Mi querido capitán

Otra fría noche que sorprende sin abrigo a mi corazón. Otra noche sin compañía ni apoyo. Mi luz y mi sonido son como la estática de la TV.

El estoicismo me vuelve a fallar, en verdad no soy de acero.

No puedo evitar preguntarme: ¿por qué en medio de tanta gente me siento tan solo? Ni siquiera en el desierto de arena experimenté tal abandono.

Mi pregunta queda sin respuesta dejándome aún más desolado.

El capitán viaja por los aires, buenos y malos, lejos, muy lejos de su ambiente natural, lo cual no le importa ni un poquito, porque tiene la cereza de un pastel al saber que ciertamente hay alguien pensando en él en algún lugar: la dulce morena de serenas facciones que según el capitán guarda cerca de su corazón el retrato del viajero amado.

Alguien me dijo alguna vez, a manera de consejo de los sabios, “¿cómo esperas que alguien te quiera, si no puedes siquiera soportarte a ti mismo?”. Entonces no presté importancia a esas palabras, pero hoy han regresado pesadas como cadenas, castigándome por haberlas ignorado y exiliado en el olvido, pues siempre preferí culpar de todo al destino, en vez de asumir honestamente mi responsabilidad. Pero ya no es temporada de comenzar, sino tiempo de empezar a terminar.

Las palabras fluyen con dificultad, y no van más allá de los regresos temáticos desgastados.

El capitán, ahora en tierra, descansa en paz acompañado en su soledad, pues presiente que lejos, la dulce morena de serenas facciones, es su cómplice en la vida.

Rompo el cristal de la emergencia urgente dirigiéndome al mercado electrónico de los sentimientos, donde nadie te quiere y todas las personas que allí se confunden y te confunden buscan desesperadamente lo mismo que tú: fingirse perfectas y presumir que su corazón rebosa de buenos principios y nobles actitudes, todo para saciar el llamado de la selva. Me siento un negociante experimentado, pero sé que soy como el vendedor de autos usados en otro fraude infame popular.

Como el dinero mal habido o un acto de venganza, regreso a donde pertenezco. A mi paso, la dulce morena de facciones serenas me saluda con sus modales de manual, que me saben tan rutinarios como cualquier domingo. El capitán abre los ojos, acepta su soledad, los sueños no duran por siempre y la engañosa imaginación cercana a la cruda realidad produce la peor resaca. Él jamás voló y nadie tiene su retrato.

A veces hay que aceptar las cosas y conformarse con tratar de encontrar sentido en la estática de la televisión.

Una chica linda

Una chica linda, siempre bien peinada, bien maquillada, quizá se tarde 3 horas en arreglarse, el mismo tiempo que para eso mismo empleaba la emperatriz Sissi.

Un chica linda con ropa a la moda, ni un día antes, mucho menos uno después, siempre al día, como la alegría de su programa de televisión.

Una chica linda que parece conocer todo lo que pasa en el mundo, aunque lo único que hace es leer bien las noticias o las frases ingeniosas que un equipo de escritores frustrados crea para su lucimiento.

Una chica linda, que no es rubia natural, la luminosidad de su cabeza contrasta con sus demás folículos capilares. ¡En verdad!

Una chica linda en apariencia, pero si no quieres romper el encanto no le preguntes  a la señora de la limpieza, quien te dirá que cuando la bella conductora menstrúa, deja sus toallas sanitarias sucias en el piso del baño y jamás le jala la cadena tras parir un amorfo bodoque marrón de tres kilogramos.

Una chica linda, de quien dicen que cuando se le ocurrió salir a la calle sin maquillaje, hizo llorar a los niños pequeños que encontraba a su paso y que una parvada de cuervos al verla se estampó intencionalmente contra los vidrios de un rascacielos.

