Urgencia

7:00 AM Paso mi tarjeta checadora, se abre la puerta de la recepción y saludo al vigilante uniformado, que está aburrido ante el escritorio. Entro y sigo adelante, dejo la computadora en mi cubículo, agarro mi botella vacía de agua y voy a la cocina de la oficina a llenarla con el líquido vital del garrafón; en mi camino saludo a la señora uniformada que desde temprano limpia la oficina, y que tres horas más tarde, o al menos jamás después de las 10:00 AM, se sienta a descansar un poco en el cubículo desocupado para cantar a lo bajo elevados himnos religiosos.

7:04 AM Una vez llena mi botella, regreso a mi lugar, bebo un poco de agua y tomo asiento, enciendo mi computadora para comenzar a trabajar. Salvo por esas dos personas madrugadoras, a esta hora la oficina completa es para mí, puro silencio y paz, así durante 120 minutos hasta que llega el resto del personal.

Esta es mi rutina matutina: 7:00 AM, abrir la puerta con mi tarjeta, ver y saludar al guarda en la recepción, dejar mi computadora, agarrar mi botella vacía, saludar a la señora de la limpieza e ir a la cocina para llenar la botella con agua del garrafón, luego a comenzar mi jornada a las 7:04 AM.

Así es esto, de lunes a viernes, semana a semana, mes tras mes: puerta, saludo al guarda, dejo la computadora, agarro la botella, saludo a la señora de la limpieza, voy a la cocina, lleno la botella y regreso a mi lugar para comenzar el día.

Hoy son las 7:00 AM, abro la puerta, no hay nadie en la recepción. Pienso que es extraño, pero como es lunes, quizá el vigilante está en el trono de porcelana, diciendo adiós a todo lo que se empacó el domingo. Todo buen oficinista sabe que el peor día para visitar el baño es el lunes, pues siempre habrá allí una pestilencia nacida de Dios sabe qué porquerias y excesos culinarios que se embute la gente los fines de semana. Si todos fueran vegetarianos el suplicio sería menor, ¡malditas carnes asadas del fin de semana!

Voy a mi lugar, agarro la botella vacía, y en mi camino a la cocina tampoco me encuentro con la señora de la limpieza. Me pregunto si se habrá extinguido la especie humana y como siempre yo soy el último en enterarme.

La puerta de la cocina está abierta a la mitad, no cerrada por completo, ni tampoco abierta en su totalidad como de costumbre. Yo mecánicamente sigo adelante, entro en la cocina y mi mirada periférica detecta una anormalidad, pero yo sigo mi rutina de siempre, sin alterarla ni un poquito.

La señora de la limpieza está sentada sobre el mueble del fregadero, sus pantalones están en el piso y sus calzones enormes bajados hasta los tobillos, con el rostro beatíficamente hacia el techo y la cabeza recargada sobre la pared, pero que despega alarmada al verme entrar. Entre sus piernas peludas, está el vigilante semiuniformado, de pie sobre un cajón de madera para alcanzar la altura que exige su faena, con sus pantalónes y calzones bajados hasta las rodillas, haciendo movimientos de equilibrista en terremoto tsunámico, hundiendo el rostro en el busto de la mujer.

Ella se percata de mi presencia desde el inicio y su beatitud se pierde en el limbo del olvido, él al notar que ha sido sorprendido literalmente en el acto, detiene su pistoneo bamboleante y hunde más el rosto en el busto de la mujer. Ella me mira con infernal odio condenatorio, él jamás voltea hacia donde yo me encuentro. Yo maquinalmente, como si nada anormal sucediera, termino de llenar mi botella y me dispongo a salir de la cocina.

Antes de irme, y cerrar la puerta tras de mí, le digo tranquilamente a la pareja fogosa: “la próxima vez cierren bien la puerta y pónganle el seguro”, dicho lo cual me voy a mi lugar para comenzar mi jornada. Son las 7:04 AM.

