Ayer, hoy y mañana

El siglo XXI no se diferencia mucho del XIV ni del menos VII; tampoco será muy diferente del felacional-cunnilingüista siglo LXIX, si es que la existencia del mundo alcanza tan lejos.

A pesar del actual cacareo de respeto, apertura mental y buenismo rampante, seguimos viviendo esclavitudes, racismos, desigualdades, diferencias y discriminaciones que se arrojan groseramente a los rostros de los que menos tienen y más necesitan, o a las caras de las víctimas favoritas que suelen ser todos aquellos que salmonean contra la corriente.

Por todo eso aún demasiados homosexuales (LGTB, CBS, NBC, CIA, KGB, CNN, BB King) siguen en el armario, de lo contrario serían señalados; por eso tantos ancianos despiertan los domingo sin comida, la seguridad social es una broma que tratan de erradicar el capitalismo caníbal, el neoliberalismo de Friedman y la tecnocracia ignorante; por eso una mujer sin poder tiene que ignorar las peticiones marranas de su jefe o enfrentar el desempleo con cargos de difamación; por eso niñas y niños son abducidos en parques para convertirse contra su voluntad en atracciones turísticas sexuales o parte de un harem de un jeque árabe o empresario europeo; por eso los políticos se entremezclan con el crimen, el tráfico de drogas, de armas y con el terrorismo, son todo lo mismo; por eso no falta el imbécil ignorante extremista religioso dispuesto a morir por lo que su supositorio dios ordena, o hacer morir inocentes por la misma razón.

Podrás argumentar que hoy en el mundo hay menos violencia que antes, yo lo dudo. Para mí podrán cambiar los escenarios y las tecnologías, pero seguimos actuando en la misma tragedia bestial de siempre.

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Toma de decisiones

Al llegar a la orilla del agitado río de alquitrán, el hombre del inmaculado traje de lino dejó en el suelo con sumo cuidado a la novia vestida de blanco que hasta ese momento cargaba a cuestas. La recostó en sobre verde hierba, que no era ni mala ni buena, simplemente esplendorosa, para después arrojarse a la corriente oscura y tratar de alcanzar la cruz salvadora que estaba en una islita en el centro del turbulento río.

Con dificultades llegó hasta la cruz, la levantó y resultó pesar mucho más que la novia, después el hombre intentó regresar a la orilla donde estaba la mujer sobre la hierba, quien fumaba lánguidamente para percibir todo con más intensidad. Pero mientras nadaba con dificultad, el hombre del ahora sucio traje de lino sentía que se hundía en el río. Era la cruz o la vida, una exigencia digna de ladrón que le expresó la supervivencia. En esos casos el instinto gana, a menos que seas mártir o santo, y no hay santos vivos, pregúntale al Vaticano si no me crees.

Al llegar a la orilla, sucio y sin cruz, el hombre descubrió que la novia impaciente se había marchado, con todo y hierba. Perder cruz y novia el mismo día no amargó al hombre, quien con una ligera sonrisa aceptó la experiencia como una lección más, de las muy caras que nos da la vida. Se dijo a sí mismo que probar el fruto de la sabiduría y aferrarse a la espiritualidad en un mundo material es como firmar un contrato de infelicidad permanente, pero eso no lo amargó.

En general quieren hacernos creer que sólo existen dos caminos: el de la fe ciega en algo divino e intangible o el de la fría ciencia de lo palpable y mesurable. Igual hay 27 caminos más, pero se nos ocultan quizá nomás para hacernos una mala jugada.

Ya ni llorar es bueno

Recuerdo la época en que arrojaba piedras a las multitudes, señalando con burla al que mentía por ganarse un mendrugo de pan. Odiando al que aspiraba cada año a tener un auto nuevo y condenando a los que iban tomados de la mano al país del adulterio. Con risa soberbia me reía del que rogaba que le tocaran el sexo y de aquel que lloraba porque en su libertad se sentía preso. No soportaba al que vivía como los demás le dictaban. Yo me reía entonces, pero ahora los entiendo y hasta perdí la sonrisa.

Me recuerdo despreciando al que iba arrodillado a la casa de Dios a pedirle auxilio, y también al que la misma ayuda rogaba a su vecino. Ahora que la inmortalidad se me escapó de las manos, me encuentro actuando papeles que ayer hubiera yo rechazado. Ahora sé que la supuesta imagen y semejanza que compartimos con el Creador es la posibilidad de hacer el bien o el mal desde el fondo del corazón.

Por fin entiendo eso de que con la vara que mides serás medido y todo me dolería menos si ella estuviese aún conmigo. Camino solo por la ruta que me ha de llevar hasta el final. A veces estoy tan cansado que ya no puedo ni mirar.

