No te entiendo

No te entiendo.

No comprendo tu cerrazón, ni tu firme convicción respecto a la verdad absoluta de las matemáticas, ni tu creencia en la perfección de las estadísticas.

No entiendo la falsa idea que tienes de poder manipular a la gente, ni tu absoluta inmersión en el trabajo.

No entiendo por qué tus momentos de soledad son una constante evasión con juegos, series y películas en tu dispositivo móvil.

No entiendo tu fe en esa multitud de falsos profetas sin dios.

No entiendo tu artificial amor a la música, enajenándote con melodías de la noche a la mañana.

No entiendo tu aversión al silencio ocasional, y tampoco tu necesidad de envolverte en ruido.

No comulgo con tu soberbia histórica, y mucho menos con tu creencia de que la humanidad es ahora mejor que nunca.

No comprendo tu adoración a la tecnología, tu autismo mecánico ni tu automatización existencial.

No entiendo cómo puedes confundir y mezclar tanto el tener con el ser.

No entiendo que te autoproclames creativa, cuando a toda creación la quieres encerrar en cálculos, gráficas, cuentas y “revenue” (que por cierto puedes llamar “ganancias” o “ingresos” sin hacer el ridículo).

No entiendo tus supuestas aventuras cuando éstas no son más que vacaciones en serie, empaquetadas para comodidad del cliente y pagadas con una tarjeta de crédito.

No entiendo tu concepto de libertad cuando éste sólo lo ejerces para elegir marcas de consumo masivo.

Lo que antes era ciencia ficción es ahora realidad, y no has notado que eres una esclava.

Ahora entiendo la náusea vomitiva que producen los tibios, los borregos aleccionados, los mediocres que se autoproclaman exitosos.

Ahora sé que todo es vanidad.

Ahora renuncio a tu realidad.

Anuncios

Ya ni llorar es bueno (antes)

Recuerdo la época en que arrojaba piedras a las multitudes, señalando al que mentía por ganarse un mendrugo de pan. Odiando al que aspiraba cada año a tener un auto nuevo y condenando a los que iban al país del adulterio. Con risa soberbia me reía del que rogaba que le tocaran el sexo y de aquel que lloraba porque en su libertad se sentía preso. No soportaba a quien vivía como los demás le dictaban. Yo me sonreía entonces, pero ahora los entiendo y hasta perdí la risa.

Me recuerdo despreciando al que iba a la casa de Dios a pedir auxilio, y también del que la misma ayuda la pedía a su vecino. Ahora que la inmortalidad se me escapó de las manos, me encuentro actuando papeles que ayer hubiera yo rechazado. Ahora sé que la imagen y semejanza que compartimos con el Creador es la posibilidad de hacer el bien o el mal desde el fondo del corazón.

Por fin entiendo eso de que con la vara que mides serás medido y todo me dolería menos si ella estuviese aún conmigo. Camino solo la ruta que me ha de llevar hasta el final. A veces estoy tan cansado que ya no puedo ni mirar.

Ojalá sea cierto eso de que todos podemos aspirar a ser perdonados, si en verdad queremos vivir sin estar equivocados. Ya no me burlo con tanta fuerza, es más, ya no me burlo en lo absoluto, desde que me descubrí haciendo lo que hace cualquier adulto.

Me hubiese gustado conservar mi inocencia, pero ya ni llorar es bueno, ahora sólo aspiro a la paciencia.

El angel exterminador

El pájaro

Salí de comer, con la barriga llena y el corazón contento, y me dirigía satisfecho y a paso lento a la oficina para trabajar la segunda parte de la jornada, ganarme el pan futuro que sirviera de ofrenda a mi corazón y estómago.

Caminaba por la calle de siempre.

A la altura de un salón de belleza que abre temprano en las mañanas para que mujeres jurásicas, casi momificadas, vayan a hacerse sus peinados barrocos rococó pompadour y sentirse vivas, y algo coquetas en su senilidad (la esperanza realmente muere al último)…

Caminaba despreocupado a la altura de dicho salón cuando un ave, emitiendo una especie de grito guerrero, “¡iarrrrrrraaaack!”, pasó volando junto a mí a gran velocidad, iniciando su ataque de espaldas a mí, rozando mi cabello.