 

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Sismo en Viernes Santo

La amarga viejecilla que imparte catecismo en mi colonia, en pleno ayuno de Viernes Santo y con la espalda aún irritada por los flagelos matutinos, miraba inspirada en su casa la transmisión por TV del santo rosario. Santa María Madre de Dios…

La mujer suele tener sintonzado el canal de pago Catolictoon Network las 24 horas de todos los días, a través de una señal restringida que se roba. Ella se hace la occisa cuando alguien le dice: “al César lo que es del César”, una cita de aquel en quien ella jura y perjura creer.

De repente, en medio de otro Santa María Madre de…, los santos, nichos, altarcitos, cuadritos, cuadrotes, retratos, estampas, medallas, colguijes y lámparas votivas que sobrepoblaban la casa de la vieja, comenzaron a bailotear a ritmo de frenéticos crujidos conga-mambo que emitían las paredes de la casita. Tan fuerte era el movimiento tectónico, que el cuadro 3D del Cristo crucificado comenzó a parpadear como princesita de Disney enamorada.

cuadro de Cristo crucificado en 3D parpadeando

“¡¡¡Este es el FIN DEL MUNDO!!!!”, gritó aterrada la beata anciana y salió a la calle corriendo, ignorando la reuma y la siática.

Una vez en la vía pública, la beata rugía: “Se los dije bola de PE-CA-DO-RES, que llegaría el fin del mundo cuando menos se lo esperaban, y hoy en Viernes Santo es el día indicado en que todos estarán quemándose en las llamas del infierno, donde todo es LA-MEN-TOS y harto RE-CHI-NAR de dientes”.

Mucha gente salió de sus casas. El Viernes Santo es día de asueto en México, dedicado a la reflexión, la continencia y para realizar los ritos correspondientes a la fecha, pero usado realmente para salir a vacacionar, sobrepasarse en antros, atiborrar moteles o quedarse vegetando en casa, razón por la cual, a pesar de ser casi las 9:29 de la mañana, muchos salían despavoridos a la calle en ropa de dormir, no faltando quien apareció cubierto únicamente con una especie de taparrabo mohicano.

“Ahora sí quieren ir a la Iglesia ¿verdad?, pero ya es muy tarde pecadores, las puertas no se les abrirán más”, decía la santa anciana, como jueza autoimpuesta de la moral en la comunidad, “ahora pagarán todas sus maldades, sus calenturas y que no iban nunca a la iglesia, y si iban no comulgaban los domingos”.

El sismo se prolongaba y el temor de la gente aumentaba. No faltó el súbito arrepentmiento de dos personas que se arrodillaron en llanto y levantando sus manos al cielo pedían perdón al Creador.

Pero nada, no pasó nada más. Después de 37 segundos de ajetreo telúrico tongololeánte, todo volvió a la insípida normalidad.

Tongolele

Los caripálidos vecinos regresaron poco a poco a sus casas, para encender la TV y ver las noticias, que en esos momentos dejaban de hablar de la reciente muerte de Gabriel García Márquez (de quien todos hablaban, a quien todos llamaban Gabo y a quien casi nadie había leído), y comenzaron a saturar las transmisiones con el sismo de intensidad 7 que recién se había sentido en la Ciudad.

La beata regresó decepcionada a su hogar. Lamentaba que no hubiese aparecido ningún carro de fuego entre las nubes, que no se abriera el suelo a sus pies y que no se encendieran las llamas perpetuas ni se desatara el Santo Infierno. Sin embargo, aunque la vieja seguía sin notarlo, el infierno sigue aquí, como siempre, incluidos los la-men-tos y el harto re-chi-nar de dientes, y al parecer seguirá mientras los siglos se multipliquen por los siglos. Amén.

