Las más de las veces lo mejor es callar

No condenes al que se autodestruye. No estás en sus zapatos. No tienes derecho y ni puta idea.
Decir que alguien que se mata es un infeliz, un cobarde o desagradecido porque… lo tenía todo, porque no piensa en los demás, porque perdió la fe en Dios, sólo te hace ver como un imbécil que se traga todo lo que los comerciales le venden. Mejor deja de juzgar y cuestiónate: ¿en verdad crees tanto en Dios?

No digas que la vida es un maravilla si no lo sientes, y si lo sientes… bien por ti, nomás recuerda que no tienes la obligación de contagiar tu “visión” a los demás. Si lo dices sólo para repetir lo que te han dicho que debes decir, guárdatelo más.

No tengo nada en contra de ti, mientras no abras la boca y dejes salir tus idioteces a una distancia en que yo pueda oírlas.
Si te molesta lo que digo, procura hacer lo mismo que yo hago respecto a ti: poner muchos kilómetros de por medio. Si no te gusta verme, tienes otros 359° hacia dónde mirar.

No condenes al que se autodestruye, porque con ello podrías estar ganándote un juicio severo.
¿Quién te ha dicho que tu supuesta vida “bien vivida” es lo que debe ser, que eso es lo correcto? ¿Quién te crees como para tratar de convencernos de que tu ignorancia es sabiduría?
Ojalá aprendieras que las más de las veces es mejor callar.

wally

Del amor y del olvido

En un principio todo era como vivir en el paraíso por adelantado.

Las endorfinas deforman nuestra percepción. Ojalá todo siguiera así por el resto de la historia, pero eso es imposible.

Las más de las veces se llega a la encrucijada de la resignación o del autoengaño unilateral. Seres tan necios y empecinados como tú y yo, sólo tenemos la segunda opción.

Si el paraíso se convierte en infierno, y no se sale a tiempo, sabe a manicomio.

Esas altas murallas que uno mismo construyó por seguridad, pueden terminar siendo una prisión, pues son muy difíciles de saltar.

Uno no quiere dejar ir, eso significaría perder, y tan clavado queda ese sentimiento de derrota que se ignora cualquier ganancia posible en otro lado. Todo parece pérdida cuando duele el corazón.

Si te dije que te quiero fue en serio, es una frase con la que no me gusta jugar.

Todo lo que hago por amor, tiene factura que intento cobrar más tarde. Se convierte el asunto en una lucha de poder, hasta que alguien se hunde en la impotencia.

Quizás fui demasiado sincero y me diste por hecho; quizás en mi ilusión seguí sin poder ver la realidad. Quizá me mentí desde un principio y creí vivir lo que mi imaginación dictaba.

Ilusión no compartida es como la mitad de una mentira.

Lo bueno es magnificado, y por lindo se intenta prolongar, en una estructura de decorado cinematográfico.

Lo malo, se va al no-me-acuerdo voluntario.

Lo feo es el pan de cada día.

Quizás nada nunca fue completo, en ningún momento. Muy tarde me enteré de que lo mejor es cortar las amarras a tiempo.

Dicen que las reglas del amor se parecen al olvido, quizás sea cierto, pero siento que no es lo mismo.

Ser insoportable

Hay veces en que uno resulta insoportable a sí mismo. Tanto que quisiera separar el cuerpo del alma, o alejar los hemisferios de la cabeza para que formen continentes inconexos.
Pero no es posible, ni en sueños se escapa uno de sí mismo.
Solía agradarme mi propia compañía, disfrutar de mi persona, pero circunstancias ajenas y propias me han hecho ir perdiendo la paciencia para conmigo.
Igual es desgaste por el tiempo, nos pasa con los demás ¿no es cierto? ¿Por qué no habría de suceder con la propia persona? Quizá sea la manera natural para irse despidiendo, preparándonos para el final cercano, para que la muerte sea preferible a la vejez muy prolongada.
Es feo, descubir que uno hace lo que siempre ha criticado, ver que las soluciones a problemas ya no salen fácilmente de las mangas, o descubrirse que a ciertas alturas del partido uno ya viste chaleco.
No sería suficiente el opio ni la heroína para alejarse de su misma persona, tarde o temprano uno regresa y esas falsas salidas suelen desembocar en culpas o en purgas.
Ni modo, tal parece que no queda de otra más que poner cada cosa en su lugar y aguantar, ya sea en el estóico portal, en la redundancia de la esfera o en la desesperación del que espera.
Aguantar, apechugar y bancarse al lado de la cancha, o en
la estación, esperando el último tren. Así es la vida.
angel