Empecé a suponer que era un pájaro de hormonas alebrestadas, y osadamente idiota, que quería impresionar a una hembra con acrobacias riesgosas, pero antes de que acabara de elaborar bien mi teoría el ave realizó otra acometida.

Por cierto, no había otro pájaro a la vista.

El segundo ataque también me rozó la cabellera y fue acompañado de otro grito, “¡iarrrrrrraaaack!”, sólo que esta vez fue frontal, o sea, una envestida desnuda en dirección contraria que la primera. Eso no era un accidente, no era una valentonada tampoco, era una ofensa, una experiencia cercana a la película “Los pájaros” de Hitchcock.

No me detuve, seguí en mi andar normal, pensé que había llegado el Aaaaapocalipsis (como lo pronunciaba mi maestro de física en la preparatoria cada que quería asustarnos con el infierno) y que Alfred Hitchcock había sido realmente un profeta. Busqué al gordo director de cine por algún lugar, pero no estaba, de hecho ya lleva muerto muchos años.

¿Por qué me atacaba un ave?, ¿tengo yo pinta de espantapájaros? No, imposible por definición, si fuera así no se atrevería a acercárseme y yo no tendría cerebro, ¿verdad Dorothy? El ave me volvió a arremeter contra mí, por tercera vez, con otro violento roce a mi cabello y su odioso grito de furia irlandesa “¡iarrrrrrraaaack!”.

Voltee hacia atrás. Vi al ave de pico largo gritándome “¡iarrrrrrraaaack!, ¡iarrrrrrraaaack!” desde la copa de un árbol borracho de sol. Parecía proteger un nido. Sin duda mi melena, similar a la de un león con resaca dominical, había molestado al ave. Es probable que me haya confundido con un buitre de peluche o con un animal depredador (en el término estricto todos los humanos somos lo último y probablemente por eso nos sintamos los primeros). O bien el pájaro pensó que me había robado su nido y me lo llevaba puesto como gorro cosaco ruso vodkista.

Seguí caminando, un poco nervioso, sin acelerar el paso ni perder mi descompuesta compostura, pero el ave decidió que la amenaza había pasado y desistió de sus ataques. Quizás comprobó que su nido estaba en el mismo lugar donde lo había dejado, totalmente seguro, y prefirió ahorrarse la pena de pedirme disculpas.

Ahora no sé si cortarme el cabello (quizá en el salón tempranero donde van las ancianas jurásicas a que las dejen como cortesanas añejas de la corte del rey sol) o andar por las calles con casco. Lo mejor será ya no pasar por ese lugar… “nunca más, nunca más”.