Una chica linda, desde tu lado de la televisión, pero pregúntale a los que trabajan con ella cómo le huele la boca eternamente a ajo del carajo, y si les caes mejor a sus compañeros te confesarán que durante las transmisiones en vivo la chica linda gusta de experler ventosidades silenciosas por su ano, para ver las caras que ponen sus compañeros al percibir los malditos olores de la descomposición.

Una chica linda, que entrevista y es entrevistada, un celebridad, que es seguida en sus redes sociales por muchos solitarios, y recibe con demasiada frecuencia declaraciones de amor, tanto platónico como guarro.

Una chica linda, desde tu lado de la televisión.

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¡Grrr, Tigre! (Una broma del tiempo)

Una vieja escoba es herramienta activa de limpieza sobre la loseta, creando durante su labor una música que suena a jazz salvajemente improvisado. Cientos de pares de zapatos desgastan sus respectivas suelas, unos con mayor rapidez, otros incluso con candor vocacional; al ritmo de las prisas de sus propietarios, que corren y temen llegar tarde. Claro que hay excepciones, como aquel hombre cruzado de brazos bajo el asta.

“Te espero bajo la bandera a las 9 en punto”, le dijo él anoche a la impuntual que hoy espera con desesperación desbordada (la susodicha, que no se llama Susana, viene lejos, a 14 calles de distancia, caminando con insuperable calma). El individuo mira su reloj que, como si le insultara, le recuerda que ya son la 9:47. El tipo piensa de nuevo en largarse, siente pus hedionda en la herida de su orgullo, pero al recordar a la mujer que citó, decide concederle otros 10 minutos más de espera.

Ella, la chica de la tardanza, no es bonita, pero es joven y muy atrevida, experta en el uso de ese poder femenino capaz de poner de rodillas a muchos hombres, especialmente a los maduros con crisis de envejecimiento, de los que es un ejemplo perfecto el fulano que espera al lado del asta. El hombre se cruza de brazos otra vez, fingiendo una seguridad en sí mismo que le compraría cualquier inocente y uno que otro indecente. Su cabello bien teñido está cuidadosamente peinado, su loción lo envuelve en un halo de seducción y madera, y su porte, a pesar del otoño, aún impone. Al menos eso es lo que él cree. En realidad su cabello está arreglado y oscurecido en exceso, su loción es un barato insulto para la mayoría de narices que tienen el horror de percibirla y su porte es una mezcla de desencanto y patetismo, coronados por una voluminosa panza cervecera.

La mañana está nublada, pero el tipo usa unas enormes gafas oscuras, él supone, y en esta ocasión sí acierta, que esos lentes ocultan sus arrugas, sobacos de elefante y patas de gallo de peso completo, alrededor de sus ojos. Vuelve a mirar su reloj, 9:59. En otros tiempos, él se hubiera largado a las 9.15, el cuarto de hora de cortesía para esperar a cualquiera, pero hoy esa regla fue ignorada. Él necesita conquistar a esa joven, demostrarse a sí mismo que “aún puede”. Está convencido que la juventud de la pareja es el mejor afrodisíaco y la solución a los diferentes problemas de cama que ha experimentado los últimos meses.

La chica está ahora a tres calles del asta. Él, mientras en la catedral suenan 10 campanadas, se pregunta con temor si ella vendrá. “Sonaba tan convencida…”, se dice mientras cruza sus brazos y su corazón presiente un decepción, “… además, las miradas que me brindó aquella tarde en el restaurante no pueden ser falsas”, piensa el tipo, y yo creo que esto podría dar pie a un tratado sobre el histrionismo femenino y el estupidismo masculino, que para ser justos tendría que equilibrarse con un ensayo sobre las supuestamente convincentes mentiras de los hombres y la temerosa credulidad estudiada de las mujeres.