Ojalá sea cierto eso de que todos podemos aspirar a ser perdonados, si en verdad queremos vivir sin estar equivocados. Ya no me burlo con tanta fuerza, es más, ya no me burlo en lo absoluto, desde que me descubrí haciendo lo que hace cualquier adulto.

Me hubiese gustado conservar mi inocencia, pero ya ni llorar es bueno, ahora sólo aspiro a la paciencia.

2009

Divagación existencial

Pocas cosas seguras tiene la vida:
a) nada es siempre fácil
b) todo está en cambio constante (por eso la Fortuna es una rueda, a veces medio jodida con el eje roto, pero una rueda al fin)
c) nadie sale vivo de aquí.

Uno puede intentar caminar siempre por el lado luminoso, y quizá lo consiga a medias (de seda), pero es difícil. No hay nada sólido de dónde agarrarse, sostenerse, y el asidero más falso es la religión, cualquier religión. Quizá la espiritualidad pueda funcionar. Además quien termina aferrado ciegamente a una fe establecida, es porque antes resbaló, y decide seguir resbalando en compañía de muchas sabandijas resbaladizas.

A lo largo de la vida uno tiene aciertos, pero parece que por cada acierto hay un trío de errores o un póquer de meteduras de las 4 patas. Mala cosa apostar por algo “para siempre”, porque todo cambia, así que uno se adapta o se resigna, y resignarse es las más de las veces algo indigno.

Es bueno saber tragarse el orgullo, lo que está feo es pasarse por la traquea también la dignidad.

Siempre me dio risa esa frase barata de “amigos/amigas por siempre”, por irreal. Ahora me provoca carcajadas ante la fácil ilusión de quien cree tener bastante (un siempre) por vivir.

No creo ser cínico, ni me vanaglorio de llamar realismo a mi ocasional amargura. Tengo altibajos, como cualquiera, lo diferente en mí es que nunca aprendí a ocultarlos ni a disimularlos. Simplemente no puedo, no es honestidad, sino incapacidad de ocultar.

No tengo prisa por morir, pero tampoco me emociona vivir mucho más de lo que ya he vivido. No se trata de depresión ni de desilusión, es algo así como una pereza existencial. Ya vi demasiado sin haber visto mucho, y si esto es lo que hay, pues no estoy tan interesado en conocer más.

Qué cosas estas de la vida.

Hasta que la muerte nos separe

Firmemos el pacto de nuestra unión para siempre, y no nos alejemos nunca jamás.

Demos un paso adelante, más allá del enamoramiento efímero, que suele comenzar en verano, pero que no sobrevive al invierno.

Anestesiémonos en serio con series, películas y deportes, y cuando nuestros ojos se pongan rojos como semáforos en alto, tomémonos mecánicamente de las manos y deambulemos sin sentido ante los aparadores del centro comercial.

Ingiramos todos los días nuestros alimentos rápidos, juntos y en silencio. El verdadero cariño no necesita de palabras. Lo juro.

Vayamos al templo cada semana, para mostrarles a todos lo unidos que estamos y la solidez de nuestra fe verdadera. Así sea.

Aburrámonos juntos, pues el tedio es parte de una relación, sin sacrificio nunca hay amor.

Durmamos todas las noches en la misma cama y acompañémonos a todas las fiestas, hasta que estas sean únicamente funerales.

Construyamos con nuestras 4 manos un sólido futuro, a prueba de toda contingencia, fortalezcamos este engaño hasta tener la certeza de que es posible un mañana así.

Convenzámonos de que la inminente soledad que trae el tiempo es solo un cuento, el Lobo de Pedro, el cielo de Henny Penny, y de que estaremos acompañándonos hasta el final.

Hasta que la muerte nos separe.

Voladores de Papantla en la Ciudad de México

Mira hacia arriba, hacia ese espacio que es el ambiente natural de las aves, donde debería estar Superman supervisando (si él existiera claro). Mira hacia allá arriba, pues esta mañana verás a cinco criaturas bípedas, sin alas, desaladas y muy reales.

Allá en lo más alto de un poste, están cinco hombres vestidos a la moda Mexican Curious, dispuestos a realizar un antiguo ritual, solo que ahora en vez de hacerlo por una añeja religión, en la que ya nadie cree, lo hacen por la más moderna creencia en la que casi todos ponemos nuestra fe: el dinero.

Allí, cerquita de Dios (si Él existiera claro), donde las copas de los árboles te harían recordar al brócoli, los cinco voladores de Papantla miran hacia abajo, a todos los espectantes individuos que los contemplan boquiabiertos, la mayoría de los cuales son turistas extranjeros que han ido llegando poco a poco por curiosidad.

Hoy, el fondo del escenario no es azul, sino un cielo gris cargado de nubes que cantan su pigmea victoria ante el sol, anunciando una próxima tormenta, que quizás no será perfecta.