Timidez

Trabajaba en la biblioteca pública, un impúdico trabajo de investigación para pasar una asignatura cruel de la universidad. A estas alturas no sé porqué pierdo tanto el tiempo aprendiendo cosas que no me interesan. Todo por un título profesional. Yo lo que quiero es ser músico, no me engaño, tengo mi talento, pero el miedo que me ha inculcado mi familia pesa más. “Primero obtén tu título para que tengas asegurado el futuro y ya después verás si cometes las locuras que se te ocurran”. Como si el título fuera el paracaídas para no estamparme de lleno contra el desempleo. Yo siento que nací para ser estrella. Puedo tocar muy bien la guitarra y escribir letras interesantes para mis canciones. Pero bueno, ¿y si no tengo suerte? Siempre me he sentido una estrella, en más de una ocasión me he sorprendido contestando preguntas en entrevistas imaginarias, como las que les hacen a mis ídolos en la televisión. Sí, estoy un poco pasado de peso y no soy guapo; pero lo primero se me puede quitar y lo segundo no importa, basta con mirar a Keith Richards para saber que tengo la razón. Cálculo diferencial e integral, maldita porquería. Cerré el libro un momento para distraerme, por quinceava vez esa tarde, con lo que había a mi alrededor. Entonces descubrí que a dos mesas de distancia de la mía estaba una muy guapa desconocida. No le fui indiferente. Nuestras miradas se cruzaron y no hubo señal de disgusto. Era una buena oportunidad para conocer a alguien, la podría impresionar con los últimos libros que leí, con las últimas canciones que escuché, con las últimas películas que vi o simplemente con la guitarra y una canción famosa. Tengo todo lo que se necesita para llamar la atención de alguien. Pero mejor más adelante, primero tenía que trabajar en los problemas de cálculo. Pasó el tiempo y no podía concentrarme en mi labor, de vez en cuando volteaba hacia la desconocida, quien me devolvía las miradas sin el menor asomo de incomodidad, a veces hasta me sonreía levemente. Yo sólo ponía cara sería y volvía a mi libro. Ella aparentemente estaba también realizando algún difícil trabajo de investigación. ¡Podía incluso ir con ella, presentarme y quizás ayudarnos mutuamente! Igual y ella era buena en cálculo y yo soy bueno para la historia, quizás su trabajo se trataba de una materia relacionada con la historia. Pero no, eso sería demasiado perfecto. Intenté concentrarme de nuevo en mi tarea. Más de una vez noté que me miraba, tenía que ir con ella, pero ¿y si llegaba su novio?, ¿tendría novio?, ¿por qué no la estaba ayudando ahora?, ¿qué tal si estando yo con ella llegase el novio? Vaya ridículo que haría yo. Traté de hacer mi trabajo, pero de nuevo no pude. Pasaron tres horas inútiles en las que no adelanté nada de mi tarea y que me pasé tratando de armarme de valor para ir hasta la desconocida. De repente ella se puso de pie y empezó a recoger sus cosas para irse. La oportunidad se me escapaba. Tomó su mochila y su bolsa, me miró de reojo y se fue. Intenté ponerme de pie, para ir hasta ella, pero no pude, simplemente no pude. El corazón se me subió a la garganta y empecé a temblar. Estos ataques de timidez, que pensé que ya había sobrepasado volvieron a atacarme con más violencia que antaño. Me resigné. Poco tiempo después me rendí, no podía tampoco finalizar mi tarea, me dispuse a partir, y me sorprendí al encontrar a la chica cerca de la fotocopiadora. Ella me miró y sonrió, yo la miré sin detenerme, enrojecí, perono pude sonreír y me seguí de largo, pensando en lo muy idiota que soy. De nada me sirven tantas palabras, de nada me sirve sentirme especial. Ahora estoy en casa, tratando de terminar mi tarea de cálculo diferencial, pero no me concentro y por eso me puse a escribir lo que me pasó hoy en la tarde en la biblioteca pública. Creo que mi talento es un desperdicio. Iba a escribir una canción diciendo lo idiota que soy, pero ni eso me sale. Creo que no soy ninguna estrella, ¿cómo puedo serlo si ni siquiera puedo hablarle a una chica guapa? Maldito cálculo diferencial e integral.

Fácil y difícil

Es fácil decir promesas, lo difícil es cumplirlas; es bien sencillo decir ‘para siempre’ y ‘nunca’, tan sencillo como decir cosas bonitas cuando ardes con pasión, a menos que seas Juana de Arco. Lo difícil es seguir siendo tú y mantener vivos tus sueños. Es fácil hacer amigos, lo difícil es conservarlos; es sencillo ver una estrella, pero imposible alcanzarla, pues no es más que el eco luminoso de algo que fue un sol, ahora muerto, desaparecido mucho antes de que se inventaran las mentiras. Es fácil amar y odiar, esos no son más que sentimientos hermanados que seguido experimentamos. Es bien sencillo juzgar y condenar, así como es difícil soportar ser juzgados. Es fácil sentirse casi perfecto, lo difícil viene cuando redescubres los colores de la realidad. Es fácil creer en Dios, lo arduo es tratar de conocerlo; es muy duro aceptar que una divinidad no es de uso personal. Es bien fácil embriagarse con la ceguera de la fe, lo difícil es soportar su resaca. Fácil es decir que eres fuerte, complicado es tener que demostrarlo; igual cuando presumes ser inteligente, es difícil no quedar ante todos como tarado. Puede ser fácil convencer a los demás de que eres un líder, un ser superior, pues las masas suelen tener mucho apetito de quimeras y utopías; lo difícil es descubrirte mortal y sentir cerca tu último día.