Pero tienes trabajo

Te encuentro repartiendo cupones del King Burguer en el centro comercial.

Con tu espalda curvada, cual arco de la derrota, y pantalones demasiado ajustados, donde se embuten tus muslos.

Tu abdomen se desborda gelatinosamente por arriba de la línea de tu ficticia cintura.

Se nota que esta semana agregaste bastante sufrimiento a tu báscula.

Te vi repartiendo cupones de descuento, con tu rostro exhausto por las horas extra no remuneradas.

Tu cabello aclarado artificialmente, mal teñido, te hace lucir como si tuvieras 10 años más de los que indica tu acta de nacimiento.

Eres joven, no eres feliz, pero tienes trabajo.

Un trabajo de bajo sueldo, sin derechos ni protección. Sometido únicamente a la regla tácita y tóxica del “lo tomas o lo dejas”.

Si te enfermas no recibes nada, si te esfuerzas puede que ya no tengas que repartir cupones ni limpiar los baños.

Los derechos laborales por los que tanta gente dio su vida en el pasado, son una especie de leyenda lejana. No es justo, no está nada bien, pero tienes trabajo.

Al menos tienes empleo, y de categoría, porque es en una trasnacional que sale en las películas.

¡Bendita suerte!

 

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Hice lo correcto, pero estaba equivocado

Pensé poco,

hablé demasiado.

Sentí mucho,

pensé poco.

Abrí la jaula de mis ilusiones,

tan escasas hoy en día,

y volaron,

ahora nomás tengo una jaula vacía.

Soñé futuros,

castillos sin cimientos,

creí llegar por fin al hogar,

pero nada…

cuánto lo siento,

aunque me digas que lo sientes más.

Hice lo correcto,

pero estaba equivocado.

jaula vacía

La mañana de la tormenta

En ocasiones el invierno decide prolongar su gélido imperio, sin importarle que la primavera sienta demasiada urgencia en la sala de espera, y por eso adornaba con fuertes fríos esa mañana.

El galán bronceado con el torso desnudo para lucir su musculatura de gimnasio y sustancias antinaturales y presumir su tatuaje en el hombro (un sol medieval con simbología azteca, lo que sea que esa mezcla signifique), vistiendo solamente los pantalones del pijama, golpea la ventana de la gran camioneta negra último modelo, pagada a plazos por los próximos seis años, y le grita a alguien que está dentro del vehículo. “¡Abre por favor!”, con autoridad no carente de súplica.

Las 8 de la mañana y el frío cala. Se trata de un matrimonio joven, la esposa abordo de la camioneta era la belleza en su escuela preparatoria, todos querían salir con ella, y él el galán deportista de neuronas flojas que todas las chicas admiraban, no fue sorpresa que se hicieran novios y pocos años después se casaran.

Pero él, según sus palabras, es hombre, macho alfa y cazador, el matrimonio no le implicaba necesariamente fidelidad. “El estar a dieta no significa dejar de mirar el menú”, le decía con cinismo cuando su esposa lo sorprendía deleitándose con las curvas de otras mujeres. Pero un macho alfa no se limita a ver el menú, lo tiene que probar todo, y por eso él tuvo sus aventuras, creyendo siempre que su mujer no se percataba, y ella paciente no tejía, pero sentía que se avecinaba la tormenta mayor.

Esa mañana fría ella se preparaba como siempre para ir al gimnasio, para no perder la línea que entonces aún magnetizaba miradas en las calles, ¿para ser el menú que otros solamente admiran?, mientras él dormía todavía, pues la noche anterior se había quedado hasta tarde “trabajando en la oficina”.

La joven señora necesitaba cambio para el ballet parking (son individuos que visten tutús y aparcan tu auto afuera del gimnasio a ritmo del Lago de los Tiznes) y se le hizo fácil buscar monedas en el saco que él usaba la noche anterior. La prenda apestaba a perfume de mujer, pero no de la esposa curiosa, y en vez de monedas encontró una tarjeta con un beso estampado (no por los labios de la señora) y la frase “Gracias amor” escrita con caligrafía de esas en las que se pone un corazón pequeño sobre la “i” en vez del punto.