 

Abril, 2014

El artista que vive más de la cuenta

Triste

el tiempo nos va deslavando, descarando, descarapelando, y nos hace víctimas de la decadencia

el artísta se repite, se desespera por recuperar sus glorias añejas, recurre a la fórmula ante la imposibilidad de reinventarse

los seguidores comienzan a malbaratar y regalar las obras de aquel que ayer admiraban

esos tesoros que realmente no valían mucho más que un sentimiento, ahora valen menos que un grano de arroz quemado

los aplausos se apagan, los clubes de fans van cerrando poco a poco, a las presentaciones del artista sólo acuden algunos vejetes calvos que también buscan en el pasado algo que valga más que su jodido presente

así se va poniendo todo gris

así hasta el día de la muerte del artista, antes tan admirado, cuando llega su deceso verdadero (no el primero, ese que experimentó mientras seguía respirando y fue olvidado) es que empezarán los homenajes

el último adiós que le hacen muchos como para expiar las culpas de la desmemoria

un minuto de silencio, el primer instante que es una muestra de lo callado que será el resto del porvenir

Todo pasa, todo se olvida

Ayer, hoy y mañana

El siglo XXI no se diferencia mucho del XIV ni del menos VII; tampoco será muy diferente del felacional-cunnilingüista siglo LXIX, si es que la existencia del mundo alcanza tan lejos.

A pesar del actual cacareo de respeto, apertura mental y buenismo rampante, seguimos viviendo esclavitudes, racismos, desigualdades, diferencias y discriminaciones que se arrojan groseramente a los rostros de los que menos tienen y más necesitan, o a las caras de las víctimas favoritas que suelen ser todos aquellos que salmonean contra la corriente.

Por todo eso aún demasiados homosexuales (LGTB, CBS, NBC, CIA, KGB, CNN, BB King) siguen en el armario, de lo contrario serían señalados; por eso tantos ancianos despiertan los domingo sin comida, la seguridad social es una broma que tratan de erradicar el capitalismo caníbal, el neoliberalismo de Friedman y la tecnocracia ignorante; por eso una mujer sin poder tiene que ignorar las peticiones marranas de su jefe o enfrentar el desempleo con cargos de difamación; por eso niñas y niños son abducidos en parques para convertirse contra su voluntad en atracciones turísticas sexuales o parte de un harem de un jeque árabe o empresario europeo; por eso los políticos se entremezclan con el crimen, el tráfico de drogas, de armas y con el terrorismo, son todo lo mismo; por eso no falta el imbécil ignorante extremista religioso dispuesto a morir por lo que su supositorio dios ordena, o hacer morir inocentes por la misma razón.

Podrás argumentar que hoy en el mundo hay menos violencia que antes, yo lo dudo. Para mí podrán cambiar los escenarios y las tecnologías, pero seguimos actuando en la misma tragedia bestial de siempre.

Toma de decisiones

Al llegar a la orilla del agitado río de alquitrán, el hombre del inmaculado traje de lino dejó en el suelo con sumo cuidado a la novia vestida de blanco que hasta ese momento cargaba a cuestas. La recostó en sobre verde hierba, que no era ni mala ni buena, simplemente esplendorosa, para después arrojarse a la corriente oscura y tratar de alcanzar la cruz salvadora que estaba en una islita en el centro del turbulento río.

Con dificultades llegó hasta la cruz, la levantó y resultó pesar mucho más que la novia, después el hombre intentó regresar a la orilla donde estaba la mujer sobre la hierba, quien fumaba lánguidamente para percibir todo con más intensidad. Pero mientras nadaba con dificultad, el hombre del ahora sucio traje de lino sentía que se hundía en el río. Era la cruz o la vida, una exigencia digna de ladrón que le expresó la supervivencia. En esos casos el instinto gana, a menos que seas mártir o santo, y no hay santos vivos, pregúntale al Vaticano si no me crees.

Al llegar a la orilla, sucio y sin cruz, el hombre descubrió que la novia impaciente se había marchado, con todo y hierba. Perder cruz y novia el mismo día no amargó al hombre, quien con una ligera sonrisa aceptó la experiencia como una lección más, de las muy caras que nos da la vida. Se dijo a sí mismo que probar el fruto de la sabiduría y aferrarse a la espiritualidad en un mundo material es como firmar un contrato de infelicidad permanente, pero eso no lo amargó.

