¿Y a ti te amaba yo tanto?

Cierro los párpados y de tu rostro recuerdo vagamente dos ojos, una nariz y una boca.

Tus rasgos ya no están en mi cabeza como antes.

¿Y a ti te amaba yo tanto?

He olvidado completamente el tono de tu voz, la suavidad de tu piel y el aroma de tu pelo.

No recuerdo tus gustos, tus ideas ni tus opiniones.

Olvidé también todo aquello que debilitaba las murallas de tu corazón.

¿Qué pasaría si volviera a verte? A ti, a quien tanto creí amar.

De seguro te reconoceré, pero…

¿Se alterarán mis latidos?

¿Se dilatarán mis pupilas?

¿Me temblarán las manos?

¿Se acelerará mi respiración?

No lo sé, pero espero no verte otra vez.

Por lo menos no verte hasta el día en que yo haya olvidado por completo que…

Tu rostro tenía dos ojos, una nariz y una boca.

El tiempo no cura, sólo va acabando con nuestra memoria.

Esperando

Dos temporales tropicales y descorteses que jamás dan aviso previo, atorados como toros en la valla que separa el campo de la villa. Tú y yo, querida. Ignoro cómo llegué a esto, sólo sé que todo empezó cuando dudé de Dios por creer en ti.

Entonces las nubes dejaron de ser algodones flotantes para convertirse en visible humedad suspendida, fue cuando tus llegadas eran en realidad ausencias que se traducían en una despedida prolongada, jamás oficializada.

A lo mejor, peor quizá, todo se debió a que cambié el bolígrafo por un aparato electrónico o a la guerra cotidiana, cada vez más cercana, que los diarios describen, pero cierto estoy de que contigo las sombras me empezaron a parecer más oscuras y las ilusiones comenzaron a escasear. ¡Hasta un malnacido mago traidor decidió entonces revelar secretos profesionales por televisión!

Lo único que aprendí a tocar  en mi vida fue tu piel y las puertas, lo único que supe afinar fue tu órgano de catedral. Me pregunto si alguna vez quise realmente probar la manzana o sólo lo hice porque se supone que es lo que todos debemos hacer.

Lo único que ha madurado en mí es la indiferencia hacia los extraños y hacia todo aquello que hoy emociona y que dicen que mañana será parte de los libros de historia.

Mi cometa jamás se elevó más allá de los tres metros, sin importar que soplase mucho viento; viento que puede llevarse todo, menos tu recuerdo, el cual me esfuerzo en borrar. Vanidad de vanidades y sólo vanidad, todo en vano. Rabino con rábano.

Mientras, me sigues acusando de ser el abogado del diablo por decir lo que pienso, por dudar lo que dudo y creer lo que creo, que es poco en realidad.

Ya ni siquiera tengo maletas porque no se permite equipaje en el lugar que me obligas visitar, en el fondo espero que ese destino sea ningún lugar.

La estación está en desorden, el tren no tiene horario, dicen que llegará como los ladrones o como el fin del mundo. Yo lo esperaré recitando el diccionario.

Agosto 2008

station

Sólo me queda desearte que te vaya bien

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, dijo él ansiando tomarla de la mano, aunque de inmediato consideró que, por algún motivo incomprensible, era mejor limitarse a tocar con las puntas de sus dedos el dorso de la mano de ella. Esa mano que seguía tamborileando con impaciencia sobre la mesa, justo a un lado de la taza de café que ni siquiera había probado.

Al sentir el contacto de la femenina piel, se intensificó en él lo que siempre experimentaba junto a ella, desde la primavera de su unión: una atracción, un salto del corazón, la sensación de que así tenía que ser, de que era el destino correcto, el romanticismo materializado. Al mismo tiempo, vislumbró la vida que habían tenido en común, no es que contemplara dentro de su mente las escenas sobresalientes, como en una película a velocidad vertiginosa, sino más bien era como si no existera el tiempo y como si en menos de un segundo viera y sintiera lo que atesoraba su el alma, el total de la vida con ella.

En esa experiencia intensa se mezclaban simultáneamente miles de cosas: la primera vez que sus miradas se encontraron y la sonrisa discreta que ella le dirigió entonces, el suéter azul y falda negra que vestía ella esa primera vez, diversas conversaciones acerca de películas y libros, sobre la vida y la muerte, las visitas a parques, comidas, cenas, conciertos, viajes, todo… su perfume, el aroma y toque de su piel, discusiones, platillos voladores de una vajilla hecha en china, el jazz de Nueva Orleáns, el llanto en una estación de tren, todo… andar por cualquier calle juntos, llenos de su mutua compañía, las bobadas que él le decía y que la hacían reír, diversos besos, desde los primeros hasta los que ya no eran tan candentes ni enloquecedores, todo…

Él nunca había dejado de sentir que ella era la persona más especial de su vida, el enamoramiento había dado paso, según él, al complemento entre ambos; si eso es lo que se llama amor, entonces era amor, pero ahora no tenía duda de que para ella las cosas no habían sido así.

Hacía unos minutos, cuando él le recordó que la amaba, ella le respondió: “vamos, no vivas en el pasado, lo nuesto acabó hace tiempo”, él trató de decirle que no la entendía, que lo que sentía por y con ella no era el pasado, sino todo, un tiempo sin nombre y sin medición, sin calendarios, sin adivinos ni historiadores, era el presente constante, el hoy perpetuo. Fue una sorpresa enterarse de que ella no sentía lo mismo.

