingeniero al que se le asignó la construcción del aparato mortal, éste en el interrogatorio nos confesó que el difunto le había solicitado la guillotina con instrucciones precisas sobre el funcionamiento que esperaba, claro que argumentó que sería para una obra teatral de aspiraciones realistas. En fin, suicidio meticulosamente elaborado.

No acostumbro hablar de casos, pero éste suscitó tanta habladuría en los medios, que por ello decidí aclarar el asunto. No, no fue como dicen muchos un demonio el que mató a ese hombre, no fue una secta ni un fantasma del pasado que en vez de Navidad le presentó pasajes de la revolución francesa. Como dije, fue un simple suicidio elaborado, cargado de religión. Así que ahora es probable que en el Cielo haya un descabezado sin sonrisas, gozando de la Gracia eterna.

Ignoro si me iré al Cielo o al Infierno, pero sé que adonde llegue, al menos yo sí llegaré entero.

guillotina[1]

Empacar e irse (no estaré aquí para ti)

No estaré aquí para ti

Me querías, lo juraste sobre la tumba de mi madre. Dijiste que lo hubieras jurado también por el sepulcro de tu progenitora, pero eso era de mal agüero, más estando ella tan viva. Me amabas, dijiste, como no habías amado a nadie.Tras nuestro compromiso, pedida de mano y resto del saldo, el rito con todo y anillo, aunque sin diamante, exactamente en la noche de luna de miel, mientras olías una floreciente magnolia, decidiste irte a conocer el mundo con un jugador de cartas marcadas que conociste en nuestra boda. Dijiste que de ese modo serías más feliz, que tenía que ser así. Tras tu partida yo decidí empacar e irme para que cuando regresaras no me encontrarás aquí.

Pasó lentamente el tiempo, y no recibí una llamada tuya. Vamos, ni siquiera una postal. Yo esperaba perpetuamente acostado, mirando la linea luminosa debajo de la puerta, durante horas y horas, por si acaso divisaba tus pisadas. Y nada. Nada de nada, sólo los cambios de luz en los días. Meses después de tu escapada volviste a casa diciendo que el tahúr no era lo que querías, que sus ases bajo la manga te habían cansado y que el verdadero amor era el que en mí habías encontrado. Te lo creí, durante dos semanas, hasta que huiste con el vendedor que llegó a ofrecerte un abrigo. Dijiste que te sentías asfixiada conmigo, que tenía que ser así. Tras tu partida yo decidí empacar e irme para que cuando regresaras no me encontrarás aquí.

Dos años sin saber noticias tuyas. Dos años tras los cuales yo estaba casi terminando de empacar mis cosas para largarme definitivamente, cuando de repente regresaste, diciendo que al tipo comerciante se le acabó la mercancía y se hizo comediante. Dijiste que yo era el único que te hacía volar y soñar. Desempaqué, pues felizmente lo creí hasta que conociste al músico de Nueva Orleans, con quien decidiste marcharte al ritmo de los santos, diciendo que el mejor sueño que tuvieras conmigo siempre sería inferior a la tonada más gris de él. Tras tu partida yo decidí empacar de nuevo e irme para que cuando regresaras no me encontrarás aquí.

Esta vez no tardaste mucho, a los 10 meses exactos el tipo desentonó y llegaste corriendo a casa implorando perdón. Afortunadamente yo no había comenzado a empacar mis cosas aún. Dos meses después de tu regreso nació nuestro hijo, me lo dejaste y te escapaste con tu doctor ginecoilógico. Mencionaste que solo con el niño yo sería más feliz. Tras tu partida decidí empacar e irme para que cuando regresaras no nos encontrarás aquí.

Doce años después, cuando comenzaba yo a reunir mis cosas para irme, regresaste a casa diciendo que querías conocer a junior, pues después de todo también era tu hijo. “¿Y el doctor?”, pregunté. “Ah, ese se quedó en el camino”, dijiste con un dejo de olvido. Volviste en junio y te fuiste en julio, con un joven precoz de secundaria, compañero de junior, que se creía san Francisco de Asís. Tras tu partida decidí empacar e irme para que cuando regresaras no me encontrarás aquí.

