Fin

Ese destrozo desastroso que nos dejó destazados. La tormenta, a veces rápida, a veces lenta, que nos dejó vacíos y fríos, aunque ya muy (re)volcados estábamos para entonces. Sin crédito y sin credibilidad. Imposible intercabio de palabras. Final. El rencor pesaba más que el pesado pasado, convirtiéndose en un lastre aniquilador para el futuro. Los límites habían sido todos cruzados, y en esas cruzas se engendraron monstruos cada vez más feos. ¿Por qué si es lo mejor, se siente uno tan mal? Al fin nos comprendimos, se necesitó para ello más odio que cariño. El rosario de abusos fue demasiado, los rencores alcanzaron marcas mundiales. Hundimiento conjunto hasta el fondo del mar, más allá de donde llegó el capitán Nemo. Final. Golpes de todo tipo, los más dolorosos fueron aquellos que se llevan dentro. Los corazónes permanecieron mucho en el suelo. Sin funeral, pero se lleva el duelo. Las disculpas y perdones estaban demasiado desbordados como para ser aceptados. Las caras dobles cobraron factura. Jano jodido. El final. El mundo ahora me asusta, eché a perder mi gran conexión. Ahora floto en una soledad abrumadora, sin faro ni estrella. No es autocompasión, simplemente un abismal arrepentimiento. Cortado el cordón umbilical de la codependencia, siempre queda un sabor a extravío. No hay de otra que aprender a vivir de nuevo.

Anuncios

Síntomas (no es lo opuesto a “con Tomás”)

Con una caperuza roja andaba, sin saltar, sin cantar, ni el lalalá más simple, pensando que el capitalismo es tan venenoso como el comunismo. El amor a veces cae como una roca que aplasta a coyotes, salida de la nada, desde el cielo. Las secuelas de ese golpe contundente pueden durarte años, probablemente el resto de tu vida, aunque haya quien diga que todo se pierde en el olvido. El tiempo cura, pero el tiempo no siempre es medicinal. Hay medicinas veneno, eso también es cierto. El problema del amor es cuando el objeto de éste es una persona como Jeckill y Hyde, que te ama y que a la vez quiere alejarse, sin importarle mucho la destrucción. Combina eso con el síndrome de Tom y Jerry, así le llamo a las relaciones con muchas emociones violentas, amor apache, que se van tragando, destruyendo a sí mismas poco a poco, y te van minando, hasta que ya no puedes siquiera mantenerte erguido y te importa un bledo que existan siete enanitos que saquen los diamantes de allí. Llega un momento en el que no quieres salir, pero que también es imposible permanecer adentro. Llegas a la cima, a la punta del Everest de las crisis, y de allí, sinceramente no queda otro camino más que tirarse de cabeza al vacío. No me crees, ya verás si te pasa. Ojalá no te pase, eso no se le desea a nadie. La memoria es selectiva, aunque los problemas hayan estado allí desde un principio, el autoengaño te dice que lo bueno siempre ha sido más constante, que por eso te has mantenido en la relación. No es cierto. Eso es lo que crees. Si llevaras un registro verías que el infierno ha estado allí, al igual que el cielo, en todo momento. Lo ideal del asunto es verdadero como el sueño y tan falso como un billete de cuatro dólares, ilegalmente tierno (ilegal tender). Descubrirás que probablemente también eres un ser disfuncional, uno para el otro, supermán y kriptonita queriendo formar una vida juntos. La función debe continuar. Y bailan, como a la fuerza, un vals en el campo minado, viendo cómo vuela un miembro distinto casi a cada paso, pero aferrados a continuar. Ocasionalmente la razón los visita, pero como buenos maleducados la corren arrojándole macetas vacías (y a veces llenas) a la cabeza. No hay contrato, no hay papeles, es ese tipo de uniones en las que se sigue por mera voluntad, más fuertes que un contrato social, aunque muchas veces uno de los dos sienta que ya no quiere seguir, sigue argumentando que hay mucho cariño allí y que no se puede desperdiciar. Me imagino que siempre hay un momento límite, en el que se acepta haberlo perdido TODO y se decide seguir hasta que la muerte los separe o matar de tajo la relación. Nada es sano, porque no fue sano siquiera al empezar. Se desconfía de todo y de todos en ese momento, hasta de uno mismo. Es la confusión inicial del vendado tras las vueltas y los giros en el  juego la gallinita ciega, pero experimentada todos los días, de manera perpetua, sin venda y sin vueltas, más que las de los regresos. O te quedas allí, masoquista de capilla en Iglesia recién inventada o te arrojas, como te dije, al vacío sin paracaídas. Lo más feo es que a estas alturas ya hasta le encontraste buen sabor al sufrimiento, pero a la vez duele insoportablemente. La costumbre es algo más difícil de romper que los principios. Al final el cuento no termina bien porque, como dije, empezó mal.