El terror del hombre aumenta, 10.05 le espeta su reloj. El tipo chasquea la boca y a punto está de soltar una maldición, pero voltea a mirar la bandera y sus pensamientos se pierden en un nacionalismo artificial y comercial, piensa en sus compatriotas embriagándose el Día de la Independencia entre música folklórica y fuegos en el cielo. En ese mismo momento, la chica se detiene a dos calles del asta, para entrar en una farmacia y comprar un paquete de pastillas de menta. En lo que paga, ella descubre a su lado a un apuesto joven, alto, esbelto y bronceado, terso y bien bañado, que luce como para portada de revista de adolescentes, quien al pedir una cajetilla de cigarros le lanza una mirada coqueta  a la joven de la menta.

Ella siente un cosquilleo en el bajo vientre y devuelve la sonrisa, él comienza a decirle cosas típicas para entablar una conversación superficial, el clima está incluido, para terminar invitándola a desayunar cerca de allí. Ella acepta, pero repentinamente, como un eco macabro salido de un pantano a la media noche, recuerda la cita que tiene en el asta; pero el eco se olvida de inmediato y ella sale de la farmacia asiendo el brazo del galán juvenil, en dirección opuesta adonde se encuentra el asta bandera.

El hombre maduro se queda esperando hasta las 10.35, entonces decide largarse de allí, con el orgullo dolorido y el corazón molido.

broom

Junio 2000

Ojalá estuvieras aquí

Ojalá estuvieras aquí.

Tal como dice la postal impostora que venden en lugares infestados de turistas y parásitos, la postal que compran y envían tanto los enamorados irredentos como los falsarios del corazón.

Ojalá estuvieras aquí, digo yo en medio de la fiesta funesta, en la reunión desangelada donde todos hablan sin decir realmente nada. Donde el escapismo mental se vuelve necesario como un buen puñado de denarios en Marruecos.

Ojalá estuvieras aquí.

Bebiendo jamaica y ron están la nudista de pastel y el Jack de caja, hablan de lo mucho que detestan las sorpresas. Un poco más lejos, Rita, la perpetua señorita se niega a perder lo poco que tiene para obtener lo que mucho desea.

Mientras tanto el ambiente se enrarece. Yo iré a la morgue por un poco de carnes frías.

Compara la historia de la humanidad con la historia del universo. Compara la historia de una vida con la historia de la humanidad.Compara la vida de las masas con una vida célebre… Y lo que te resultará de tanta comparación es igual a la nada, pues todo, tarde o temprano, será olvidado.

Ojalá estuvieras aqui.

El conductor sin rumbo aplaude al espectáculo de las masas perdidas, y el mejor mago exiliado que llegó de Siberia se atreve a realizar sus mejores actos (por ello le darán un boleto de regreso al gélido sitio, sin esperanzas de volver a visitar ningún otro lugar), y como teme ser tildado de gris e inútil, seguirá con su magia para distraer el tiempo, hasta que éste se lo lleve.

Solo, en medio de tanta gente, yo seguiré lamentando necesitarte tanto, sintiéndome tan incompleto por no tenerte a mi lado.

Ojalá estuvieras aquí.

alcatraz

 

Ocaso (el regreso)

Mis botas de viajero ya están muy desgastadas. Recorrí el mundo sin encontrar lo que buscaba. Sólo descubrí que pese a los colores, las costumbres y los idiomas, todos somos iguales… en el fondo. Los paisajes pueden cambiar, otros escenarios fuera de los de teatros artificiales. En algunos lugares hace más calor que en otros. Pero las personas somos en el fondo iguales, sin importar en dónde estemos.

Me alejé de la casa de mi padre con soberbia. Hasta hice perdidas las llaves. Pasaron muchos años y me encuentro de nuevo tocando a su puerta. Ahora está cerrada, ¡qué extraño!, él dijo que siempre estaría abierta.

La reina María me cortó de su corte, argumentando que los años comienzan a oler en mí. Sé muy bien que hubiese olido mejor si mis bolsillos tuvieran algo que ofrecerle.