El mapa de las relaciones sentimentales en tres frases

Existe cerca de de donde vivo una colonia clasemediera alta, en donde destinan cierta calle para que los vecinos salgan a hacer ejercicio; es decir, no se cierra la calle, sino que se destina el borde de un camellón en forma de pista de hipódromo, para que la gente salga a correr, caminar o andar en bicicleta. Algo parecido al patio de ejercicios de una escuela, prisión o de un manicomio, pero sin rejas ni altas bardas (siempre me recuerda una pintura de VanGogh).
Prisoners Exercising Vincent van Gogh
Ayer, caminando yo por ahí, pude notar un grupo de tres ciclistas, uno de los cuales iba entreteniendo a sus compañeros con su charla. La primera vez que pasaron junto a mí alcancé a oír al entretenedor decir: “… con que le provoques una sonrisa ya es tuya…”. Poco después volvieron a pasar y alcancé a oír al mismo tipo decir: “…basta con una patada en los huevos y listo…”, y tuve la oportunidad de una tercera frase poco después: “… ni que fuera la única, hay muchas en el mundo…”
Es curioso cómo en tres frases rápidas, el tipo pareció resumir la historia de muchas relaciones románticas. La ilusión y la magia agradable (aunque definitivamente difiero de la simpleza de la idea, es decir, yo he hecho reír a muchas mujeres, y no hice mías ni al 1% de ellas), pero bueno, tomemos la frase como el inicio del enamoramiento, él quiere hacerla reír y ella ríe. La fase de la ilusión siempre es alegría y encantamiento, sonrisas y sonrojos. Felicidad y embriaguez sin alcohol (algunas veces sí hay acompañamiento etílico). Cada persona quiere hacer sentir bien a la otra, quedar bien. Oh l’amour! Primavera, pajarillos y cielos hermosos (hasta los lluviosos). El mundo es un horizonte por recorrer, uno ya no está solo, dos hacen uno, y todo es jijí jajá.
Sigue el puntapié en los testículos. Una mujer tiene ovarios, pero como dijera Colón, todo es como un huevo. Quizá el ciclista experto en relaciones humanas se referiría a ponerle un “estate quieto” a un rival, que significaría la defensa de esa territorialidad que siguen aplicando las bestias pseudo racionales que se denominan humanas una vez que tienen pareja. Me refiero a esos que ven a su pareja como propiedad y que experimentan los Iagosos celos Oteleros (sin motivos reales), las inseguridades y las rivalidades. Defender lo propio de los zánganos y ladrones que merodean por el paraíso infernal. No todas las relaciones tienen ansias propietarias, pero no son pocas las que sí.
Claro que esa frase del puntapié puede tener otro significado: el rompimiento violento en las relaciones disfuncionales o cuando los chistes dejan de tener gracia. Cuando el que hacía reír ya no es “el ser más divertido del mundo” sino un “imbécil que no toma nada en serio” o un “tarado que de todo se carcajea”. Cuando vuelan platillos en la cocina (sin tener que llamar a expertos en ufología), cuando la agresión verbal cruza la frontera y llega al pueblo de los puños, las patadas y las heridas. También he visto esa película, y recuerdo que incluso fui amenazado por tijeras que agujeraron mi camisa favorita. Cada quien habla de cómo le fue en la feria.
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Para terminar con lo que dijo el ciclista, su tercera frase no es la vencida, sino la que intenta sobreponerse al vencimiento. Una vez separado, tras la relación buena o mala, viene el luto del alejamiento. Siempre habrá dolor, quizá mucho, quizá poco, pero siempre lo habrá. Uno suele añorar a la persona que alguna vez se amó, no importa si al final todo fue un trago más amargo que el pan de la Última Cena. Y en el cabizbajamiento subsecuente, no faltará el amigo que tratará de dar esperanzas basándose en la sobrepoblación mundial: en este mundo hay muchas mujeres más, ella no es la única. Mlas noticias: ella es única e irrepetible, como de alguna manera lo somos cada uno de nosotros.