A tu vuelta dijiste que realmente no creías en los milagros. Te sorprendió mucho ver lo descuidada que estaba la casa. Y decidiste mejor marcharte sola, aunque sé que fue con el conductor de un tren. Yo decidí empacar e irme para que cuando regresaras no me encontrarás aquí.

Hoy has regresado, enferma terminal. Con pocos meses de vida has decidido compartir tu tumba con la mía. Al final, como siempre dijiste, nuestro destino era estar por siempre juntos. Entonces te espero, aquí en la quietud lapidaria contemplando el crecimiento de raíces ‘in situ’. Ahora que bajo tierra ya no puedo empacar ni irme, te espero ansioso para compartir la eternidad

By the Dovecote, engraved by the Dalziel Brothers 1865 by George John Pinwell 1842-1875.

En un restaurante clasemediero

En un restaurante clasemediero, ‘de conveniencia’ como algunos burgueses hamburgueseros le llaman, de esos que son lo suficientemente populares para que el lumpen cuasimendicante acuda a él en ocasiones ‘especiales’, sin ser demasiado baratos como para que la gente de clase media lo frecuente en demasía y la clase alta lo llegue a usar en situaciones de emergencia.

En un restaurante así, donde puedes ordenar un café americano y pasar horas ante la mesa sin que los meseros te lancen indirectas de que llevas mucho tiempo, o directas pidiéndote cortésmente que te largues de allí, pues ya llevas mucho tiempo; en un lugar así donde jóvenes profesionistas llevan sus computadoras y por el módico precio de una taza de café, hacen del restaurante su oficina. En un lugar de esos que tienen promociones de buffet, tipo: “come todo lo que quieras, cerveza libre incluida”, y que cuentan con un perpetuo fondo musical de temas que estuvieron muy de moda hace tres décadas, fue que un hombre llegó con su computadora y se sentó en un gabinete.

El recién llegado tendría aproximadamente 46 años, bien parecido, de aspecto incluso gallardo. Inmaculado y vestido a la moda, con ropa de marcas que se anuncian en buenas revistas donde se habla de los adelantos de la tecnología, de las finanzas o del cotilleo de princesas y reyes reales, tan populares en una época democrática que ya no cree en la monarquía.

El recién llegado decidió ordenar el buffet para su comida, elección apropiada por ser entonces las dos de la tarde. Encendió su computadora portátil y de inmediato fue a servirse comida de la abundante barra llena de alimentos insípidos en raciones pigmeas. El tipo también agarró de un recipiente con hielos una cerveza más muerta que el mar donde en 1947 se encontró el Libro de Tobías, que hoy forma parte de algunas Biblias.

A ritmo de esa música que fue la que el tipo cantaba, coreaba y adoraba en su juventud, el fulano deglutía sus alimentos con troglodita apetito. También consumía cervezas como dios pagano ávido de sacrificios etílicos. Comiendo como el señor Creosote, más de un mesero pensó que el tipo reventaría. Bebiendo como un cosaco, más de tres meseros sospecharon que el fulano tenía problemas con el alcohol.

En su séptima visita a la barra, el tipo ya no regresó a su lugar con abundante alimento y se limitó a retornar con su séptima botella de cerveza. Ya en su mesa, la bebía con rapidez, miraba algo en su computadora, hacía el sonido de chasquido con su boca, se mesaba la barbilla, como analizando la bolsa de desvalores de NY, o la situación de refugiados somalís, daba otro trago y dejando seca la botella, se levantaba a por otra bien hidratada. Esta acción la repitió cinco veces.

Entonces miraba su computadora sin ver nada en concreto, coreaba alguna vieja balada pop que se escuchaba en el sonido ambiental y se perdía en un horizonte desconocido. Daba tres tragos a su botella, e iba por otra nueva, exhibiendo una torpeza que iba en incremento cada que se ponía de pie.