En las calles aquellos que se abstenían de clavar sus dagas en mi espalda ahora me han perdido todo el respeto. Alfiletero humano. Imagino que es el pago que tengo que hacer por haber satisfecho mi curiosidad.

Mis amigos son hoy sólo nombres grabados en piedras sembradas en un campo sin santidad, que no suelo visitar.

Tengo frío, aun bajo el mediodía del desierto, siento que hasta mi alma se me quedó en otro lugar.

Ojalá pudiera decir que estoy arrepentido, pero todo fue bueno mientras duró. Todo tiene su tiempo y yo bebí con demasiada prisa. Lo que me asusta es lo que queda por vivir. Por eso estoy aquí, afuera de la casa de mi padre, para ver si es cierto lo que de él entendí.

beggar

Semana (el ritmo de mis relaciones)

Lunes, cualquier sonrisa, hasta de prisa, es la carnada perfecta para el anzuelo que se lanza a las quietas lagunas del hastío o la soledad.

Martes, de las bocas salen dulces palabras, besos con sabores novedosos, mientras las manos experimentan caricias que trazan futuros delirantes en el lienzo de la piel.

Miércoles, las ausencias comienzan a producir angustia, las dudas salen de cajitas de pandora, como grotescos payasos impulsados por malignos resortes, y los anhelos adquieren latidos compartidos.

Jueves, las primeras heridas que ocasiona el contacto constante son ignoradas, pero muy pronto son anotadas en la lista invisible del posible rencor o guardadas como ases en las mangas de los sacos venideros.

Viernes, ya somos como dos robinsones amarrados mutuamente por costumbre, a veces con una indiferencia simpática que nos mantiene pegados, esa misma que algunos confunden con el “amor verdadero”.

Sábado, se siente por las venas el temor intenso a reencontrarnos con la soledad. Dominó del tedio y miedo dominante. Ansias de libertad y sueños de independencia.

Domingo, avalancha de reproches, vagones separados en el tren, ecos en el pozo seco, tropezamos con una serpiente que nos hace resbalar hasta la casilla inicial.

Y de nuevo lunes…

Este es el tipo de relación que acostumbran mis sentimientos.

Yo no lo sé de cierto, pero me han dicho que hay seres favorecidos por Aquel que escribe las leyes justas y emite los veredictos eternos, a esos afortunados no se les aplica mi amatoria ruleta y se les da a cambio una coincidencia perfecta.

También he oído de personas que no son quisquillosas o que no quieren pasarse de graciosas con la vida, que se resignan y aprenden a supervivir con lo que ha caído en sus platos, sin remilgos y sin querer explorar más allá de la mesa.

Yo no tengo tan buena estrella ni tan poca curiosidad, mis pies siempre están por los suelos y mis ideas por donde las águilas se atreven. Posiblemente no nací para estar emparejado, ni para empaparme en el mismo río. Posiblemente soy un lío.

No quiero utilizar a nadie y tampoco quiero ser utilizado.

No quiero garantías de acero y tampoco quiero jurar.

No quiero ser tomado demasiado en serio, pero tampoco que jueguen conmigo.

Soy muy limitado, sólo conozco estas relaciones que duran una semana, que tienen siempre ritmos semejantes a los de una marcha o un vals. Admito estar algo cansado de ellas, pero no me preocupo tanto, mientras sean solamente jornadas exclusivas de un mundo efímero, donde las horas pasan y el tiempo pesa.

El que me preocupa es el más allá, ese del que nadie sabe realmente nada, y sólo ruego que por favor allí no sean iguales mis semanas.

cal

Olvido

Honestamente no sé a qué se debe lo que no se adeuda, y tampoco me acuerdo de lo que había al otro lado del agujero negro. Dicen que por mi falta de memoria soy un caballero.

Las palabras que salieron de mi boca se fueron con los cien pajarillos que echaron a volar, y valían más que el pájaro ajeno que sostienes ahora en tu mano.