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También, sin duda, hay muchos amigos más sensatos que no dirían semejante tontería. Sí hay mucha gente, y es probable que hayamos demasiados que nos parecemos entre nosotros, pero sin embargo cada persona tiene una combinación única. Nadie sustituye a nadie, quizá el nuevo alguien sea más compatible con uno, quizá nos brinde más magia; quizá no, pero el caso es que no es el clavo que sacará otro clavo (¿en serio alguien ha tratado de desclavar en la realidad clavos con clavos, en vez de usar un martillo o pinzas?). Sí, hay mucha gente, y nunca conoceremos ni remotamente a la mayoría de las personas que existen. Si alguien se fue, simplemente es capítulo cerrado y a lo que viene. Mirar a atrás y cerrar la puerta y no esperar encontrar a que alguien la cierre por nosotros.
En fin, las frases de ese ciclista me hicieron pensar en esas cosas.

Zhongfang baila el vals

Zhongfang baila un vals, sin su mamá.

Zhongfang baila un vals por XV años perdidos.

Zhongfang se conmueve por los niños del mundo Y sus sobrinos.

Zhongfang baila el vals y no puede parar.

Michael Jackson ya es ceniza de jueves y Confucio es cosa pasada.

Zhongfang baila un vals y quiere presentarse en Viena desalchichada.

Hay travestis que dicen la verdad aunque sean a veces mentiras aparentes.

He decidido callar mientras hablo y decir las cosas en silencio.

Dim Mak y miradas extrañas.

No me encontré, pero igual ya me acostumbré al extravío.

Zhongfang baila un vals y quiere presentarse en la Monumental.

La espada de Damocles pendiendo sobre mi cabeza, aunque al final pende arriba de la testa de todos, por blanda o dura que la tengan (que se tome todo como se quiera aunque no se quiera).

Zhongfang no tiene pandilla, demasiado rarito, pero no es por su nombre, ¿hombre? Nadie sabe, nadie supo, nadie en su casa lavó, pero todos escuchamos el Jingle del día, que nadie entiende, pero todos lo repiten.

“¿Qué dijo?”

Estribillos, catchy phrases, la originalidad es una condenada cruz, que luego otros toman para crear instituciones.

Zhongfang mejor baila el vals y que el mundo gire al ritmo que le venga en gana.

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Perder la cabeza por la religión

Puede que el caso no haya sido difícil, al contrario, fue demasiado sencillo. Sin embargo destaca por lo insólito, quizás por otras cosas…

Son 20 años los que tengo de carrera en el departamento de investigación de crímenes. Y cada año que pasa, menos entiendo que la gente guste de ver películas y series de Tv, relacionadas con asesinatos, investigaciones, llenas de sangre, que muestran el salvajismo al que pueden llegar sus congéneres. Imagino que eso debe satisfacer su curiosidad, convirtiéndolos en testigos suficientemente ajenos de las atrocidades humanas, a distancia segura como para no percibir la pestilencia de la sangre derramada, ni la suciedad que suele rodear a la sordidez. Ya empecé a divagar, cuando lo que quiero es relatarles el caso del decapitado.

Recibimos la llamada a eso del mediodía de un caluroso día de julio. Un vecino quejándose del hedor llamó al intendente del viejo, pero lujoso, edificio de departamentos.

El intendente, hombre perezoso, tuvo un extraño acceso de energía y corrió a ver qué sucedía. No le costó trabajo descubrir que la pestilencia provenía del número 146, departamento rentado a un tipo solitario y exitoso profesionista, del cual no tenía queja alguna, pero que siempre le pareció un inquilino raro y solitario.

El intendente llamó varias veces a la puerta del 146, pero no recibió contestación. La hediondez provenía sin duda de allí, así que tan cumplidor de las normas como temeroso de la ley el intendente volvió a demostrar que no siempre es tan perezoso y decidió llamar de inmediato a la policía. Aquí entro yo a escena.

Formar parte de servicio policiaco fue para mí más herencia que vocación. Mi padre llegó a ser un destacado miembro de la policía, legendario por su incorruptibilidad. La genética le hizo una mala jugada cuando mi inclinación profesional iba para el rumbo de la filosofía, aunque la mala broma del destino terminé pagándola yo, al exigírseme seguir con la carrera de mi padre. No hubo problema al final. He leído suficiente filosofía en mis tediosas horas de guardia, lector asiduo del ideal al que siempre ha aspirado la humanidad, y a la vez tengo la ventaja de ser testigo en primera fila de la tragedia existencial, de la realidad cotidiana de la especie.