Entonces, sin proponérselo él presintió su futuro: la vida sin ella sería como un mundo sin luz, sin colores, sin obscuridad, sin paz ni guerra, un mundo al que siempre le faltaría algo. Por otro lado, no había ya nada por hacer excepto respetar la decisión que ella había tomado.

Pues… creo que sólo me queda desearte que te vaya bien“, le había dicho él mientras tocaba con las puntas de los dedos de su mano izquierda el dorso de la que ella tenía tamborileando sobre la mesa. Ella alejó de inmediato su mano de la de él, rompiendo el leve contacto físico. Luego simplemente dijo: “Ajá, a ti también“, y se levantó de su silla, para salir del restaurante sin mirar atrás. Él allí comenzó a sobrevivir con un hueco que sentiría por el resto de sus días, en los que ella no reapareció.

El teléfono suena, de nuevo…

El teléfono suena, de nuevo…

Ahora es por la salvación de mi alma.

No lo contesto, ¿para qué si no creo en eso?

El predicador desiste, pero sólo por un instante, toma aire e insiste. Parece que se toma muy en serio eso de ser un pastor preocupado por sus ovejas descarriadas o que le dan una comisión jugosa por cada arrepentido inmaterial que entra al Paraíso. ¿Qué pasaría si el tipo se llegara a enterar de que no existe tal lugar, de que los ángeles se aburrirían de ver cada día la Gracia del Señor después de 789 siglos continuos y de que el Infierno no es peor de lo que ahora tenemos?

El teléfono suena, de nuevo…

Ahora es una agencia que quiere aglutinar anónimamente mis preferencias.

No lo contesto, ¿para qué si no me interesa?

El encuestador insiste, quiere saber mi opinión sobre la situación actual. Saber si estoy harto de que los peores sean quienes gobiernen (¿peores con respecto a quienes?, ¿no sabe que en esas cualidades el 99.99% de los humanos somos iguales?), quiere conocer qué opino acerca de la corrupción (¿de cuál?, le diría yo, ¿la del alma, que tiende a la moral que más le afecta?, ¿la del cuerpo, que se corrompe a cada momento de manera natural?), quiere saber por quién voy a votar. Los días de elecciones siempre acudo a las casillas a anular mi voto, eso no le interesa al tipo inquisidor en absoluto. No tiene ningún caso contestar. ¿Para qué? ¿Contribuir al espectáculo del pseudoconocimiento y de la pseudodemocracia? No, gracias.

El teléfono suena, de nuevo…

Quieres hacerme sentir mal otra vez.

No lo contesto, ¿para qué si ya pasamos demasiadas veces por eso?

De qué sirve escuchar tus recriminaciones, tus gritos culpándome de los errores de los dos. ¿Qué sentido tiene que llegue el momento en que te desesperes y cortes una vez más tu discurso interrumpiendo violéntamente la comunicación sin permitirme expresar ni un “pío”? Dejándome en compañía del mecánico tonito de ocupado: tut, tut, tut… ¿Para qué regresar al asunto muerto que ya debió haberse sepultado hace bastante tiempo?

El teléfono detesta el silencio y vuelve a sonar.

Alguien me quiere ofrecer beneficios y grandes oportunidades que yo no busco.

Si le contestara, el vendedor me saludaría cortesmente y me preguntaría cómo estoy, como si le importara de veras. Luego pasaría a recitar la letanía de glorias y bondades que aprendió como autómata. Los loros parlanchines siempre suenan con más cerebro que un vendedor al teléfono. Antes solía escuchar a esta gente por conmiseración, piedad de la piedra de mi corazón, pues es su trabajo después de todo. Pero hace tiempo que opté por decirles “no me interesa” antes de que terminaran su saludo. ¿Para qué premitirles que pierdan nuestro tiempo (el de ellos y el mío)? Ahora ya ni les contesto. Aún así siguen insistiendo.

Carajo ¿qué necesidad tengo de pasar por todo esto?

Mañana cancelaré la línea telefónica.

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Fin de la línea y renuncia al circo.

Tiempo de apearse, aprece que ya no hay más estaciones y van a limpiar el tren. El circo seguirá dando funciones, pero sin mí. Ni maldita falta que le hago. No quiero ser ni el domador ni la fiera domada, no quiero ser el payaso ni el amarrado. Renuncio a ser el blanco de dagas y a arrojarlas. No más trapecio ni cuerda floja, que otros se rompan la crisma (en navidad o en pascua) o que lo hagan con una vocación que obviamente yo no tengo (aunque tardé muchísimo en aceptarlo). Culparía a la adivina gitana de la bola del cristal opaco y a sus erroneos presagios, pero no. No se culpe a nadie de mi suerte.

Cuando las cosas se acaban

Es difícil cortar el cordón umbilical de una rutina que sabe a muchos años. Es difícil aceptar la realidad y enfrentar el vacío que hay detrás del ‘todo acabó’. Al final, tenemos que sacar de algún lugar la dignidad y acordarse de cómo se dice un ‘adiós’. ¿Para qué deambular entre las ruinas con paredes de recuerdos? No viene al caso empezar a preguntarse en qué momento se salió el carruaje de la autopista. No tiene sentido tratar de entrar en la mente de quien te acompañó sin estar realmente contigo. No hay razón en buscar lógica a las situaciones absurdas del ayer, necedad de necedades y pura necedad. Querer encontrar los restos de algo en el vacío, pintar montañas en donde sólo hay llanura, perseguir el viento y asir las sombras, con todo eso acabarás en la amargura. Nada en este Mundo es seguro ni eterno, nada es estable entre seres como tú y como yo, ¿cómo esperábamos vivir juntos eternamente y no esperabas que de mis labios saliera para ti un adiós?