Los colores no hablan, sólo brillan; los derrotados sólo gimen y chillan. No recuerdo a qué se debe lo que no se adeuda, como también olvidé la manera de afinar tus cuerdas.

No recuerdo bien mi primera noche en este mundo, pero comienzo a recobrar la idea de lo que es ser totalmente feliz por aquí.

Me gusta, en ocasiones, ser un solitario sin llanura, claro que a nadie le gusta ser un abandonado, porque eso no es más que amargura.

Las caricias son efímeros tesoros para la piel, en parte por eso debería estar prohibido decir “para siempre” y también “nunca jamás”.

No recuerdo mi primera noche en este mundo y tampoco recuerdo haberte conocido. No recuerdo bien nada de lo que creí conocer, tampoco sé si alguna vez supe convertir tu plomo en oro.

No me tomas en serio cuando hablo seriamente, y haces lapidarias mis frases cuando bromeo. La vida es redonda, como lo es la Tierra, como lo es el futuro y como lo son las monedas.

Mis palabras se pierden en tu laberinto, con tres minotauros que tienes a sueldo pagado por tus sentidos.

Fuiste mi todo siendo en realidad nada, y tras la tormenta, llega siempre la calma.

No recuerdo haber usado mezclilla, como tampoco recuerdo cómo eran tus sonrisas.

 

Water Forget-me-not or True Forget-me-not or Myosotis scorpioide

Jubilado

El campanario de la centenaria catedral cantó las ocho de la mañana.

Frente al templo de alto rango se encuentra el palacio municipal, donde personas de la peor ralea supuestamente trabajan y abusan del poder, pues allí se ubican las oficinas del gobierno local, cuyas puertas abiertas de par en par permiten admirar las desgastadas escaleras que conducen a demasiadas puertas burocráticas dignas de una pesadilla de Kafka con fiebre.

Allí podemos admirar también las gruesas columnas, las baldosas rosadas, la placa conmemorativa y al encorvado Don Joselo, vejete enfundado en la chamarra de cuero negro que siempre utiliza en mañanas tan frías como la de hoy. Don Joselo piensa en su único hijo, ese que no le llamó ayer para felicitarlo por su cumpleaños número 70. “Gnña gni gnpogg engso gnme hangbla”, susurra tristemente para sí el ajado personaje enchamarrado que, debido a un accidente, quedó gangoso de por vida. Sí, recuerda a su hijo, de quien nada ha sabido en 35 años, bien podría hasta estar muerto, como su madre, y el viejo ni por enterado.

Su cerebro le muestra en la memoria la lápida de su mujer, en la que, debajo el nombre de ella (Margarita Sosa de Pérez) y los años que vivió (1935-1971), se encuentra grabada la frase: ‘Su esposo e hijo la recuerdan’. A Joselo se le hace curioso el hecho que recuerde tan bien esa lápida, pues sólo la vio el mero día del sepelio; así como el que justo hoy, esa frase suene tan cierta.

El campanario anuncia las fellinianas 8 y media, y el sonido de los tacones de un par de zapatos baratamente plateados delatan el presuroso andar de quien los calza. Es una “glamorosa” secretaria de la oficina de gobierno, de quien nadie sabe exactamente a qué se dedica pero nadie duda que se encuentra registrada en la abultada nómina de la dependencia. Don Joselo voltea en dirección a las pisadas como lo haría un perro ansioso tras identificar la aproximación de su amo. Su sorpresa es grata tras descubrir que se trata de Meche, la mujer de gruesas piernas, gelatinoso trasero, breve minifalda y escote desbordante de cortesana del Rey Sol, cuyas facciones naturales son imposibles de distinguir debido a las gruesas capas de maquillaje que cubren su rostro.