Forzamos la bien cerrada puerta del 146. Un lujoso interior, de techo alto, de esos edificios viejos con más de un siglo de existencia, las ventanas bien aseguradas desde dentro, el departamento con poco mobiliario, a la izquierda destacaba un gran librero, prácticamente vacío, a no ser por cuatro libros: los viajes de Marco Polo (ese también conocido como “El Millón”, porque la gente de su tiempo creyó que era un compendio de un millón de mentiras), el Infierno de Dante (extracto apasionante de la Divina Comedia, siempre popular seguramente porque el purgatorio y el paraíso son tan ajenos a esta vida, que nos atrae lo que conocemos, y de lo que sin embargo queremos huir; por eso siempre resultará más atractivo asomarnos a las pesadillas que conocemos, que correr hacia las glorias que nos son desconocidas); El Paraíso perdido (ese largo poema del invidente vidente Milton, donde se narra la rebelión de ángeles que terminaron siendo expulsados del cielo para colonizar el infierno) y La Biblia.

Ese librero, de gran tamaño, había tenido muchos más libros, por alguna razón, que al final resultó obvia, sólo contaba entones con esos cuatro libros.

Al centro una sala, una pantalla de alta definición, un comedor con cuatro sillas y la cocina. A la izquierda, cerca del ventanal bien cerrado y con espesas cortinas, se encontraba una guillotina, suficientemente grande para arrancarle la cabeza a alguien, gracias a una gran pesa adherida a la afilada cuchilla, pesa que garantizaba que la cuchilla cayera y cortara todo lo que se encontrara a su paso. Y así fue, cerca de la guillotina, estaba un cuerpo sin cabeza. Sangre seca en lo que fue un gran charco, apestando como no lograrás percibirlo en las películas o series de televisión. Al fondo, cerca de la pared, una cabeza, por el suelo. Sin duda ésta había rodado desde la también ensangrentada guillotina.

No había huellas de pisadas ajenas a las del difunto (la investigación forense tampoco descubrió huellas digitales de otras personas en el recinto). Al parecer el muerto, quien fue identificado sin lugar a dudas como el inquilino del departamento, había decidido acabar con su vida, usando esa guillotina. El motivo resultó demasiado fácil de deducir al conectar el elemento en común que tenían los cuatro libros solitarios: religión. Eso que promete unión y sólo trae problemas y disputas, bálsamo de los viejos y los desesperados, esperanza de los desesperanzados y tormento de los que no logran entender cómo vivir en este mundo.

Para mí todo fue como una iluminación rápida. En el libro de Marco Polo se habla de un tipo, un zapatero, que tenía una fe tan grande como para mover montañas. La prueba de que se trataba de un hombre muy devoto era el hecho de que estaba tuerto, y lo estaba porque él se había arrancado un ojo en alguna ocasión que le había visto parte de la pierna a una clienta. El santo hombre en su momento libidinoso recordó el pasaje evangélico de: “Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo; porque es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”. El hombre santo de Marco Polo, la tuvo fácil, sólo necesitó arrancarse el ojo. ¿Pero qué hacer cuando lo que te hace pecar son tus pensamientos?

Abrir la Biblia fue la comprobación, pues precisamente esa pregunta estaba escrita, a mano con la comprobada caligrafía del decapitado, en el margen del libro sagrado en la página donde está el capítulo 5, versículo 29 del Evangelio de Mateo.

El cuerpo y la cabeza eran los restos de un hombre atormentado a niveles absurdos por esa lucha interna entre bien y mal que la religión nos menciona desde siempre. Sí, confirmamos que el occiso  iba a misa siempre, se confesaba con frecuencia y, sin embargo, allí estaba su “ojo mental” atormentándolo siempre. La misma Biblia le dio la forma de arreglar el problema, o quizá fue el libro de Marco Polo.