Tres idas y venidas después, llegó hasta su gabinete con otra cerveza nueva. Tambaleándose levemente, se asió del asiento de su lugar como náufrago desesperado que encuentra el salvavidas bendito en medio de la tormenta furiosa. Palpando el plástico que forraba el gabinete, confirmó que éste era firme y se sentó. Dio dos largos tragos que vaciaron la mitad la botella de cerveza, dejó ésta en la mesa, miró su computadora, bajó la cabeza y se quedó profundamente dormido.

A las cinco de la tarde yo tuve que apagar mi computadora y abandonar el restaurante que por esa tarde fue mi oficina, dejando al tipo que aparentemente tiene mi misma edad, durmiendo el sueño de los evasores. No puedo dejar de pensar que eso bien pudo ser un reflejo de mi vida en los últimos años, mostrado por ese espejo que solemos llamar casualidad.

Historia de (des)amor

La morena se puso su mejor conjunto. Negro y blanco combinados con aceptable equilibrio. La ropa le favorecía ocultando los resultados de su holgazanería y desidia, tan patentes en su anatomía. Con maquillaje no sólo ocultó las ‘pequeñas imperfecciones’ de su rostro, sino que también le imprimió a su cara una efímera belleza artificial. La morena, con su falsa belleza y su bien disimulado sobrepeso fue y se sentó frente a una mesa. Sonreía como si tuviera motivos reales para hacerlo, se sentía la presa perfecta que sale de cacería. La morena, en blanco y negro sonreía, disparando coquetas miradas con la intención de disipar de inmediato su agobiante soledad. La morena fue descubierta por un blanco vestido de gris, que estaba a sólo dos mesas de distancia. El blanco no era apuesto ni tenía personalidad. Su interior prometía ser más gris que su saco o su pantalón. Él se había peinado y perfumado, vistiéndose lo mejor que le era posible. Incluso sus zapatos brillaban como la más linda estrella del cielo. El tipo blanco, gris como el tedio y el hastío, había salido con la intención de mandar lejos a su asfixiante soledad, que no podía evadir ni con las férreas rutinas ni con las interminables horas de televisión. Se miraron, se resignaron, eran lo mejor que podían tener esa noche. Se aceptaron. Los ojos se encontraron, se imantaron. Sonrisas simpáticas y el inminente acercamiento. Platicaron idioteces que ambos fingieron interesantes. Salieron del lugar después de beber un poco de vino y de bailar unas cuantas piezas. Se abrazaron y se besaron con desesperación. Hicieron el amor como dos condenados al destierro en una isla desierta. Sin precaución alguna. Después de la desesperada pasión, en el momento en que la razón es recuperada, ambos sintieron ganas de vomitar, pero ninguno dijo nada. Sonrieron y se mintieron tantas veces que fue un abuso escandaloso. La soledad pareció alejarse de sus vidas. Resignados a aceptarlo se casaron. Tuvieron hijos y contaron su historia como si se tratara de un cuento de hadas. Su versión jamás tuvo ni una pizca de coincidencia con la realidad. Es verdad, en el fondo jamás se agradaron. Optaron por vivir solos juntos, con tal de no enfrentarse de nuevo a la soledad natural. El asco mutuo no desapareció, por el contrario, se hizo más grande. Pero siempre estuvieron juntos, fingiendo que todo era maravilloso. Juntos hasta que la muerte los separó y ella lo miró bien muerto, en un ataúd tan gris como había sido su vida y el traje con el que lo vio por primera vez. Tres meses después ella también murió, todos dicen que de tristeza, pero que cada quién piense lo que quiera. Te aseguro que es totalmente cierta esta historia dizque de amor.

Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática. Para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, para ellos ojos rasgados son ojos rasgados. Así como para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes. Ella, estudiante asiática de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado de ser algo más, debido gran parte a los propios nacionales (no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida).

La familia le enseñó a su visitante a comer tortilla, y tacos como lo manda Dios (no burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos). Pero la nipona adolescente quiso conocer más, la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y cambiar el mundo.

