Tu pasado en mi presente

Puedo imaginarte aquí, puedo ver tu pasado loco en mi presente sin ti.

Ahora tomas todo muy en serio, especialmente tu carrera y el dinero.

Pero puedo imaginarte aquí y ahora, como antes eras:

riendo con euforia un tanto exagerada, para presumir a todos que eras feliz.

Aquí veo a muchas chicas interpretando ese papel que desechaste hace años.

Más adelante, cada una de ellas será otra Wendy que dejará el Pan y crecerá al ritmo de las exigencias sociales, laborales y biológicas.

Puedo ver tu pasado en estas chicas, mientras en ti veo el futuro de algunas.

Qué bueno que no vivimos más, con este tiempo es suficiente para hartarse de tanta repetición.

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El monje de negro

Sentado a la orilla del camino, esperando anonadado ni a la nada ni a nadie en especial, ensayando mis imitaciones de bufón popular, que por entonces estaba muy de moda en la descortés corte del corte inglés. Yo me esforzaba por tratar de dominar los bobos chascarrillos fáciles que tantas carcajadas producían en los cazadores sin carcaj, en los príncipes de hueco cráneo de globo terráqueo y en las princesas de portada de revista del corazón y de la moda agobiante y gobernante. Entonces, por el camino, apareció un monje negro con un perro viejo, que tampoco era blanco, ni de tono di de burlas. Los relatos de costumbres acostumbran indicarnos que personajes como ese monje obscuro son seres sabios y serios que pagan sus peajes con dinero de bolsillos ajenos. En realidad ignoro si eso es verdad, y tampoco pude notar su supuesta sabiduría, pues al verme, el monje negro se detuvo frente a mí, mientras su perro trataba de lamer el cielo. Me dijo: “En Pakistán murieron 22 personas en una boda, todo porque acostumbran hacer disparos al aire para festejar. Uno de los invitados, con un obús mortero, no supo manejar bien el arma y en vez de tirar al cielo, tiró al novio, a los 14 niños del coro (ahora celestial) y a otros tantos invitados, hiriendo de menos a 20 más, incluyendo a la novia, quien quedó viuda el mismo día de su boda. ¿No crees que la gente es realmente estúpida?” Yo, sorprendido por la historia, me quedé boquiabierto porque supe que eso había sucedido temprano en un verano en la Tierra de nuevo calentamiento global crítico artificial. El monje llamó a su perro y se alejaron, perdiéndose en el horizonte rinoceronte de dura piel de hiel. Yo retomé mis intentos de ser tan gracioso como buen bufón popular y olvidé el asunto con la siguiente noticia de intrascendencia que pasó por el camino.

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