Meche tiene prisa por introducir su tarjeta a tiempo en el reloj checador de la oficina de recepción de rentas, y largarse de allí cuanto antes para regresar puntualmente a las 5 de la tarde para registrar el término de su jornada. A ella le encanta ser saludada por los hombres, pero “este viejo, aquí paradote todos los días”, le es verdaderamente repugnante. Por ello, siempre que puede, hace su máximo esfuerzo por esquivarlo. Pero hoy Joselo se encuentra en el punto preciso desde donde le es posible interrumpir el camino de todo aquel que pretenda ingresar al edificio municipal.

“Gngüenos gndías gnpgreciosa”, le dice cortésmente el septuagenario extendiendo caballerosamente su mano derecha a la mujer que ahora se encuentra a poca distancia. La dama -cuyas partes púbicas son consideradas públicas por el personal masculino de la oficina- le responde con un gélido desdén de sangre azul: “buenos días Joselo, ¿cómo te amaneció?…” Tratando de no detenerse para esperar la respuesta, ella le ofrece distraídamente su mano al viejo . El saludo pretende ser tan escurridizo como una sanguijuela aceitada, pero la pseudosonrisa fingida de Meche se convierte en mueca de incomodidad cuando trata de zafar su diestra del desesperado apretón con el que el anciano la aprisiona, a la vez que trata de acercar esos cinco dedos femeninos a sus resecos labios de hombre viejo para regalarles un casto beso.

“Gnmugñeca gnquédagte ugn gratito cognmiggo”, le ruega el viejo a Meche una vez que ésta logra liberar su mano con un jalón enérgico y definitivo. “No puedo Joselo”, le responde la mujer con sequedad y enfado, “tengo que checar, pero te juro que ‘orita regreso”. Mal acaba de terminar la última palabra cuando entra presurosa al palacio municipal y su imagen se pierde en un largo pasillo por donde va maldiciendo a Don Joselo y a la madre que lo parió.

El orgullo del viejo resiente el rechazo con amargura. “Gnhola gmargtita”, saluda Joselo cuando descubre que junto a él pasa otra mujer, ahora de aparentes 60 años (quien en realidad no llega ni a 50). “Hola Joselo”, es la fría respuesta de Martita, la cual mantiene su mandíbula cerrada con una dureza que produce pequeños latidos de sus sienes.

Ella también lleva mucha prisa por llegar a checar y se pasa de largo sin estrechar la mano del viejo que se queda esperando el apretón de manos. Los demás burócratas comienzan a arribar como carroñeros en parvada (el reloj checador juega el papel de cadáver reciente en esta farsa). Todos tienen la misma intención que las dos mujeres que lograron apersonarse a tiempo. Algunos saludan a Joselo como si fuese parte de su rutina, pero nadie permanece más de 10 segundos con él.

“Don Joselo”, le dice una voz jovial que se aproxima, “usted tan puntual como siempre, aunque ya ni trabaje aquí”. Se trata de Tomás, el actual encargado de la ventanilla de ‘aclaraciones’ -la misma que durante 40 años fue la responsabilidad laboral del anciano personaje. Honestamente Tomás no hace ni más ni menos cosas de las que Joselo solía realizar, antes de jubilarse, cuando atendía a la gente que llegaba hasta esa ventanilla para aclarar algún cobro injustificado o para denunciar alguna falla administrativa. Tomás, Joselo y todos los demás trabajadores del Estado que desempeñan trabajos similares en ventanillas similares, se limitan a encogerse de hombros ante cualquier queja llevada hasta su ventanilla y a expresar frases de un escuálido vocabulario compuesto por: ‘orita no puedo atenderle’, ‘la persona encargada no está y es la única que ve estas cosas’ y la escasísima ‘eso es todo’.