La tarjeta desató la tormenta anticipada, la mujer golpeó con furia la cabeza de su esposo dormido con el saco (Prueba A de la infidelidad) y le arrojó en la cara la tarjeta (Prueba B) gritándole “eres un cerdo”, dicho lo cual salió corriendo de la casa y se metió a su gran camioneta negra que estaba estacionada en la calle. Pero no se fue, esperó a que el marido llegase.

El esposo medio dormido no tardó en llegar tambaleándose hasta la camioneta y le dijo, “no es nada, mira que no es nada”, ella siguió bien parapetada en la camioneta, pero no se fue. Él le gritó “¡abre por favor!”, pero ella no respondió y lloró ante el volante, pero no se fue.

El tipo se cagaba de frío, y golpeaba con delicadeza la ventana de la camioneta (no era tan idiota, sabía que si rompía el cristal le saldría muy caro, literalmente hablando). La mujer sollozó a moco tendido.

Él sentía las miradas que le lanzaban las jóvenes madres que llevaban a sus hijos al jardín de niños contiguo a su casa, reafirmó su seguridad pues sabía que siempre tendría poder de seducción (así es, nadie concibe la propia decadencia hasta que esta ha comenzado a hacer estragos). La esposa, desde dentro de la camioneta, sintió que era injusto lo que le pasaba, era feminista (en realidad es una fascista sexual de las que no tratan de buscar la igualdad de derechos, sino la supremacía femenina y el sometimiento masculino, sea lo que eso signifique), y por esa razón esto no deberían hacérselo a ella, pero en verdad lo amaba, por eso se casó con él ¿no?

Al final ganó el corazón a la lucha contra la supuesta razón, ella abrió la puerta y se dejó convencer, entraron a la casa pasa hacer las paces de manera física, sin explicación, ni una palabra.

Escenas similares se repitieron por décadas hasta que ella, cansada, optó por tolerar las infidelidades del marido, tal como lo hacía su mamá con las aventuras de papá. Había hijos, que fueron los rehenes de la cohesión, y además, esas aventurillas no eran más que relaciones casuales, y la esposa oficial era ella. Y sí, su feminismo recalcitrante fue deslavándose junto con el atractivo de él.

Al final se divorciaron cuando el macho ya fláccido (el sol medievo-azteca era ya un garabato incomprensible en un arrugado pergamino) encontró a una mujer (30 años menor que él) que de verdad lo comprendía y a la que le fue fiel a pesar del dolor que las infidelidades de ella le ocasionaba.

La ex, en su soledad, se lamentaba haber entregado los mejores años de su vida al desperdicio. Pero hizo lo que quizo, ¿o no?

Resignación (no hay vuelta en U)

te hubiera dicho lo que sentía, ahora lo que siento es no haberlo hecho,
ojalá hubiera sabido que no hacerlo era un boleto sin regreso.
cualquier muro me sirve ahora para recibir mis lamentos,
y maldecir el momento de jurarte, firmando así mi condena a tu lado.
ahora naufrago contigo en la calle de los múltiples sentidos, excepto el común,
y no hay salvavidas ni tablas de salvación a muchos años de distancia.
ahora estamos en este contrato antisocial de encadenamiento rutinario,
de resignación multitudinaria, de mediocridad mendicante y por todos los demás bien aceptada.
no es que te desprecie, simplemente jamás te he querido,
la lástima es mal consejero para la toma de decisiones
y una ruta directa al país de las perdiciones.
ahora estamos con cadenas y pesas, que sirven de manguales para las etapas violentas,
sumergidos en el desprecio barnizado por diplomacia y adornado con actos de sociedad.
no debí haber callado entonces, porque desde ese momento cualquier cosa que diga me deja en ridículo,
no debí haber aceptado, pero ya es muy tarde hasta para recapacitar.
sólo quisiera que llegue la muerte a separarnos, y librarme de lo que acordamos
sólo quisiera que hubiera un más allá, o de menos una reencarnación,
para entonces no volver a cometer (contigo) el mismo error.

u

Buscando la resignación (mientras llega el olvido)

El estruendo nocturno y las luces de neón, son sordera y ceguera cuando no está contigo la persona que amas.