Como lo insinué, todo se comprobó al seguir la investigación, todo estaba a la mano. Facturas de una carpintería, el lugar donde se compró la chichilla afilada e incluso los honorarios de un ingeniero al que se le asignó la construcción del aparato mortal, éste en el interrogatorio nos confesó que el difunto le había solicitado la guillotina con instrucciones precisas sobre el funcionamiento que esperaba, claro que argumentó que sería para una obra teatral de aspiraciones realistas. En fin, suicidio meticulosamente elaborado.

No acostumbro hablar de casos, pero éste suscitó tanta habladuría en los medios, que por ello decidí aclarar el asunto. No, no fue como dicen muchos un demonio el que mató a ese hombre, no fue una secta ni un fantasma del pasado que en vez de Navidad le presentó pasajes de la revolución francesa. Como dije, fue un simple suicidio elaborado, cargado de religión. Así que ahora es probable que en el Cielo haya un descabezado sin sonrisas, gozando de la Gracia eterna.

Ignoro si me iré al Cielo o al Infierno, pero sé que adonde llegue, al menos yo sí llegaré entero.

guillotina[1]

AMor

El amor que te fortalece, puede terminar debilitándote.
El amor que te hace ver lo que jamás imaginaste, podría terminar arrancándote los ojos.
Puede que sea una apuesta pesada, quizá sea la mejor forma de pasar el tiempo, mientras vives.
Es un buen argumento para fundar religiones, y pésimo para prolongar guerras.
El amor que te imaginas, pudiera ni siquiera existir, aunque hay gente que necesita mentiras para vivir.
El amor real, pudiera ser un acuerdo, no como el vivieron felices de los cuentos, sino un negocio para perder menos.
El amor es probablemente lo que quiseras que fuera, pero te conformas con tener.
El amor es un juego sin reglas, que desata al caos; o es un orden con cadenas, que nos convierte en uno solo.
Al final no sé qué sea, eso que llaman amor. Puede que solo se trate de perder la razón.

Sansón
Sansón

Más de 33 y la literatura salvadora

La “crisis de edad” me pegó a los 33, y no ha dejado de doler desde entonces. Y no es que duela tanto, simplemente no se me quita. Han pasado 12 años desde entonces, 12 años de “tiempo extra” es mucho tiempo.

Quizá me explique mejor si digo que por alguna razón siempre pensé que moriría a los 33. “Santo impostor Batman”, no era por delirios mesiánicos, simplemente cuadraba todo: 1967-2000, 33 años, buena edad para morir, sin una cruz de por medio. Sólo liberación nirvánica, buena suerte y hasta luego. Desde niño, entonces mi única referencia de muerte digna y a tiempo (aunque la forma en que sucedió fue indigna y cruel) era Jesucristo. Aún no había oído hablar del club de los 27, y aunque hubiese sabido, 1994 no suena a gloria (disculpen quienes hayan nacido entonces).

Nunca me cuestioné qué iba a estudiar en la universidad, la carrera que me preparara para competir en el laberinto de ratones que es la productividad, ¿para qué desperdiciar tiempo pensando en una profesión, si no la iba a aplicar? En cuanto a vocación, por ese entonces no había nada. Medio dibujaba caricaturas (lo más popular a lo que llegué en la secundaria fue que a algunas personas le gustaban mis dibujos), medio hacia historietas caseras (nunca fueron novelas gráficas, término acuñado por los que necesitan dibujitos para sobrellevar su fobia a las letras). Quizá pensé que en lo que moría podía obtener un trabajo en un estudio de animación, Disney o Hanna-Barbera, pero no era mi vocación porque ese pensamiento se esfumó muy rápido.

En la preparatoria comencé a leer, gracias a una colección de novela de aventuras que semanalmente sacaba a la venta un título. Creo que fue mi papá quien pensó que eso atraería a su adolescente primogénito a lecturas más serias que los cómics y decidió comprarme los dos volúmenes iniciales de la colección. “Oferta de lanzamiento, compre el 1 y llévese gratis el dos”, así me hice de Miguel Strogoff y de la Isla del tesoro, Verne y Stevenson, al 2×1.

Nunca fui fan de Verne, ni lo seré, pero debo confesar que en especial esa novela me atrapó. Sí, su estilo enciclopédico aburrido está ahí, pero igual es la más emotiva de sus obras. Y la isla del tesoro, pues tenía piratas.