Como buenos artistas, los voladores hacen esperar a su público, esperando a su vez que lleguen más personas para ver su actuación. Pero no abusan, pues saben que no es bueno excederse con la paciencia del irrespetuoso, y deciden comenzar su descenso giratorio.

Los tiempos han cambiado, ahora los voladores están más afianzados que sus antepasados, quienes solo dependian de su equilibrio. El que tocará el tambor y la flauta en la punta del poste, como un eje para los que girarán, se sujeta firmemente, aunque no deja de ser arriesgado lo que ellos hacen.

Se comienza a escuchar el sonido de los instrumentos desde el cielo, y cuatro personajes, bien atados a cuerdas, se arrojan al vacío y comienzan a dar vueltas, girando y girando por el aire, bajando un poco más con cada giro alrededor del poste; convirtiéndose en una comprobación real de las fuerzas centrífuga y de gravedad.

Los turistas se sienten transportados brevemente a tiempos previos al momento en que Colón se lo pensó mejor y decidió utilizar un huevo de gallina, en vez de sus propios testículos, para ejemplificar a Isabel la Católica la redondez del mundo y convencerla de que le patrocinara su proyecto. Tiempo después, Colón usaría otro huevo para demostrar otra cosa.

Pero hoy, los voladores siguen descendiendo mientras sus cuerdas se van liberando del poste. Los niños y ciertas mujeres del público temen, incluso algunos desean que algo salga mal y que uno de los voladores se proyecte disparado hacia afuera del círculo que dibujan en el aire. Pero el acto ocurre sin incidentes.

Cuando los cuatro llegan a tierra firme, y el de la flauta y el tambor comienza a descender por los peldaños discretos del poste, la gente les aplaude asombrada, los habitantes de la Ciudad de México que se detuvieron por curiosidad a mirar el espectáculo, abandonan el lugar rápidamente antes de que los voladores comiencen a pasar el sombrero.

El dinero que recolectan los artistas, como casi siempre, es en su mayoría proporcionado por los turistas extranjeros.

Echando un vistazo al cielo, los voladores determinan que aún hay tiempo para repetir una vez más el acto, así que comienzan pronto a preparar de nuevo las cuerdas en el poste, antes de que la lluvia suspenda sus actividades.

Pero de todas formas, ellos estarán aquí mañana por la mañana para volver a girar y girar, para asombrar a propios, ajenos, conocidos y extraños, aunque solo los fuereños sean los que les dan dinero.

Afuera del Museo Nacional de Antropología e Historia de la Ciudad de México

24/sept/2017

Voladores de Papantla_Superman

Alea jacta est (la jalea es de jocoque)

Desechando por completo la apuesta por la resurrección, perdido como el niño que cazaba mariposas en el bosque denso, sin rumbo, me dedico ahora a buscar una puerta, cualquier puerta.
La religión me mintió, como un llanto sin lágrimas, marca registrada, o como colorido comercial. De mil profetas y sus discípulos indisciplinados solo se extrae media verdad.
Me gustaría decirte que hay un camino, pero la verdad ahora estoy más extraviado que tú.
Los dados en el aire y César se jacta de la suerte, busquemos mejor arañas en el techo
hasta que nos sorprenda la muerte, que ojalá llegue como una caja envuelta en papel azul.
El abandono es frío como un beso al mármol, e insisto que el rito desgastado ya no tiene nada que ofrecer. Cada vez más juntos en apariencia y por dentro más alejados en realidad.
La sonrisa no dejó huellas en tu cara. Una guitarra vuela mientras el mentiroso sonríe, y tú le crees sólo por la blancura de su dentadura. ¡Qué impostura! Yo me despido como cuando le decía adiós a mi papá.
Todos terminaremos en el olvido. Te veo partir en el tren de tu decisión y yo me quedo limpiando la estación, carente de ideas, así como de idas y venidas. El desfile de los seres grises carece de música, pero te absorbe aún contra tu voluntad.
De cabeza en el precipicio de la duda te preguntas: ¿dónde está ahora lo que ayer fue certeza? Quizás mañana la habitación se ilumine, quizás también tenga yo algo que decir.
El alcohol saca a flote muchas tonterías y pocas verdades. El dolor cuando es ya muy intenso deja de ser sentido. Quemas tus diarios y borras tus recuerdos. Francamente querida, me importa un bledo. En el fondo ¿a quién pretendemos engañar?
La hoguera de las vanidades arde sin dar calor. Ya es tarde para creer en el amor. Está lista tu ropa blanca para la fiesta de lodo. Los dados vuelan y César se jacta de la suerte, sé que podré olvidarte hasta que me sorprenda la muerte.
Agosto 2001