En general quieren hacernos creer que sólo existen dos caminos: el de la fe ciega en algo divino e intangible o el de la fría ciencia de lo palpable y mesurable. Igual hay 27 caminos más, pero se nos ocultan quizá nomás para hacernos una mala jugada.

Ya ni llorar es bueno

Recuerdo la época en que arrojaba piedras a las multitudes, señalando con burla al que mentía por ganarse un mendrugo de pan. Odiando al que aspiraba cada año a tener un auto nuevo y condenando a los que iban tomados de la mano al país del adulterio. Con risa soberbia me reía del que rogaba que le tocaran el sexo y de aquel que lloraba porque en su libertad se sentía preso. No soportaba al que vivía como los demás le dictaban. Yo me reía entonces, pero ahora los entiendo y hasta perdí la sonrisa.

Me recuerdo despreciando al que iba arrodillado a la casa de Dios a pedirle auxilio, y también al que la misma ayuda rogaba a su vecino. Ahora que la inmortalidad se me escapó de las manos, me encuentro actuando papeles que ayer hubiera yo rechazado. Ahora sé que la supuesta imagen y semejanza que compartimos con el Creador es la posibilidad de hacer el bien o el mal desde el fondo del corazón.

Por fin entiendo eso de que con la vara que mides serás medido y todo me dolería menos si ella estuviese aún conmigo. Camino solo por la ruta que me ha de llevar hasta el final. A veces estoy tan cansado que ya no puedo ni mirar.

Ojalá sea cierto eso de que todos podemos aspirar a ser perdonados, si en verdad queremos vivir sin estar equivocados. Ya no me burlo con tanta fuerza, es más, ya no me burlo en lo absoluto, desde que me descubrí haciendo lo que hace cualquier adulto.

Me hubiese gustado conservar mi inocencia, pero ya ni llorar es bueno, ahora sólo aspiro a la paciencia.

2009

Divagación existencial

Pocas cosas seguras tiene la vida:
a) nada es siempre fácil
b) todo está en cambio constante (por eso la Fortuna es una rueda, a veces medio jodida con el eje roto, pero una rueda al fin)
c) nadie sale vivo de aquí.

Uno puede intentar caminar siempre por el lado luminoso, y quizá lo consiga a medias (de seda), pero es difícil. No hay nada sólido de dónde agarrarse, sostenerse, y el asidero más falso es la religión, cualquier religión. Quizá la espiritualidad pueda funcionar. Además quien termina aferrado ciegamente a una fe establecida, es porque antes resbaló, y decide seguir resbalando en compañía de muchas sabandijas resbaladizas.

A lo largo de la vida uno tiene aciertos, pero parece que por cada acierto hay un trío de errores o un póquer de meteduras de las 4 patas. Mala cosa apostar por algo “para siempre”, porque todo cambia, así que uno se adapta o se resigna, y resignarse es las más de las veces algo indigno.

Es bueno saber tragarse el orgullo, lo que está feo es pasarse por la traquea también la dignidad.

Siempre me dio risa esa frase barata de “amigos/amigas por siempre”, por irreal. Ahora me provoca carcajadas ante la fácil ilusión de quien cree tener bastante (un siempre) por vivir.

No creo ser cínico, ni me vanaglorio de llamar realismo a mi ocasional amargura. Tengo altibajos, como cualquiera, lo diferente en mí es que nunca aprendí a ocultarlos ni a disimularlos. Simplemente no puedo, no es honestidad, sino incapacidad de ocultar.

No tengo prisa por morir, pero tampoco me emociona vivir mucho más de lo que ya he vivido. No se trata de depresión ni de desilusión, es algo así como una pereza existencial. Ya vi demasiado sin haber visto mucho, y si esto es lo que hay, pues no estoy tan interesado en conocer más.

Qué cosas estas de la vida.