Mi fascinación por los piratas data de mi muy lejana ternura infantil. De esa época en que mi carne era suave y tierna, tanto que de haber sido atrapado por una tribu de caníbales (“personas con gustos culinarios diferentes”, como se les llamaría ahora en el despreciablemente hipócrita eufemismo reinante y vomitivo), ellos no hubieran tenido necesidad de meterme en una olla gigante para cocerme y cocinarme, ya estaba yo “al dente”. El disco (de vinil, claro está, 33 rpm, negro como afroamericano de orígenes congoleses) primero que recuerdo era uno de cuentos de Disney, en donde se narraba en el lado A la película de Peter Pan y en el lado B la historia de Bambi (de nuevo el 2X1 en mis iniciaciones existenciales, curioso que no haya yo notado antes este hecho). En la portada, dividida en dos, aparecían en la parte superior Pan y el Capitán Garfio luchando. Ah que niño tan encantado y maravillado por la presencia del capitán. Tan elegante, tan pirata. Desde entonces data mi fascinación por esos salvajes del mar. Y sí, siempre me cayó mal Pan.
Regresando a mi adolescencia, seguí comprando la colección de novelas, aún la tengo, que me condujo a leer grandes autores como Dickens, Dumas y Twain (que me desagrada, debo confesarlo). De esa colección pasé a otra de crimen y misterio y se inició mi pasión por Agatha Christie y Connan Doyle (de quien años después leí un excelente libro de narraciones de piratas, no todo en Connan Doyle es Sherlock Holmes, ténganlo siempre en cuenta).
Por esos años descubrí el Rock. Springsteen y U2 me condujeron a Dylan. Ahí comencé a tratar de escribir canciones, en inglés. Mono imitador, emulador de ecos. Pero Dylan me dio un extra: referencias literarias. Sus canciones siempre me han invitado a leer más, a querer saber más, antes con el afán de comprender las canciones de Dylan, después porque Dylan es como un explorador que habla de lugares que quise visitar, y muchas veces he visitado.
Por ese tiempo leí los 100 años de soledad, y a la mitad del libro, igual por la página 127, me puse a pensar, “si éste hombre escribe así, entonces es libre de crear mundos”. Revelación que me condujo a lo más cercano a una “vocación” que he tenido en mi vida.
Traté de escribir entonces las historias que se me ocurrían cuando caminaba por la calle, cuando miraba a la gente, cuando viajaba en transporte público. Así comencé a llenar libretas, desistiendo de querer escribir malas canciones en inglés.

Un día, conversando con una amiga (que de alguna manera convertí en interés romántico) salió el tema de que a veces yo, cuando iba a tomar una decisión, miraba “signos” a mi alrededor para que me dijeran si la debía tomar o no. Ese había sido un tema de uno de los pequeños relatos que había escrito. Yo creí que esa forma de pensar y decidir era exclusiva mía, pero resultó que mi amiga (que jamás fue novia mía), ¡hacia algo parecido! Buscaba signos. Esa coincidencia me dio valor para mostrarle el relato que había escrito. El que a ella le gustara y me hiciera saber que le había parecido interesante, fue lo que me armó de valor para empezar a mostrar mis escritos.

Bueno ahora saben a quién culpar por recibir tantas palabras mías.

El punto original de esto era la crisis de edad. No sé, también recuerdo que desde pequeño he pensado que la muerte está en nosotros. No me refiero a celebraciones mexicanas como el día de muertos. De nuevo fue Disney quien creo que dejó en mi cabeza la conciencia de la muerte. Bambi es la primera película que recuerdo haber visto, y la escena más gravada en mi cerebro es al padre de Bambi diciéndole a éste que su mamá murió, o al menos le dice que no va a regresar (imagino que mis padres me lo tuvieron que explicar).

Siempre he pensado que todos vamos a morir. Ahora si a eso le sumamos la Jolly Roger de los piratas, tenemos como resultado una fascinación por las calaveras.

Realmente no sé para dónde iba cuando empecé a escribir esto hoy, ni siquiera siento que no sea algo que haya comentado anteriormente. Creo que sólo era cuestión de decir algo, sin ir realmente a ningún lado.

Post data: ese primer relato exhibido se terminó titulando “de Chabacano a General Anaya

La última vez que vi a mi tía abuela (Zacatepec)

La calle sin pavimentar. Tierra seca que se levanta con el lento rodar de los neumáticos, que hacen ese ruido tan particular del hule aplastando piedras sueltas. El sol del mediodía, con su luz amarillenta de finales de primavera. El cielo azul, ninguna nube cercana y dos pigmeas blancas a la distancia.