La familia, acomodada y habitante de la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F., supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, sin tener ellos que arriesgarse ni mancharse las manos, ni los pies: se la llevaron a un crucero con semáforo en clavado entre tiendas dignas de Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, donde seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva. Escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad y promesas por luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos (una fortuna para cualquier limosnero mexicano).

Así llegó con la familia al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió a mendigar una anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza a los 30).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón (no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción, tampoco quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo). “Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sorpresa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado a la vieja.

Lo de la “sorpresa” lo dijo para que se entendiera que no sólo era una estúpida carta sentimental, sino que había algo más, de verdadero valor, en el sobre.

La vieja presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con 15 “Dios la bendiga”, a cada uno de los cuales la japonesa responde “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, cualquier paraíso en el que ella crea, sonríe y casi llora de emoción.

La familia conmovida llama a la japonesa, fin de la función, fin de la buena acción. Vamos a comer tacos al Califa, y hacen mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo tras esta escena de pedir su limosna entre los autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del “regalo” a la calle. Total, la vieja ni siquiera sabe leer.

La respuesta de la margarita

Una margarita nos puede revelar qué tanto nos quiere aquella persona que tanto queremos, pero pocos saben que las margaritas son mágicas y además tienen desde siempre la respuesta verdadera, cualidades especiales de estas flores que mueren hasta que se les arranca su último pétalo.

Había una vez una margarita, creciendo en un lindo parque en el que salían a pasear los enamorados; ella daba gracias al cielo por los amaneceres, por la luna y por las estrellas; agradecía también por el sol y por la lluvia y porque sabía que, aunque difícil de encontrar, en este mundo existe el amor.
Una tarde de primavera la margarita pensaba sobre la validez de una frase que le había escuchado a un hombre excéntrico que acudía al parque a leer y a conversar con los incautos que se dejaban, el hombre había dicho: “bien valen la pena muchos momentos de sufrimiento por un solo instante de amor”, y en eso pensaba cuando de repente fue arrancada a mitad de su tallo.
La margarita había sido arrancada por un joven pálido con un rostro que mostraba la gran pena e incertidumbre de su alma; la flor no se sintió mal, pues dicen que ellas consideran un honor ser arrancadas para que las consulten sobre cuestiones amorosas, y esa era precisamente la intención del pálido individuo.
“Me quiere mucho”, dijo él cuando tiró del primer pétalo de la flor, “me quiere poquito”, dijo al arrancar el segundo, “no me quiere nada”, expresó cuando arrancó el tercero y para el cuarto volvió a comenzar con “me quiere mucho…”
La margarita, al conocer la verdad como todas las de su especie, sabía que la mujer en cuestión no sentía ni siquiera un afecto superficial y diplomático por este muchacho.
Recuerda que las margaritas son mágicas, pues no importa con qué frase empieces a deshojarlas, ellas siempre se las arreglan para decirte lo que creen que te conviene, aunque siempre saben la verdad. Esta margarita era tan sentimental que mientras el joven le arrancaba el penúltimo pétalo diciendo “me quiere poquito”, hizo nacer un pétalo más en ella, sin que nadie en este mundo pudiera darse cuenta del truco, pensando: “vale más que conserve la ilusión de su amor y no que se le rompa el corazón al pobre”.
El joven arrancó el pétalo mágico, el último de la flor, y jubiloso gritó: “¡me quiere mucho!”, y mientras el color y la esperanza volvían a su rostro, la margarita expiraba feliz por la alegría que había aportado con su blanca mentira.
No se puede culpar a la margarita por su buena intención, pero si el joven hubiese sabido entonces la verdad, se hubiera ahorrado muchos tiempos de desdicha, pues pasaron varios meses antes de que su amada se armara de valor y lo rechazara sin rodeos, con una frialdad aterradora.
No todas las margaritas saben que es mejor saber la verdad antes que el globo de la ilusión sin sentido nos eleve demasiado.