Los amigos, por muy sinceros que sean, no pueden llenar el vacío que deja el verdadero amor perdido.

No hay pasatiempos suficientes para sacar las horas de soledad de ese estanque enfangado que ella te dejó tras su partida.

Pareciera que la vida sólo la continúas por costumbre. La mente y el corazón ansían su regreso, quizá eso sea el único motivo por el que tu corazón sigue latiendo.

Las palabras que escribes son dirigidas a su ausencia, como faros en la tormenta que buscan guiar a buen puerto al navío extraviado.

En las obras ajenas siempre encuentras pretextos perfectos para justificar su recuerdo.

Las calles, parques y cines te gritan constantemente el eco de su presencia; recuerdos que no dejan cicatrizar la herida de la ausencia.

Buscar su rastro en otras personas es un engaño, mal truco de un mal mago.

La resignación sabe a tarea imposible.

Es tan difícil tratar de escapar de esta “unión alejada”, más difícil que tratar de olvidar una culpa aceptada.

Ahora experimentas el suplicio de Sísifo; así, mientras llega el olvido.

La princesa Fatalidad en el reino mediocre

La princesa fatalidad expresaba elegantemente sus insultos tornasolados. No decía malas palabras, sólo pulcros malos deseos. Muy al contrario de la jauría de las perras, para quienes el lenguaje carretonero era la única forma de expresión. Solitario, en medio de la multitud, más frío que la lápida del que cayó de la gracia popular, decidí escribir lo que cabalgaba por mi mente, sólo para pasar el tiempo. El Don Juan decadente esgrimía los datos que con tanto esfuerzo había memorizado para presumirlos a la primera oportunidad, deslumbrando ignorantes y siendo ignorado por los indolentes. La muñeca plástica de cabeza hueca sonreía de la manera mecánica que le enseñaron en la escuela de modelos. El legislador sin ley no sabía qué dictar, sintiéndose como un déspota sin autoridad. Los grises mal nacidos escondieron la llave a alguien que era el eje de sus envidias, ella tenía lo que ellos ni se atrevían a soñar para sí. No sé cuánto soportaré, escribiendo, cuando tengo que convivir con esta gente la mayor parte de las horas en que estoy despierto. Vigilia que trata de escapar hacia lejanas tierras, sin embargo para ir allá en realidad debo estar aquí. Rutina absoluta, carente de sorpresas, todo comienza a la misma hora y a la hora de siempre termina, para al día siguiente volver a empezar. ¿Habrá sido la farsa igual antes de que la historia comenzase a ser registrada y contada? Horas de 60 minutos, jornadas de más de 10 horas. Princesas, perras y juanes, legisladores, muñecas y demás, agazapada tras el asombro y la novedad iniciales siempre está la costumbre; quisiera correr pero me da miedo vivir sin techo, además lo malo puede ponerse peor. Me quedo matando el tiempo en las ruinas de la sorpresa.

Resignación

Ayer la esperanza de muchos colores, hoy la resignación en un solo tono de gris, mucho pudo ser, el destino prometía, pero a la larga nada pasó. Tu voz solía encantar a mil serpientes que en ensueños podía correr, pero el encanto se acaba y tarde o temprano se descubre la verdad. Ayer tu cariño era un sol, hoy sólo queda un témpano de invierno, tan aturdido estoy que no distingo la derecha de la quebrada. Igual estoy pagando un error de otra vida, igual es el costo para entrar a algún paraíso sin policías. Tirando la primera piedra escondo la mano y registro lo que por pudor callamos. Ayer tu conversación, hoy el silencio de cuatro paredes desnudas. Si no pude alcanzar tu amor no quiero conformarme con tu desprecio. Mis manos que solían ser expertas en tocarte hoy se encuentran aturdidas y ateridas. Nada debe lograse a la fuerza, y de entre todo, menos debe obligarse a la compañía. Un adiós antes de perderme, mi última oportunidad para que me pidas quedarme. Ayer el esplendor de las estrellas, hoy el simple canto de un gallo, negándome lo que yo mismo me negué. No me gusta vivir de recuerdos, perdido en los laberintos del pasado, y sin embargo no siento tener presente sin ti. Un intento más o si no el último clavo, para empezar la carrera hacia la resignación.