Vas a visitar a tu tía abuela, desearías haberte quedado en casa. Tras horas de carretera por fin llegas a Zacatepec.

Las casas de arquitectura anárquica, construidas como se les fue ocurriendo a los propietarios de los terrenos. Perros, caballos y gallinas. Autos viejos estacionados. Tedio de domingo. Todos los locales cerrados, menos la pequeña tienda de abarrotes, con anuncios de cerveza pintados en su pared principal.

Llegan por fin a la casa de tu tío. Único hijo de tu tía abuela. Fruto de su amor con un tahúr legendario, gallero de pueblo en pueblo, que al final la abandonó con su vástago. Ella hizo lo posible por seguirle el paso al hombre que amó. Pero no corrió lo suficiente. De ahí que supiera tantos dichos y tuviera su lenguaje tan florido. Hace un par de años que no la ves, desde que se fue a vivir con su hijo.

El hijo, tu tío, es ya un hombre viejo, de pelo cano y rostro arrugado. Ella casi tiene ya 80 años.

La casa, quieta, dominguera, donde el sonido reinante es una mezcla del canto de los pajaritos enjaulados y el televisor de bulbos, que sintoniza en monoaural un partido de futbol. El comentarista grita emocionado hasta cuando el balón no avanza más allá de la media cancha. Esos partidos son como la misa: obligados en el día del Señor.

Las paredes de la casa son de color verde pistache, adornos baratos por doquier, una foto de tu tía abuela joven cargando a su hijo de bebé. No es blanco y negro, es sepia y amarillo.

Hay sillas tejidas, con tiras delgadas de plástico rojo. Mantelitos tejidos a mano, flores frescas -lo único fresco en ese lugar además de las cervezas- bien acomodadas en el florero.

Ves a tu tía abuela, en tan sólo dos años parece que su mente está perdida y su vista, quizá por las cataratas, glaucoma de diabética, extraviada en una distancia más allá de cualquier número de kilómetros. Te reconoce, pero ya casi no habla; no es que no pueda, sino que siente que ya no tiene mucho qué decir.

Te decepciona un poco. ¿Tanto viaje para esto?

Aún la quieres mucho, pero algo te inspira sorpresa. A tus padres les sucede algo similar, lo percibes. La visita se hace incómoda, y eso la hace corta. Mamá, la sobrina directa, ha cumplido. Es hora de irnos.

Decimos adió, abordamos el auto y salimos de Zacatepec, de nuevo a la carretera, de vuelta a casa.

Fue la última vez que vi a mi tía abuela, una mujer antes tan llena de vida, la vi casi muerta.

En ese entonces tendría yo como 13 años. No estoy seguro si fue ese día cuando comencé a tener conciencia de la vejez, y empecé a temerla. No lo sé, pero sí sé que aún me inspira temor.

S.O.S.

Aunque nadie dé una mierda por lo que digo, yo sigo hablando, sigo escribiendo.

Aunque Dios haya dejado descolgado su teléfono, le sigo llamando.

Pensando, soñando, viviendo.

Aunque la vida es sueño.

Deseando, descartando, resignándome.

¿Hay algo más qué hacer?

Ella es una, ella es varias, ovarios señalados.

¿Te gustan las curiosidades? ¿Te gustan las señales?

Date un festín con este escrito freudiano.

Sólo sé, que no sé nada.

Sólo sé que el que no sabe nadar se ahoga.

Y ahora, en el ágora, me asfixia tanta gente.

Igual hubiera sido mejor hundirme en el río de Corrientes.

La asfixia, la catafixia, malicia. No hay nada más que rime con Alicia.

Me maravillo en su país, con su sapiencia.

Lo que no se comprueba, NO es ciencia.

Créanme que cuando menos se me entiende, más digo.

El principe jodido que se disfrazó de mendigo.

Rima fácil, para maquillar imperfecciones,

dichos que son ríos que ahogan ilusiones.

Las profecías dijeron muchas cosas,

que espantan y que azoran.

Yó solo digo, que vale una pavada,

rima con chingada y yo sólo sé que no sé nada.