“Gnhola gntogmasito”, responde Joselo al saludo de su sucesor laboral y, para retenerlo un poco, le pregunta: “¿gnvio el gnfutgbol agnoche?” Tomás, conservando la sonrisa saludadora, sólo emite un “ajá” como respuesta y desaparece por el largo pasillo. Meche aprovechó la distracción que Tomás provocó en el viejo y se escabulló por una puerta lateral. Lleva mucha prisa, pues va a desayunar y luego tiene una cita con un empleado ‘nuevo’ -quien recién entro el lunes pasado a trabajar-, con el que practicará su bien ganada experiencia erótica.

“¡Ah qué Joselo”, dice un policía de unos 65 años a su antiguo conocido mientras se le aproxima, “tú siempre aquí tan temprano!” “¿Gnqué gnquieres gnpagquito? ¡Gno gntegngo gnada gqué hagcer!”, responde el aludido con resignación consciente otra vez de la mirada que lo ha atormentado durante esta mañana. “Nomás me acuerdo que cuando trabajabas no hallabas la forma de largarte de aquí lo más pronto posible como todos estos cabrones. Y mírate ‘ora: te la pasas aquí todos los santos días, parado y tratando de platicar con todos. Te dije que no te jubilaras, pero te ardía el andar de huevón. Todo para esto… Hasta creo que cuando te mueras (¡que Dios no quiera que sea pronto!) tu alma va a estar penando por aquí por muchos años; nomás por la pura costumbre”, le dijo el policía concluyendo con una carcajada tan sonora como sincera, y llevándose a la espalda su oxidada ametralladora fue a ocupar su sitio de guarda en el banco que está cruzando la calle.

Joselo rió, pero muy adentro sintió lo triste de su realidad. Si su mujer viviera… ella ya le habría perdonado todos los golpes e insultos que le propinó, tanto sobrio como borracho, durante su breve matrimonio. De seguro ella tampoco se acordaría de las múltiples infidelidades de Joselo “Gnal gfin ngy al cagbo gtodas las ngviejas con las que engagñé a gnmargarita estagban horrigbles”. A lo mejor lo que más le hubiera costado a ella perdonarle eran las frecuentes golpizas que él le solía propinar al niño (Joselito). Pero sí, el viejo cree sinceramente que su mujer ya le habría perdonado hasta eso. ¿Quién iba imaginar que algún día llegará a extrañar a Margarita? Pero ella está muerta y Joselito quién sabe en dónde diablos (“Gnmégdigo gndesangradecigdo ngya gni ngpor que gnyo gle gdaba de ngtragar”). A Don Joselo únicamente le queda seguir con el tren de vida que conoce.

El viejo voltea su alargada cabeza y se encuentra con Martín (el vendedor de tamales), uno de los pocos con los que sostiene verdaderas conversaciones, y ambos comienzan a discutir acerca de lo que debe hacer el presidente de la República para sacar adelante al país. Mientras Joselo y el tamalero discutían acerca de los fraudes electorales, en el pecho de Joselo nació un agudo dolor, haciendo que el viejo dibujara en su rostro un perfecto rictus de mártir católico, mientras la cara del tamalero mostró una repentina preocupación.

Joselo sólo dijo “Gngaaay Gncangrajo”, mientras con las manos se oprimía con fuerza el pecho y se desplomó para no volver a levantarse. El lunes siguiente todos los burócratas comentaban entre sí de lo buena persona que era el viejo Joselo, de lo buen amigo que era de todos y de lo mucho que lo extrañaban. “Mira que venir a morir justo aquí”, decía en su mejor ‘tono sabio’ el policía de 65 años. Dos semanas después, todos tenían las mismas prisas de siempre para ir a “checar” sus entradas y sus salidas y nadie, nadie salvo en esporádicas borracheras de oficina, volvió jamás a acordarse del viejo Joselo.

El hombre sin corazón

Ella no había sido la primera.

No se separaron por nada extraordinario.

La historia de ambos, como todas las historias, incluyendo las histéricas, tuvo un principio y forzosamente su final.

Así, nada más, ella se fue y él cerró la puerta por dentro.

No transcurrieron muchos días cuando él empezó a añorarla, recordando sólo lo bueno, únicamente lo positivo; hasta que olvidó por completo el porqué de sus separación, haciendo del rompimiento el mayor misterio del mundo para él.

La selectividad de la memoria, que suele ser una autentica enemiga.

Poco a poco todo comenzó a desaparecer. Primero fue su auto, ese que con tanto trabajo había terminado de pagar, 4 años después de que la máquina había sido último modelo. Nada insólito si se toma en cuenta la inseguridad de la ciudad.

Él reportó su auto como robado y jamás fue encontrado. Cosa de todos los días, a cualquiera le pasa.

Decidió no reponerlo y volver a caminar, pensó que le haría bien.

Después fueron los amigos, poco a poco se perdieron.

Los números telefónicos que tenía en su agenda ya pertenecían a puros desconocidos y nadie se detenía ya en casa de él.

Siguió mecánicamente con su vida, o con lo que le fue quedando de ella.

Una mañana, su casa amaneció sin espejos.

La siguiente desaparición fueron los muebles y, una tarde a su regreso del trabajo, donde solía estar su casa encontró un enorme terreno baldío, lleno de mala hierba que al parecer llevaba mucho tiempo enraizada.

No se estaba volviendo loco, la dirección era la misma, los vecinos también, pero nadie parecía reconocerlo.

Se fue a vivir debajo de un puente transitado. Su trabajo también se había esfumado, ya no tenía caso pagarle a un compositor para quien las notas desaparecen del alambrado de un pentagrama.

Comenzó a mendigar para mantenerse entretenido.

Se le fugó también el interés.

Sus recuerdos se fueron desvaneciendo hasta que su memoria (la mentada enemiga) no dibujaba el rostro de ella y sus labios no evocaban el nombre de la dama esfumada ni en sueños.

Una mañana de abril sintió un agudo dolor en su pecho, como si a un muñeco vudú con su estampa le clavaran una larga aguja. Fue llevado de emergencia a un hospital de beneficencia.

Los médicos que lo atendieron no creían lo que atestiguaban: al vagabundo adolorido le faltaba el corazón.

El caso se hizo famoso, un hombre ‘vivo’, aparentemente sano, que en vez del músculo vital tenía un hueco total. Nada, sólo vacío.

No lo pudieron certificar como muerto, pues el tipo respiraba, se movía y pensaba; sólo le faltaba el corazón y la memoria.

A partir de entonces ya nada desapareció. Un inteligente empresario circense lo contrató.

Ahora cualquier persona con suerte (y que pague el boleto), podrá asistir al circo, cuando éste se encuentre cerca de su vecindario, y mirar al hombre que no tiene corazón, quien ahora ocupa el lugar del dromedario.

Nadie se muere de eso

Nadie se muere de soledad.

Nadie deja de respirar porque se siente sin compañía.

A veces se experimenta más el abandono cuando estás en medio de la multitud.

Pero la soledad no termina acabando con la salud.

Nadie se muere por desamor.

No ser amado o sentirse engañado, quizá te haga más frío.

Pero créeme, tu corazón conserva sus latidos.

El amor no es como el aire que respiras, es un accesorio de lujo para sobrellevar la rutina.

Nadie se muere de añoranza.

Porque quien añora y en el pasado centra su esperanza, ya está muerto en vida.

Sufrirá dolores de cuello quien sólo mira hacia el pasado.

Pero no por eso será sepultado.

Nadie se muere por faltas al honor.

A menos que se involucre en un duelo.

Y le toque estar en el lado equivocado de la espada o de la bala.

Fuera de eso, el deshonor no mata.

Lo único que nos mata es la vida misma, ayudada por su compinche llamado tiempo.

Y muchas veces también matan el hambre, la peste, la victoria, la guerra y los impuestos.

Pero nadie se muere realmente por desamor, soledad ni deshonor.